PISA 2025: luces y sombras de la educación en España y Castilla-La Mancha
Los resultados del último informe PISA en España me preocupan y, sobre todo, me llevan a analizar lo que está ocurriendo en nuestras aulas.
Después de tantos años dedicada a la enseñanza, cuesta ver que, a pesar del enorme esfuerzo que realizan cada día nuestros docentes, los resultados no terminen de mejorar de una manera estable. He vivido muchas reformas educativas y muchos cambios de metodología, y siempre se han puesto sobre la mesa nuevas propuestas para intentar solucionar los problemas de la educación. Sin embargo, cuando se conoce de cerca lo que ocurre en las aulas y se compara esa realidad con los datos que aparecen en los informes, se tiene la sensación de que seguimos teniendo una distancia demasiado grande entre lo que se plantea desde fuera y lo que realmente se puede llevar a cabo cada día con el alumnado. Como maestra jubilada, esta situación me preocupa y es el momento de detenernos, mirar lo que está ocurriendo y preguntarnos qué podemos hacer de otra manera.
Hay una salvedad que considero importante hacer y que, además, nos toca especialmente de cerca: Castilla-La Mancha ha mejorado sus resultados en esta edición de PISA. Se ha situado entre las seis comunidades autónomas con mejores resultados.
Creo que este dato merece ser destacado y reconocido, porque demuestra que, dentro de un panorama nacional que invita a la preocupación, también existen experiencias y realidades educativas que avanzan en la dirección adecuada. Me alegra especialmente comprobar que nuestra Comunidad ha sabido mejorar y colocarse en una posición destacada. Precisamente por eso, considero que debemos analizar qué se está haciendo bien, aprender de ello y, al mismo tiempo, seguir trabajando para que esa mejora no sea puntual, sino que se consolide y alcance a todos nuestros centros y a todo nuestro alumnado.
Pero el informe en toda España no deja lugar a dudas.
Abordando en primer lugar la Comprensión Lectora, me inquieta profundamente comprobar que hayamos descendido a los 451 puntos y que un tercio de nuestros chicos y chicas no alcance los mínimos exigidos. Para revertir este deterioro, estoy convencida de que debemos abandonar la simple lectura pasiva e implantar en cada jornada escolar entre quince y veinte minutos de lectura guiada e interdisciplinar en todas las asignaturas, complementándola con talleres prácticos de análisis crítico donde enseñemos a los alumnos a contrastar fuentes digitales, detectar información falsa y razonar las intenciones de un texto, reforzando además a los que más se atascan con grupos reducidos de apoyo desde la educación primaria.
Al reflexionar sobre la Competencia Matemática, admito que me duele ver a nuestro país estancado en 457 puntos y con una proporción de excelencia tan sumamente baja, algo que en mis años de docencia atribuyo a que seguimos atados a un enfoque excesivamente memorístico y descontextualizado. Si realmente queremos que las matemáticas dejen de ser el gran fantasma de las aulas, considero imprescindible transformar las clases en espacios de resolución de problemas reales donde los alumnos apliquen la geometría o el álgebra a situaciones cotidianas como interpretar una factura, calcular un presupuesto o analizar gráficos estadísticos de actualidad, apoyándonos de forma sistemática en el desdoble del alumnado durante al menos dos horas semanales para que los maestros puedan corregir los fallos de razonamiento en el momento exacto en que se producen.
En lo que respecta a la Competencia Científica, observo los 477 puntos obtenidos como un reflejo directo de la falta de tiempo y recursos para que los estudiantes experimenten la ciencia con sus propias manos, ya que las exigencias del temario a menudo nos obligan a sustituir el laboratorio por la pizarra. Mi propuesta para este ámbito es clara: debemos fijar por ley al menos una sesión semanal de trabajo práctico y experimental en la que los chicos planteen hipótesis, midan variables y extraigan sus propias conclusiones, creando al mismo tiempo grupos de investigación escolar fuera o dentro del horario lectivo para canalizar el talento del alumnado más curioso y subir de una vez las cifras de excelencia científica de las que tan necesitados estamos.
Analizando la Resolución Computacional de Problemas, me alegra constatar que alcanzamos los 499 puntos y nos situamos por encima de la media europea, creo que la lección que debemos extraer es que las nuevas generaciones responden con entusiasmo cuando la enseñanza conecta con el diseño lógico y la tecnología estructurada. Para que este buen resultado no sea un espejismo pasajero, propongo integrar la programación de manera transversal en el aprendizaje de las ciencias y las matemáticas; por ejemplo, programando simulaciones sencillas de fenómenos físicos o matemáticos, garantizando al mismo tiempo que las administraciones renueven el equipamiento informático de los centros para que ningún colegio, por humilde o rural que sea, sufra brechas tecnológicas.
Si me detengo en la Equidad Educativa y el Factor Socioeconómico, contemplo una realidad que he vivido muy de cerca: España mantiene un nivel de equidad notable debido a la Enseñanza Pública; pero, a mi juicio, nos enfrentamos al grave problema de que el rendimiento del alumnado de rentas altas se está desplomando al tiempo que los más desfavorecidos siguen encontrando serias barreras para llegar a la cumbre. Desde mi experiencia, la única forma justa de intervenir es abrir las escuelas e institutos por las tardes para ofrecer tutorías gratuitas (pagando a monitores y profesorado) y merienda a los estudiantes vulnerables que no tienen en casa apoyo familiar o recursos digitales, mientras que para el alumnado de mayor potencial debemos diseñar itinerarios de profundización académica dentro de la propia aula que les exijan más analíticamente y frenen ese desinterés progresivo que estamos detectando.
