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El peligro de tener casas incrustadas en el monte: “Es un país que arde”
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El peligro de tener casas incrustadas en el monte: “Vivimos en un país que arde. Tenemos que aceptarlo y aprender todos”

Vista de una vivienda afectada por el incendio de Los Gallardos, en Bédar (Almería).

Raúl Rejón

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España es un país con muchísima interfaz urbano-forestal. Esto quiere decir que hay muchas viviendas en contacto íntimo con el monte lo que las convierte —a ellas y sus habitantes— en muy vulnerables a las llamas de los incendios forestales.

Un territorio con estas características y especialmente expuesto a los incendios agravados por el cambio climático necesita gestionar este riesgo aumentado. “Todos tenemos que corresponsabilizarnos y los que viven en la interfaz todavía más”, reflexiona la catedrática de la Universidad Politécnica de Catalunya y experta en riesgo e incendios, Elsa Pastor Ferrer.

El biólogo del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (Creaf), Josep María Espelta, añade que “queda camino por recorrer y quizá una parte especialmente importante es la autoprotección: ser proactivo es un elemento clave sobre el que todavía no hemos encontrado una solución óptima”. Al hablar de ser proactivo se refiere –cuenta— “tanto a las medidas que adoptar en los terrenos y viviendas como a saber qué hacer frente a un incendio”.

No hay más remedio que entender esta situación porque ha venido para quedarse y somos nosotros los que tenemos que adaptarnos

Elsa Pastor Ferrer Catedrática de la Universidad Politécnica de Catalunya y experta en riesgo e incendios

La superficie de esta interfaz en España no ha parado de crecer. Las investigaciones calcularon que, en 2000, sumaba algo más de un millón de hectáreas. Más adelante, al ampliarse el criterio de qué es interfaz urbano-forestal, los cálculos se han ido al 13% del territorio y, considerando como zona de contacto no solo las urbanizaciones periurbarnas, sino las construcciones más alejadas, la situación puede acercarse al 20%, dicen los expertos. Cuando se confirmen esas estimaciones, eso sumaría usos 10 millones de hectáreas.

“La interfaz ya implica a todo el territorio”, resume el biólogo del Creaf. “Como se ha visto con las construcciones diseminadas en Los Gallardos, ha desbordado la idea típica alrededor de zonas metropolitanas o urbanizaciones”.

Pastor Ferrer explica que podemos encontrarnos una interfaz “compacta como son las urbanizaciones alrededor de Madrid o Barcelona o en la costa” que hacen linde directa con el monte, otro tipo menos compacto de “zonas o comunidades urbanizadas en medio del monte con viviendas más diseminadas” y un tercer tipo de casas aún más desperdigadas o aisladas “muy separadas unas de otras como hemos visto con los cortijos de Los Gallardos”.

Impactos muy duros

“Cada una tiene sus propios retos y el peligro incrementa a medida que la interfaz es menos compacta porque el fuego puede propagarse más fácilmente lo que hace que el riesgo sea muy elevado”, apostilla la ingeniera.

El, hasta ahora, mapa de riesgo en la interfaz urbano-forestal marcaba como áreas de riesgo extremo las provincias de Girona y Madrid y de riesgo alto casi todo el litoral mediterráneo de Barcelona a Alicante. También Málaga. Sin embargo, ese mapa ha ido a peor. La catedrática de la UPC está ultimando un nuevo mapeo, pero “a menos no ha ido porque se ha construido más”.

En este sentido, la experta hace una analogía entre “las zonas inundables y las de alto riesgo de incendios forestal. Igual que no debe construirse en áreas donde pueda haber inundaciones, tampoco debería hacerse en zonas donde el fuego vaya a ser un peligro grande”. Para lo ya edificado “que es mucho” lo adecuado “sería acondicionarlas para que el impacto sea razonable, pero estamos observando impactos muy duros en áreas que deberían haberse preparado”.

El riesgo que representan los incendios en un contexto de condiciones explosivas como las que crea el cambio climático entraña un peligro como son las llamas, el humo o las pavesas, una exposición a ese peligro y un grado de vulnerabilidad. “Cada persona que vive en esas áreas tendría que pensar en cómo rebajar las variantes de ese riesgo”, cuenta Elsa Pastor.

Debemos cambiar la idea de mirar la prevención frente a los incendios como algo que viene de fuera y mirarlo desde dentro: qué podemos hacer

Josep María Espelta Investigador del Creaf

Josep María Espelta recuerda que las fincas y zonas alrededor de las casas deben ser “franjas de protección contra incendios” donde no haya combustible “natural o artificial”.

La cuestión es que el paradigma de los incendios ha cambiado con la crisis del clima. El fuego ya no entiende de latitudes y las llamas surgen y se propagan en casi cualquier sitio. “No hay más remedio que entender esta situación porque ha venido para quedarse y somos nosotros los que tenemos que adaptarnos. Vivimos en un país que arde. Un país de incendios. Tenemos que aceptarlo y aprender todos”, reflexiona la investigadora.

“Debemos cambiar la idea de mirar la prevención frente a los incendios como algo que viene de fuera y mirarlo desde dentro: qué podemos hacer”, suma el biólogo Espelta.

La idea —insiste la catedrática— es que ha llegado el momento de que las personas que viven en esas casas lindantes con el monte “tienen que empezar a prepararse de forma más activa antes de que los bomberos actúen. Ser conscientes de cómo reducir la vulnerabilidad. Que los vecinos estén conectados y comunicados y, durante todo el año, tener preparadas las acciones”.

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