La presión social para elegir carrera universitaria: “¿Cómo voy a pintar cuadros pudiendo estudiar matemáticas?”
17 años, una prueba de acceso a la universidad y muchos nervios. Superada la temida selectividad, toca decidir y, lo que para algunos representa una oportunidad para labrarse un futuro profesional, para otros se convierte en un quebradero de cabeza. “Nos hacen elegir súper pronto, con 17 años no tienes ni idea de por cuál camino tirar”, relata María Domínguez, ahora estudiante del grado de Física. La decisión prematura junto a la falta de asesoramiento, las expectativas familiares y las presiones relacionadas con el mercado laboral se convierten en inconvenientes que invitan a que la decisión final sea fallida.
Casi uno de cada diez estudiantes, un 9%, cambia de grado tras el primer curso académico. Así lo revela el informe Datos y cifras del Sistema Universitario Español elaborado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, que además cifra en un 22,1% el abandono del los estudios universitarios. Los datos corresponden al curso de cohorte de nuevo ingreso 2021-2022, puesto que contempla los cursos posteriores para permitir el análisis y la cuantificación del abandono y cambio de grado.
El número de estudiantes que cambian de grado ha aumentado mínimamente, de un 8% en el curso 2011-2012 al 9% una década después. Esta continúa siendo una decisión compleja. “Fue un año duro porque Arquitectura me estaba costando aunque aprobaba todo, entonces no era un fracaso para decir 'me tengo que ir de aquí', pero sentía que era una pérdida de tiempo. Cuando llegué a Física noté que era mi sitio”, explica Manuel Doval, de 23 años y recién graduado por la Universidad de Sevilla.
María Domínguez se dio cuenta en una clase: “Estaba en Biología, que era una asignatura interesante, pero no era nada de lo que yo buscaba y dije: 'mira, es que yo esto no lo quiero'”. La joven de 23 años admite que “no quería afrontar que no le gustaba” pero prefirió ir “a tope con el cambio que estar así toda la vida”.
Ana Osle, de 22 años, cambió de Ingeniería Industrial a Estudios Ingleses, en la Universidad Complutense de Madrid, y coincide en que hay un momento clave para tomar la decisión: “A los dos meses nos pusieron un examen de Física. Había que estudiar dos ecuaciones y yo llegué a ese examen y dije: '¿cómo voy a suspender un examen que tiene dos ecuaciones?' Saqué un cero”. Ese evento junto con los posteriores suspensos generaron una gran “frustración” en Ana. “Te preparabas un montón los exámenes y sacabas un tres. Después de los finales de enero no podía más y me puse a buscar carreras, vi que estaba Estudios Ingleses en Madrid y pensé: 'Me encantaría estar ahora estudiando esto en vez de estar aquí matándome a suspender exámenes'”, cuenta.
Estigmas, presión social y expectativas familiares
La presión social y familiar, las expectativas propias, así como las oportunidades del mercado laboral son factores que influyen en la decisión de miles de jóvenes que, en ocasiones, dejan de lado el aspecto vocacional.
A Ana Osle le gustaban las artes, pero como era “buena” en ciencias y matemáticas, eligió ingeniería. “¿Cómo voy a pintar cuadros pudiendo estudiar Matemáticas?”, se autoconvencía. Natàlia Bohorquez estudia Periodismo en la Universitat Jaume I (UJI), en Valencia, aunque también comenzó Ingeniería Industrial en la Universitat Politècnica de València (UPV), y no cree que esté “mal visto” cambiar de carrera, pero “sí de una de ciencias a letras”: “La gente cree que no vamos a encontrar trabajo y que en Ingeniería siempre hay más”.
Ese estigma social perjudica la elección de los estudiantes. Según los datos del Ministerio, las carreras de Ciencias e Ingeniería y Arquitectura son las que más tasa de cambio presentan, un 12,4% y un 10,8%, respectivamente, frente a las de Ciencias Sociales (8,1%) y Artes y Humanidades (9%). Por ello, la presidenta de la Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España, Ana Cobos, cree que debe encontrarse “una sintonía entre lo que uno quiere hacer con su vida y lo que el mercado de trabajo ofrece”.
Una vez tomada la decisión de cambiar de grado universitario, además de gestionar la frustración propia, el estudiantado debe enfrentarse a las reacciones de su entorno. “Para mis padres fue una decepción. Al principio ambos insistieron en que debería esforzarme en seguir”, cuenta Manuel Doval, aunque admite que después apoyaron la decisión. Ana Osle sentía que “había fallado”, pero su madre le amparó en el cambio, aunque con algo de preocupación: “Se pensaba que después de hacer un año de inglés me iba a querer cambiar de carrera. Entonces estaba como: 'haz lo que quieras, pero acábalo'”.
