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Pedro Bravo

Soy una persona que hace cosas; entre ellas, escribir libros: "Biciosos" (Debate, 2014), ensayo sobre bici urbana, y "La opción B" (Temás de Hoy 2012), novela... De momento.

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Como esvaziar um país

"Nas últimas décadas o desalojamento residencial devido ao desenvolvimento urbano, à valorização do mercado imobiliário e à construção, atingiu uma escala que está ao nível do desalojamento de populações provocado por catástrofes naturais e conflitos armados". Palavras de David Madden e Peter Marcuse no livro "In Defense of Housing" (Capitán Swing, 2018), que relata o alarmante panorama da especulação imobiliária que se vive em todo o mundo.

Há problemas e causas comuns mas esta crise não tem os mesmo efeitos em todo o lado. Por muitas e diversas razões, os países do sul da Europa reúnem as condições perfeitas para atraír uma maior voracidade dos mercados e, por isso, sofrer mais a consequente desigualdade. E de todos eles, talvez Portugal seja o caso mais significativo. 

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Cómo vaciar un país

"En las últimas décadas el desplazamiento residencial debido al desarrollo urbano, la extracción de valor del capital inmobiliario y la construcción ha alcanzado una escala que rivaliza con el desplazamiento de la población provocado por catástrofes naturales y conflictos armados". Son palabras de David Madden y Peter Marcuse en su libro En defensa de la vivienda (Capitán Swing, 2018), que muestra el alarmante panorama de especulación inmobiliaria que se vive en todo el mundo.

Hay problemas y causas comunes pero no en todas partes afecta la crisis de la misma manera. Por muchas y diversas razones, los países del sur de Europa reúnen las condiciones perfectas para atraer más voracidad de los mercados y sufrir más, por eso, la desigualdad consecuente. Y de entre todos ellos, Portugal es quizá el más significativo.

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Sobre agosto como reverso de la ciudad hipermoderna

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Cuando el nuevo norte es el de siempre: especulación y desigualdad

“Como si fuera una maldición —o una premonición—, la especulación acompañó a la nueva capital desde el primer momento”. La casualidad ha querido que la aprobación de la Operación Chamartín, ahora conocida como Madrid Nuevo Norte, me pille leyendo Barcelona – Madrid. Decadencia y auge (ED Libros, 2019), de Josep Maria Martí Font. El libro, que es como una extensión de otro del mismo autor, La España de las ciudades (ED Libros, 2017), pero con una mirada más en detalle a las dos grandes urbes nacionales, relata los porqués de la caída de Barcelona y el auge de Madrid. Como cuenta Martí Font, Madrid creció en época de Franco engullendo pueblos y convirtiéndolos en barrios con la intención de ponerla como ciudad hegemónica de la Península. Con la Transición y, sobre todo, con el primer gobierno socialista, la pugna entre ambas localidades se igualó. Con Aznar, volvió el desequilibrio.

“Aznar diseñó el Madrid actual con la idea de que fuera la Miami europea; una capital de cómo mínimo diez millones de habitantes”. Para ello, explica el autor, se crearon las infraestructuras convenientes —como la red radial de alta velocidad, que no sólo conecta lugares lejanos sino que absorbe poblaciones cercanas (Toledo, Segovia, Guadalajara, Cuenca, Ciudad Real) para extender la mancha urbana, y la ampliación de Barajas y su pretensión de ser hub internacional, sobre todo para conexiones americanas—, se culminó la privatización de grandes empresas públicas como Telefónica, Repsol y Endesa y se hizo del ladrillo el eje de la productividad española. Todo ello alimentaba unos capitales instalados en el centro, bien cerca del poder que tan bien les complacía, y perfectamente conectados para recibir inversiones de todo el mundo y redistribuirlas, si eso y comisiones aparte, por el resto de un país cada vez más dependiente de su capital. Pero el desequilibrio territorial consecuente no sólo lo padecía el estado, la propia ciudad veía cómo ese crecimiento se quedaba cada vez en menos manos y la desigualdad crecía. Madrid es hoy la segunda gran ciudad con más desigualdad social de Europa y la capital más segregada del continente, una urbe rota en dos por una diagonal de suroeste a noreste que deja la riqueza para la parte de arriba.

