Una guerra anunciada: cómo la CIA supo que Putin iba a invadir Ucrania y por qué nadie les creyó
William Burns había viajado por medio mundo para hablar con Vladímir Putin, pero finalmente tuvo que conformarse con una llamada telefónica. Era noviembre de 2021 y en las semanas anteriores las agencias de inteligencia estadounidenses habían estado captando señales de que Putin podría estar planeando invadir Ucrania. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, envió a Burns, el director de la CIA, a hablar con Putin para advertirle de que las consecuencias económicas y políticas de una invasión serían desastrosas.
15 años antes, cuando Burns era embajador de Estados Unidos en Moscú, Putin era relativamente accesible. Los años transcurridos desde entonces habían concentrado el poder del líder ruso y profundizado su paranoia. Desde la pandemia del coronavirus, pocos habían tenido la oportunidad de reunirse con él en persona. Burns y su delegación supieron que Putin se había recluido en su lujosa residencia de la costa del mar Negro y que solo sería posible contactar con él por teléfono.
A tal efecto, se preparó una línea segura en una oficina del edificio de la administración presidencial en la Plaza Vieja de Moscú, y la voz familiar de Putin se escuchó a través del auricular. Burns expuso la creencia de Estados Unidos de que Rusia se estaba preparando para invadir Ucrania, pero Putin lo ignoró y se centró en sus propios argumentos. Según dijo, sus agencias de inteligencia le habían informado de que había un buque de guerra estadounidense acechando en el horizonte del mar Negro, equipado con misiles que podían alcanzar su ubicación en solo unos minutos. Sugirió que eso era una prueba de la vulnerabilidad estratégica de Rusia en un mundo unipolar dominado por Estados Unidos.
A Burns, tanto la conversación telefónica como los tres encuentros tensos y directos con los principales responsables de seguridad de Putin le resultaron profundamente inquietantes. Abandonó Moscú mucho más preocupado por la posibilidad de una guerra que antes del viaje y trasladó esa impresión al presidente.
“Biden solía hacer preguntas que se contestaban con un 'sí' o un 'no', y cuando volví, me preguntó si creía que Putin iba a hacerlo [invadir Ucrania]”, recuerda Burns. “Le dije: 'Sí'”.
Tres meses y medio después, en febrero, Putin ordenó a su ejército entrar en Ucrania, en la vulneración más flagrante del orden de seguridad europeo desde la Segunda Guerra Mundial. La historia de cómo las agencias de inteligencia lograron recabar información aquellos meses —cómo Washington y Londres lograron obtener una visión tan detallada y precisa de los planes de guerra del Kremlin, y por qué los servicios de inteligencia de otros países no les dieron crédito— nunca se ha contado en su totalidad.
Este reportaje se basa en entrevistas realizadas durante el último año a más de cien expertos en inteligencia, militares, diplomáticos y políticos de Ucrania, Rusia, Estados Unidos y Europa. Muchos han hablado con The Guardian sin revelar su identidad para poder compartir información que sigue siendo delicada o clasificada. A las personas que se cita con su nombre se les identifica por el cargo que ocupaban en el momento de la invasión hace cuatro años.
Es la historia de un espectacular éxito de los servicios de inteligencia, pero también de varios fracasos. En primer lugar, para la CIA y el MI6, que acertaron en el escenario de la invasión, pero no lograron predecir con exactitud el resultado, al dar por sentado que la rápida toma del poder por parte de Rusia era un hecho consumado. Más profundamente, para los servicios europeos, que se negaron a creer que una guerra a gran escala en Europa fuera posible en el siglo XXI. Recordaban el dudoso caso de inteligencia presentado para justificar la invasión de Irak dos décadas antes, y se mostraban recelosos de confiar en los estadounidenses en lo que parecía una predicción algo fantasiosa.
Lo más relevante es que el Gobierno ucraniano no estaba en absoluto preparado para el ataque inminente, y el presidente Volodímir Zelenski ignoró durante meses las advertencias cada vez más urgentes de los estadounidenses, por considerar que eran alarmistas. Tampoco escuchó a su propia élite militar y a su agencia de inteligencia cuando más tarde le lanzaron la misma advertencia. Del relato se desprende que los militares y la agencia de inteligencia ucraniana hicieron a espaldas del presidente algunos intentos, limitados en su alcance, para prepararse.
“En las semanas [anteriores a la invasión], los responsables de inteligencia empezaron a darse cuenta, el ambiente era diferente. Pero los líderes políticos se negaron a aceptarlo hasta el final”, afirma un funcionario de los servicios de inteligencia estadounidenses.
Biden solía hacer preguntas que se contestaban con un sí o un no, y cuando volví, me preguntó si creía que Putin iba a invadir Ucrania. Le dije que sí
Cuatro años después, hay muchas lecciones que extraer de estos acontecimientos sobre cómo se recopila y analiza la información. Quizás la más pertinente, dado que el mundo parece más impredecible que en cualquier otro momento de la historia reciente, es que es peligroso descartar un escenario porque parezca ajeno al ámbito de lo racional o lo posible.
“Creyeron que las pruebas que les presentamos eran abrumadoras. No es que ocultáramos algo que, de haberlo visto, hubiera cambiado todo”, afirma Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional de Biden, sobre por qué los aliados europeos no creyeron a los estadounidenses: “Simplemente, estaban convencidos de que eso no tenía sentido”.
La CIA obtuvo mucha información sobre los planes de Putin para invadir Ucrania, pero una cosa que nunca lograron averiguar con certeza es cuándo tomó la decisión definitiva de ir a por todas. Al examinar las pruebas más tarde, como detectives en la escena de un crimen, algunos analistas de la agencia señalaron que seguramente la tomó en la primera mitad de 2020.
Durante esos meses, Putin aprobó enmiendas constitucionales para blindarse en el poder más allá de 2024. Luego, confinado durante meses por la pandemia de la COVID-19, devoró libros sobre la historia de Rusia y reflexionó sobre su propio lugar en ella. Durante el verano, la violenta represión de un movimiento de protesta en la vecina Bielorrusia dejó al presidente Alexandr Lukashenko más débil y más dependiente que nunca del Kremlin. Esto abrió la posibilidad de obligar a Lukashenko a permitir el uso del territorio bielorruso como plataforma de lanzamiento para una invasión.
Por esas mismas fechas, una unidad del Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB) vinculado a intentos de envenenamiento y ataques con sustancias químicas introdujo el agente nervioso novichok en la ropa interior de Alexéi Navalni, el único político de la oposición con potencial para obtener el apoyo masivo del público, lo que lo dejó en coma. En aquel momento, todos estos acontecimientos que se iban sucediendo parecían aislados. Más tarde, empezaron a parecer como si Putin estuviera preparando el terreno antes de poner en marcha la gran jugada en Ucrania que, en su opinión, consolidaría su papel en la historia como gran líder ruso.
