¿Hubieran desposeído a Lance Armstrong de los siete tours con Trump como presidente de EEUU?
Hasta este pasado lunes no se me había pasado por la cabeza que el interrogante tuviera sentido. La autonomía de la competición deportiva es de las pocas cosas no susceptibles siquiera de ser sometidas a discusión que todavía quedan. No hablo del deporte, sino de la concreta competición deportiva. Las reglas relativas a la circulación de futbolistas en el espacio europeo, que antes del 15 de diciembre de 1995 eran definidas por la UEFA, pasaron a serlo por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) en el caso Bosman, que pasó a ser durante unos años el jugador más famoso de Europa y posiblemente del mundo. Los lectores más veteranos seguro que lo recuerdan. Los más jóvenes a lo mejor no.
Los derechos reconocidos en los Pactos Internacionales o en los Tratados Europeos o en las Constituciones estatales se imponen directamente, o pueden imponerse a través del recurso pertinente ante la autoridad judicial competente, a las autoridades deportivas en el momento de configurar una determinada competición. Pero, una vez que las autoridades deportivas han fijado las reglas de la competición respetando tales derechos, no hay ninguna autoridad política que pueda penetrar desde el exterior para imponer una interpretación distinta.
Esto es lo que da credibilidad a una competición deportiva. Sin reglas conocidas y sin árbitros que las apliquen con imparcialidad, no hay competición deportiva. Pueden incluirse instrumentos de revisión de las decisiones adoptadas por los árbitros, pero es imprescindible que en un momento determinado la decisión arbitral sea una decisión firme. Firme en términos absolutos, como ocurre, por ejemplo, con el resultado del partido. O firme en términos relativos. Se mantiene su vigencia para el partido en que se ha tomado, pero puede ser recurrida ante un tribunal arbitral, que puede confirmarla o anularla o modificarla, como ocurre con la tarjeta del color que sea, que a un jugador le puede ser mostrada por el árbitro en el curso del partido. Incluso es posible admitir un recurso ante autoridades judiciales no deportivas, si las circunstancias que concurre en el caso así lo exigen.
La imparcialidad en el ejercicio de la función arbitral se ha ido perfeccionando de manera considerable a medida que ha ido progresando el proceso de globalización de la competición deportiva de que se trate. Justamente por eso, cada vez es mayor el respeto de las decisiones arbitrales. Y también por eso, son cada vez más frecuentes los resultados inesperados.
El campeonato mundial de fútbol de este 2026 está siendo, con mucha diferencia, el mejor ejemplo. Hubo un reproche inicial a la FIFA de que la opción de un campeonato con 48 selecciones tenía como finalidad garantizar el paso de la competición por grupos a selecciones predeterminadas, ya que se presumía que algunas de las selecciones que habían llegado a la fase final tenían un nivel muy inferior a las demás y quedarían descartadas con facilidad.
Nada más lejos de la realidad. La competición de 2026 ha sido la más equilibrada de todas las celebradas hasta la fecha. Posiblemente se hablará de un antes y un después a 2026. En este campeonato se está produciendo el bautismo de algunas selecciones, pero, sobre todo, la confirmación de muchas más, que harán que a partir de 2030 la globalización del fútbol lo sea no solamente por la afición que despierta, sino también por la forma en que se lo practica.
Ahora bien, todo esto puede deshacerse si no se corrige la decisión de permitir que Estados Unidos se salte la línea roja de excepcionar la vigencia del artículo que exige que el jugador al que se ha enseñado una tarjeta roja, confirmada en apelación, no puede jugar el partido siguiente.
El hecho de que el presidente de los Estados Unidos haya llamado telefónicamente en tres ocasiones a los responsables de la FIFA y haya exigido para un jugador estadounidense la exoneración de una sanción firme, no puede ser aceptada sin viciar de raíz la competición. Esa mancha no puede ser borrada. El mundial 2026 se convertiría en un mundial fake, sobre el que, posiblemente tendrían que acabar pronunciándose no solamente tribunales arbitrales deportivos, sino un Tribunal Mundial de Justicia.
Afortunadamente para el deporte mundial los años de Lance Armstrong como campeón del Tour no coincidieron con Donald Trump en la Casa Blanca. Es posible que la adulteración fáctica hubiera sido blanqueada y que su nombre figurara siete veces repetido en el listado de los ganadores del Tour.
Afortunadamente no fue así. Es un precedente al que tendría que recurrir el mundo del fútbol para evitar lo que Donald Trump pretende hacer.
Sobre este blog
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