Eduard Sola: “Los hombres ya no somos los reyes del mambo, dejemos de hacer el gilipollas y asumamos nuestra responsabilidad”
Los guionistas en el cine español siempre pelean para que se les reconozca. Por una visibilidad que ponga en valor a aquellos sin los que nada de lo que se ve en pantalla existiría. Son los que crean las historias, aunque luego sean los actores y los directores los que se lleven los focos. A veces, pocas, eso se revierte y alguno de ellos ocupa una pequeña posición de poder. Es lo que le ocurrió a Eduard Sola hace dos años cuando encadenó un curso pletórico firmando los guiones de Querer (junto a Alauda Ruiz de Azúa) y Casa en Flames. Al relumbrón de los premios se sumó que Sola se destapó como, también, un enorme escritor… de discursos.
Ahora, tras aquel terremoto mediático en el que cada palabra que decía delante de un altavoz parecía convertirse noticia, presenta su primera novela, El nido (Ediciones B), la historia de una madre que afronta un duelo tardío en un proceso que también será de liberación mental y sexual.
¿Por qué debutar ahora en la novela y por qué no es un guion?
No sé cómo ha pasado, la verdad. Me vinieron a buscar la buena gente de Penguin, Ana María Caballero, mi editora, y me hizo la propuesta. Y yo, tonto de mí, dije que sí. No me lo pensé mucho y dije que sí. Y no solo eso, sino que firmé un contrato y claro, ahí fue mi perdición, porque cuando estaba escribiendo lo pasé fatal, muchísimo peor que escribiendo un guion, por esta cosa de no estar escudado en un rodaje ni en un montaje, sino ir a pelo en este caso contra el lector. Y eso me aterraba. Y luego lo pasé fatal. Acabé la novela, la entregué cumpliendo con mi contrato y pensé nunca más. Y ahora han pasado unos meses y digo bueno, a lo mejor hago otra.
¿Había habido algún intento previo?
Supongo que todos los que contamos historias tenemos esta voluntad de explorar otros métodos, de contar historias. A mí me había pasado. Incluso me había sentado a escribir. Tengo borradores de otras, pero nunca se materializaron, nunca se acababan precisamente porque no había ese compromiso con nadie. Estás tú solo en tu casa escribiendo y cuando te cansas lo dejas para siempre.
¿Le podía el guionista mientras escribía? ¿Es muy diferente escribir un libro que un guion?
El guion es un mecanismo. Y no podemos olvidar que hay miles de espectadores que ven las pelis, pero el guion en sí mismo lo leen 100 personas, 50 personas, muy poca gente. Y claro, esto como que te ampara mucho y además es una cosa muy técnica. Tiene un formato muy concreto y, aunque hay literatura en un guion, por supuesto, y yo sé identificar un guion de X persona, forma parte de un engranaje.
El nido habla de una madre que ha perdido un hijo, pero hay un sentimiento latente en todas sus páginas: la culpa. ¿Diría que es uno de los temas que atraviesan la novela?
Me temo que es inevitable. La culpa siempre acaba por aparecer en todo, pero no solo en la novela, sino en la vida en general. Es uno de los grandes motores por los que hacemos las cosas, incluso la previsión de la culpa. El saber que si no haces eso te sentirás culpable. La culpa acaba siempre estando aquí. Cuando estamos hablando de los hijos, que es el caso de la novela, la cosa se complica. La culpa siempre crece y no sé la gente, pero yo vivo asustado por lo que puedo provocar a mis hijos. Estoy educándola todo el rato y la culpa está. Y cuando además pasan tragedias en relación a los hijos, pues apaga y vámonos. La culpa aparece la primera.
Es un sentimiento que se suele relacionar con lo católico, pero los no creyentes tenemos sentimiento de culpa también. ¿Tiene que ver con la herencia de la religión en España?
Yo creo que es mundial. Obviamente, el catolicismo ha absorbido muchos de los sentimientos humanos y los hizo suyos, como las tradiciones paganas, como la Navidad. La culpa va intrínseca en el ser humano, porque intrínseco al ser humano está la empatía. La culpa está intrínsecamente relacionada con la empatía. La empatía es un músculo que se nos está atrofiando y que tenemos que cuidar un poco más. La culpa es una herramienta de ejercicio de la empatía. Porque somos empáticos, porque somos capaces de sentir el sentimiento ajeno, de sentir la tristeza ajena, el dolor ajeno, es por eso que sentimos culpa. Y eso, de algún modo, también es bonito, que el ser humano sea capaz de esta interacción.
El arco del personaje de Sara es un viaje de liberación, de muchas cosas que la tenían atada, además de la culpa.
A Sara, cuando se le muere el hijo, hace una cosa que hacen especialmente las madres, que es poner al otro en el primer lugar, poner al ser que se cuida como centro y tú estar al margen. Sara hizo eso durante 12 años y cuando el otro hijo vuela, cuando el otro hijo se va de casa porque ya tiene una vida, porque ya es adulto y porque tiene que irse, todos esos demonios del pasado, toda esa cosa que ella dejó en pausa, se activan al momento y se encara a ello. Y es entonces cuando hace este viaje de liberación. Pero lo que me parece interesante del caso es que es un viaje desplazado, o sea, lo está haciendo cuando no le toca, con las ventajas e inconvenientes de hacerlo ahí.
