Las 1.500 cartas que María escribió durante el franquismo a su hijo en el exilio: “Las he guardado como un tesoro”
Aquel día había partido. España estaba jugando un amistoso de fútbol contra Argentina cuando dos hombres vestidos de policía irrumpieron en casa de Manuel Laguna para detenerle. A su hermano mellizo Emilio y a su madre, María Fernández Grandizo, les capturarían pocas horas después por haber acogido en casa a un familiar trotskista. Los tres fueron llevados a la sede de la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol y Manuel fue trasladado a la cárcel de Carabanchel, donde llegaría a estar nueve meses por haber participado en “cuatro o cinco” reuniones organizadas por su pariente. El 24 de septiembre de 1953, aprovechando un permiso penitenciario, huyó del país y no volvió nunca más.
Él y otro amigo salieron en el maletero de un coche hacia Francia, donde estuvo casi todo un año hasta que partió hacia México, el país en el que vivió desde entonces. “Mi madre removió cielo y tierra para que me dieran el permiso antes del juicio, pero el juez, que era el tétrico coronel Enrique Eymar, le advirtió de que volvería a prisión adelantando que iba a ser condenado”, recuerda Manuel para explicar por qué salió de España de forma sobrevenida. A sus 92 años, las fechas permanecen intactas en su memoria: llegó al país latinoamericano el 12 de diciembre de 1954, con tan solo 20 años.
En Madrid se quedó su madre, que entre agosto y noviembre de 1936 había visto como su marido y su padre eran asesinados por los franquistas. Desde allí María escribió a Manuel 1.500 cartas, una o dos por semana, durante toda su vida. Miles y miles de palabras para intentar sortear la distancia que ahora forman parte de la exposición El cuerpo errante, que estará hasta el 14 de febrero en Casa de América (Madrid), donde los visitantes pueden caminar entre algunas de las cartas de María, todas encabezadas por un ineludible “queridísimo hijo”.
La muestra ahonda en la experiencia del exilio de una forma poco común, la de las pequeñas cosas cotidianas que enlazaron la memoria y los afectos a ambos lados del mundo. El objetivo es trascender de los grandes nombres y apellidos con los que suele contarse el exilio y aterrizar en aquello que no suele verse: las cartas que mantuvieron unidos a una madre y un hijo a 9.000 kilómetros, las postales en las que un represaliado se hacía pasar por turista para sortear la censura o el recetario que una mujer empezó con comida manchega y acabó con platos mexicanos.
Una vida de palabras
Por eso no es una exposición al uso, sino un viaje que invita al visitante a abrir armarios, mirar lo que esconden los paneles o ponerse unos cascos y sentarse a escuchar. “Así se genera una intimidad que hace que la emoción llegue de otra forma. Lo que hacemos es proponer un diálogo con el espectador”, esgrime el antropólogo Jorge Moreno, comisario de la muestra junto a Julián López. “Pocas veces hemos encontrado una expresión social, política y emocional de esa época durante tanto tiempo. Es una vida hecha palabras”, apunta Moreno sobre las cartas de María.
La correspondencia arranca cuando Manuel llega a Veracruz a finales de los años 50 y termina a mediados de los 90, pocos años antes de que María fallezca con 102 años. Solo hay un hueco en el envío durante un año en el que la mujer hizo el intento de vivir en México, pero acabó regresando a España, donde estaba su hijo Emilio. Su delicada caligrafía va debilitándose con el paso del tiempo: “opto por el rotulador”, le dice a su hijo en una de sus misivas, porque “estoy escribiendo sin ver”. Las últimas comunicaciones son grabaciones en cintas que le envía por correo postal, cuando ya no puede escribir.
“Es una parte importantísima de mi vida y creo que lo fue para los dos. No sé si hay muchos ejemplos de personas que hayan pasado 40 años separados teniendo una correspondencia tan asidua. Era la presencia de mi madre aquí”, describe Manuel, que asegura haber guardado las misivas “como un tesoro” durante toda su vida y recuerda “lo bien que escribía” María, farmacéutica de profesión.
Las cartas son una crónica personal y política del momento: “Quería imbuirte la rebeldía contra el Régimen de España y que os hicierais consciente de que nuestra dignidad dependía de vuestra actitud”, le dice el 3 de noviembre de 1959. “Hijo mío: esta tarde me he acordado mucho de cosas de nuestra vida [...] Fuimos al cine Padilla. Tuvimos que salir antes de que la película terminase porque hacía mucho frío. ¿Te acuerdas?”, le escribe. El 20 de noviembre de 1975, le da cuenta de la muerte de Franco: “Queridísimo hijo ¡al fin se fue!”.
