“Aprobar es fácil, el juego está en las centésimas”: ¿por qué casi todo el mundo supera la Selectividad?
En 2010, un 91% de las personas que se presentaron a la Selectividad la aprobaron. La cifra se mantuvo más o menos estable, en ligera ascensión, durante esa década. En 2019, el año previo a la pandemia, llegó a un 94,5%. En el curso del coronavirus, con la educación a distancia y todos los problemas que trajo, se levantó la mano con la prueba y más de un 96% obtuvo una nota media superior a un 5. Esa estadística se ha consolidado, y desde entonces no baja del 95%.
Estos números llevan a algunos a pensar que la Selectividad es una prueba que aprueba todo el mundo y que, por tanto, no vale para nada. Un debate que se da tanto dentro del sistema educativo como a nivel social —el tertuliano Juan del Val dijo en televisión hace unos días que es una “mierda de examen” por esta razón—. El problema de este razonamiento, rebaten expertos, es considerar la prueba de acceso a la universidad como un examen de aprobar o suspender.
“El sistema está organizado para que no la suspenda casi nadie”, explica Isabel Cantón, profesora emérita en la Universidad de León. “No puedes pretender que después de dos años de clase, en los que te ha evaluado tu profesorado, después de haber aprobado unas decenas de asignaturas, venga alguien a suspenderte. No es una prueba para suspender, es para clasificar y categorizar al alumnado”, elabora.
Un argumento similar al que esgrime Juan Manuel Moreno, catedrático de Didáctica, Organización Escolar y Didácticas Especiales de la UNED. “Si la Selectividad es de facto un examen de graduación y para presentarte a él has tenido que aprobar el Bachillerato, se espera que apruebes. Acabas de terminar el curso y te examinas de esas mismas materias, tiene sentido una tasa de aprobados alta. Pero la Ebau (Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad, aunque no es ya el oficial en la ley, que es PAU) da una idea de que es una prueba con doble función, la graduación, sí, pero también el acceso a la universidad. El juego de la Selectividad no es aprobar, son las centésimas, si te da la nota para tus propósitos”, razona.
Y ese es un melón que ha explotado en los últimos años con una inflación de notas generalizada que ha tenido gran impacto en el estudiantado. Entre el curso 2015-2016 y el 2021-2022, la nota media de la Selectividad pasó de un 8,75 a un 10,34 (sobre 14), según el informe La subida de las notas de Selectividad: ¿Inflación o competición?, elaborado por EsadeEcPol.
Más allá de las razones —que el informe achacaba a los cambios en la prueba, como reducir la optatividad o elevar al 60% el peso de la nota del Bachillerato en la final—, el estudiantado ve cómo cada centésima de nota cuenta para acceder a determinados grados: si en 2015-16 solo había cuatro carreras en toda España que exigieran más de un 13 (sobre 14), el curso pasado fueron 73. Hace diez años un 5 de media garantizaba plaza en una de cada tres carreras que ofrecían las universidades públicas; hoy con ese aprobado raspado solo se opta a una de cada cuatro. La nota media de acceso ha pasado del 6,85 al 8,05.
Esta espiral ha provocado que la competitividad suba a un círculo vicioso: cada vez hacen falta notas más altas para entrar a determinados estudios, el estudiantado se esmera más y las notas suben más, empujando la línea de corte hacia arriba.
Pero que las notas de corte se estén disparando no es solo culpa de la Selectividad: el estancamiento en la oferta de plazas en la universidad pública —se ofrecen hoy, grosso modo, las mismas que hace una década— es responsable en buena medida de la situación. En cualquier caso, como explica Moreno, el estudiantado es consciente de que Bachillerato y Selectividad son una competición desde el primer día y que unas centésimas te pueden dejar fuera del grado deseado. Es la paradoja de la Selectividad: sacar el examen es fácil, pero cada vez hay más presión.
El filtro está antes
Esto sucede porque los filtros están antes. Para aprobar la Selectividad hay que llegar a la Selectividad, una obviedad que a veces se excluye del análisis. La también conocida como PAU solo la realizan quienes quieren llegar a la Universidad. Por el camino se ha quedado todo el que va a una Formación Profesional (FP), deja de estudiar a los 18 años o antes e incluso el 10% del estudiantado que no aprueba el Bachillerato.
En cifras, en España había matriculados en todo el sistema educativo unos 450.000 jóvenes de 17 años el pasado curso, pero la Selectividad la realizaron 320.000, incluyendo la convocatoria extraordinaria. De esos, aprobó un 95%. Traducido, de los 450.000 estudiantes, aprobaron la prueba 304.000. Un 67,5%, dos de cada tres (y estos datos no incluyen siquiera al 10% de los jóvenes que a esa edad ya no estudian).
