Una bicicleta para aprender a pertenecer y querer al territorio
Una rapaz vuela rasante sobre un campo amarillo segado en el que todavía quedan algunas pacas de paja. La envergadura del ave se recorta negra sobre el cielo azul celeste sin nubes. Planea sobre el terreno buscando presa. El sol de verano de las 10 de la mañana comienza a calentar la tierra y el cielo.
Árboles que nacen hermosos en el fondo de un enorme agujero sacatierras que tiene agua verde recogida al fondo contenida por unos enormes taludes erosionados.
Paseantes con perros. Paseantes con varas de andar. Algún ciclista suelto bien equipado.
En mitad de una tierra baldía, una instalación industrial en construcción rodeada por una valla de corral donde se están encerrando los transformadores de una subestación eléctrica. Las excavadoras y los camiones afanados en mover materiales. El terreno de cultivo sin labrar alrededor del cercado a la espera de la instalación de un enorme huerto de placas solares que no tardarán en llegar. Torres de alta tensión a medio montar mirando a Madrid, casi listas para desaguar la energía hacia la ciudad.
Un cojín marrón de sofá tirado al borde del camino. Botes de Aquarius y botellas vacías de agua que aparecen de forma regular entre las hierbas de la cuneta, como si algún agricultor las estuviera sembrando con la esperanza de que broten.
Un montón de tierra con macetas, restos de plantas y plásticos que dejan entrever un negocio de los que no se declaran ni a hacienda, ni a la seguridad social.
La mamá perdiz que corre a saltitos, seguida de sus perdigones por el barbecho, todos en línea recta, nos hace reír.
La fábrica de cemento sobresale al fondo del paisaje, siempre presente, gris, imponente, de formas geométricas incompatibles con el mundo natural. Tiene alrededor una nube de polvo también gris en contraste con el cielo claro.
Las encinas hermosas del camino del cementerio, plantadas y regadas por el tío Ubaldo unos años antes de morirse, ahora nos dan sombra. Sombrean porque, como era hombre de pueblo, campo y boina, el tío Ubaldo las plantó en la margen Sur del camino que es la que más sol soporta. Por el contrario, los cipreses que plantó el ayuntamiento están en la margen Norte y proyectan su sombra sobre un campo de mies segado; los cipreses y su silueta sobre el sembrado son resultado de una poco pensada planificación urbanística hecha desde alguna oficina: el trigo no necesita sombra, las personas caminantes sí.
El esqueleto de un coche carbonizado que pareciera haber sido rojo vez está abandonado en una antigua era.
Los cursos verdes de los arroyos destacan entre las lomas amarillas y marrones; juncos, cañas, carrizos y espadañas que serpentean para mostrar por donde viaja el agua hacia el río Tajo.
Los muros traseros del patio de almacenaje de un tejar. La pared, lavada por las lluvias, enseña sus cimientos que se ven hechos de ladrillos antiguos descartados, de los que ya no se producen, pero todavía se pueden ver en las barandas de algunas casas viejas del pueblo.
Un árbol que nace solo y crece lento al lado de un cruce de caminos que no se sabe a dónde llevan. No hay señales en toda la ruta. Se sabe que el árbol crece tranquilo porque es de tamaño pequeño y aspecto viejo. Es una acacia, si el entorno lo permite, llegará a ser muy alto algún día lejano.
El tejado puntiagudo de la ermita en la loma, rodeada de pinos, oteando el camino por el que solía llegar la romería.
Varios caballos pastan casi inmóviles en el prado cercado de la hípica. Enfrente un aparcamiento de autocaravanas donde la gente parece pasar el fin de semana.
Y los niños y niñas del campamento Bicicletea rodando por el camino en subgrupos alrededor de sus monitoras que explican con diligencia tanto los lugares por donde pasamos, como los entresijos de la técnica de montar en bicicleta y los secretos de una buena convivencia. Observan las aves, se ríen con las perdices, cuestionan la sociedad sedienta de electricidad y consumo en la que vivimos, se duelen de la basuraleza presente en toda la ruta.
Ir en bicicleta permite observar, prestar atención y vincularse de forma más lenta con el entorno. Incluso en territorios como La Sagra, donde la naturaleza ni es especialmente frondosa, ni está especialmente cuidada o valorada, la velocidad lenta permite a la mirada encontrar belleza y generar asombro y preguntas.
Bicicletea es un proyecto de educación para el desarrollo financiado por la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha que busca mejorar el mundo en el que vivimos y lo hace, en gran medida, a través del vínculo de chicos y chicas con su propia comarca. Mira lo pequeño para entender lo grande. Habla desde la experiencia propia para que pueda comprenderse por qué y cómo las diferentes sociedades del mundo se organizan para la defensa, disfrute y diseño de comunidades más limpias, mejor cuidadas y más capaces de sostener la vida.
Solo un lugar que se conoce, puede amarse y cuando se ama algo es más fácil cuidarlo. La idea detrás del proyecto es que el amor por este territorio concreto, tan poco cultivado, derive en el cuidado y respeto del mundo en general. Del mundo y todas las criaturas que lo habitan, incluidas las humanas.
Ir a paso lento, prestar atención, vincularse, querer y cuidar lo pequeño para poder entender el mundo entero. Eso es Bicicletea: simple e infalible al mismo tiempo. A pesar de que no haya señalización, no tiene pérdida. Ha sido un gusto pasear un año más con los niños y niñas de este campamento que desde la asociación Proyecto Kieu organizamos cada verano desde 2018.
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