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ENTREVISTA
Decano territorial de Madrid del Colegio Oficial de Ingeniería Técnica Forestal

Carlos Madrigal: “Los incendios forestales han dejado de ser un problema ambiental, ya son un problema de protección civil”

Carlos Madrigal, decano territorial de Madrid del Colegio Oficial de Ingeniería Técnica Forestal

Daniel Sánchez Caballero

2 de agosto de 2026 23:18 h

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Los incendios de Ávila y Madrid han tocado a Carlos Madrigal (1980) por partida doble. Aunque el decano territorial de Madrid del Colegio Oficial de Ingeniería Técnica Forestal ya nació en esta comunidad, su familia paterna es originaria de Cebreros, uno de los municipios más afectados por los fuegos, y él creció paseando por esos bosques y bañándose en los ríos de la zona. Hoy, el vecino Carlos ve desolado cómo el pueblo “ardió por completo” y muchas familias, muchos conocidos, han perdido sus casas o sus negocios.

El ingeniero forestal también sufre por los efectos de las llamas. “Se ha perdido una zona de un valor incalculable”, sostiene. Y las consecuencias de los incendios apenas acaban de empezar, advierte. Cuando se apague el fuego quedará la ceniza, que con la lluvia irremisiblemente acabará en los ríos y de ahí, a los pantanos cercanos, con un gran riesgo de desastre ecológico.

A Madrigal le preocupa especialmente la relación de la sociedad con el fuego y los grandes incendios. La falta de información y de consciencia de lo que implican. “Tenemos que entender dónde nos encontramos. No sabemos qué es un incendio forestal ni qué consecuencias puede tener. Estoy convencido de que ni una sola de las personas que ha perdido la casa era consciente del riesgo”.

Un riesgo que aumenta con el paso de los años y que, en su opinión, ha cambiado la manera de abordar los fuegos. “Los incendios forestales han dejado de ser un problema de protección de la naturaleza para convertirse en un problema de protección civil, de protección de las vidas de las personas”, dice Madrigal.

¿Qué implica este cambio?

Las dimensiones y el comportamiento que están adquiriendo los incendios, tan extremos y tan difíciles de apagar, nos crean un problema de protección de la población. Lo estamos viendo: cada pocos kilómetros tenemos que evacuar un municipio, una urbanización o un lugar donde hay personas.

Como sociedad tenemos que entender que, si hay un incendio forestal en la zona donde estamos, podemos vernos directamente afectados. La inmensa mayoría de la gente no es consciente del peligro que corre cuando compra o construye una casa en ese sitio idílico, rodeado de árboles, con un solo camino de entrada y salida. Hasta que la situación se convierte en un desastre, con viviendas quemadas o afectadas. Estoy convencido de que ni una sola de las personas que ha perdido la casa era consciente del riesgo.

¿Qué tienen que hacer esas personas que viven en zonas de riesgo, en la ínclita interfase urbano-forestal?

Al final se trata de un problema de autoprotección, de protegernos a nosotros mismos, a nuestros vecinos y a nuestras familias.

Hay dos aspectos determinantes en esta cuestión. Lo primero es saber que ese riesgo existe y hay que tomar una serie de medidas individuales. La parcela debe estar desbrozada, limpia de pasto alto o matorral para evitar que el fuego tenga continuidad hasta la vivienda. También hay que retirar materiales inflamables como sillas, toldos, persianas o la leña acumulada para el invierno, y mantener limpios los tejados.

Es muy habitual ver viviendas dentro de pinares con los tejados llenos de pinocha. Eso es un combustible que arde perfectamente y puede hacer que el fuego entre en la vivienda. Y, en el peor de los casos, si una persona tiene que confinarse, debe bajar las persianas, cerrar puertas y ventanas y tapar las rendijas con trapos húmedos para impedir la entrada de humo.

Ha dicho que había dos elementos. ¿El otro?

Lo más importante es lo colectivo. La normativa obliga a municipios, urbanizaciones e infraestructuras situadas en zonas de alto riesgo a disponer de planes de autoprotección. El problema es que muchas veces esos planes se quedan guardados en un cajón.

Hay que ejecutarlos: eliminar el combustible de los primeros 100 o 200 metros junto al monte, tener un plan de evacuación, un director del plan en contacto permanente con la dirección de extinción y que toda la población sepa por dónde evacuar, dónde puede confinarse y a quién debe dirigirse.

Es muy habitual que, cuando se ordena evacuar un municipio, algunas personas decidan quedarse para defender su vivienda porque es lo único que tienen. Pero cuando el fuego llega entran en pánico y salen de forma desesperada, sin saber por dónde, sin que nadie conozca sus movimientos. En lugar de huir del incendio pueden acabar metiéndose de lleno en él [es lo que se especula que pasó con los muertos en Los Gallardos, Almería].

¿Cómo puede resolverse esta falta de información y formación?

Siempre pongo el mismo ejemplo: lo que se hizo con la educación vial en los años 80. Hubo campañas constantes, publicidad en todos los niveles y después llegó el carné por puntos. Todo eso consiguió que España tenga hoy una buena cultura de seguridad vial.