Los primeros indicios de ese plan se hicieron evidentes en la primavera de 2021, cuando el Ejército ruso inició un despliegue a lo largo de las fronteras de Ucrania y en la Crimea ocupada, supuestamente para realizar maniobras militares. Estados Unidos recibió información de inteligencia que sugería que Putin podría utilizar un discurso anual, previsto para el 21 de abril, para justificar una acción militar en Ucrania. Cuando Biden fue informado con los datos recabados por los servicios de inteligencia, una semana antes del discurso, se alarmó tanto que llamó directamente a Putin. “Expresó su preocupación por la concentración de soldados en la frontera y pidió una distensión, y le propuso una cumbre en los próximos meses, que sabíamos que sería de interés para Putin”, explica Avril Haines, directora de inteligencia nacional de Biden.
Cuando Putin pronunció el discurso, fue mucho menos belicoso de lo esperado y, un día después, el Ejército ruso anunció que sus maniobras militares en la frontera habían terminado. Parecía que la oferta de la cumbre había logrado desactivar la amenaza y, cuando los dos líderes se reunieron en Ginebra en junio, Putin apenas mencionó Ucrania.
Solo con el paso del tiempo se entendió la razón: en realidad ya había descartado la vía diplomática.
Cuatro semanas después de la cumbre de Ginebra, Putin publicó un extenso y divagante ensayo sobre la historia de Ucrania, en el que se remontaba hasta el siglo IX para argumentar que “la verdadera soberanía de Ucrania solo es posible en asociación con Rusia”.
El discurso causó sorpresa, pero la atención en Londres y Washington pronto se desvió hacia la caótica retirada de Afganistán. En septiembre, el ejército ruso comenzó otro despliegue militar a lo largo de las fronteras de Ucrania; en un mes había alcanzado una magnitud difícil de ignorar. Washington recabó nueva información de inteligencia sobre los planes rusos, más detallada y mucho más impactante que en primavera. En aquel momento se suponía que Rusia podría intentar una anexión formal de la región de Donbás o, en un escenario de máximos, podría intentar abrir un corredor terrestre a través del sur de Ucrania, conectando Donbás con la Crimea ocupada. Ahora, parecía que Putin podría estar planeando algo más grande. Quería Kiev.
Recibíamos informes clasificados de los estadounidenses y, unas horas más tarde, se podía leer exactamente la misma información en el New York Times
Muchos miembros de la élite política estadounidense se mostraron muy escépticos, pero los analistas de inteligencia estaban muy preocupados por lo que veían. “Había suficiente información como para concluir que ya no se trataba de una posibilidad remota” afirma Haines. Cuando Burns regresó de Moscú y compartió su corazonada, las alarmas sonaron con más intensidad. Con independencia de que los datos fueran plenamente fiables o no, Biden entendió que había llegado el momento de empezar a planificar.
A mediados de noviembre, envió a Haines a Bruselas. Allí, en la reunión anual de los jefes de inteligencia de los miembros de la OTAN, la directora de Inteligencia Nacional presentó la creencia de Estados Unidos de que ahora existía una posibilidad real de una invasión rusa masiva de Ucrania. Richard Moore, jefe del MI6 británico, la respaldó. Como parte de la alianza de intercambio de inteligencia Five Eyes (Cinco Ojos) —un acuerdo de cooperación en inteligencia para el intercambio de información clasificada entre cinco países anglosajones: Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda— el Reino Unido había visto la mayor parte de lo que Estados Unidos había recabado y también tenía sus propios canales de inteligencia que apuntaban a la posibilidad de una invasión. Sin embargo, la respuesta mayoritaria en la sala fue el escepticismo. Algunos descartaron de plano la idea de una invasión. Otros expresaron su temor de que, si la OTAN adoptaba una postura firme en respuesta, podría resultar contraproducente, provocando precisamente el escenario que preocupaba a Estados Unidos.
Precisamente, gestionar esa percepción estaría en la mente de Estados Unidos y el Reino Unido durante los meses siguientes. “Teníamos que asegurarnos de no hacer nada que les diera una excusa para invadir”, relata Chris Ordway, un alto funcionario del Ministerio de Defensa británico destinado en Europa del Este. Al mismo tiempo, Londres y Washington creían que Rusia solo necesitaba dos meses más para estar lista para una invasión, y querían dar la voz de alarma.
Biden ordenó a su equipo que compartiera con los aliados toda la información recabada por las agencias de inteligencia que fuera posible para ayudarles a comprender por qué Washington estaba tan preocupado. También sugirió impulsar la desclasificación para que parte de la información pasara a ser de dominio público. Esto debía hacerse con prudencia, para evitar revelar cómo Washington había obtenido las pruebas. “Se trata de fuentes y métodos que hemos obtenido con sangre, sudor y lágrimas y que pueden poner en peligro la vida de las personas si se pierden”, afirma Haines.
Se implementó un sistema por el cual los funcionarios de diferentes agencias de inteligencia tendrían “la oportunidad de opinar sobre cualquier información antes de que saliera a la luz”, para asegurarse de que no se filtrara nada que pudiera delatar una fuente. Durante las semanas siguientes, Estados Unidos redujo el nivel de clasificación de inteligencia especialmente sensible, en un grado inusual para los estándares recientes, con el fin de facilitar su difusión entre los aliados y, a menudo, también para el público en general. “Recibíamos informes clasificados de los estadounidenses y, unas horas más tarde, se podía leer exactamente la misma información en el New York Times”, afirma un funcionario europeo.
A finales de octubre, la CIA y el MI6 enviaron memorandos a Kiev en los que exponían sus alarmantes nuevas evaluaciones de inteligencia. A la semana siguiente, después de que Burns visitara Moscú, dos funcionarios estadounidenses que participaban en el viaje se separaron de la delegación y volaron a Kiev, donde informaron a dos altos funcionarios ucranianos sobre los temores de Estados Unidos y las conversaciones del director de la CIA en Moscú.
“Básicamente dijimos: 'Haremos un seguimiento. Verán la información. No se trata de una advertencia normal, es algo realmente grave. Confíen en nosotros'”, explica Eric Green, uno de los funcionarios estadounidenses. Los ucranianos se mostraron escépticos.
La reticencia a confiar en nosotros fue sin duda un legado de Irak
A mediados de noviembre, el secretario de Defensa británico, Ben Wallace, visitó Kiev y le dijo a Zelenski que Londres creía que la invasión rusa era ahora una cuestión de “cuándo”, no de si se iba a producir. Instó a Zelenski a empezar a preparar al país para la guerra. “No se puede engordar un cerdo el día que lo vendes en el mercado [no podrás hacer en un día lo que no hayas hecho en meses]”, le dijo Wallace al presidente ucraniano, según una fuente informada sobre la reunión. Zelenski parecía estar en modo de escucha pasiva.
Zelenski había sido elegido en 2019 con la promesa de buscar negociaciones de paz para poner fin al conflicto que Rusia había iniciado en el este de Ucrania en 2014. Ya no creía que pudiera llegar a un acuerdo con Putin, pero temía que hablar públicamente de una guerra aún mayor provocara el pánico en Ucrania. Esto podría conducir a una crisis económica y política, hundiendo al país sin que Rusia tuviera que enviar ni un solo soldado al otro lado de la frontera. De hecho, sospechaba que ese era el plan de Putin.
Por este motivo, cada vez estaba más molesto con los estadounidenses y los británicos que, además de las advertencias privadas, estaban empezando a hablar en público sobre la amenaza de invasión. En noviembre, envió a uno de sus más altos funcionarios de seguridad en una misión ultrasecreta a una capital europea para transmitir un mensaje a los líderes políticos a través de los canales de inteligencia: el temor a la guerra es falso y se trata únicamente de un intento de Estados Unidos de ejercer presión sobre Rusia.