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Por qué es necesario limitar la capacidad de puertos y aeropuertos: si el turismo fuera un país sería el tercero más contaminante del mundo

Hay que poner límites a la capacidad de los aeropuertos y de los puertos. Lo dijo el viernes la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, tras su visita al Rainbow Warrior de Greenpeace, y aseguró que va a tratar de incluirlo en la declaración de emergencia climática de la ciudad que está preparando. El uso de la perífrasis verbal en la oración anterior demuestra mi poca confianza en que se consiga realmente reducir el tráfico del puerto y el aeropuerto de Barcelona, dos infraestructuras en vías de ampliación. Pero la noticia es que por fin alguien al mando ha afirmado lo evidente: no se pueden abordar los problemas que genera el sector turístico sin abrir el melón de la gestión de la capacidad de carga. Y para ocuparse realmente de tal cosa, es evidente que no basta con poner tornos en la plaza de San Marcos de Venecia o cupos para entrar al Parque Güell: hay que ir a por las grandes infraestructuras.

Los movimientos de viajeros suben cada año. En 2018 fueron 1.400 millones de llegadas internacionales, el 6% más que el año anterior, que fue el penúltimo de una serie de récords. El turismo es el negocio que más aumenta, supone más del 10% del PIB mundial y en torno al 9% del empleo, es el cuarto sector en importancia detrás del comercio, las finanzas y el petróleo y el gas. Por todo esto, no resulta fácil imaginar que las palabras de Ada Colau vayan a ser realidad próximamente. La tendencia no es a limitar sino a crecer. Europa ha decidido volcar su economía en el sector servicios y muy especialmente en esta área: de los 1.400 millones de llegadas, 713 fueron en nuestro continente. Los demás también quieren su parte del pastel. Todos suben en más del 6% menos América (que lo hace sólo un 3%). ¿Y qué ocurre con todo este crecimiento? Que provoca un aumento de los costes sociales y medioambientales.

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Madrid Central y el conflicto como forma de gobierno

Pues ya está. El nuevo gobierno de la ciudad ha aprobado la moratoria de las multas en Madrid Central hasta el 30 de septiembre. El ruido está hecho. Por lo que cuentan quienes han hablado de cerca con el alcalde, no parece que esté en sus planes eliminar la restricción de tráfico; básicamente, porque "no pueden". Pero cualquiera sabe. También pensábamos que Trump no iba a ser tan bruto como para cumplir todo lo prometido y en un mes ya había hecho reales buena parte de los delirios que habían salido de su cuenta de Twitter. La comparación no es casual.

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Nacho Padilla: “No hay asunción más clasista que entender que a ciertas personas o sectores no hay que ofrecerles calidad gráfica”

Director Creativo del Ayuntamiento de Madrid. Hace unos años pronunciar esto habría sonado a risa floja, a chiste malo, a paradoja. Hoy es una de las cosas que vamos a echar de menos con el cambio de gobierno. La semana pasada se despidió del Palacio de Cibeles Nacho Padilla, el hombre que demuestra la excepción: a veces, en la política de gobierno y de partidos, sí llega la persona justa al sitio indicado. Padilla ha trabajado durante muchos años en el mundo de la publicidad, como director creativo en varias agencias multinacionales, pero también ha lucido siempre una sensibilidad hacia los asuntos del bien común. De hecho, su última actividad era una agencia pequeña dedicada exclusivamente a contar proyectos con valor social. En 2016 llega al Ayuntamiento con ese cargo que hasta entonces era imposible y, como señala él mismo, con sólo tres exigencias por parte de Manuela Carmena y Rita Maestre, sus jefas finales: “Profesionalidad, transparencia, rendición de cuentas”.

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La vuelta del pesimismo a las ciudades: llega la política de la farsa y la furia

Hace cuatro años por estas fechas se empezó a vivir un clima de optimismo urbano en el mundo que no sólo tenía que ver con los resultados de las municipales de aquí, aunque sí tenía bastante relación. En España llegaron los ayuntamientos del cambio a Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, Zaragoza, Santiago, A Coruña y Ferrol. Detrás de esas confluencias hubo un trabajo largo y espeso en torno a un movimiento municipalista que venía de la concepción no partidista y muy participativa de la política surgida del 15M. Fuera de España, todo esto fue visto con admiración por los sectores más activistas y con sorpresa y expectación por el resto. No me lo invento, he comprobado cómo Carmena y Colau eran tratadas casi como estrellas del rock en grandes cumbres como la de alcaldes de Bogotá y Hábitat III en Quito, ambas en 2016. La otra estrella de esas reuniones era Anne Hidalgo, la alcaldesa socialista de París y otro icono de la ola de optimismo de la que hablo. Sadiq Khan en Londres es otro ejemplo; incluso Bill de Blasio en Nueva York, aunque pueda estar en las antípodas del municipalismo de aquí. De hecho, lo que unía a todos estos alcaldes y alcaldesas y a la expectación sobre ellos no era tanto la ideología sino la forma de enfrentar a los retos urbanos.

