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Pedro Bravo

Soy una persona que hace cosas; entre ellas, escribir libros: "Biciosos" (Debate, 2014), ensayo sobre bici urbana, y "La opción B" (Temás de Hoy 2012), novela... De momento.

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La Pájara Ciclomensajería: la alternativa cooperativa a Deliveroo ya está moviéndose por Madrid

Contra el vicio de no dar casi nada de algunos, la virtud y la capacidad de montártelo por tu cuenta, de forma justa, en modo cooperativo. Cada día vemos titulares que hablan de la precariedad de los repartidores de Deliveroo y de Glovo o, ahora, de los que recojen patinetes para Lime y otras. La nueva economía viene con el deslumbrante brillo de la modernidad, pero con todos los tics de la antigua: trabajos a destajo y precarios, exigencias injustificables, fomento de la competitividad, inseguridad… En el verano del año pasado se vivió la primera huelga de repartidores de estas empresas de presunta economía colaborativa y aquello fue el germen de varios proyectos de reparto en bici en toda España. Mensakas arrancó antes en Barcelona y ahora lo hace La Pájara Ciclomensajería en Madrid. Ojo, ciclomensajerías ha habido y hay muchas en todo el territorio, y buena parte de ellas en modo cooperativo. La novedad es que éstas que mencionamos, y otras que vienen, están metidas en esta tendencia tan en alza del reparto de comida y los recados.

Antonio, Ciaran, Cris, Kike, Joaquín y Martino forman La Pájara. Ellos habían pasado por la experiencia Deliveroo y habían encabezado las protestas. “Si trabajas en esas plataformas —explican—, no hay autonomía ni flexibilidad, no hay espíritu colaborativo. Al contrario, se fomenta la competitividad incluso entre riders”. El modo cooperativo excluye casi por definición todos esos rasgos de explotación. Elegir organizarse así es poner a las personas, y no la rentabilidad, en el centro. Es elegir, por eso, poner los derechos y la dignidad por delante. Es elegir una alternativa, a la nueva economía y a la de siempre, que quizá no compita jamás con ellas, pero que es una vía cada vez más pisada no sólo por los trabajadores, también por muchos consumidores. “Es difícil proponerse como alternativa para todos los públicos, pero queremos informar y concienciar al mayor público posible. Por supuesto, no podemos entrar en la rebaja de precios habitual y eso nos puede restar impacto, pero nos mantendremos firmes en nuestros compromisos porque conocemos los efectos del trabajo precario”.

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Contra el malismo

Desde hace un par de días, parece como si buena parte de España estuviera tapándose la mano con la boca y conteniendo la respiración. El susto lo ha provocado el show de VOX en Vistalegre. Ha sido un susto tontito, como ésos que se llevan las señoras victorianas en las películas de tacitas (gracias Filmin por el nombre del género) cuando oyen una procacidad. Resulta que ahora hemos descubierto que hay muchos españoles muy de derechas, racistas, homófobos, machistas, nacionalistas. Lo hemos descubierto los mismos españoles, los medios de comunicación y los otros partidos políticos que no son VOX y que se supone que no son así. Pues no sé yo.

Como este blog va de cosas urbanas, no voy a hablar de las infinitas y cerriles proclamas por la unidad nacional que llevamos meses aguantando en bares, redes sociales, balcones, estrados y titulares y platós, eso se lo dejo a mis compañeros de arriba. Voy a referirme, pues, a lo urbano y no me voy a ir más lejos de este verano.

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Nueva ordenanza de movilidad de Madrid: sobre disciplina y educación

About Discipline and Education fue el primer disco de mezclas del DJ madrileño Óscar Mulero. El CD, publicado en 1998 por So Dens, contenía hora y pico de techno oscuro y afilado ejecutado con su compromiso y técnica habituales, la típica lección que te llevabas cuando lo veías en una sala o un festival, del New World de la plaza de los Cubos en Madrid a las fiestas de Satisfaxion en Andalucía. El título era todo un acierto porque hablaba justo de eso, de la ética de trabajo de Mulero y de su forma de enseñar y hacernos aprender a través del baile. Sobre disciplina y educación.