Pocos en Ucrania creían que fuera probable una invasión a gran escala, pero las agencias de inteligencia del país habían detectado señales preocupantes de una creciente actividad rusa. Iván Bakanov, jefe del servicio de seguridad de Ucrania (SBU), recuerda que, aunque los servicios de espionaje rusos se habían centrado tradicionalmente en intentar reclutar fuentes ucranianas de alto nivel, en el año anterior a la invasión “iban a por todo el mundo”, incluidos chóferes y funcionarios de bajo nivel. En muchos casos, se trataba de operaciones encubiertas bajo identidad falsa: agentes rusos fingían pertenecer a las agencias de inteligencia de Ucrania.
El SBU también siguió la pista de reuniones clandestinas entre oficiales del FSB ruso y funcionarios o políticos ucranianos. Estas reuniones solían tener lugar en hoteles de lujo de Turquía o Egipto, adonde los ucranianos viajaban con el pretexto de hacer turismo. Rusia esperaba que estas personas, motivadas por ideología, ego o dinero, actuaran como quinta columna —un grupo de personas que, desde dentro de un país o territorio, colaboran de forma encubierta con una potencia enemiga para desestabilizarlo o facilitar una invasión— cuando llegara el momento.
“Antes de empezar a trabajar en el SBU, yo también pensaba que podíamos llegar a un acuerdo con los rusos”, señala Bakanov, un exsocio comercial de Zelenski que no tenía experiencia en inteligencia cuando fue nombrado en 2019: “Pero cuando ves cada día cómo intentan matar y reclutar gente, entiendes que tienen un plan diferente, que dicen una cosa y hacen otra”.
Aun así, la opinión predominante en Kiev era que las advertencias de Estados Unidos resultaban exageradas. Ucrania llevaba ocho años combatiendo a milicias respaldadas por Rusia en el Donbás, pero la idea de una guerra a gran escala —con ataques con misiles, columnas de tanques y un avance sobre Kiev— parecía inimaginable.
Un funcionario de inteligencia europeo señala que esta línea de pensamiento se mantuvo bastante constante en las reuniones informativas con sus homólogos ucranianos en los meses previos a la invasión. “El mensaje era: 'No va a pasar nada, todo son bravuconadas'”, recuerda el funcionario. “Pensaban que lo máximo que podía pasar era una escaramuza en el Donbás”
Más tarde, cuando se supo que Estados Unidos y el Reino Unido habían acertado en su diagnóstico, muchos se preguntaron qué les había permitido estar tan seguros. ¿Había un topo en el círculo íntimo de Putin que pasaba los planes de guerra a sus contactos de la CIA o el MI6?
“A menudo se presenta como 'teníamos documentos con el plan', pero en realidad no fue tan sencillo”, afirma Haines. El indicio más evidente era parcialmente visible en las imágenes de satélites comerciales: decenas de miles de soldados rusos desplazándose a posiciones cercanas a la frontera con Ucrania.
Pensábamos que los rusos serían más eficaces al principio, que tomarían Kiev en un par de semanas y que luego los ucranianos se reagruparían
“Estos movimientos de soldados eran inesperados y había que esforzarse mucho para encontrar explicaciones de por qué se haría algo así, aparte de que se quisiera utilizar toda esa fuerza militar”, explica un alto funcionario del DI, el servicio de inteligencia militar británico.
También se interceptaron comunicaciones militares. Ninguna de ellas mencionaba una invasión, pero a veces se referían a acciones que no tendrían mucho sentido si no se estuviera preparando una invasión. Había otra información procedente de diversas fuentes que apuntaba en la misma dirección: grupos prorrusos que estaban preparando el terreno en Ucrania para apoyar una posible acción militar y el establecimiento de un programa para aumentar el número de reservistas dentro de Rusia. “Por primera vez, vimos información que indicaba la posibilidad de una acción al oeste del Dniéper”, indica Haines, en referencia al río que divide Ucrania en dos.
La mayoría de los entrevistados no han querido dar más detalles sobre la información exacta que se recabó en ese momento, y alegan la importancia de proteger las fuentes y los métodos. Sin embargo, las entrevistas con docenas de personas que vieron parte o la totalidad de las pruebas proporcionan muchas pistas.
Dos fuentes señalan las interceptaciones de la Dirección de Operaciones Principales del ejército ruso como una posible fuente de información sobre la invasión. El departamento está dirigido por el coronel general Sergei Rudskoi, un respetado planificador militar que durante mucho tiempo ha sido “la persona mejor informada dentro del Estado Mayor”, según un ex miembro del ejército ruso que lo conocía personalmente. Toda la planificación estratégica pasa por su unidad, muy cohesionada, con sede en el cuartel general del Estado Mayor en el centro de Moscú, y era el lugar donde se redactaban y perfeccionaban los planes de guerra, incluso cuando otros altos mandos del ejército no estaban al corriente.
Los preparativos también se podían percibir en otras partes del ejército y los servicios de inteligencia, aunque las personas que los llevaban a cabo no conocieran el objetivo final. “La mayoría de la élite no sabía nada del plan”, afirma un funcionario estadounidense: “Pero para que fuera posible, tenían que suceder tantas cosas que era muy difícil ocultarlo”.
En su libro War (Guerra. Diplomacia secreta en el corazón del conflicto), el veterano periodista Bob Woodward, célebre por destapar el caso Watergate y por sus libros basados en fuentes de alto nivel en Washington, hace referencia a una “fuente humana en el Kremlin”, sin dar más detalles. Sin duda, esto es posible: en 2017, la CIA había exfiltrado a una fuente de larga data que trabajaba para el jefe de política exterior de Putin y que llevaba años pasando secretos a la agencia. Es posible que aún haya otras personas en el lugar.
Putin hizo todo lo posible por ocultar sus intenciones incluso a la mayor parte de su círculo más cercano, y solo unas pocas personas del sistema ruso —el entramado político, militar y de seguridad que rodea al Kremlin— conocían los planes de invasión hasta un par de semanas antes de que comenzara. Podría ser que la CIA o el MI6 del Reino Unido hubieran reclutado a un supertopo junto al presidente, pero parece más probable que las fuentes humanas en Rusia proporcionaran pruebas tangenciales o corroborativas, en lugar de los detalles fundamentales. Gran parte de la información clave podría provenir de imágenes satelitales o de interceptaciones recopiladas por la NSA (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos) y el GCHQ (Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno del Reino Unido), las agencias de inteligencia de señales de ambos países, según han explicado personas que la vieron. “No nos pareció que se tratara de una fuente humana”, señala una de las fuentes.
Diciembre de 2021
En diciembre de 2021, Estados Unidos y el Reino Unido tenían una imagen bastante certera del plan de guerra de Putin. En Washington, un “equipo tigre” interinstitucional —un grupo reducido de altos cargos y expertos de distintas agencias creado para diseñar escenarios de crisis y respuestas estratégicas rápidas— comenzó a reunirse tres veces por semana para planear cómo se prepararía Estados Unidos y cómo respondería al peor de los casos: un ataque a todo el país con el objetivo de cambiar el régimen. Pero no había pruebas sólidas de que Putin hubiera tomado la decisión política de poner en marcha su plan. Y ahí era donde todos los demás tenían un problema.