Las ciudades son generadoras pero también sufridoras de los grandes problemas del mundo: la desigualdad, la emergencia climática, los problemas de vivienda... También pueden ser, por eso, creadoras y canalizadoras de las soluciones. Durante estos años, hemos visto cómo estos asuntos llenaban el discurso de los gobernantes municipales —algunos por convicción, muchos por simple imitación— y, por tanto, de la conversación. En poco tiempo, todos hemos aprendido a hablar más y mejor de movilidad, espacio público, gentrificación, turistificación, resiliencia, participación, etc. La cultura y el interés sobre lo urbano han crecido junto a ese optimismo en el que, de alguna manera, se ponía en las ciudades la esperanza como resistencia progresista frente a otros poderes en los que iba abriéndose paso el autoritarismo.

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Viva Las Vegas, vivo en Las Vegas

Las Vegas es una ciudad diseñada para el ocio. La capital mundial del entretenimiento, como se dice a sí misma, lo es desde que en 1931 se legalizó el juego en su Estado. En seguida vinieron los grandes hoteles y los casinos. La historia del lugar está muy contada en libros, películas y canciones: inversiones millonarias, pelotazos inmobiliarios, rentabilidades extremas, corrupción, mafia, rat pack y tal. Por mucho que uno sepa, sigue siendo impresionante toparse de noche con el reflejo de las luces de todo ese dispendio en el cielo que cae a plomo sobre el desierto de Nevada. También lo es aterrizar de día y ser asaltado en la ventanilla del avión por imitaciones de París, Venecia o Nueva York. Las Vegas es una ciudad turística inventada que se ha hecho a base de copiar la realidad y convertirla casi en parodia, siempre con el juego como eje de su modelo de negocio. Así ha sido hasta ahora.

El otro día leía una crónica de Mónica Montero en El País Semanal en la que contaba que Las Vegas se ha reinventado en vista de que lo del juego ya no funciona como antes. Y se ha convertido en la capital mundial de los DJ estrella, algo así como un una Ibiza en el desierto, un festival permanente. También ha invertido en profundizar en su versión del deporte espectacular y atraer grandes franquicias para contar con una oferta de temporada. Los Oakland Raiders de fútbol americano van a ser de allí y se buscan más equipos de la NBA y otras ligas profesionales. La lectura del texto me generó bastante confusión. No tanto por Las Vegas, que entiendo que tiene un modelo de ciudad basado en el turismo y el consumo, sino por el resto de las urbes del mundo. Quiero decir, ¿sigue Las Vegas siendo un reflejo exagerado de las ciudades globales o, al contrario, éstas son las que imitan a la capital mundial del entretenimiento?

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Algunos libros para leer la ciudad

 

Crónica desde el lado olvidado de la ciudadEl libro empieza por la cárcel y no es casualidad. Como esos autores de suspense tan seguros de su trama que no temen contar primero el final para luego explicar cómo se llegó ahí, Darren McGarvey arranca su Safari en la pobreza por uno de los términos posibles cuando naces y creces en el lado olvidado de la ciudad. Él es de Pollock, al sur de Glasgow, una de esas reservas de pobreza que rompe la armonía de la urbe presumida. Es una brecha física, que se demuestra en la configuración del barrio y en la dificultad de acercarse desde él a un centro que es mucho más que geográfico, pero también lo es moral, emocional e intelectual. McGarvey es rapero y su nombre artístico es Loki, como el del hermano de Thor al que nunca dejaron ser bueno (quizá aquí haya también mensaje). Y es activista y educador social. Y fue alcohólico, hijo de una madre también adicta. Lo cuenta en el libro, como cuenta los problemas con las bandas, la violencia y la ira constante en su entorno, el vacío asistencial, los problemas de vivienda o la llegada de la regeneración para romper definitivamente los lazos comunitarios. Lo hace sin dogmas y sin excusas, repartiendo responsabilidades por doquier pero recordando las de cada uno, empezando por las suyas. No hay idealización de la pobreza ni del barrio, lo cual hace el trago todavía más amargo. Por eso es recomendable, porque lo que pasa en Pollock es lo que pasa en Villaverde, en Ciutat Meridiana, en Otxarkoaga y en muchos otros lugares y necesitamos que nos lo cuenten.Safari en la pobreza, Darren McGarvey (traducción de Martin Schifino). Capitán Swing.

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