Este viernes se aprobó por fin, después muchas vueltas y alegaciones, la Ordenanza de Movilidad de Madrid. Las nuevas normas traen buenas noticias para el bien común. Las calles de un sentido serán, como sugiere la DGT, calles con limitación de velocidad a 30 km/h. Eso debería significar vías más seguras, con menos accidentes (y menos trágicos) y la posibilidad de compartir el espacio público mucho mejor, como ya se contó hace años en este blog. Las aceras deberían quedar bastante libres de cacharros, puesto que se prohíbe aparcar a las motos allí donde sean menores de tres metros y a menos de cinco de un paso de peatones. Y no estará permitida la circulación en estos espacios peatonales ni a bicis ni a patinetes eléctricos (los de toda la vida y los monopatines sí podrán, pero a velocidad de peatón). Los nuevos patinetes y demás vehículos de movilidad personal (VMP) podrán ir por los escasos carriles bici y por esas calles de un solo sentido limitadas a 30 km/h, es decir, por el 80% del viario, como cuenta este artículo de El País. En un futuro, igual se aprueba que puedan ir por los ciclocarriles. La ordenanza habla también de la implantación de Madrid Central, esa medida de protección de la calidad del aire y el espacio público que si se aplica y asume bien, puede ser referente en todo el mundo menos en la carpetovetónica oposición.

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No me acaricies el carril bici

El 14 de enero de 1978, en cuclillas sobre el escenario del Winterland de San Francisco y después de recitar como una letanía el No Fun de los Stooges, Johnny Rotten acababa el concierto, la gira americana y la existencia de los Sex Pistols (hasta su reunión del 96) con una pregunta dirigida más a sí mismo que al público: “¿Nunca habéis tenido la sensación de haber sido engañados?”. Me he acordado de ese momento al ver las declaraciones a Telemadrid de José Manuel Calvo, delegado de Desarrollo Urbano Sostenible del Ayuntamiento de Madrid, en las que decía que una vez esté abierto el itinerario ciclista del puente de los Franceses a la plaza de Legazpi, se iba a prohibir la circulación de bicis por Madrid Río. Me he acordado también después, con el previsible desmentido que aclaraba que las bicis podrán ir a 10 km/h, o sea, como ahora. En realidad, me acuerdo de esas palabras de Johnny Rotten cuando pienso en las políticas del fomento de la bicicleta en Madrid de cualquiera de sus alcaldes y alcaldesas desde que Álvarez del Manzano dijo eso de “Madrid no es ciudad para bicis”.

En esto, como en tantas otras cosas, Manzano se equivocaba. Madrid, por supuesto, sí es ciudad para bicicletas. Las personas que eligen ese medio de transporte tienen todo el derecho a dar pedales por la calzada y por el centro de su carril, igual que con cualquier otro vehículo. El problema es que el número de personas que elige este medio de moverse no termina de aumentar, más allá del éxito de los datos del Bicimad municipalizado y del trajín de repartidores de comida a domicilio. La gente no se atreve a meterse en las calles invadidas por coches, furgonetas, buses y motos a toda velocidad y por eso exige y espera infraestructura ciclista adecuada. Y se suponía que esta legislatura era la buena.

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“Quizás nos hayamos olvidado de cómo construir ciudades”

Habitamos en ciudades pero no terminamos de entenderlas. No sabemos muy bien cómo funcionan. Puede que tengamos su geografía en la cabeza, pero quizás desde esa mirada cenital y despegada que contempla el mapa. Sabemos nombres de barrios y distritos, pero los tenemos mucho menos vistos que los lugares exóticos a los que nos vamos de vacaciones. Conocemos cosas que pasan o que dejan de pasar en las calles, pero no somos capaces de determinar las causas o las consecuencias. La ciudad se ha explicado regular muchas veces porque casi siempre hemos dejado su definición en manos de urbanistas, ingenieros, políticos de carrera y periodistas de política.