Muchas mujeres no lo hacen ni cuando les toca ni cuando no les toca. Siempre ponen a alguien por delante.
Por un lado, es hermoso que eso pase y, por otro lado, tenemos que vigilar especialmente para que eso no sea una cárcel. Es decir, que si es así, sea porque quieres cuidar de los demás. Que sea una opción, una voluntad y no una asunción o algo que se asume que tú tienes que hacer o incluso algo que el sistema te obliga a hacer. Ya me gustaría que todos los seres humanos, y especialmente los hombres, supiéramos cuidar también como nuestras madres lo han hecho. Me encantaría. También me gustaría, en paralelo, que las madres no se sintieran prisioneras de su condición de madre, que pudieran escoger y luchemos por este mundo, la verdad. Y te diré más, en esta lucha, o nos ponemos las pilas nosotros, los hombres, los padres, o estamos jodidos. Como que el camino de la revolución también está en nuestras manos y nos toca y debemos hacerlo.
Nosotros como hombres nos hemos beneficiado de ese sistema que protege al hombre y del que habla la novela.
Vivir en ese sistema para nosotros es especialmente cómodo, pero de eso va, de querer tener la voluntad de hacer un mundo mejor, de querer cambiarlo incluso si juega a tu contra. Obviamente, para nosotros es mucho más fácil que el mundo siga como está, pero si el mundo sigue como está hoy, la otra mitad del mundo está puteadísima, así que tenemos que cambiarlo. Por eso lo que decíamos antes de la empatía. Es nuestra responsabilidad que ese medio mundo que está puteado por esa circunstancia deje de estar puteado. Y eso pasa, por supuestísimo, porque nosotros estemos un poco más puteados. Tras miles de años, millones de años, siendo los reyes del mambo y haciendo lo que queremos, eso se ha acabado. Tenemos que dejar de hacer el gilipollas y asumir nuestras responsabilidades para con la paternidad, arremangarnos. Claro que es más duro tener que levantarse por la noche a consolar un bebé, pero haz el favor de levantarte a consolarlo que es tuyo.
Sara vive una liberación sexual, una sexualidad que muchas mujeres no descubren porque el sexo ha sido, como se dice en El nido, falocéntrico.
Yo no soy quien, obviamente, para hablar de la sexualidad de las mujeres, que sean ellas las que hablen. Sí puedo hablar de la sexualidad de Sara como personaje y sí puedo hablar especialmente de lo que hemos hecho mal los hombres en relación a esto, que es, como decías, excesivamente falocéntrico. Incluso la mirada lo es, ya no el acto sexual en sí mismo. La mirada siempre ha estado condicionada y reverberada por ese patriarcado que nos ha hecho mirar de una forma y a ellas recibir esta mirada que es una mirada que da asco. Los cuerpos son más bellos que esta mirada asquerosa, el sexo es más complejo que este reduccionismo tan tonto al que hemos abocado las ficciones, las narrativas y los deseos en general.
El porno mismo es una absurdidad. Los tipos se la machacan mirando esa escena que la analizas un momento y dices: “No me lo puedo creer”. Lo de mentira que es esto, y su valor precisamente es que te están vendiendo que es documental. Eso es lo que te excita. Tenemos un poco de jaleo aquí, y estoy convencidísimo de que tenemos mucho trabajo por hacer, especialmente los hombres para con nuestra relación con el sexo. Y en este aspecto no tenemos que perder cosas para que los otros ganen en la relación del sexo. Creo que si nosotros hacemos este cambio, también tenemos mucho que ganar por cómo nos relacionamos nosotros con el sexo y con nuestros cuerpos. Nos iría muy bien. A ellas, por supuestísimo, pero también a nosotros.
¿Ha evolucionado como guionista en su relación con esas escenas su mirada hacia el sexo?
Sí, quiero pensar que estoy o quiero estar en revisión constante en relación a la sexualidad, no solo en cómo la escribo, sino en cómo la vivo. Insisto, es que creo que tenemos que hacer este ejercicio porque es que solo tenemos que ganar. Por ejemplo, en relación a cómo se atraviesa por el patriarcado cosas como el culo. El culo de los hombres parece un tabú. Pues oye, os animo a todos los hombres a explorar vuestro culo y veréis cómo solo tenéis cosas que ganar. Pero a nosotros nos criaron, nos enseñaron y hemos crecido en el que el culo es intocable. El culo de los hombres es intocable. Incluso me estoy refiriendo a las relaciones heterosexuales. Esta exploración tiene que ser una exploración consciente, porque no nos es natural, porque no nos han enseñado que el sexo va por ahí. Pues oye, aunque sea impuesta, aunque sea intelectual, aunque sea conceptual, hagamos esa exploración. He puesto un ejemplo concreto, pero se puede abrir en infinitas cosas, porque insisto, solo tenemos que ganar.
El libro está atravesado por la clase social.
