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Román Delgado

Nació en 1968 en Los Realejos (Tenerife). Es geógrafo y periodista, y ha trabajado como comunicador en Diario de Avisos, donde fue director y director adjunto (2010-2013), en El Día y en La Opinión, todos ellos diarios que hoy se editan en Santa Cruz de Tenerife. Su labor profesional en el ámbito periodístico ha sido reconocida con los premios de la Consejería de Agricultura del Gobierno de Canarias y de la Cámara de Comercio de la provincia tinerfeña, en este caso con el galardón Antonio Carballo Cotanda. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Creaciones Urgentes y Policromía, y le gusta hacer de todo. Ama las galerías que en vez de traer agua se destinan a guardar el vino.

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Once de once (domingo)

Domingo,

que buen pretexto das para cantarte.

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Diez de once (sábado)

Hoy he decidido convertirme en un atrevido y sacar pecho con una fórmula que no sé si será bien vista por todos ustedes. En el fondo me da igual. Con este diez de once asumo el máximo riesgo, que no el abismo. ¡Vamos…!

18.29: creo útil empezar por el final esta crónica tan personal y por eso el reloj marca esa hora. Estoy prácticamente a treinta minutos de que se inicien los aplausos de solidaridad y agradecimiento de todos los días, sin faltar ni una vez a la cita, desde que se puso en marcha la primera cuarentena. Mañana termina el primer confinamiento y empieza el segundo este lunes (más duro aún, ha dicho el presidente Sánchez con voz tristona esta misma tarde), sin descanso de por medio y que se espera (mucho más tras la última vuelta de tuerca) sea el definitivo, el final de verdad de la buena. No será fácil. El día se oscurece por última vez de forma tan temprana en esta primavera indefinida, que mañana, domingo 29 de marzo de 2020, el momento de la despedida a esta serie porque ya alcanzamos el once de once (y parecía que jamás se llegaría a él), el atardecer nos visitará más tarde, con retardo. Hay cambio de hora. Ni caso. ¡Qué más da cuando se está encerrado! Aquí no se mueve ni una mosca despistada y todo el mundo, la peña en su conjunto, debe estar digiriendo el anuncio extraordinario del presidente del Gobierno español: vamos a tener que ser más los que estemos confinados, como si ya fuéramos pocos. Más calidad a la reclusión. Así está el patio: tristón, muy tristón. Tanto como la terraza-azotea del duodécimo, a la que miro y en la que nada pasa. Hoy casi no ha habido actividad en la parte más alta del barrio de Duggi. Espero por la cita con la ovación urbana, por esta rutina alegre y triste a la vez. Esperen, esperen. Acaba de salir toda la familia. Los de enfrente siguen vivos. Ya sé que al maquinista de la pica-pica no lo veo más en la vida, que la construcción se para desde el lunes. Lloro.

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Nueve de once (viernes)

Si lo que acaba de ocurrir ahora mismo en la capital chicha no es un milagro, que baje Dios y lo vea. Y que de camino lo verifique. Ha sido la sorpresa del día, la bienvenida perfecta al aplauso de las siete de este nueve de once de la primera cuarentena; o sea, el 27 de marzo de 2020, que, si las cosas fueran normales, lo llamaríamos viernes.

Hoy es viernes, un viernes que solo se diferencia de los días anteriores de esta reclusión inicial ya prorrogada por el aguacero eléctrico, por rápido e intenso, de las seis y media, más o menos, que tampoco podía estar pendiente del reloj, por muy clavado que lleve todo el día al monitor de 21 pulgadas.

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Ocho de once (jueves)

Aquel jueves fue un día cualquiera de jueves ajeno a la cuarentena esta del carajo y muy lejano de lo que ahora nos ha tocado vivir jornada tras jornada, con mis ocios domésticos y mis manías domésticas, y con mi caja de garabatos y lo que atrapo desde ambos ventanales. Esto por fortuna también.

Aquel jueves arrancaba con la moto, con la 125 centímetros cúbicos de gases, parada previa donde Andrés, mochila adentro junto al casco, seguro ya se me había quedado algo olvidado en el undécimo, cortado largo, charla ajustada al amigo, ni prensa ni tele ni la madre que parió, el pesado de Eduardo con rodeo hasta que lo invito a un chupito mañanero de algo que da igual y venga la cuenta que arranco que no me queda más remedio y abajo ya estaba con el inicio de eso que llaman trabajo. 

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Siete de once (miércoles)

No sé si son conscientes pero, a lo tonto, lo tonto, ya estamos a solo cuatro días del primer gran reto. Nuestro unívoco calendario ha dejado caer el número siete de sus once guarismos y todo se empieza a ver más cerca. Tenemos el primer objetivo al alcance de la mano. En breve, a varios cerrar y abrir de ojos, subiremos al podio para recibir la medalla de oro al mérito por el aguante en esta primera cuarentena. Ya estoy celebrando el éxito y sé que aún nos queda una segunda parte exactamente igual, con sus días calcados y sus mismas esperas indeseadas. Lo sé, pero es lo que toca. “No quieres potaje de verdura, pues toma dos platos”. ¡Y a joderse…! Eso vociferaba mi madre en aquella adolescencia lejana, aunque siempre me perdonaba. Por cierto, ¡feliz cumpleaños, doña Evelia!