En París y Berlín, al igual que en Kiev, las agencias de inteligencia interpretaron el aumento de la presencia militar no como un plan de guerra, sino como un farol para presionar a Ucrania. El funcionario de inteligencia de defensa británico dijo que se invirtió “un enorme esfuerzo” para convencer a los franceses y alemanes, incluyendo varios viajes informativos de diversas delegaciones. Pero las conversaciones se encontraron en gran medida con resistencia. “Creo que partieron de la premisa: '¿Por qué lo haría?'. Y nosotros partimos de la premisa: '¿Por qué no lo haría?'. Y esa simple diferencia semántica puede llevarte a conclusiones muy diferentes”, señala el funcionario.
Para algunos expertos europeos, los recuerdos del retorcido trasfondo de la supuesta información recabada por los servicios de inteligencia que sirvió para justificar la invasión de Irak en 2003, según la cual Hussein tenía armas de destrucción masiva, alimentaron el escepticismo ante este nuevo temor a la guerra. Un ministro de Asuntos Exteriores europeo, que pidió no especificar su país, recordó una discusión acalorada con Antony Blinken, el secretario de Estado estadounidense. “Tengo suficiente edad para recordar 2003, y en aquel entonces yo era uno de los que creían en ustedes”, le dijo el ministro a Blinken. Aunque los británicos y los estadounidenses compartían más información de lo habitual, la inteligencia realmente sensible solía llegar con su origen oculto, para proteger las fuentes. “Nos advirtieron, realmente lo hicieron”, dice el ministro: “Pero dijeron: 'Tienen que creer en nuestra palabra'”.
Incluso cuando no se mencionaba explícitamente el año 2003, los funcionarios a menudo sentían esa sombra. “La reticencia a confiar en nosotros fue sin duda un legado de Irak”, afirma John Foreman, agregado de Defensa británico en Rusia, que convocó reuniones quincenales de los agregados militares de los países de la OTAN con sede en Moscú durante los meses previos a la invasión. Él y un colega estadounidense intentaron, sin mucho éxito, convencer a sus colegas europeos de que la amenaza era real. “Si le muestras cosas a la gente y aun así no te cree, tienes un problema”, afirma.
Un gran bloqueo psicológico para algunos servicios de inteligencia europeos era que creían que Putin era un actor en gran medida racional y se mostraban profundamente escépticos ante la posibilidad de que se embarcara en un plan que, en su opinión, probablemente fracasaría. Según las estimaciones rusas obtenidas y recabadas por un servicio de inteligencia occidental, Moscú pensaba que solo el 10% de los ucranianos estaría dispuesto a luchar contra la invasión, mientras que el resto apoyaría activamente o aceptaría a regañadientes la toma del poder por parte de Rusia. Se trataba de una valoración irremediablemente optimista, pero incluso el 10% de la población de Ucrania suponía cuatro millones de personas. Los europeos creían que la fuerza que Rusia había acumulado no era ni mucho menos suficiente para luchar contra tal resistencia.
“Teníamos la misma información sobre los soldados desplegados en la frontera, pero diferíamos en nuestro análisis de lo que pensaba Putin”, afirma Étienne de Poncins, embajador francés en Kiev.
Ni siquiera Polonia, tradicionalmente belicista con Rusia, estaba convencida de la idea de una invasión a gran escala. “Supusimos que el SVR y el GRU [agencias de inteligencia] iban a compartir con Putin la percepción de que los ucranianos no recibirían a los rusos con flores y pasteles recién horneados”, explica Piotr Krawczyk, jefe del servicio de inteligencia exterior de Polonia. El servicio polaco tenía un buen conocimiento de la vecina Bielorrusia, donde estaban desplegadas las fuerzas que podían descender sobre Kiev desde el norte, y estas parecían ser las tropas más débiles de todas. “En su mayoría eran reclutas recién alistados... carecían de municiones, combustible, liderazgo y entrenamiento”, afirma Krawczyk. Parecía un mecanismo de distracción para desviar la atención y la potencia de fuego ucranianas de una incursión limitada en el Donbás, no una fuerza de combate capaz de controlar de forma sostenida la mayor parte del país.
Sin embargo, los estadounidenses podían ver los detalles de los planes rusos para un nuevo orden político en Ucrania y estaban cada vez más convencidos de que Putin se estaba preparando para una invasión a gran escala, con el objetivo de cambiar el régimen. “No estaba mirando un menú y diciendo: 'Podría hacer algo pequeño, mediano o grande'”, afirma Sullivan. “Estaba muy centrado en tomar Kiev”.
En Washington, la hipótesis de trabajo era que, al menos en la fase inicial de la guerra, Putin tendría éxito. El ministro de Defensa de Ucrania, Oleksiy Reznikov, recuerda una visita al Pentágono, poco después de asumir el cargo en noviembre de 2021. Se mostraba escéptico ante el temor a la invasión, pero veía que los estadounidenses estaban convencidos, por lo que les preguntó si considerarían enviar más y mejores armas para ayudar a defender a su país de los horrores que predecían. Recibió una firme negativa.
“Imagina que tienes un vecino que llega a casa con un diagnóstico de cáncer y te dice que va a morir en tres días”, explica Reznikov: “Le ofrecerás tu compasión, pero no le darás medicamentos costosos”.
Enero de 2022
A principios de enero, los estadounidenses obtuvieron información más detallada sobre los planes: el ejército ruso invadiría Ucrania desde varias direcciones, incluida Bielorrusia, las fuerzas aerotransportadas aterrizarían en el aeropuerto de Hostomel, en las afueras de Kiev, para preparar la toma de la capital y se estaba tramando un plan para asesinar a Zelenski. También se estaban llevando a cabo los preparativos para la operación terrestre posterior a la invasión, con la elaboración de listas de destacadas personalidades proucranianas “problemáticas” que serían internadas o ejecutadas, y de otras personalidades prorrusas que serían designadas para dirigir Ucrania.
Burns voló a Kiev para informar personalmente al presidente ucraniano de lo que la CIA temía que estuviera a punto de suceder, pero la respuesta no fue la que él esperaba. Una semana más tarde, Zelenski publicó un vídeo en el que pedía a los ucranianos que no escucharan a quienes pronosticaban un conflicto. Llegado el verano, los ucranianos estarían asando carne en sus barbacoas como de costumbre, dijo, insistiendo en que “estaba convencido” de que no habría una guerra en 2022. “Respiren hondo, cálmense y no salgan corriendo a abastecerse de comida y cerillas”, le dijo a la población. Fue un consejo que acabaría revelándose catastrófico: pocas semanas después, decenas de miles de personas quedarían atrapadas en plena zona de combate o bajo ocupación rusa.