En cuanto al Clima Escolar y Sentido de Pertenencia, siento un orgullo enorme como docente al comprobar que nuestros colegios siguen siendo espacios cálidos y acogedores donde el alumnado se siente integrado, con un índice de 0,46, muy superior a la media europea, y con unas tasas de acoso escolar sustancialmente bajas. Para blindar este tesoro que tanto nos ha costado construir, propongo generalizar en la transición de primaria a secundaria la figura del 'alumno mentor' (estudiantes mayores que acompañan a los recién llegados) y dotar a cada centro escolar de un orientador o psicólogo a tiempo completo por cada 250 alumnos, asegurando que la salud mental y el bienestar emocional sigan siendo el pilar fundamental sobre el que se asiente todo el aprendizaje académico.
Por último, al evaluar la Tecnología e Inteligencia Artificial, reconozco que la irrupción de los teléfonos móviles y los chatbots representa uno de los mayores desafíos a los que se enfrentan mis compañeros en activo, teniendo en cuenta que más de la mitad del alumnado ya recurre a la IA semanalmente para ayudarle en sus tareas y aprendizajes. Frente a la tentación de ponernos una venda en los ojos, mi postura como educadora es prohibir el uso del móvil personal en el aula mediante cajetines a la entrada, pero enseñar activamente a usar la Inteligencia Artificial de forma ética y crítica; es decir, plantear ejercicios donde la máquina genere un texto o un resumen y la tarea evaluable del alumno sea detectar sus errores, contrastar los datos falsos y reescribir la respuesta demostrando que el criterio humano siempre debe estar por encima de la automatización.
Hay un aspecto relacionado con la tecnología que considero especialmente preocupante y que quizá no estamos valorando suficientemente: el deterioro de la capacidad de atención y de la persistencia cognitiva de nuestros estudiantes. El modelo de consumo digital al que están acostumbrados, basado en contenidos breves, rápidos y diseñados para captar nuestra atención de manera inmediata, choca frontalmente con el esfuerzo sostenido que exige el aprendizaje académico. Leer un texto complejo, resolver un problema, comprender un razonamiento científico o mantener la concentración durante una explicación requiere precisamente lo contrario: tiempo, paciencia y capacidad para permanecer en una misma tarea aunque no ofrezca una recompensa inmediata.
Desde mi experiencia, esta prisa constante está teniendo consecuencias en la forma en que nuestros alumnos procesan la información. El salto continuo entre tareas, notificaciones y contenidos breves fragmenta la atención y puede sobrecargar la memoria de trabajo, dificultando que relacionen ideas, profundicen en lo que están aprendiendo y construyan un pensamiento verdaderamente crítico. A ello se suma el ruido de un entorno hiperconectado que mantiene al alumnado en un estado de alerta permanente y que, en muchas ocasiones, deja pocos espacios para el silencio, la reflexión y el procesamiento pausado de la información.
Por eso, creo que también debemos enseñar a nuestro alumnado a recuperar la capacidad de concentrarse. En las aulas necesitamos favorecer un procesamiento más activo de los contenidos, pidiéndoles que elaboren resúmenes a mano, construyan esquemas, expliquen con sus propias palabras lo que han comprendido o debatan sobre las lecturas en lugar de limitarse a leerlas de manera superficial. Del mismo modo, considero necesario crear momentos y espacios de baja estimulación, con aulas y tiempos libres de móviles y notificaciones durante las explicaciones y el trabajo individual, para que puedan volver a experimentar que aprender también exige silencio y atención sostenida.
No se trata de mantener a nuestros alumnos al margen de la tecnología, sino de evitar que la tecnología termine condicionando su manera de pensar y de aprender. Por ello, propondría trabajar también con tiempos de concentración progresiva: actividades de diez o quince minutos de atención intensa, seguidas de pequeños cambios de dinámica, que permitan ir aumentando gradualmente la capacidad de permanecer concentrados durante periodos más largos. Y, sobre todo, debemos enseñarles a reconocer sus propias distracciones y a preguntarse cuánto de su atención están entregando cada día a las pantallas.
Necesitamos recuperar también lo que podríamos llamar un 'aburrimiento constructivo': esos pequeños espacios de silencio en los que no ocurre nada aparentemente extraordinario, pero en los que el cerebro tiene la oportunidad de descansar, ordenar lo aprendido y generar sus propias ideas. En una sociedad que compite constantemente por nuestra atención, enseñar a nuestros alumnos a sostenerla, protegerla y dirigirla conscientemente puede convertirse en una de las competencias educativas más importantes de nuestro tiempo.
No podemos seguir pensando que cada nueva reforma educativa va a solucionar por sí sola unos problemas que llevan años apareciendo en los informes. Los datos de PISA nos tienen que servir para reflexionar, pero también para escuchar a quienes están todos los días en las aulas y conocen de primera mano las dificultades que allí se presentan. Después de varias décadas dedicada a la enseñanza, sigo pensando que muchas veces sabemos lo que habría que hacer, pero nos faltan tiempo, recursos y continuidad para hacerlo bien. Por eso creo que debemos confiar más en los docentes, dotarlos de los medios necesarios y tomar decisiones pensando realmente en lo que necesitan nuestros alumnos. Al fin y al cabo, son ellos los que tienen que estar en el centro de cualquier cambio educativo.
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