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REPORTAJE

“Lo importante no es la foto”: una tarde tras el lince ibérico en los Montes de Toledo

Javier Muñoz de la Torre Granados

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El sol empieza el recorrido que lo llevará a desaparecer, un día más, tras los Montes de Toledo. Es entonces cuando Raquel Sánchez (Argamasilla de Alba, 1994) coge su cámara y se prepara para una espera de varias horas con un único objetivo: fotografiar un lince ibérico.

Esta fotógrafa de fauna no se dedica a ello de forma profesional —es profesora en un instituto de Tomelloso—, pero lleva su afición a un nivel poco común. Ha invitado a elDiario.es Castilla-La Mancha a acompañarla en una de sus salidas en busca de estos felinos. Conviene adelantarlo: no dimos con ningún ejemplar. Y, sin embargo, la tarde fue una lección completa sobre su forma de trabajar, porque, como ella repite sin descanso, lo importante no es la fotografía, sino todo el proceso que hay detrás. Un proceso en el que se mezclan un amor inmenso por la naturaleza, el estudio del comportamiento animal a través de la experiencia y, por encima de todo, las ganas de disfrutar, con respeto, por el entorno.

Dar con un ejemplar de lince ibérico y, además, fotografiarlo no es tarea sencilla. La primera instantánea que consiguió Raquel de este animal le costó siete meses de salidas infructuosas, de recorrer caminos durante horas sin cruzarse con un ejemplar, o sin tiempo siquiera para montar la cámara y disparar.

Raquel Sánchez, durante una de sus esperas para fotografiar animales

Su periplo comenzó en febrero, en la Sierra de Andújar, en Andalucía. “Fui para allá, una zona muy bonita, donde hice fotos a muchos animales, sobre todo a aves. Pero no vi linces”, recuerda. “Es verdad que me volví un poco triste, porque había señales por todos sitios de que el lince estaba por ahí y me iba a volver sin verlo. Pero a la vuelta, de noche, por un carreterín entre olivares, se me cruzó una pareja, porque era época de celo. Aunque no la pude fotografiar, ese momento fue alucinante”.

Ese primer encuentro no hizo más que aumentar sus ganas de repetirlo y de lograr su ansiada fotografía. Después probó en otros lugares —Campo de Montiel, Sierra Morena, los Montes de Toledo—, sumando jornadas a la espera de la oportunidad definitiva. No perseguía, además, a un animal cualquiera.

Hay 1.051 linces ibéricos censados en Castilla-La Mancha, que repite como la comunidad autónoma donde más ejemplares hay

A principios del siglo XXI, el lince ibérico estuvo al borde de la desaparición. Su población se redujo hasta apenas un centenar de individuos, todos ellos en Andalucía. Dos décadas después del inicio de las actuaciones para evitar su extinción, el éxito es evidente: el último censo de la especie, correspondiente a 2025, marcó un nuevo registro máximo desde que existen datos de seguimiento coordinado, con 2.663 individuos.

De esos ejemplares, 1.051 están en Castilla-La Mancha, que repite como la comunidad autónoma donde más linces ibéricos hay de todo el país. Es, además, la que registra mayores tasas de reproducción y de ratio de cachorros, siendo los Montes de Toledo el principal bastión del felino en la comunidad, seguidos de la zona de Sierra Morena Oriental y Sierra Morena Occidental, ambas en la provincia de Ciudad Real.

“Muchos intentos fallidos” hasta lograrlo

Raquel tiene muy presente todo ese contexto cuando sale en busca de un lince. “Cuando lo vi por primera vez, en Andújar, entré en cortocircuito, ni pensé en la cámara, porque estaba temblando”, cuenta. “Lo que pude hacer fue grabarlo con el móvil; tengo el vídeo, que además subí a Instagram. Es un asombro. Cada vez que veo un animal, sea el lince o cualquier otro, es ver un animal salvaje que no está encerrado”.

Por eso, lograr por fin su primera fotografía de un lince la dejó “en shock” y “muy emocionada”. Lo consiguió el pasado mes de agosto en la zona de Sierra Morena Oriental (Ciudad Real) tras una espera de siete meses y más de 1.000 kilómetros recorridos en coche buscando rastros. “Muchos intentos fallidos, muchas horas de espera, a veces ganas de tirar la toalla”, cuenta, pero el resultado mereció la pena.