El chollo del barranco se me ha acabado del todo. Eso creo… Ya no sé nada de los que por allí pululaban. Nada de nada. No asoman, no se les ve. El barranco, que ya era un desierto en toda regla, ha vuelto a ese mismo estado de desidia. La lluvia apenas lo reanimó. Todo se pone cada vez más difícil (o fácil) encerrado en el undécimo y se entiende que con evolución a más llevadero al otro lado del confinamiento, en el mismo frente de atención. Es solo un deseo.

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Seis de once (martes)

En los tiempos de antes, los previos a la primera cuarentena, yo desde el martes, como es este sexto día de once, ya estaba pendiente de cuándo se daría la oportunidad para escapar con los amigos entre semana al mejor guachinche del norte o a una selección impecable de dos o tres. Ese siempre fue (y lo seguirá siendo) uno de mis planes preferidos: telefonazo a la gente del barrio, notas detalladas de los lugares a visitar y para allá como una bala, por una autopista cansina siempre llena de coches a primera hora de la noche.

 

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Cinco de once (lunes)

Acabo de quitar la radio. Bueno, no ha sido exactamente así: salí de una cadena de las informativas y puse Radio 3. Estaba con los plomos fundidos. La culpa ha sido del tono tan homogéneo de lo que hoy se escucha en las ondas.

Abandoné aquel dial de la radio porque había alcanzado, casi sin darme cuenta, el nivel máximo de saturación. Estaba encharcado. Por hoy se acabaron las referencias al virus Covid-19. Cansado me tiene, el muy sinvergüenza. Pero es lo que toca.

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Cuatro de once (domingo)

Señoras y señores, esto va para largo. Ahora entienden por qué yo me refería a (la primera) cuarentena con ese recurso estilístico de poner paréntesis. Lo sabía pero no quería darlo por hecho por si llegaba a meter la gamba. Cuando los puse, solo era una posibilidad. Pero ya se los quito para siempre pues este primer confinamiento de quince días ahora queda bautizado como el primero de los dos asegurados (los partidos de este país van a apoyar la prórroga en el Congreso). Llegaremos a disfrutar por decreto de un mes de vacaciones, gracias al estado de alarma, algo que, visto lo visto, no solo nadie cuestiona sino que es necesario, crucial, de vida o muerte.

Hoy ha sido un domingo cagón, muy diferente. Que si me he dado un vuelta… Sí, y no ha sido sencillo: un policía local casi me sanciona y me mandó a guardar la distancia de seguridad y un militar joven y educado también me dio el alto y luego me dijo “siga, siga” tras enseñarle uno de esos papeles mágicos de los que quitan multas.

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Tres de once (sábado)

Confirmo que descansó el maquinista de la pica-pica, que ayer dejé alguna duda en el aire sobre cuestión tan relevante. Lo espero el lunes sin falta. Como no llegue y me vacíen la piscina del acantilado de Santos, les juro que me da algo. Sin ellos será más complicado terminar esta singladura literaria: asomarme al puerto final con las once historias guardadas en bodega y hacerlo el día previsto para el atraque, el domingo 29 de marzo de 2020. Lo primero siempre es y será lo primero. 

Hoy también he estado a la intemperie, pero más obligado, que seguro le quita más mérito. Bajé a la calle desde el undécimo porque optamos por el ejercicio físico de la limpieza. Tocó ordenar y dejarlo todo reluciente, y ello implicó más de una bolsa con residuos de toda consideración muy bien separaditos en los contenedores de colores: gris, azul, amarillo e iglú verde. 

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Dos de once (viernes)

Se hace lo que se puede, esto de entrada, que no quiero generar falsas expectativas. El de la máquina pica-pica sigue abajo, en el fondo del barranco; eso sí, todo lleno de polvo: él, su artefacto de guerra y los que habitan las cuevas más cercanas llenas de arritrancos. Es lo que se ve desde el undécimo, ventanal sur. Hoy al fin pude averiguar que inicia el traqueteo a las siete de la mañana. No siempre logra despertarme, pero esta vez estuvo a punto, muy cerca de conseguirlo. Me tiene obsesionado y quedan nueve días más de la (primera) cuarentena.

He tenido un día de perro, un día de perro de cuando los perros no eran los reyes del mambo, cuando no servían para eludir las multas. Anoche me despedí de Andreu Buenafuente y sigo con ese regusto a estas horas de la tarde. Las noches cada vez se ponen más difíciles, pero siempre, y ahora me doy muchos ánimos, habrá algo interesante que hacer, algo con qué divertirse y pasar el rato. Jorge, ¡a ver si te animas y también pasas esta noche otro enlace de los buenos!

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