Los británicos y los estadounidenses afirmaban que sí iba a ocurrir, pero los franceses y los alemanes le decían: "No les hagas caso, son tonterías”
A Zelenski le seguía preocupando, no sin razón, que el pánico a la guerra pudiera hundir la economía. Las autoridades facilitaron cursos de entrenamiento militar, y miles de ucranianos asustados por el temor a la guerra se inscribieron. Pero parece que, en sus adentros, Zelenski simplemente no creía a los estadounidenses. Esto se debía en parte a que Occidente no hablaba con una sola voz. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, y su homólogo alemán, Olaf Scholz, seguían creyendo que se podía evitar la guerra mediante negociaciones con Putin. “Los británicos y los estadounidenses afirmaban que sí iba a ocurrir”, reconoce un alto funcionario ucraniano. “Pero los franceses y los alemanes le decían: 'No les hagas caso, son tonterías'”.
Tres días después del vídeo de Zelenski del 22 de enero, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico emitió un comunicado en el que afirmaba que Londres tenía información de que Rusia quería instalar al exdiputado ucraniano Yevhen Murayev, una figura marginal con poca relevancia pública, como primer ministro tras la invasión. A muchos les pareció algo increíblemente absurdo.
“Cuando el Reino Unido hizo ese anunció, me volví aún más escéptico”, admite un funcionario de inteligencia europeo: “No tenía ningún sentido. ¿Seguro que los rusos eran tan estúpidos?”.
Febrero de 2022
A mediados de febrero, las embajadas británica, estadounidense y algunas otras habían evacuado Kiev, destruyendo antes de marcharse material clasificado y equipos de comunicación cifrada que no podían caer en manos rusas. La estación de la CIA se retiró a una base secreta en el oeste de Ucrania, dejando unos cuantos misiles antitanque portátiles en la sede de la SBU como regalo de despedida al salir de la ciudad. En Londres, el personal clave del Ministerio de Defensa se trasladó a hoteles cercanos al edificio del Ministerio, para poder estar en el trabajo en cuestión de minutos cuando llegara el momento.
Muchos países europeos habían reducido su presencia en Kiev a un equipo mínimo y habían elaborado planes de evacuación ante la posibilidad de una invasión. Sin embargo, Macron y Scholz seguían creyendo que se podía convencer a Putin de que no atacara y ambos viajaron a Moscú en febrero para defender la vía diplomática. Tras seis horas de conversaciones en el Kremlin, Macron anunció con orgullo que había “obtenido la garantía” de Putin de que no habría una escalada.
Los estadounidenses seguían interpretando las señales de Moscú de forma muy diferente. En la última conversación telefónica de Biden con Putin, el 12 de febrero, encontró al líder ruso inflexible, decidido y totalmente desinteresado en cualquier oferta de negociación. Cuando colgó el teléfono, Biden les dijo a sus asesores que era hora de prepararse para lo peor. La guerra era inevitable y la invasión podía producirse en cualquier momento.
En las llamadas entre Biden y Zelenski, el tono a veces se tensaba cuando el presidente estadounidense afirmaba sin rodeos que los rusos iban a invadir Kiev. Frustrado por no conseguir que Zelenski y su equipo le escucharan, Sullivan decidió que había que centrarse en las agencias de inteligencia y el ejército ucraniano con la esperanza de que ellos dieran la voz de alarma desde abajo.
“En cada reunión, me decían que estaban convencidos de que iba a suceder”, afirma un funcionario de inteligencia ucraniano destinado en Washington al relatar numerosos encuentros con sus homólogos de la CIA. “Cuando les miraba a los ojos, veía que no había ninguna duda. Y cada vez me preguntaban: '¿A dónde vas a llevar al presidente? ¿Cuál es el plan B?'”. Él les respondió que no había plan B.
Un general de la HUR, la agencia de inteligencia militar de Ucrania, explica que en enero, cuando faltaban seis semanas para la invasión, un grupo reducido de oficiales comenzó a elaborar discretamente planes de contingencia, impulsados por las advertencias de Estados Unidos y la información que había recabado la agencia. Con el pretexto de un ejercicio de entrenamiento que supuestamente iba a durar un mes, alquilaron varias casas francas en los alrededores de Kiev y sacaron grandes cantidades de dinero en efectivo. Al cabo de un mes, a mediados de febrero, la guerra aún no había comenzado, por lo que decidieron prolongar el “entrenamiento” un mes más.
El comandante en jefe del ejército, Valerii Zaluzhni, estaba frustrado porque Zelenski se negaba a instaurar la ley marcial, lo que le habría permitido desplegar soldados y preparar planes de batalla. “Estás a punto de pelear contra Mike Tyson y la única pelea que has tenido antes es una pelea de almohadas con tu hermano pequeño. Es una oportunidad única en la vida y tienes que estar preparado”, recuerda.
Sin autorización oficial, Zaluzhni hizo lo poco que pudo para prepararse. A mediados de enero, él y su esposa se mudaron de su apartamento en la planta baja a su residencia oficial dentro del complejo del Estado Mayor, por razones de seguridad y para poder trabajar más horas. En febrero, según recordó otro general, se llevaron a cabo simulacros entre los altos mandos del ejército para planificar diversos escenarios de invasión. Entre ellos se incluía un ataque a Kiev e incluso una situación peor que la que finalmente se produjo, en la que los rusos se apoderaban de un corredor a lo largo de la frontera occidental de Ucrania para impedir la llegada de suministros de los aliados. Pero sin la autorización de las altas esferas, estos planes se quedaron en papel mojado; cualquier movimiento importante de soldados era ilegal y difícil de disimular.
En la segunda semana de febrero, la agencia de guardia fronteriza de Ucrania interceptó una nueva prueba que debería haber sido decisiva: las comunicaciones del comandante de una unidad chechena estacionada en Bielorrusia con Ramzan Kadyrov, el líder de Chechenia instalado por el Kremlin. El comandante informó a Kadyrov de que sus hombres estaban en posición y que pronto estarían en Kiev. Según una fuente bien informada, se le mostró la grabación a Zelenski, pero este no quedó convencido. En las reuniones del Consejo de Seguridad, la narrativa predominante seguía siendo que era poco probable una invasión a gran escala y que el despliegue masivo de soldados tenía como objetivo ejercer presión económica y política sobre Ucrania.
“Muchos de nosotros estábamos inquietos, pero supongo que todos decidimos que lo más seguro era estar de acuerdo con el presidente”, señala un alto funcionario.
Cuando salí del Despacho Oval, tuve la sensación de que Biden se estaba despidiendo, tanto de mí como del pueblo de Ucrania
Varias fuentes ucranianas afirman que creían que Zelenski estaba convencido de que una invasión a gran escala era impensable porque así se lo había hecho creer Andriy Yermak, su jefe de gabinete y confidente más cercano. Yermak creía que Rusia operaba en la zona gris y la parte más oculta de la guerra híbrida, y que no se lanzaría a una invasión a gran escala que rompería irrevocablemente las relaciones con Occidente.
Yermak, que no ha querido dar su versión, era uno de los pocos funcionarios ucranianos que mantenía un contacto regular con sus homólogos rusos. Hablaba a menudo con el jefe de gabinete adjunto de Putin, Dmitry Kozak, como parte de las negociaciones sobre la región de Donbás, estancadas desde hacía mucho tiempo.
