Aprender cuando las respuestas ya existen
Acaba de comenzar el curso y, en casa de una amiga, ya he visto a su nieto de Educación Secundaria haciendo los deberes de matemáticas con ayuda de un programa de inteligencia artificial. Le leía el ejercicio al dispositivo y le pedía directamente el resultado. La máquina se lo daba tal cual, sin explicarle el procedimiento ni ayudarle a comprender cómo se llegaba a la solución.
Eso fue lo que me chocó. Si la herramienta le hubiera explicado el razonamiento paso a paso y el chico hubiera interactuado para entender el desarrollo del problema, me habría parecido un recurso educativo adecuado. Pero, al limitarse a soltarle la respuesta, no le vi ningún sentido pedagógico. Existen programas de IA enfocadas en la educación que guían y explican el proceso al alumno, le hacen preguntas y le resuelven dudas. Este caso no era así.
Me sorprendió que usara esa tecnología en casa para sus tareas escolares y su familia, si era consciente, no abordarse una solución.
La escena ha seguido rondándome la cabeza. Pienso que seguramente todo esto ya se habrá dicho muchas veces. Aun así, hay preguntas que merece la pena volver a hacerse. Y de esa inquietud nace este artículo.
Aquella escena ha dejado de parecerme una simple anécdota. Cada día, miles de alumnos conviven con herramientas capaces de ofrecer respuestas en cuestión de segundos. Ya no tiene mucho sentido preguntarnos si van a utilizarlas. Las utilizan y seguirán utilizándolas. La pregunta importante es otra: ¿qué significa aprender cuando una respuesta puede aparecer en la pantalla casi de inmediato?
La tecnología avanza a una velocidad extraordinaria y, quizá, nosotros no siempre nos detenemos lo suficiente a pensar en lo que ese avance está cambiando. En educación, la cuestión me parece especialmente importante. No podemos evitar que la inteligencia artificial encuentre respuestas. Lo que sí podemos hacer es evitar que dejemos de buscarlas por nosotros mismos.
Durante mucho tiempo, aprender ha significado adquirir conocimientos, relacionarlos, equivocarse y volver a intentarlo hasta ser capaces de utilizar lo aprendido en situaciones nuevas. Ahora tenemos al alcance herramientas que redactan textos, resuelven problemas matemáticos, traducen idiomas o resumen información en unos segundos. Nunca habíamos tenido un acceso tan sencillo al conocimiento. Pero tener una respuesta no significa comprenderla; y mucho menos significa que sea correcta.
Una inteligencia artificial puede responder prácticamente cualquier pregunta, pero no puede decidir por nosotros si esa respuesta merece ser aceptada. Ahí entra el criterio. Y el criterio no aparece de repente ni se descarga en ningún dispositivo. Se va formando con el tiempo: leyendo, equivocándonos, contrastando fuentes, escuchando opiniones diferentes y aprendiendo también a convivir con la duda. Por eso cada vez estoy más convencida de que uno de los grandes retos educativos de los próximos años será enseñar a pensar con criterio propio. Y esto es algo diferente de enseñar a utilizar una herramienta. Podemos aprender a escribir una buena pregunta para una inteligencia artificial en muy poco tiempo, pero aprender a reconocer una mala respuesta puede llevar años.
Por otra parte, no todas las edades son iguales. Un niño pequeño necesita construir primero las bases sobre las que después podrá apoyarse. Leer con soltura, escribir, comprender un problema matemático o intentar explicar una idea con sus propias palabras son actividades que requieren esfuerzo. Precisamente por eso son importantes.
En esas primeras etapas, recurrir a la IA es, a mi juicio, totalmente contraproducente. Si una máquina hace por el niño una parte del trabajo que él necesita aprender a hacer, le estamos privando de una parte del aprendizaje. Es un poco como aprender a montar en bicicleta. Podemos explicar a un niño cómo hacerlo, podemos enseñarle vídeos y podemos incluso sujetarle la bicicleta durante un rato. Pero, en algún momento, tendrá que subirse y pedalear. Tendrá que perder el equilibrio alguna vez. Tendrá que caerse y volver a intentarlo.
Con la edad, naturalmente, las cosas cambian. Cuando esos fundamentos ya están adquiridos, la inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria. Puede ayudarnos a explorar una idea, comparar distintos puntos de vista, plantear hipótesis, buscar nuevas formas de abordar un problema o despertar la curiosidad por un tema.
Ahí sí veo un enorme potencial. La cuestión está en que la herramienta acompañe al aprendizaje y no lo sustituya.
Por eso no creo que el debate deba reducirse a prohibir o permitir la inteligencia artificial. Las prohibiciones, por sí solas, rara vez resuelven los problemas educativos. Necesitamos enseñar a utilizar estas herramientas y, sobre todo, a utilizarlas con criterio. Igual que enseñamos a distinguir una opinión de un hecho, a citar una fuente o a comprobar si una información es fiable, tendremos que enseñar también a relacionarnos con las respuestas que nos proporciona una máquina.
Y hay algo más que, para mí, sigue siendo fundamental: Por muy avanzada que sea la tecnología, un algoritmo no puede sustituir la relación que se establece entre un profesor y un alumno. La IA no podrá captar los matices: un niño que está perdido, otro que se ha decepcionado u otro que acaba de comprender algo que llevaba semanas sin entender. Tampoco puede transmitir entusiasmo de la misma manera ni conocer a un alumno como lo conoce quien lo acompaña durante meses o años.
La inteligencia artificial procesa información. Un profesor educa a una persona.
Los seres humanos no podemos competir con la velocidad de las máquinas; en eso siempre llevaremos las de perder. Quizá sea aprender a utilizar esa velocidad sin renunciar a aquello que necesita tiempo: la curiosidad, la capacidad de dudar, el juicio crítico, la posibilidad de cambiar de opinión cuando aparecen nuevos argumentos y, sobre todo, las ganas de seguir haciendo preguntas.
Pienso, a veces, en ese adolescente. Probablemente, seguirá utilizando la inteligencia artificial para estudiar, y espero que lo haga. No tendría sentido pedirle que ignore una herramienta que va a formar parte de su vida. Lo que me gustaría es que, dentro de unos años, antes de copiar una respuesta en su cuaderno, se detenga un momento; que la lea detenidamente y que se pregunte si la entiende; si tiene sentido o si podría ser de otra manera. Que interactúe con la máquina hasta comprender el resultado en unos casos, o decidir qué hacer en otros. Porque aprender no consiste solamente en encontrar respuestas. También consiste en elegir con criterio y saber qué hacer con ellas.
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