En otra de las misivas, María le explica a su hijo que ha recibido el testimonio de un sacerdote que certifica el asesinato de su padre en Llerena (Badajoz) tras la sublevación franquista. Lo describe así: “Subí con él a la plataforma de un camión. Llegamos al triste lugar, testigo de su muerte (puerta del cementerio en la carretera de Sevilla). Testigos solo cuatro hombres, dos agentes, el chofer y un servidor… recordó últimamente a los suyos tan queridos… y de un solo disparo en las sienes cayó en la tierra, donde le administré el sacramento de la Extremaunción”.
Como si fueran turistas
En la exposición pueden verse también las postales enviadas por el socialista Adrián Escudero Sandá durante su periplo por París, Marsella, Orán y Argel antes de llegar a Caracas en 1944, donde se instaló. Se trata de típicas tarjetas de recuerdo con mensajes sencillos como los que podría enviar cualquier turista. “Era la mejor manera de resultar poco sospechoso y evitar que las cartas fueran censuradas”, explica Moreno. Las postales fueron guardadas por la madre de Tomás Ballesteros, que era prima de Adrián. “Iban dirigidas a una tía suya, Cloromida, y aunque aparentemente no decían nada porque parecía que estuviera de ocio, en realidad era una prueba de vida”, sostiene el hombre.
Evitar que las autoridades franquistas interceptaran las comunicaciones fue una preocupación habitual. Algunas, de hecho, nunca llegaron. Es el caso de las misivas “muertas” como las que Nemesio García envió a su vuelta del exilio a sus compañeros que permanecían fuera y que aparecieron 40 años después en una saca de correos olvidada. La exposición da cuenta también de la carta que Marino Saiz recibió en 1939 desde España, dirigida a “Marina” y en la que le anunciaban que sus hermanas Eladia y Silveria estaban “de vacaciones” y sus amigos Robles, Correal y Juanito habían participado en una “peregrinación a un santuario”. En realidad, eran sus hermanos Eladio y Silverio, que no estaban de veraneo, sino en la cárcel, mientras que a sus compañeros los habían fusilado en la saca del 15 de julio.
La muestra recupera la historia de José Luis López de Haro, médico republicano exiliado en la República Dominicana que había trabajado en el Hospital Minero de Almadén (Ciudad Real). En agradecimiento a su labor, el pueblo erigió una escultura con su busto que colocó allí y que fue literalmente tiroteada por los franquistas al no poder detenerle y fusilarle a él. Optaron por encerrar a su hija en la cárcel y disparar a la escultura, que una mujer que trabajaba en casa de su hermana recogió y guardó durante años junto a las escobas. Los agujeros fueron restaurados, pero la exposición muestra una réplica fusilada de Fernando Sánchez Castillo como una forma de “mantener el rastro del daño” con el que vivió durante buena parte de la dictadura.
La cara B del exilio
Los visitantes pueden también deambular por un desván “mestizo” en el que conviven objetos de España y de los países de acogida, una sala que “está hecha de capas que transitan tiempos y geografías diversas”, describen los comisarios. En ella se pueden ver réplicas de las cintas de música de zarzuela que acompañaron siempre a Marino Sainz en su exilio, entre otras referencias constantes a su país de origen. “La geografía de su casa era una ciencia que solo describía España y los caminos para volver a ella”, recordaría su yerno tras su muerte en México en 1982.
Casi todo en El cuerpo errante esconde una cara B del exilio pocas veces narrado. La frase de Max Aub a su regreso del exilio “soy un turista al revés; vengo a ver lo que no existe” da la bienvenida a los visitantes. Una gran pared en otra de las salas está inundada de postales de la España del desarrollismo, con imágenes amables de playas, monumentos, bailes, colores, flores... Una especie de tienda de souvenirs muestra del boom turístico del momento que, al ser cruzada, revela otra realidad: la del retorno de los exiliados cuando ya era posible o los viajes de sus familias a los países en los que se encontraban.
Entre estas historias está la de Lucio Caballero, que huyó a México en 1946 después de que los sublevados hubieran asesinado a su padre a su madre y a su hermano. En los 70, cuando algunas personas intentaban casi clandestinamente exhumar los cuerpos de sus familiares, Lucio regresó a Villanueva de la Serena para unirse a los trabajos en busca de sus seres queridos.
La voz de Felisa Almadén rompe el silencio de la habitación. A través de un vídeo, cuenta uno de esos encuentros, el de su hermano Emiliano, que fue a Niza a buscar a su padre, exiliado cuando él tenía dos años. Llegó a un bar en el que sabía que solía estar, preguntó por él con una foto en la mano y el francés que había aprendido para ello. “Le dijeron que el señor que era el señor que estaba allí en aquella mesa comiendo y mi hermano, que tenía 19 años, se desmayó”. Tras “espabilarse”, Emiliano fue hacia él y le dijo: “Usted no me conoce ¿verdad? Soy su hijo”. “Mira que mi padre era un hombre de esos duros, de campo, pero empezó a llorar y a llorar”, recuerda Felisa.
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