“Fue una pasada, una pasada”, resume. “Es una mezcla de emociones que no sabría describir. Lo primero, asombro, porque ver un animal así, y encima el lince, que ha estado casi al borde de extinguirse, por el que han movido cielo y tierra un montón de organizaciones y sectores para que ahora esté en el monte… Gracias también al trabajo de esa gente lo estoy viendo, y es que es una pasada. Si ya me pasa con cualquier animal, con el lince, con toda la historia que tiene, fue increíble”.

Avanzamos por el camino en busca de algún rastro del animal. Raquel intenta dar con dos pistas principales: heces y huellas. Las deposiciones del lince son alargadas, suelen contener pelo de los conejos de los que se alimenta y, al secarse, adquieren un color blanquecino muy característico. Como estos felinos tienden a defecar siempre en las mismas zonas, acumulan muchos restos juntos que forman lo que se conoce como letrina. “Las hacen en sitios muy visibles, como cruces de caminos, que es una forma de marcar”, explica la fotógrafa. “Cuando hay una letrina, significa que hay mucho lince por ahí, que están muy asentados, porque cada vez que pasan dejan una o varias”.

Letrina de lince

En nuestra ruta aparecen tres de estas letrinas. Como había anticipado, no cuesta dar con ellas: se alzan sobre las piedras que delimitan las fincas o en mitad del camino. Junto a cada una esperamos pacientes dentro del coche, por si algún lince rondara cerca. Pero la suerte no se alía con nosotros y seguimos avanzando.

Las huellas son el otro gran rastro que dejan los linces sobre el terreno, aunque bastante más difíciles de leer. “Una huella aislada no te va a decir nada, y si tienes varias, tienen que coincidir varias cosas para que puedas asegurar que es de lince”, advierte Raquel. “Y aun así, yo nunca me atrevería a afirmarlo, porque se puede confundir con la de un perro si no estás muy puesto”.

Huellas de lince ibérico

Todo esto lo ha aprendido tras “muchas horas de salir al campo, de conocer el entorno, las especies, por dónde se mueven, en qué hábitat viven, cómo se comportan, cómo marcan y qué rastros dejan”. “Es un trabajo que tienes que hacer antes, teniendo claro el animal que vas a fotografiar”, señala. “Y aun cuando ya sabes cuál es y por dónde se mueve, tienes que estudiar la zona”.

Con todo, insiste en que no es una experta ni tiene formación específica en fauna o biología. Precisamente por eso quiere “seguir aprendiendo más sobre cómo actúan en el monte, sobre la fauna ibérica que tenemos”. “No me considero, ni mucho menos, experta en nada de esto. Pero me gusta decirlo, porque cualquiera puede hacer lo mismo que yo. Eso sí, tiene que saber que lleva su trabajo”.

Esa misma vía autodidacta es la que ha seguido con la fotografía, un hobby que practica desde “chiquitina”, como dice, y que, tras pasar por muchas modalidades, la llevó a decantarse por la fauna, porque le permite unir sus dos pasiones: ponerse tras la cámara y disfrutar al aire libre. De ahí nació Terramontis, su proyecto divulgativo. En él, además de compartir las fotografías y los vídeos de fauna que toma en sus salidas, desarrolla una importante labor de sensibilización y de reivindicación del cuidado de la naturaleza.

La defensa de los caminos públicos

La promoción de los caminos públicos es su otro caballo de batalla en redes. Cansada de que los guardas de las fincas privadas la abordaran durante sus incursiones por vías públicas para preguntarle qué hacía o advertirle de que no podía estar allí, decidió armarse de argumentos.

“Cuando empecé a hacer salidas de forma más habitual, me paraban guardas de fincas para ver qué hacía y a dónde iba. Yo entiendo que hacen su trabajo, pero llegó un momento en el que cada vez que me veían me paraban e intentaban impedir que pasase por los caminos. Me llegué a plantear, ¿me merece la pena salir por aquí? ¿Que cada vez que vaya tenga que justificarme? ”, recuerda.