Sea como sea, para Cantón la prueba sigue siendo necesaria. “Es una herramienta eficaz y hasta barata”, explica, “porque no hay recursos para que todo el mundo estudie lo que quiere. En las carreras técnicas faltarían laboratorios, instalaciones, recursos...”, elabora.
Moreno tiene más dudas. “Es el sistema menos malo que tenemos. Yo no estoy particularmente contento con él, tiene problemas muy serios”. Y establece un paralelismo para explicarse: “Tenemos un deporte, que es la Selectividad, que se juega en todo el país, pero en el que los goles que se marcan en un campo no valen exactamente lo mismo que en otro”, dice en relación a la también recurrente polémica de que los exámenes sean distintos en cada comunidad autónoma, pero la nota sirva para toda España. “Es un problema no menor, pero que el país asume como parte del coste del sistema político que tenemos”, reflexiona.
¿Es necesaria la Selectividad? “La prueba y la política de acceso a la universidad en los últimos 50 años es lo que ha permitido la expansión espectacular del acceso a la universidad en nuestro país y que hayan conseguido llegar sectores, colectivos, que no estaban representados en absoluto”, sostiene, a la vez que defiende la necesidad de cambios en el sistema.
¿Mide conocimientos?
De lo que no se habla tanto es de las otras dos funciones que la ley le otorga a la selectividad: “Mide la madurez académica y los conocimientos adquiridos en el Bachillerato, así como la capacidad para seguir con éxito los estudios universitarios”, explica la Lomloe. Y aquí la Selectividad sí suspende, coinciden los expertos.
“Para medir en conocimientos se exigen pruebas muy estrictas, contrastadas, y en Selectividad eso no se hace, sería imposible”, desliza Cantón. “No hay instrumentos de validación de la prueba”, sostiene.
Antonio Amante, expresidente de la asociación de estudiantes Canae, opinaba en esta entrevista que la PAU lo que mide es “la capacidad de memorizar y de retener información a corto plazo”. Canae siempre ha defendido que la nota de referencia para acceder a la universidad debería ser la del Bachillerato, “donde un estudiante puede desarrollarse —su esfuerzo, su trabajo, los conocimientos adquiridos de una manera más integral— y su profesor observarlo durante dos años”.
El problema que tiene la propuesta de Canae, y son conscientes en la asociación, es que repetidos estudios sostienen que los centros privados inflan las notas de su estudiantado, que obtiene sobresalientes y notables en una proporción que luego no se traslada a la Selectividad. Con datos de 2022, el Observatori del Sistema Universitario de Catalunya mostró en su informe Notas de acceso a la universidad, ¿son equitativas? que un 27,4% de los estudiantes de centros privados puros obtuvo entre un 9 y un 10 en la secundaria postobligatoria, un 23,9% hizo lo propio en los concertados y y 17,9% en los públicos. Peor luego en la Selectividad todo se comprime: el alumnado que proviene de centros privados que saca sobresaliente se queda en el 8,1%; en los concertados en el 5,4% y en los públicos en el 5,3%.
¿Predice el rendimiento futuro?
Tampoco acierta la Selectividad en la segunda cuestión de la ley. “No es un buen predictor académico”, sostiene Cantón, aunque “suele haber una buena correlación directa entre la nota del alumno y su rendimiento posterior”, admite.
Moreno, que lleva décadas estudiando la prueba, explica que “cuando decides sobre el acceso a estudios muy demandados, con nota alta, y lo haces mirando hacia atrás y además el peso del expediente [de la nota de Bachillerato] es del 60% [y el de la selectividad el restante 40%] es obvio que para cada tipo de estudios la validez predictiva de lo que llamamos EBAU no diría que es bajísima, pero sí dudosa y en algunos casos débil, porque estás haciendo una evaluación hacia atrás, no estrictamente para medir tu potencial académico en unos estudios determinados”, sostiene. Eso se podría conseguir con pruebas específicas de acceso para cada uno de los estudios, pero eso nunca se ha considerado en España“ [con alguna excepción, como las universidades catalanas, que hacen una prueba propia para Magisterio], reflexiona.
Parte del problema, continúa Moreno, es que, “dado que estos sistemas de acceso competitivo son una cosa políticamente delicada, los incentivos de los actores para cambiar el sistema son limitados. Es un examen, una política, que cambia muy despacio y de manera casi siempre marginal. El balance histórico es positivo”, pondera, “pero es un elemento de nuestra política educativa que está pidiendo a gritos algo más que un retoque”, cierra.
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