Si Kozak trató de tranquilizar a Yermak asegurándole que el temor a una invasión era absurdo, lo más probable es que lo hiciera porque él mismo no tenía conocimiento de los planes reales. Según la CIA, solo un grupo muy reducido de altos cargos —y casi todos del ámbito militar o de seguridad— conocía los detalles de la decisión de Putin hasta una fase muy avanzada. Según dos fuentes rusas bien informadas, Kozak habría sido mantenido al margen, al igual que el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, y el veterano portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov.
Incluso una semana antes de la invasión, la mayoría de la élite rusa seguía sin tener ni idea de lo que se avecinaba. “Recibí una llamada de alguien de alto rango del Kremlin que me dijo: 'Hay muchos militares alrededor de Putin, el ambiente es tenso y algo está pasando, pero no sabemos qué'”, afirma un experto.
21 de febrero de 2022
El plan empezó a vislumbrarse el 21 de febrero, cuando Putin reunió a su Consejo de Seguridad en uno de los grandes salones de mármol del Kremlin. Se sentó solo en un escritorio con los miembros sentados al otro lado de la sala; con una incómoda distancia con el presidente. Putin les ordenó, uno por uno, que subieran al estrado para ofrecer su apoyo. Aparentemente, el consejo debatía si reconocer formalmente como Estados independientes las “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk, que Rusia ocupaba de facto desde 2014. Pero el mensaje implícito era claro. Se trataba de un comité de guerra.
Muchos de los miembros de la élite parecían atónitos cuando Putin les pidió que dieran su consentimiento. Sergei Naryshkin, jefe de inteligencia exterior, parecía aterrorizado y se equivocó al hablar, tartamudeando una respuesta confusa que provocó una risa despectiva de Putin antes de que finalmente se llegara a un acuerdo.
Una fuente rusa afirma que el ambiente de la reunión recordaba a los relatos históricos sobre la atmósfera que se vivía en el Kremlin en la primavera de 1941, cuando los jefes de inteligencia de Stalin intentaron advertir al líder de que la Alemania nazi estaba a punto de invadir la Unión Soviética, pero temían presionar demasiado dada la firme convicción del líder de que eso no sucedería. “Naryshkin tenía información sobre Ucrania que no coincidía con lo que decían todos los demás”, cuenta la fuente: “Pero es débil e indeciso, y Putin quería asegurarse de que todos parecieran formar parte de esta decisión. Por eso se produjo esa escena”.
Fuera de cámara, hubo otra interacción sorprendente. Kozak, el hombre de confianza de Putin en Ucrania, tenía fama en Washington de ser un radical, pero en privado le horrorizaba la idea de una invasión. Según una persona de su círculo, solo fue plenamente consciente de lo que iba a suceder el día de la reunión en el Kremlin.
Kozak, que conocía a Putin desde hacía décadas, fue la única persona en la sala con el valor suficiente para alzar la voz. Con un argumento más estratégico que moral, le dijo al presidente que invadir Ucrania sería un desastre, aunque, como la mayoría de la élite, aún no sabía si el plan de Putin era una acción militar limitada en Donbás o una guerra a gran escala. Según una fuente, tras la reunión, siguió discutiendo con Putin en la gran sala, a puerta cerrada.
Los millones de rusos que lo vieron por televisión no pudieron ver qué ocurría en privado. En cambio, oyeron a Putin preguntar: “¿Hay algún otro punto de vista u opinión especial sobre este asunto?”.
La pregunta fue recibida con silencio.
22 de febrero de 2022
El 22 de febrero, al día siguiente de la teatral actuación de Putin, el Consejo de Seguridad de Ucrania se reunió en Kiev. Mientras los peces gordos se reunían fuera de la sala antes de la reunión, Zaluzhni intentó recabar apoyos para la introducción de la ley marcial, lo que finalmente le permitiría comenzar a desplegar soldados. En la sala, contó con el apoyo de Reznikov, el ministro de Defensa. Pero Zelenski seguía preocupado por hacer cualquier movimiento que pudiera sembrar el pánico, y el consejo rechazó la ley marcial, votando a favor de la medida menos drástica de declarar el estado de emergencia.
Unas horas más tarde, el secretario del Consejo de Seguridad, Oleksiy Danilov, entregó a Zelenski una carpeta roja con un informe clasificado que advertía de una “amenaza física directa” contra el presidente. En otras palabras, existían indicios de que equipos de asesinos podrían estar en camino. Zelenski no mostró alarma en público, aunque todo apunta a que la información le afectó profundamente.
Hasta el último momento asumimos que la guerra no iba a durar mucho. Pensábamos que el ejército ruso avanzaría hasta las afueras de Kiev con rapidez y que, llegado ese punto, darían la operación por concluida: “Objetivo cumplido; se pueden ocupar del resto, gracias por su atención
Al día siguiente, en una reunión de tono grave con los presidentes de Polonia y Lituania en el palacio Mariinski de Kiev, les confesó que aquella podría ser la última vez que lo vieran con vida. En cuanto concluyó el encuentro, los servicios de inteligencia polacos evacuaron con rapidez a los dos mandatarios hacia el oeste, en una caravana que abandonó la capital a toda velocidad.
Bartosz Cichocki, embajador de Polonia en Ucrania, permaneció en Kiev y, un par de horas más tarde, fue convocado a la embajada para recibir un telegrama clasificado de Varsovia. Era un texto breve de un solo párrafo en el que se afirmaba que la invasión comenzaría esa noche. En las dos últimas semanas, los polacos habían revisado su escepticismo respecto a la invasión, basándose en parte en nueva información de las agencias de inteligencia sobre los soldados rusos estacionados en Bielorrusia. Ahora había una confirmación definitiva de que el ataque se avecinaba. Fue uno de los últimos telegramas de este tipo que recibió la embajada; más tarde, las paredes temblarían durante varias horas cuando uno de los agentes de inteligencia polacos que aún permanecía en Kiev destrozó el equipo de encriptación con un pesado mazo para impedir que cayera en manos rusas.
Tras leer el telegrama varias veces, Cichocki salió a tomar el aire. Vio a los habitantes de Kiev ocupándose de sus asuntos en una tarde de invierno, una escena sorprendentemente normal teniendo en cuenta lo que ahora sabía. Algunos transeúntes observaban la cartelera de un teatro al otro lado de la calle, y una parte de él quería correr y gritarles que la guerra se avecinaba y que no habría más representaciones. En cambio, regresó a casa en silencio, con la cabeza llena de pensamientos sobre cómo estaba a punto de cambiar el mundo.
20:50 h, 23 de febrero de 2022
Si Varsovia estaba ahora de acuerdo con Londres y Washington, París y Berlín seguían dudando incluso en los últimos momentos. Los análisis de inteligencia de ambos países aceptaban ahora que era posible algún tipo de acción militar, pero seguían rechazando la idea de una invasión a gran escala dirigida contra Kiev. El embajador francés no se enteraría de ello hasta que lo despertara en su apartamento de un rascacielos el sonido de los misiles rusos.