Sergio C. Fanjul es periodista, sobre todo cultural, y es poeta publicado y premiado. Sergio es un asturiano que llegó a Madrid hace más de tres lustros y que lleva un tiempo empeñado en pasearla, mirarla y contarla. Este verano se ha embarcado en la  Expedición asfáltica. Son veintiún crónicas de sus veintiún paseos por Madrid en busca de las actividades que han conformado la programación de Veranos de la Villa 2018. La expedición y su resultado escrito son parte de esa misma programación de un festival que no sólo pretende descentralizar la cultura de esta ciudad reconcentrada, sino que también apuesta por extenderse en formatos y contenidos como éste.

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El curioso caso de los patinetes y otros servicios de movilidad a los que no se aplican las normas (menos en Valencia)

Bartleby es ese personaje de Herman Melville que se define por borrarse. “Preferiría no hacerlo” es la frase que repite para evitar cualquier cosa que hacer más allá de ocupar su mesa de escribiente en la oficina. Hace ya casi un par de décadas, Enrique Vila-Matas publicó Bartleby y compañía, un librito en el que habla sobre autores que padecieron el síndrome de Bartleby y dejaron de escribir de repente. Yo diría que este síndrome no afecta sólo a escritores, sino que le da a todo el mundo; y más a políticos y cargos públicos, especialmente a los de los ayuntamientos. Si hoy alguien escribiera una especie de continuación de lo de Vila-Matas mirando a lo no hecho en las ciudades de España, la cosa daría para unos cuantos tomos. Por suerte, no pasa siempre.

La policía municipal de Valencia retiró el otro día los patinetes de Lime de las calles de la ciudad. Así lo quiso la empresa, que prefirió la actuación policial para que hubiera una foto que sirviera a esa estrategia de marketing que usan todos estos negocios pseudomodernos: hacerse las víctimas de un mundo viejuno que se niega a aceptar lo que viene. El motivo para la retirada de los cacharros y la correspondiente sanción es la ocupación sin permiso del espacio público. Aparte de los casi 18.000 euros ingresados por la multa, el Ayuntamiento de Valencia ha ganado otra cosa: la batalla de la coherencia y la defensa del bien común. Pero estuvo a punto de preferir no hacerlo.

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¿Qué hacemos con los nuevos cacharros de movilidad eléctrica?

La ciudad es un ejercicio de negociación permanente. Lo ha sido siempre con la evolución más o menos pausada con la que se han ido dando los cambios en lo urbano y lo es en este momento de disrupción, no sólo tecnológica sino de modelos de negocio y de ofertas de mercado. Aparte de Airbnb, Uber y los servicios de movilidad compartida, ahora hay algo más; algo que está consiguiendo poner en desacuerdo a casi todo el mundo. Por eso, en el capítulo de hoy de cosas-que-han-llegado-de-repente-y-nadie-sabe-muy-bien-qué-hacer-con-ellas toca hablar de patinetes eléctricos, monociclos, segways hooverboards y demás vehículos de movilidad personal (VMP) –vamos a llamarlos como los llama la DGT, aunque ni siquiera en la denominación hay consenso–.

Cuando todavía estábamos debatiendo sobre la necesidad de fomentar la movilidad activa, ampliar espacios peatonales y facilitar el uso de la bicicleta, el mercado se ha llenado de artilugios eléctricos basados en otros existentes. Igual que las bicis tienen su versión motorizada, los monopatines, los patinetes y los monociclos ya tiene las suyas. Sólo que éstas, son en principio más baratas.

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¿No vuelvo a ir a Benidorm?

