El Mundial toma Magaluf: la polémica arbitral impulsa a Inglaterra y apaga el sueño de la armada vikinga
El pitido final apenas se escuchó. Quedó sepultado bajo el rugido de cientos de aficionados ingleses agolpados en hileras de terrazas. Los abrazos dieron paso a las pintas alzadas al cielo y a un repertorio inevitable: Three Lions, Sweet Caroline y el ya inseparable Football's Coming Home resonaban mientras las pantallas repetían una y otra vez los goles de Inglaterra en un partido no exento de polémica. Hasta el último minuto, Noruega soñó con el pase a semifinales mientras Magaluf, principal bastión británico de Mallorca, se convirtió una noche más en una prolongación de cualquier ciudad inglesa.
Casi mil años después de la batalla de Stamford Bridge, cuando el rey Harald Hardrada cayó intentando conquistar la Inglaterra del monarca Harold Godwinson, los descendientes simbólicos de aquellos vikingos no lograron en el Miami Stadium materializar la revancha que muchos esperaban. No hubo espadas ni escudos, sino camisetas rojas y un ejército de aficionados que, remando al unísono, en todo momento mantuvo viva la esperanza: decenas de personas alineadas, hombro con hombro, moviendo los brazos como si empuñaran remos invisibles mientras coreaban el nombre de Noruega.
El Viking Row había desembarcado en Magaluf desde mucho antes del saque inicial. Tras el pitido final, sin embargo, el remo dejó de ser un grito de guerra para convertirse en un homenaje. Decenas de aficionados noruegos volvieron a formar filas por última vez, ya sin la euforia de la victoria, despidiendo entre aplausos a la selección que más lejos les había llevado en casi tres décadas.
Sobre el césped, Inglaterra tuvo que remar más de lo previsto para doblegar a la armada liderada por Erling Haaland, convertido durante este campeonato en el gran icono de una selección que no disputaba un Mundial masculino desde Francia 1998. Andreas Schjelderup adelantó al conjunto escandinavo antes del descanso con un brillante disparo que hizo estallar de júbilo a los aficionados vestidos de rojo en Magaluf.
La respuesta inglesa llegó justo antes del intermedio, cuando Bellingham firmó una acción individual para restablecer el empate. Sin embargo, el gol llegó precedido de controversia: la jugada se inició tras un saque de puerta de Ørjan Nyland en el que los jugadores noruegos reclamaron que el balón había rozado el cable de la spidercam, una circunstancia que, se quejaron, debía haber obligado al árbitro a detener el juego y reanudarlo con un balón a tierra. El colegiado, sin embargo dio continuidad a la acción y el centrocampista firmó el 1-1. Tras el encuentro, la FIFA sostuvo que el sensor del balón conectado no detectó contacto alguno con el cable, descartando así la irregularidad denunciada por Noruega.
En una segunda parte en la que los nórdicos volvieron a poner contra las cuerdas a los de Thomas Tuchel, otra polémica llegó en el minuto 55, cuando Noruega llegó a celebrar el 1-2 de Torbjørn Heggem. El VAR anuló el tanto por un empujón previo de Erling Haaland sobre Elliot Anderson antes de que el balón estuviera en juego, obligando además a repetir el saque de esquina conforme a la nueva interpretación reglamentaria. La anulación del tanto permitió mantener con oxígeno a un combinado inglés que sobrevivió a los mejores minutos de su rival.
En la prórroga, Bellingham apareció de nuevo: el centrocampista aprovechó un rechace del guardameta Ørjan Nyland tras un disparo lejano de Morgan Rogers para culminar la remontada y sellar el billete de los Three Lions hacia las semifinales del Mundial. Los hombres de Ståle Solbakken no pudieron reescribir la vieja historia de Stamford Bridge.
Mientras los ingleses entonaban una y otra vez el ya clásico Football's Coming Home, varios aficionados noruegos se abrazaban antes de interpretar por última vez el “remo vikingo”, convertido durante el torneo en el símbolo de una selección que se despidió entre aplausos.
Camisetas de Harry Kane mezcladas con las de Jude Bellingham, banderas de San Jorge atadas como capas y turistas que apenas unas horas antes ocupaban las hamacas de la playa se habían convertido ahora en una marea humana que desbordaba terrazas y aceras. En locales como Magaluf Square, Linekers o los numerosos sports bars del centro turístico apenas quedaban mesas libres desde antes del inicio del encuentro. Numerosos aficionados habían reservado durante días conscientes de que el partido era uno de los grandes acontecimientos del verano.
Cuando el marcador quedó definitivamente del lado de Inglaterra, los móviles aparecieron para retransmitir en directo la celebración a familiares desde Manchester, Liverpool, Birmingham o Newcastle.
En las calles de Magaluf, la euforia y la resignación convivían a escasos metros de distancia. “Sabíamos que iba a ser una batalla. Noruega nos ha hecho sufrir muchísimo, pero este equipo sabe competir cuando llegan los momentos decisivos”, celebraba Tom, un aficionado llegado desde Birmingham que seguía el Mundial desde Magaluf junto a una decena de amigos. A pocos metros, el sentimiento era bien distinto entre los seguidores escandinavos. “Perder así duele, porque estuvimos muy cerca, pero nos vamos orgullosos. Hace unos años nadie imaginaba a Noruega plantando cara a Inglaterra en unos cuartos de final”, afirmaba Henrik, residente en la isla.
La escena resumía también la propia paradoja de Magaluf. El mismo enclave que cada verano reaparece en el centro del debate sobre la masificación turística, el turismo de excesos y el modelo económico de Mallorca se transformó por unas horas en una gigantesca grada al aire libre, dejando en un segundo plano las discusiones sobre saturación turística para convertirse en una improvisada sede mundialista a más de 7.000 kilómetros de los estadios de Estados Unidos.
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