Con los incendios forestales habría que hacer lo mismo. Primero, conseguir que la población conozca el riesgo; después, enseñar cómo protegerse. Para eso hacen falta campañas de sensibilización permanentes, no solo cuando empieza el verano, sino durante todo el año. También habría que introducir esta formación en colegios e institutos para que la sociedad conozca el gran problema que ya tenemos y que, en mi opinión, irá a más.

Si estos incendios del centro de la Península tienen algo positivo es que, pese a las numerosas evacuaciones y confinamientos, no ha habido ninguna desgracia personal. Creo que ahí hay que reconocer la buena gestión realizada.

Aparte de faltar información y formación, ¿cree que hay un problema de falta de consciencia?

Sí. No somos conscientes del peligro que existe cuando llega esta época del año y vivimos o tenemos una vivienda en medio del monte. Es verdad que el riesgo solo existe durante unos meses, pero las consecuencias pueden ser perder la vida o quedarse sin casa.

La prioridad debe ser que la gente comprenda el riesgo al que está expuesta. Los servicios de extinción y prevención no pueden abarcar un territorio tan enorme, así que lo primero es que cada uno tome las medidas que están a su alcance.

¿Infravaloramos los incendios? Da la sensación de que nos tomamos mucho más en serio una alerta por lluvias torrenciales o nieve que una por fuego.

El problema de los incendios es que no son tan fáciles de predecir. Podemos tener una alerta porque las condiciones son muy favorables para que se produzca un incendio, pero luego tiene que existir una ignición. Si no hay fuego, no percibimos el riesgo como algo real.

Sin embargo, hay que concienciar a la sociedad de que nosotros mismos somos juez y parte: el 95% de las causas de los incendios forestales tienen origen humano y, sobre todo, obedecen a negligencias. Muchas veces provocamos un incendio simplemente porque desconocemos el riesgo que entraña una determinada actividad.

¿Por ejemplo?

Hay que evitar determinados trabajos cuando las condiciones son extremas. Puedes estar un domingo por la mañana soldando en tu parcela y provocar un incendio sin ser consciente del riesgo. Cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde.

Todavía no es oficial, pero se habla de que el incendio de Guadalajara pudo originarse por una cosechadora y el de Burgohondo por una máquina de obra pública que estaba abriendo un camino forestal. Tenemos que ser mucho más estrictos con las regulaciones y, en determinados momentos, prohibir este tipo de actividades en zonas forestales.

Pero también es una cuestión colectiva, ¿no? Siguiendo con el caso de Burgohondo, cuesta creer que un señor estuviera trabajando con una máquina pesada y nadie supiera lo que estaba haciendo.

No somos conscientes del riesgo. Estoy convencido de que, si quienes estaban allí hubieran sido plenamente conscientes de las consecuencias que podía tener esa actividad, habrían evitado que se realizara. La prevención no depende solo de quien maneja una máquina, sino también de que todos entendamos cuándo una conducta supone un peligro.

¿Tiene fe o esperanza en que lo que está pasando este año cale en la sociedad o cree que en septiembre se nos habrá olvidado y el año que viene volveremos a empezar de cero?

Soy bastante negativo. No es la primera vez que vivimos grandes incendios forestales con consecuencias muy graves y, sin embargo, las medidas que se han tomado después han sido mínimas.

Es verdad que este episodio ha sido especialmente grave, aunque afortunadamente no ha habido fallecidos, que habría sido lo peor. Ojalá esta vez sirva para cambiar las cosas, pero, si soy sincero, hay una parte de mí que piensa que todo seguirá prácticamente igual.

¿Y ahora qué? ¿Qué va a ocurrir después de estos incendios?

Ahora llegan unas consecuencias que muchas veces pasan desapercibidas. En el incendio de Burgohondo, por ejemplo, la ladera norte vierte sus aguas al Alberche y la sur, al Tiétar. Cuando empiece a llover, toda la ceniza será arrastrada hacia esos ríos y acabará llegando a embalses como el del Burguillo o el de San Juan.

Creo que esos ecosistemas van a sufrir muchísimo. Gran parte de la vida que albergan puede desaparecer y harán falta muchos años para recuperarla.

Otro problema muy importante será la pérdida de suelo. Las raíces de los árboles sujetaban la tierra y, cuando desaparezcan, el terreno empezará a lavarse con las lluvias. Se perderá el suelo fértil y, si eso ocurre, la regeneración de la vegetación será mucho más difícil porque solo quedarán las piedras al descubierto.

¿Tiene solución?

Hay que actuar muy rápido. Desde el primer momento hay que preparar el terreno y construir las infraestructuras necesarias para reducir al máximo esa pérdida de suelo. Aun así se perderá una parte importante, pero si conseguimos sujetarlo y favorecer la regeneración de la vegetación, el impacto será mucho menor.

Lo bueno es que gran parte de las especies de la península están adaptadas al fuego y rebrotan con rapidez. En cuanto vuelvan a aparecer las plantas, sus raíces empezarán otra vez a fijar el suelo y disminuirá el efecto erosivo de la lluvia.

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