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Más evacuaciones por el fuego en cinco días que en tres años: “Antes no eran habituales, son algo reciente”

Una infraestructura quemada en el Parque Natural del Valle de Iruelas, arrasado por el incendio de Burgohondo (Ávila).

Daniel Sánchez Caballero

31 de julio de 2026 23:31 h

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Sobre las 19.15 del jueves 23 de julio el móvil de Miguel Cañizares empezó a emitir a todo volumen el atronador pitido de un ES-Alert. Se evacuaba Aldea del Fresno y tenía que dejar su casa. “Desde el día anterior estaban llegando pequeños trozos como de carbón, pero ya quemados, fríos. Sí que piensas que si empieza a caer alguno caliente...”, recuerda. “Pero está el Alberche entre medias y entre el río y la orilla se forma una especie de cortafuegos de unos 100 metros”. Insuficiente. Tenía que irse igual. Fue a buscar a sus padres, que viven en otra casa en la misma parcela, y en 15 minutos estaban en sus coches camino de Villamanta, donde tienen familia. Pensaban que sería solo esa noche. Acabarían pasando cinco días fuera.

El fin de semana, los Cañizares era unos más entre las cerca de 75.000 personas que simultáneamente habían sido forzadas a salir de su casa por un incendio, principalmente los del centro de la península y el de La Vall d'Uixó, en Castellón. Solo durante el fin de semana del 25 de julio, en el momento de máximo apogeo de esos fuegos, hubo en España más desplazados que en cualquier otro año previo completo, según los registros de Protección Civil y del Departamento de Seguridad Nacional.

En todo 2019 fueron 17.618 personas; en 2020, año de la pandemia, 7.497, una cifra similar a la de 2021 (6.346). Pero entonces se dispararon las evacuaciones: 30.143 en 2022; un total de 28.150 en 2023; el año siguiente hubo un paréntesis con 6.827, pero 2025 volvió con fuerza (42.913) y este 2026 se ha disparado, con el mayor incendio forestal de la historia del país por medio, hasta superar los 75.000 en decenas de municipios cuando ni siquiera ha acabado el verano.

No es una situación exclusiva de España: en Francia superan los 200.000 desplazados por el infierno de llamas al sur del país, cerca de Burdeos.

Casa calcinada por el incendio forestal, a 29 de julio de 2026, en Pelayos de la Presa, Madrid (España)

“Las evacuaciones son algo reciente”

“Los incendios forestales han dejado de ser un problema medioambiental para pasar a ser un problema de protección civil, de riesgo para la vida de las personas y sus infraestructuras”, sostiene Carlos Madrigal, decano territorial de Madrid del Colegio Oficial de Ingeniería Técnica Forestal.

En los últimos años el escenario ha cambiado y los incendios, violentos y rápidos, han dibujado una nueva realidad, explica Félix Pérez, presidente de la Asociación Profesional de Axentes Forestais e Medioambientais de Galicia (Aprafoga). “Las evacuaciones y los confinamientos [por fuego] no eran habituales, son algo reciente. Los fuegos forestales eran fuegos forestales, pero ahora hay mucho fuego de interfaz que impacta en los pueblos. El tratamiento de todo esto está en evolución”, explica.

En Galicia, empezaron a hablar de confinamientos y evacuación sobre todo a partir de 2017, cuando murieron en Nigrán dos mujeres evacuando un pueblo, recuerda Pérez. La tragedia de Pedrograo Grande, en Portugal, donde fallecieron 64 personas atrapadas en una carretera ese mismo año, también fue un punto de inflexión.

El incendio del centro de la península aúna todo lo que relata Pérez. La tormenta perfecta para los incendios en el monte —vegetación abundante por las lluvias de invierno y primavera, pero sequísima por el calor del verano y sin limpiar por el abandono del rural y la falta de medios— se junta con un creciente modelo residencial extensivo, metido en la naturaleza —la interfaz urbano-forestal— y forman un cóctel explosivo que, con una pequeña chispa que genere un fuego, fuerza desplazamientos masivos.