Como si este blog fuese un vehículo en viaje de vacaciones hacia la costa levantina, de repente paro el cacharro y me doy una palmada en la frente. Me he dejado a Freda. Freda Jackson es la señora inglesa que se quejó a su agencia de viajes por llevarla a un hotel de Benidorm lleno de españoles. Freda tiene 81 años y probablemente esté haciendo lo que otros compatriotas: presentar una queja inventada a ver si se lleva algo a cambio; está feo pero tampoco es como para dejarla tirada por ahí. A Freda la  saqué de paseo en el texto anterior pero me enredé a analizar el estudio sobre viviendas turísticas de la CNMC y me olvidé de ella. Doy la vuelta, la subo de nuevo y trato de explicarle por qué Benidorm, que es símbolo del turismo masivo y popular y por eso diana de quejas y muecas de asco, es al mismo tiempo modelo turístico y urbanístico de éxito.

Le cuento a Freda que, aunque lo suyo ha sido noticia tanto en Reino Unido como en España, no parece que haya habido daño reputacional. Este agosto, la ciudad pone el cartel de lleno absoluto. O sea, este mes la población flotante puede llegar a las 500.000 personas en un lugar con algo menos de 70.000 habitantes empadronados. Benidorm no es moco de pavo: es el cuarto destino turístico de España, que es el segundo destino turístico mundial. En 2017, hubo 16,4 millones de pernoctaciones en la ciudad, sólo por detrás, y no demasiado, de Barcelona, Madrid y San Bartolomé de Tirajana, en Gran Canaria. En general, sus cifras asustan.

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Las viviendas turísticas, la modernidad, la CNMC y una turista inglesa

Una jubilada inglesa se ha hecho famosa esta semana por quejarse a su agencia de viajes. Al parecer, la señora pagó más de mil euros por dos semanas en un hotel de Benidorm y acabó en uno que estaba lleno de veraneantes locales. El asunto le ha sentado mal no sólo porque le parece que los ibéricos somos toscos y maleducados, sino porque no era lo que había contratado. “Los servicios de entretenimiento eran en español, ¿es que los españoles no pueden ir a otro lado en sus vacaciones?”, ha dejado escrito esta mujer en su queja.

La gente está choteándose ampliamente de esta señora en redes sociales y foros pensando que lo suyo es una ocurrencia muy tonta. Y no. En realidad, lo que reclama, Freda, que así se llama ella, es rabiosamente moderno. Lo que debe esperar un turista actual es que en el lugar al que viaja no quede nadie local, salvo que sea parte del servicio. ¿Por qué digo tal cosa? Porque así nos lo ha explicado la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia justo el mismo día que nos enteramos de los problemas de esta consumidora inglesa.

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Dejen a las ciudades gobernarse

Como era de esperar, la CNMC ha recurrido los planes de Madrid, San Sebastián y Bilbao que intentan regular la proliferación de viviendas de uso turístico (VUT). Digo que era de esperar porque la CNMC ha estado recurriendo regulaciones turísticas desde hace unos cuantos años, principalmente de comunidades autónomas, y porque, en general, es un organismo que se dedica a tratar de reventar los intereses del bien común poniendo por encima los de las empresas, vengan de donde vengan. De hecho, su objetivo declarado es ése, como expone su web: “La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) es el organismo que promueve y defiende el buen funcionamiento de todos los mercados en interés de los consumidores y de las empresas”. En el caso de las VUT, está claro que toma partido por un tipo de consumidores, los turistas, y por las plataformas y compañías que extraen recursos del mercado residencial para pasarlos al turístico. A la CNMC le da lo mismo que todos sepamos que esa forma de consumo y esas empresas están contribuyendo enormemente al problemón de vivienda que tenemos. Le da tan igual que tiene la cara dura de tirar de cinismo en su nota de prensa: “La normativa aprobada en estas tres ciudades no protege adecuadamente a los ciudadanos”. En fin.

La CNMC también ha hurgado en otro de los grandes asuntos urbanos del verano, el conflicto de los VTC y los taxis. Este organismo público fue quien presentó el recurso suficiente para que el Tribunal de Justicia de Catalunya (TSJC) tumbase la medida del Ayuntamiento de Barcelona que exigía una licencia extra a las VTC para operar en su ciudad. Después, vino la huelga.

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