Con 27.000 años de antigüedad, el tubo volcánico más largo de Europa está en Canarias y alberga 190 especies de plantas, animales y hongos
En el municipio tinerfeño de Icod de los Vinos, en el norte de la isla, se esconde la Cueva del Viento, una muestra de la naturaleza que ostenta el título de ser el tubo volcánico más largo de toda Europa. Con una antigüedad estimada en 27.000 años, esta enorme cavidad subterránea fue moldeada durante la primera fase eruptiva de Pico Viejo, el majestuoso estratovolcán situado junto al Teide. Las fluidas coladas de lavas basálticas avanzaron ladera abajo hacia el mar, solidificándose en su superficie al contacto con el aire ambiente mientras el torrente ardiente continuaba fluyendo por su interior. Cuando la emisión volcánica cesó, el vaciado progresivo del canal lávico dejó tras de sí una asombrosa red hueca.
A lo largo de sus 18 kilómetros de galerías totalmente topografiadas por grupos espeleológicos, la Cueva del Viento destaca como la quinta cavidad volcánica de mayor longitud en el planeta. Pero su verdadero rasgo distintivo y único a nivel mundial reside en su insuperable complejidad geomorfológica, al estructurarse en una intrincada red laberíntica dividida en tres niveles de pasajes superpuestos. Este entramado subterráneo integra diversas cavidades interconectadas entre sí, entre las que sobresalen la Cueva Belén, la del Sobrado, la de las Breveritas o la de los Piquetes, contando con hasta siete bocas principales de acceso conocidas.
El particular nombre de la Cueva del Viento proviene de las potentes corrientes de aire que circulan por sus pasillos profundos, provocadas por la diferencia de presión y temperatura entre sus aberturas exteriores. En las penumbras de su interior se despliega una deslumbrante variedad de estructuras geomorfológicas primarias modeladas por el fuego petrificado. Los visitantes e investigadores pueden contemplar delicados estafilitos y gotas de lava con forma de cono invertido, majestuosas cascadas lávicas petrificadas, cornisas, bloques solidificados y depósitos en lagos de lava. Asimismo, destacan las conocidas terrazas laterales, repisas de piedra formadas durante la estabilización del flujo fluido en las paredes de los tubos principales.
Más allá de su incalculable valor vulcanológico, este enclave abarca una excepcional importancia biológica al cobijar un ecosistema subterráneo sorprendentemente diverso y complejo. En las diferentes zonas ambientales de la cueva se ha documentado la presencia de unas 190 especies catalogadas de plantas, animales e invertebrados, así como variados hongos y comunidades vegetales. El aspecto más asombroso de esta fauna lo constituyen 44 especies troglobias, seres vivos que han evolucionado exclusivamente para habitar en la oscuridad subterránea permanente. De este valioso inventario faunístico, al menos 15 especies han resultado ser hallazgos totalmente nuevos para la ciencia.
Las severas condiciones del medio subterráneo, caracterizadas por la ausencia total de luz solar y la escasez de nutrientes, han impulsado fascinantes adaptaciones evolutivas en los organismos residentes. Especies emblemáticas como la cucaracha ciega Loboptera subterranea o los escarabajos troglobios Domene vulcanica y Wolltinerfia martini han atrofiado o eliminado por completo sus ojos, pigmentos cutáneos y alas, economizando energía metabólica y desarrollando antenas de extrema sensibilidad táctil y olfativa. Estos animales han ralentizado además su metabolismo para soportar prolongados periodos de ayuno. Paralelamente, la flora abarca desde musgos, cianofitas y líquenes en las zonas de transición hasta raíces colgantes que penetran desde la superficie.
Abierto al público
La Cueva del Viento constituye asimismo un yacimiento paleontológico y arqueológico de trascendental relevancia para la historia de las Islas Canarias. En sus galerías más resguardadas se han descubierto valiosos restos subfósiles pertenecientes a especies de la megafauna extinta de Tenerife, entre los que sobresalen los esqueletos del lagarto gigante Gallotia goliath y de la rata gigante Canariomys bravoi, así como huesos de aves desaparecidas como la graja y la hubara. Por otra parte, la presencia humana en la cavidad se remonta a más de dos milenios, época en la que los aborígenes guanches ya conocían la red subterránea.
Aunque la existencia del tubo figuraba en crónicas desde el siglo XVIII, la exploración topográfica sistemática comenzó en 1968 gracias a grupos espeleológicos insulares e internacionales. En junio de 2008 se abrió al público un tramo acondicionado respetuoso con el entorno junto con un moderno Centro de Visitantes en el barrio homónimo. La experiencia turística abarca una explicación teórica inicial, un trayecto en minibús de diez minutos entre paisajes rurales de medianías y un paseo a pie por senderos tradicionales rodeados de cultivos. Posteriormente, provistos obligatoriamente de cascos con luz eléctrica autónoma ante la ausencia de luz artificial, los visitantes recorren 200 metros de túnel.
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