Aún más reveladora es la historia de Bruno Kahl, jefe del servicio de inteligencia exterior alemán BND. Cuando su avión aterrizó en Kiev, a última hora de la tarde del 23 de febrero, las agencias de espionaje estadounidenses, británicas y polacas ya habían determinado que se habían dado órdenes de ataque de Rusia. Incluso circulaban mensajes de pánico sobre la inminente invasión entre los periodistas extranjeros en Ucrania, alertados por sus fuentes de inteligencia. Pero Kahl o bien ignoraba esta información o bien no se inmutó por ella. Poco después de que Kahl llegara al lujoso hotel de Kiev donde se alojaba, el embajador alemán en Ucrania recibió la orden del Ministerio de Asuntos Exteriores de Berlín de evacuar inmediatamente por carretera a todo el personal diplomático que quedaba en Kiev. Según el Ministerio, la amenaza era demasiado urgente como para esperar hasta la mañana siguiente.
Aun así, el jefe de los servicios secretos alemanes rechazó la invitación de unirse al convoy diplomático de medianoche, alegando que tenía reuniones importantes al día siguiente. Como era de esperar, esas reuniones nunca se celebraron. En cambio, Kahl tuvo que ser sacado de Kiev el día de la invasión con la ayuda de los servicios de inteligencia polacos a través de carreteras colapsadas por los ucranianos que huían.
En el cuartel general del ejército ucraniano, la noche previa al ataque, Zaluzhni y los generales que formaban parte de su círculo de confianza intentaron activar algunas medidas de última hora. Se desplegaron minas en el lecho del mar Negro para dificultar un posible desembarco en Odesa y se ordenó a determinadas unidades que se reposicionaran en puntos más estratégicos.
“Todo esto estaba formalmente prohibido. Si la invasión no se hubiera producido, podríamos haber sido procesados por haberlo hecho. Pero la mayoría de los comandantes asumieron que no teníamos alternativa y siguieron adelante”, explica un general.
La agencia de inteligencia militar de Ucrania, HUR, también continuaba con sus discretos preparativos. El 18 de febrero, su jefe, Kyrylo Budanov, recibió un informe de tres horas de duración de un funcionario occidental que le expuso en detalle los planes rusos para tomar el aeródromo de Hostomel. La información ayudó a establecer algunos planes defensivos de última hora, aunque la victoria ucraniana en Hostomel en los primeros días de la guerra fue caótica y reñida.
En vísperas de la invasión, Budanov se reunió con Denys Kireev, un banquero ucraniano con contactos en las altas esferas de la élite rusa, que unos meses antes había acordado proporcionar a la HUR la información que obtenía de sus contactos en Rusia. Ahora, Kireev le comunicó a Budanov que se había tomado la decisión de invadir y le proporcionó información sobre el momento y el vector del ataque ruso; la dirección, la trayectoria y el punto de penetración de la fuerza atacante. (El SBU creía que Kireev era un agente triple que, en última instancia, trabajaba para Moscú, y fue abatido a tiros cuando el SBU intentó detenerlo unos días después de la invasión).
En cuanto a Zelenski, su reflexión ante los presidentes de Polonia y Lituania de que quizá no volvieran a verlo con vida sugería que, en el último momento, había aceptado la gravedad de lo que se avecinaba. Más tarde ese mismo día, intentó llamar a Putin, pero su llamada fue rechazada. En su lugar, grabó un mensaje de vídeo dirigido a los ciudadanos rusos, en el que les pedía que impidieran que sus líderes iniciaran una guerra. También les dijo: “Si atacáis, veréis nuestras caras. No nuestras espaldas, sino nuestras caras”. Era un cambio total de tono con respecto a sus mensajes anteriores.
Sin embargo, Zelenski y su esposa, Olena, se acostaron como de costumbre esa noche, según ella misma ha contado. La pareja ni siquiera había preparado una maleta de emergencia, algo que haría apresuradamente al día siguiente, con el ruido de las explosiones en la distancia, mientras evacuaba a un lugar desconocido con sus dos hijos y en medio de la amenaza de ser asesinados. La invasión también tomó por sorpresa a la mayor parte del gabinete ucraniano, incluido Reznikov, el ministro de Defensa. Se acostó con la alarma puesta a las 6 de la mañana: tenía que tomar un avión militar para ir a la línea de contacto en Donbás con los ministros de Asuntos Exteriores del Báltico, una muestra de desafío ante la creciente amenaza. En cambio, Zaluzhni lo despertó a las 4 de la madrugada para comunicarle que la guerra estaba a punto de comenzar.
Un funcionario ucraniano que sabía lo que se avecinaba era el ministro de Asuntos Exteriores, Dmytro Kuleba. Había viajado a Washington para asistir a unas reuniones el 22 de febrero y los funcionarios de inteligencia le mostraron los lugares exactos donde los tanques rusos calentaban sus motores y esperaban para cruzar la frontera. Después, lo llevaron a una reunión no programada con Biden. Recuerda que la sombría conversación le pareció una “conversación entre médico y paciente”. El diagnóstico era terminal.
“Cuando salí del Despacho Oval, tuve la sensación de que Biden se estaba despidiendo, tanto de mí como del pueblo de Ucrania”, explica Kuleba.
04:50 h, 24 de febrero de 2022
Putin anunció el inicio de una “operación militar especial” a las 4:50 de la madrugada, hora de Kiev, del 24 de febrero. Minutos después, Rusia lanzó una serie de ataques con misiles contra objetivos alrededor de la capital. Antes del amanecer, Zelenski llegó al complejo presidencial de la calle Bankova, donde su primera llamada telefónica al extranjero fue con Boris Johnson. “Quiero pedirte, Boris, como amigo de mi país. Llámale [a Putin] directamente y dile que detenga la guerra”, le dijo Zelenski a Johnson con voz ronca. Más tarde hubo más llamadas, a París y Washington, y una reunión con funcionarios de seguridad. Finalmente, se implementó la ley marcial en una sesión parlamentaria convocada apresuradamente.
A medida que avanzaba la mañana, Zelenski recuperó la compostura, y la desorientación se convirtió en determinación e ira. Durante una reunión con líderes políticos, su equipo de seguridad irrumpió en la sala y lo sacó a toda prisa: había información sobre ataques aéreos contra la oficina presidencial, dijeron, y posiblemente escuadrones de asesinato en las proximidades. Reapareció más tarde, habiendo comenzado ya la transición de político conmocionado en traje a líder en tiempo de guerra con uniforme militar.
Casi al mismo tiempo que Zelenski se cambiaba de ropa en Kiev, Putin recibía al primer ministro pakistaní, Imran Khan, en el Kremlin. La visita se había planeado con meses de antelación y Khan aterrizó en Moscú justo cuando los tanques rusos cruzaban la frontera con Ucrania. Sorprendentemente, Putin mantuvo la cita. En un día trascendental que cambió el curso de la historia europea, mientras los miembros de su élite, conmocionados, intercambiaban mensajes de texto horrorizados, él pasó más de dos horas con Khan discutiendo los detalles de las relaciones bilaterales entre Moscú e Islamabad.
Putin se mostró “tranquilo” durante las conversaciones, según una fuente cercana a Khan. Después, invitó a Khan a quedarse para un lujoso almuerzo no programado en el Kremlin. En un momento dado, el primer ministro pakistaní le preguntó por el tema tabú: la guerra que Putin había desatado unas horas antes. “No te preocupes por eso”, le dijo Putin: “Terminará en unas semanas”.
Cuatro años después, la guerra continúa. Se estima que han muerto 400.000 soldados rusos a cambio de controlar un 13% más del territorio de Ucrania que a principios de 2022.