Natàlia Bohorquez y María Domínguez también recibieron el respaldo familiar, de hecho, en el caso de la segunda fue fundamental: “Me costó mucho tomar la decisión, pero me apoyaron mucho y me vino genial”. Sin embargo, no siempre sucede de esta forma. “Suele ser un disgusto porque las familias depositan expectativas y cuando se ven frustradas deben hacer un proceso de readaptación”, explica Ana Cobos e insiste en que es un proceso “triste”. Ejemplifica estas aspiraciones familiares con casos particulares: “Conozco casos de padres que se adelantaron a comprar la bata de medicina a un hijo que, finalmente, no entró en la carrera por falta de nota”.
Falta de asesoramiento
Los estudiantes estaban inseguros antes de decidir. “Tenía dudas porque me gustaban mucho las dos. Pero elegí Arquitectura porque creía iba a tener un poco de todo, que iba a ser más variada”, comenta Manuel Doval. Algo similar le ocurre a María Domínguez: “Cuando eché la matrícula no sabía muy bien si tirar más por Química o por Física, porque me gustaban las dos asignaturas en Bachillerato. Me decanté por Química porque la veía como más asequible y la que me iba a dar más conocimientos”.
Ana Osle eligió Ingeniería Industrial porque era “buena en mates” y los profesores del instituto correlacionaban sus conocimientos con sus gustos. “Se te dan muy bien las mates, seguro que esto se te da genial”, le decían, pero reconoce que se “llevó un palo” cuando llegó a la carrera.
En cualquiera de los casos, no recibieron asesoramiento profesional o fue “malo”. “En bachillerato no recibí ninguna orientación, nadie me informó de cuáles eran las salidas y ofertas laborales”, cuenta Ana Osle, a quien en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) le recomendaron hacer Administración de Empresas. “Nos explicaban algo, pero a mí me faltó bastante información, que igual la debería haber buscado yo por mi cuenta, pero sí, fui un poco a ciegas”, relata por su parte María Domínguez.
Tampoco Manuel ni Natalia recibieron ayuda profesional para tomar la decisión. Algunos de ellos admiten que probablemente la decisión habría sido similar. “Entré en ingeniería pensando que me iba a gustar, seguramente la habría cogido igualmente. Pero igual hubiera sido una decisión más informada”, concluye Osle.
La situación de Natàlia Bohórquez es peculiar. Puso de primera opción Periodismo, pero la cogieron antes en Ingeniería Industrial, carrera que comenzó y cursó durante unos meses. Cuando le comunicaron que finalmente había entrado en la que era, a priori, su opción preferida, cambió de carrera: “Me costó bastante porque el tiempo que estuve en ingeniería me gustó”. Años después la joven se arrepiente de su decisión: “Me volvería a meter en Ingeniería, Periodismo me ha decepcionado bastante”.
Por esos motivos, la presidenta de la Copoe insiste en que el asesoramiento es fundamental: “La orientación es mucho más que la información. Ahora con la oferta online y el aumento de la oferta privada, las posibilidades se han multiplicado y hay mucha más información”. Así, señala que la orientación es “la mirada hacia dentro” que permite tomar decisiones “teniendo en cuenta la oferta con lo que me hace feliz y lo que me proporciona mi lugar en el mundo”.
El autoconocimiento es importante, asegura Ana Cobos, y el entorno puedo reconocer las aptitudes “desde pequeños”: “Tu abuela te dice: 'ay qué bien habla mi niño, o qué bien canta o qué manitas es'. Hay personas que desde pequeños se les da bien algo: uno se encarga de montar una fiesta, otro decora la mesa, uno hace los bocadillos y cada uno muestra sus habilidades”.
Los estudiantes abandonan las carreras universitarias en el primer año, la cifra se mantiene y varía ligeramente de un 22,5% a un 22,1% en una década. Mientras aumenta, también mínimamente, el cambio de grado de un 8% a un 9%. Aunque el proceso continúa siendo “frustrante”, se ha “normalizado”. “En mi grupo de amigos la mitad nos hemos cambiado de carrera o se han quitado y metido en un grado superior o han comenzado más tarde el grado”, cuenta María Domínguez.
Sin embargo, para la presidenta de la Copoe la “percepción es más o menos igual”, pero invita a que esta cambie: “No tiene por qué ser un fracaso, al contrario, es la oportunidad de aprender algo muy importante. Has empezado una carrera y sabes que no te gusta, pues ya has aprendido algo bastante importante, que es que no es tu camino”.
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