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Un cóctel de calor extremo y negligencias desata una ola de incendios
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Un cóctel de calor extremo y negligencias desata una ola de incendios que arrasa miles de hectáreas

Imagen captada por los bomberos de la diputación de Castellón mientras combatían el incendio de Soneja.

Raúl Rejón

6 de julio de 2026 21:57 h

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En una combinación casi infalible, las negligencias humanas cometidas durante una ola de calor como la que vive España estos días han resultado en una batería de incendios forestales de difícil extinción.

Las temperaturas extremadamente cálidas provocadas por el cambio climático —que asfixian a la población en los núcleos urbanos— comenzaron también a resecar el monte a finales de mayo, continuaron a finales de junio y se han reactivado a comienzos de julio. Un calor extremo que, en realidad, no se va e incrementa la inflamabilidad de la vegetación: las plantas resecas arden mucho más.

“No parecen causas naturales”, ha dicho este lunes la delegada del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Pilar Bernabé, sobre el incendio de Soneja (Castellón), donde las llamas han penetrado en el parque natural sierra de Espadán. El Seprona investiga las causas.

En el incendio de Les Garriges (Girona), que ha quemado más de 2.000 hectáreas, la principal hipótesis es el trabajo con una sierra radial —y las consiguientes chispas— en una carretera. “Todo apunta a unos trabajos mecánicos”, dijo el jefe regional de los agentes rurales, Jaume Bosch. Unas labores “sin permiso”, de acuerdo con la normativa antiincendios de Catalunya, añadió.

También en esta oleada de incendios de inicios de julio, el fuego que afecta al parque nacional de los Picos de Europa es sospechoso de ser intencionado.

En Aragón, las llamas que quemaron más de 2.000 hectáreas en Tamarite y Alcampell (Huesca) comenzaron por una chispa de maquinaria agrícola, según informó el delegado del Gobierno, Fernando Beltrán. El calor, la sequedad y el viento impulsaron luego el fuego.

La mano humana

Lo cierto es más del 90% de los incendios forestales en España son causados por los humanos ya sea adrede, por accidentes o una negligencia. El 70% de los siniestros investigados se atribuyen a la última categoría.



En este sentido, las normativas nacional y autonómicas regulan qué se puede y qué no se puede hacer cuando el nivel de riesgo de incendio es alto, muy alto o extremo. Hay labores que se prohíben, como la quema de restos vegetales o rastrojos, y otras que precisan condiciones especiales —como la siega de cereales de secano que debe hacerse en esta época del año—. De igual manera, los trabajos con maquinaria en infraestructuras requieren justificación y autorizaciones.

Así que las acciones humanas, que siempre han estado detrás de la mayoría de los focos del fuego, inciden ahora en un contexto en el que el cambio climático trae condiciones ambientales especialmente peligrosas: calor extremo, humedad muy baja y viento.

De hecho, adheridas a la ola de calor que se prolongará, al menos, hasta el próximo jueves, las condiciones meteorológicas van a hacer que el peligro de incendio en la Península y Baleares se agrave a lo largo de la semana con casi todo el territorio en máximos en esa jornada, según los mapas de predicción de la Agencia Estatal de Meteorología.

Fuego y cambio climático, unidos

Ya en 2007 podía leerse en el informe El futuro en llamas de la organización Greenpeace: “Los incendios forestales en España están variando. Uno de los fenómenos implicados en este hecho es el cambio climático global”. ¿A qué se refería? Precisamente, a que “es el responsable de la subida de las temperaturas, así como un aumento en la sequedad del suelo”. Y más calor “ocasiona una mayor desecación de la vegetación y, por tanto, un aumento de su inflamabilidad”.

Ante el cóctel que se ha generado, la experta en incendios forestales de WWF, Lourdes Hernández, reflexiona que “necesitamos un cambio de estrategia que vaya más allá de la extinción y aborde una gestión integral basada en la prevención”.

Esta organización ha calculado que, actualmente, se dedica el 78% de los recursos a la extinción de las llamas —entre 600 y 700 millones de euros al año, calculan— y alrededor de un 12% a la prevención, la gestión forestal y la adaptación del paisaje, que suman aproximadamente 180 millones de euros anuales.

Con la entrada de este episodio de calor extremo —consecuencia de la crisis climática generada por las emisiones de gases de las actividades humanas— se están sucediendo los siniestros. Hasta finales de junio, en España se habían carbonizado 43.000 hectáreas.

Ese volumen de destrucción a estas alturas del año está un 19% por encima de la media de la década y es el cuarto registro más alto desde 2016. Pero, en tiempo de crisis climática, la virulencia y devastación de unos pocos incendios concentrados en pocos días pueden multiplicar rápidamente la destrucción.

El año pasado, por ejemplo, a finales del mes de junio el número de hectáreas quemadas estaba en 17.500. Luego, en tan solo dos semanas de agosto, se calcinó el 90% de toda la superficie abrasada ese año. 47 de los 63 grandes incendios forestales de 2025 (los GIF) se produjeron en agosto.

WWF afirma en su reciente análisis sobre los incendios en España que “la simultaneidad de los GIF dificultan las evacuaciones y reduce la capacidad para controlar frentes al mismo tiempo lo que confirma los límites de un modelo obsoleto en el nuevo contexto climático”. Su experta Lourdes Hernández insiste en que es necesaria “la adaptación del territorio hacia mosaicos agroforestales, una planificación territorial preventiva y recursos suficientes para hacer frente a las emergencias”.

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