Para las agencias de inteligencia británicas y estadounidenses, el espantoso y sangriento ataque de Putin a Ucrania fue un momento redentor. Durante meses, habían estado profundamente involucrados en los planes de guerra que Putin había mantenido en secreto incluso para la mayoría de su propia élite, y veinte años después del fracaso de Irak, se había demostrado que tenían razón frente al escepticismo generalizado.
Según funcionarios estadounidenses, después de que se confirmara que la información de inteligencia en torno a la invasión era veraz, muchos servicios asociados desarrollaron un nuevo respeto por la CIA y otras agencias estadounidenses y se interesaron en una cooperación más estrecha. (No está claro si esos deseos han sobrevivido a la presidencia de Trump).
Más allá de lo que acertaran en sus previsiones, Londres y Washington cometieron el mismo error que Putin: subestimaron la capacidad de resistencia de Ucrania y sobrestimaron la fuerza real del ejército ruso. En los análisis previos se daba por hecho que, una vez comenzara la invasión, la prioridad sería organizar y apoyar una insurgencia contra las fuerzas de ocupación, mientras el Gobierno ucraniano operaba desde el exilio o mantenía el control de una franja reducida en el oeste del país.
“Hasta el último momento asumimos que la guerra no iba a durar mucho”, explica un alto cargo de la inteligencia de defensa británica. “Pensábamos que el ejército ruso avanzaría hasta las afueras de Kiev con rapidez y que, llegado ese punto, darían la operación por concluida: ”Objetivo cumplido; se pueden ocupar del resto, gracias por su atención“.
Los estadounidenses tenían una opinión similar. “Pensábamos que los rusos serían más eficaces al principio, que tomarían Kiev en un par de semanas y que luego los ucranianos se reagruparían”, afirma Haines.
Los servicios europeos, que se habían equivocado tan estrepitosamente sobre la posibilidad de la invasión, utilizaron esta discrepancia como explicación: “No creíamos que fuera a suceder, porque pensábamos que la idea de que pudieran entrar en Kiev y simplemente instalar un gobierno títere era completamente descabellada”, afirmó un funcionario de inteligencia europeo: “Al final, resultó ser completamente descabellada”.
Parte del problema para los británicos y los estadounidenses era que, aunque se tenía un gran conocimiento de la planificación, se confiaba demasiado en las propias estimaciones de Rusia sobre la capacidad de sus fuerzas. “El sistema les anima a hacer que las cosas parezcan mejores de lo que son”, afirma un funcionario de inteligencia estadounidense. “No teníamos a ningún general ruso en nómina que pudiera decir: 'No he escrito un informe honesto en toda mi carrera'”.
El reducido círculo de planificación de Putin también influyó, ya que creó un plan desesperadamente arrogante que no había sido sometido a una crítica rigurosa por parte de profesionales de la inteligencia versados en la realidad ucraniana. El ejército ruso entró en Ucrania esperando una operación quirúrgica de cambio de régimen con poca resistencia, en lugar de las encarnizadas batallas que les esperaban. Moscú no se molestó en llevar a cabo muchas de las acciones que los analistas militares occidentales habían supuesto que acompañarían a la invasión, como la destrucción de las redes eléctricas y de comunicaciones de Ucrania. El ejército ruso asumió que controlaría la mayor parte del país en cuestión de días, por lo que decidió facilitar la ocupación posterior manteniendo intacta la infraestructura. En cambio, las redes móviles operativas y el suministro eléctrico disponible resultaron cruciales para la coordinación apresurada de las fuerzas de defensa ucranianas.
“Por un lado, sobrestimamos el rendimiento militar ruso y, del otro, subestimamos al ejército ucraniano”, afirma Michael Kofman, analista del Carnegie Endowment en Washington. “Los rusos no ejecutaron la operación ni remotamente como muchos anticipaban, ni de una manera que tuviera sentido”.
La postura desafiante de Zelenski en los días posteriores a la invasión fue otro factor inesperado. Washington, al igual que Moscú, había dado por sentado que sería asesinado o huiría tan pronto como comenzaran a volar los misiles. Biden le instó a abandonar la capital, o incluso el país, para garantizar su seguridad. Pero Zelenski se quedó, y su inspiradora actuación como líder en tiempos de guerra durante las cruciales primeras semanas de la invasión ayudó a unir a la sociedad ucraniana en su lucha contra los invasores. También enterró las preguntas sobre su abyecto fracaso a la hora de prestar atención a las advertencias de Estados Unidos durante la escalada.
Desde entonces, Ucrania ha estado en guerra, con poco tiempo o ganas de retomar el debate sobre si se debería haber hecho más para preparar a la población con antelación. Pero este debate puede resurgir, especialmente si en unas futuras elecciones se enfrentan Zelenski y Zaluzhni, excomandante del ejército y actual embajador en Londres, que presionó para que se tomaran más medidas, pero no fue escuchado. Zaluzhni afirma que la incapacidad de prepararse adecuadamente le costó muy caro a Ucrania al comienzo de la invasión. “Se debería haber declarado la ley marcial en enero, o en febrero como muy tarde”, lamenta.
Otros sugieren que la negativa de Zelenski a dar la voz de alarma, aunque no fuera de forma deliberada, podría ser lo que salvó a Ucrania. “Si hubiera empezado a hablar de una guerra inminente, si hubiera dicho a todo el mundo que se preparara, la sociedad habría entrado en pánico y millones de personas habrían huido del país”, señala un general del HUR: “Lo más probable es que el país hubiera caído”.
Para los servicios europeos que no previeron la invasión, se produjo un periodo de reflexión. Un oficial de inteligencia europeo afirma que estaban furiosos por el fracaso y que habían presionado internamente para que se investigara qué se podría haber hecho mejor. “La razón de ser de un servicio de inteligencia es predecir cuándo se producirá la próxima guerra”, afirma el oficial. “Y hemos fracasado estrepitosamente”.
Huw Dylan, historiador especializado en inteligencia del King's College de Londres, afirma que existe una larga tradición de analistas de inteligencia reacios a predecir que los acontecimientos futuros supondrán una ruptura drástica con el pasado. La gente no podía imaginar cómo sería una gran guerra terrestre europea en el siglo XXI, por lo que asumieron que era poco probable que ocurriera. Además, el escepticismo suele ser la opción más segura. “Si predices algo que tiene implicaciones enormes, tienes que dar más explicaciones si te equivocas”, subraya.
El fracaso de Ucrania ha empezado a cambiar esta mentalidad. Como indica un funcionario alemán: “Lo principal que aprendimos de todo esto es que tenemos que trabajar con los peores escenarios mucho más de lo que lo hacíamos antes”.
Ahora que el mundo ha entrado en una nueva era de incertidumbre, hay más escenarios catastróficos que considerar. Las recientes maniobras militares europeas se han centrado en cómo mantener el orden tras ataques masivos contra las infraestructuras eléctricas y de comunicaciones que provocan disturbios civiles. Por primera vez en un siglo, Canadá está modelando posibles respuestas a una invasión estadounidense.
Para muchos, la lección clave en materia de inteligencia que se extrae de la invasión de Ucrania es: no hay que descartar nada solo porque antes pudiera parecer imposible.
Traducción de Emma Reverter
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