Y las evacuaciones son complicadas, no se pueden apurar, recuerda el agente forestal: “Dicen los estudios que hay que hacerlas con muchas horas de antelación. En los pueblos hay enfermos, gente encamada, gente sin vehículos. Hay que estudiar las vías de salida. Todo eso lleva mucho tiempo y cada vez se hace con más anticipación, se va mejorando”, asegura.

El relato de Miguel Cañizares encaja con las explicaciones de Pérez. Él solo veía humo desde su terraza cuando recibió la alerta de evacuación, el fuego aún estaba lejos. “Creo que, en parte, nos evacuaron para que no pasara lo que sucedió en Villa del Prado (un municipio cercano). Allí no los evacuaron porque no tenían salida”, cuenta, y se tuvieron que quedar confinados.

Unas pautas claras

Virginia Barcones, directora de Protección Civil, explicaba en una entrevista con este periódico que “la Protección Civil tiene pautas claras: lo primero siempre son las personas, una vez garantizada su seguridad y bienestar, lo siguiente son las poblaciones, los domicilios, las casas, y, en tercer término, el medio natural”.

Con esa política y la realidad sobre el terreno, explica Rubén Laina, profesor de la Escuela de la Ingeniería de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), “uno de los asuntos que más preocupa ahora es la protección de esos núcleos urbanos en colindancia con los núcleos forestales, y es una preocupación internacional. Pasa lo mismo en Portugal, Grecia y Chile”.

Y, en los últimos años, la interfaz urbano-forestal no ha parado de crecer. En el año 2000 se calculaba que sumaba algo más de un millón de hectáreas. Más adelante se amplió el criterio de qué es interfaz urbano-forestal y se elevó hasta el 13% del territorio, cifra que puede subir hasta el 20% si se considera como zona de contacto no solo las urbanizaciones periurbarnas sino las construcciones más alejadas. Eso serían 10 millones de hectáreas.

Varios vehículos calcinados junto al restaurante Anita en Los Gallardos, Almería

La consecuencia derivada de esta nueva realidad, sostiene el profesor, es que se dedican muchos recursos a proteger municipios o urbanizaciones y “los medios quedan secuestrados” —una expresión de los profesionales de la extinción— y no puede atacar el incendio. “Pasó en León en 2025, por ejemplo, donde tuvieron el gran problema de que el fuego afectó a muchos núcleos urbanos muy dispersos, de manera que los servicios de extinción, en vez de estar mirando la cabeza del incendio (la que dice hacia dónde va, cuándo se va a parar, etc.), estaban protegiendo esos núcleos”. Laina ahonda en la idea de Pérez y añade que “es significativo” que en esa zona “no habían hecho evacuaciones nunca” hasta el año pasado.

Esta combinación de fuegos intensos, núcleos urbanos diseminados y la cautela y anticipación a la hora de evacuar llevan a los expertos a concluir que veranos como el actual, con decenas de miles de desplazados temporales, empezarán a ser relativamente normales. También exigirá que esos propietarios mantengan sus fincas en condiciones que impidan o ralenticen el avance del fuego. Como dice Madrigal, ingeniero forestal, “lo primero es saber que el riesgo existe y luego pensar en la autoprotección”.

Respecto a la gestión de los evacuados, la experiencia personal de Cañizares le dice que lo siguiente a mejorar es la comunicación. “Lo que más echas en falta es información. Quieres saber cómo evoluciona todo, cuándo vas a poder volver a tu casa... Y lo único que te dicen es que hay una reunión del Cecopi, pero no sale nada. En el fondo lo entiendes [que no haya mucha información], pero frustra”, reflexiona. También entiende que las autoridades tiren por lo alto con las evacuaciones. A los vecinos de la urbanización Encinar del Alberche se les permitió volver a casa en un momento dado, para luego volver a desalojarlos por incendios, una experiencia que Cañizares no envidia: “Ya puestos a lo malo, mejor esperar un poco más”.

En lo que están de acuerdo todas las fuentes consultadas es en poner en valor el éxito de las evacuaciones. Más de 75.000 desplazados en unos pocos días y ni un solo incidente reseñable es para sentirse satisfechos, cree el agente forestal Pérez, que habla de un sistema que “funciona”.

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