No se puede escribir desde un sitio ajeno a donde estás ubicado. También es verdad que a mi parecer, hemos perdido un poco de conciencia de clase. Y conciencia de clase no me refiero a la clase obrera, sino a la concepción de que en esta sociedad los de abajo no tienen las mismas condiciones materiales y emocionales ni los mismos recursos que los de arriba. ¿Podéis hacer el favor los de arriba de ser conscientes de esto y hacer el favor de tirar cuerdas hacia abajo? ¿Y podemos los de abajo hacer el favor de ser conscientes de esto y no votar a la gente que no te va a tirar ninguna cuerda, pelearte con los de arriba y no pensarte que eres de arriba cuando eres de abajo? Me da la sensación de que tenemos que hacer un ejercicio colectivo, de saber que esto existe y que tenemos que luchar para que deje de existir.
En los agradecimientos dice que intenta cambiar este mundo lleno de renuncias a través de la escritura, ¿cree realmente que es posible o es un deseo?
Un deseo. Es que tengo que engañarme a mí mismo, porque si no, ya no salgo de la cama. Me engaño a mí mismo y pienso que lo que estoy haciendo algo cambia. Aunque sea a nivel micro y que aporto mi granito de arena porque ese es mi motor de levantarme cada día e intentar hacer el mundo un mundo mejor. Soy consciente de que, seguramente, el mundo no lo estoy cambiando. Es verdad que luego pasan cosas maravillosas con la ficción. Por ejemplo, con Barcelona, nit d’estiu, que es una de mis primeras películas, había una historia de dos abuelas que salían del armario. Y allí descubrí el poder que teníamos desde la ficción cuando recibimos un mail de una señora diciendo que le había gustado mucho la película, que había ido con su familia al cine y que, al salir del cine, le había dicho a su familia que la amiga de toda la vida era su acompañante vital, que era su novia. Si somos capaces de esto, la peli ya está validada. Si desde la ficción podemos hacer estas cosas superpequeñitas que cambian un poquito el planeta, quizás de poquito en poquito hacemos algo.
Eso se traslada también a los discursos. Al final, quieras o no, está este cliché de que es el que mejor da los discursos. ¿Se los toma como la oportunidad de decir algo que pueda servir?
Sí, decididamente sí. Yo soy un bocachancla. Es un regalo que te den un micrófono que llegue a la gente. Y me sabe mal que ese megáfono esté despolitizado. Me sabe mal que ese megáfono, ese micrófono, esté allí y sea solo para decir “gracias al equipo de la película”. Llama al equipo de la película después y utiliza ese espacio y esa visibilidad precisamente para aportar ese granito de arena. A veces es una cosa muy abstracta, a veces una cosa muy concreta, pero sí, supongo que viene de esa voluntad o ese impulso del progresismo de intentar progresar entre todos y hacer un mundo un poquito mejor.
¿Cómo vivió la eclosión de sus discursos?
Fatal, porque claro, no puedes ser ajeno a que los otros hablen de ti. O sea, yo lanzo un mensaje político que es muy claro en contra la xenofobia. No tiene más que esto. Pero claro, la gente está hablando también de ti. Y somos personas y que hablen mal de ti o incluso bien, pues te afecta y te pone inseguro. También es verdad que luego pienso: “Estas son las normas del juego”.
De alguna forma, por una vez el guionista se convirtió en la estrella.
Esto es una cagada de la industria cultural. Me apena mucho que el guionista no esté en el centro, que sea mayoritariamente invisible. ¿Por qué? Porque si nosotros tuviéramos tradición de ir a buscar a los autores muchas cosas irían mucho mejor. Te pongo un ejemplo muy tonto: no tenemos tradición de ir a ver una peli por quién la ha escrito, no tenemos tradición de preguntarnos quién nos está contando esta historia. Empezamos a leer un cuento a nuestros hijos y no leemos el autor, simplemente el título. Si tuviéramos más tradición de esto, estoy convencido de que cuando le envían un WhatsApp a mis padres con un bulo de mierda, esos que va sin firmar, mis padres dirían: “¿Quién me está contando esto? ¿Por qué me lo está contando? Vale, que nos lo está contando un facha de mierda. Vale, chao”. Como no tenemos esa tradición de ir a buscar a los autores, estamos vendidos a la desinformación. No solo nos sale a cuenta a los guionistas ser visibles, nos sale a cuenta a todos ir a buscar quién nos está contando las historias.
¿Temió convertirse en un cliché, todo el mundo esperando su nuevo discurso?
Sí, pero al final pienso que es el precio a pagar si has decidido utilizar ese espacio en términos políticos. El precio a pagar es que te conviertas en ese papanatas, en ese payaso de la tele.
Que le echen otro cacahuete.
Tengo miedo a convertirme en esto. Por otro lado, pienso que si ese es el precio a pagar, pues casi es mejor pagarlo y ya está. Por ejemplo, el discurso en relación a las madres de los Goya. Me escribió tanta gente, tantas madres, tantos hijos diciendo que habían llamado a sus madres… Pues mira, tírame los cacahuetes, que los cojo y me los como mientras veo cómo el mundo hace cosas.
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