“Ahí fue cuando empecé a informarme: me hice una chuletilla con las leyes, con lo que puedo hacer y lo que no, a ver si estaba haciendo algo malo. Y vi que no: mientras estés en un camino público y no invadas propiedad privada ni molestes a la fauna o al entorno, nadie te puede prohibir el paso”. A partir de entonces, cuando la paraban, respondía con educación pero sin ceder: no hacía nada malo y pensaba seguir pasando.

Hembra de lince ibérico en Sierra Morena Oriental

Ese aprendizaje personal acabó convertido en un recurso para los demás. “No quería que mis redes sociales fueran solo un escaparate de mis fotos, sino darle un sentido, que a la gente le sea útil la información que pueda dar”, explica. Así creó una guía digital que hoy pone a disposición de cualquiera.

Su reivindicación tiene una lógica muy concreta. “Los caminos públicos, como no se usen, se pierden, y la única manera de que no se pierdan es pisarlos, porque si no se los come la vegetación, o hay gente a la que no le interesa que pases por ciertos sitios”, razona. “Tienes que pasar por ahí, siempre respetando el entorno y sin acceder a fincas privadas: todo dentro de la legalidad”.

De vuelta en los Montes de Toledo, recorriendo algunos de esos caminos que ella promueve, seguimos sin rastro de linces. Sí se cruzan a nuestro paso numerosos conejos y algunas aves. No es un detalle menor: el conejo de monte es la base de la dieta del lince, y su abundancia es una de las condiciones para que el felino prospere.

La fotografía “imperfecta”

Esa filosofía de disfrutar del camino se traslada también a los resultados. “Aunque la foto no sea perfecta, eso te lo llevas y no te lo quita nadie, ¿sabes? Y me ha pasado con varios animales”, defiende. No le gusta hablar de fracasos: “Es parte del proceso de aprendizaje. Si te sale imperfecto, es porque estás aprendiendo algo o lo vas a aprender”.

Lo ilustra con el enceuntro que tuvo con un abejaruco. “Me fui aposta para ver si sacaba alguna foto en condiciones. Estuve toda una tarde y fue imposible, porque vuelan súper rápido. Saqué una y, cuando la pillé, dije 'esta es la foto'. Pero al ampliarla estaba borrosa, y pensé automáticamente que no valía”, recuerda. “Luego, editándola y dándole vueltas, me di cuenta de que era bonita: tiene un buen vuelo. Está borrosa porque las aves van muy rápido y es complicado pillarlas con los ajustes de la cámara. A veces pasa, pero la fotografía es igualmente bonita”.

Abejaruco capturado en pleno vuelo

Le preguntamos también por el estigma que suele arrastrar Castilla-La Mancha, la idea de que es una región de paisajes menos valorados que otros lugares de España. “Soy muy defensora de Castilla-La Mancha, y en concreto de la Mancha, que es donde me he criado y de donde soy”, responde. “Creo que, cuando se dice eso, muchas veces no se valora lo que se tiene. Cuando subo fotos por la región, la gente me pregunta a menudo que dónde es”.

“Hay gente que vive aquí y, si tiene un fin de semana, se va fuera. Está muy bien, pero es que en Castilla-La Mancha hay muchísimas cosas”, continúa. “A mí me gusta mucho el turismo de interior en España, y más todavía el de Castilla-La Mancha. Mucho”.

Su invitación al lector es directa: “Infórmate de los caminos públicos que hay y sal al monte, porque no solo hay conejos. A lo mejor sales una tarde y no ves nada, pero esto es paciencia. Animo a que, si quieres ver animales, te lo curres y lo hagas así”.

La oscuridad se ha impuesto ya sobre el paisaje desde hace un buen rato. La falta de luz hace inviable que el equipo de Raquel capte una imagen decente aunque a un lince le diera por aparecer, así que toca emprender el regreso. El botín puede parecer escaso: unas tomas de conejos, del paisaje y de un chotacabras. Pero, como ella ha repetido tantas veces a lo largo de la tarde, lo importante nunca fue la foto, sino la experiencia de disfrutar de la naturaleza.

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