Diego Ameixeiras, escritor: “La novela negra ha ganado prestigio pero por el camino ha perdido componentes críticos”
O derradeiro gimlet (en gallego Xerais, en castellano AdN, 2026) no esconde sus cartas bajo una trama enrevesada y misteriosa. Es lírica y existencialista, rasgos habituales en el noir de Diego Ameixeiras (Ourense, 1976), pero interiorista. Del interior de sus personajes. Tres, en concreto: Amador, un policía fracasado que huye a la costa para intentar reconstruirse cuando en realidad huye de sí mismo, y Lola e Ismael, extraña pareja, residentes en una aldea al pie del imponente monte Penalta. Sin consuelo ni moralina, O derradeiro gimlet buscó inspiración, recuerda el escritor en conversación con elDiario.es, en ciertos clásicos menores del género, James M. Cain o Charles Williams. “Esas historias de pareja en que aparece un tercero y todo salta por los aires”, sintetiza. La de Ameixeiras, el principal y más sugerente autor de novela negra de la literatura gallega, es una pieza pesimista, en la que la naturaleza grandiosa y amenazante recuerda a los seres humanos su destino fatal y donde se filtra la destrucción de la idea de futuro que caracteriza la contemporaneidad en Occidente. “La época nos está arrastrando”, dice, y avisa: “La novela negra ha ganado prestigio pero por el camino ha perdido componentes críticos”.
Personajes que han llegado al límite de sus vidas, destinos fatales, un futuro en sombra... ¿Por qué esa mirada pesimista sobre el mundo?
Supongo que responde a los tiempos que estamos viviendo, a esta aparente ausencia de horizontes. Y un poco a esta seguridad que tenemos de que el futuro es un lugar que se presenta bastante oscuro: la amenaza climática, el ascenso de la ultraderecha, la inteligencia artificial... Todo eso se filtra de alguna forma en la novela, aunque no lo hice conscientemente. El pesimismo nos atraviesa un poco a todos y está ahí detrás de los personajes, en cómo piensan, en cómo se expresan, en cómo se relacionan entre ellos.
Pero al mismo tiempo, es una novela intimista, volcada hacia adentro. Contrasta con tu obra anterior, Un anarquista (Xerais, 2024, en castellano en Alrevés), que relata la Barcelona libertaria de los 70.
La novela anterior era muy distinta, con mucha carga política y, por decirlo de alguna manera, histórica, ambientada en la Transición, en Barcelona, con voluntad de traer al presente aquella época del anarquismo. No era una novela negra stricto sensu, aunque sí aparecía el crimen y el Estado profundo como gran enemigo del movimiento libertario. El cambio hacia O derradeiro gimlet no fue muy consciente. Tal vez se deba a que me dio por recuperar mis primeras lecturas del género, James M. Cain, Charles Williams, Raymond Chandler... los nombres clásicos de la novela negra. Y la idea era escribir una historia que se diferencia de otras anteriores porque no hay crítica social explícita.
Sí la hay en el tono, según explicó antes.
Sí, pero no tan explícita. Quería una trama sencilla, un triángulo amoroso con el fatalismo típico del género, como ya había hecho James M. Cain y él mismo hiciera a partir de Zola, esas historia de pareja en las que de repente aparece un tercero y salta todo por los aires. Es una novela más intimista, sí, en el sentido de que tienen más peso los personajes que la propia trama e incluso el propio escenario, una aldea al lado del mar.
Y esa naturaleza salvaje, el monte Penalta y el océano, están presentes a lo largo de toda la trama.
Es un escenario de huida para todos los personajes, pero sobre todo para este policía, Amador, que llega de Santiago a esta aldea buscando huir fundamentalmente de sí mismo. Es alguien que está sufriendo una crisis personal muy potente y piensa que ese escenario aparentemente paradisíaco, una aldea en la playa, con un monte espectacular, le puede servir de terapia personal y para rehacerse por dentro. A medida que uno va leyendo la novela, sin embargo, se da cuenta de que va a ser lo contrario.
Hablaba del regreso a sus primeras lecturas noir y, de hecho, el protagonista, Amador, parece extraído de ellas: es un policía que bebe demasiado, fracasado en lo personal y en lo profesional. ¿Cómo ha evitado el riesgo de caer en el arquetipo?
Soy consciente: presentar una novela en la que el protagonista es un policía bebedor, que acaba de romper con la pareja, que quiere cambiar de vida, suspendido de empleo y sueldo por agredir a un superior, puede acercarse a un estereotipo. Pero al mismo tiempo es muy real. Y la novela tiene un tono intimista, no pretende espectacularizar nada, es más de personajes. Si uno consigue describir un personaje así con honestidad y profundidad, cualquiera puede reconocerse en él, es alguien que está roto por dentro, necesita huir de todo y cambiar de vida. Son situaciones personales que todos en algún momento de la vida atravesamos en mayor o menor medida. Intenté evitar la parte más tópica y no incidir demasiado, por ejemplo, en sus conductas autodestructivas ni presentarlo como encantado de conocerse en su propia derrota.
En su obra siempre hay una pulsión existencialista, pero en O derradeiro gimlet es tal vez más intensa.
Sí, puede ser. Hay un deseo de huir en Amador, que está atrapado en sus propias circunstancias. Es un personaje muy en tensión consigo mismo. La insatisfacción y la rabia son dos fuerzas muy potentes y muy peligrosas que Amador vive en primera persona.
Y a las que se enfrenta con un movimiento continuo, conduciendo de un lado a otro, como en el cine del primer Godard.
Es raro porque yo no conduzco [ríe], a lo mejor hay algo ahí de querer parecer lo que no soy. Amador está atrapado en un laberinto, en una jaula, y no puede salir de ahí. Y sobre todo hacia el final de la novela no hace más que dar vueltas en el coche, pero en realidad está atrapado en sí mismo y en sus propias circunstancias. Encerrado en ese escenario grandioso que acogió su esperanza de cambio y que al final acaba siendo escenario de su derrota definitiva.
No todas sus novelas son tan oscuras.
Quizás. Todas tienen un tono existencial, de acompañar a los personajes en sus derrotas. Pero esta es una de las más negras, de las más pesimistas. A lo mejor debido a lo que hablábamos al principio, la época nos está arrastrando. Pero en la novela no hay ningún tipo de alusión explícita, creo recordar que solo algún diálogo de Lola con Amador sobre la falta de expectativas. El pesimismo está dentro de los personajes. Amador, por ejemplo, es alguien a quien su compañero de trabajo le está diciendo “vete unos meses a esta casa al lado del mar e intenta refrescar la cabeza”, pero a poco que el lector sea intuitivo, enseguida ve que la narración va a construir su caída.
Entra en la boca del lobo.
Era un poco esa idea. Un escenario aplastante y grandioso y al mismo tiempo fatalista y amenazante. En la novela hay días de temporal y días de sol, el mismo escenario puede cambiar a los personajes de forma radical. También se trata de Amador, que no tiene un gran equilibrio emocional, un tipo bastante violento, policía de la brigada de información. Y que está lleno de rabia y de insatisfacción hacia sí mismo, lo que lo convierte en alguien muy peligroso.
¿Todavía funciona la novela negra como realismo social?
Es un género que describe muy bien la sociedad en que vivimos, pero no es el único. A veces parece que se le atribuye la capacidad casi exclusiva de ser el gran género realista de la contemporaneidad y no lo creo. De hecho, hay novela negro policial que tiene poco de realista y mucho de espectacularización del crimen, novelas que son thrillers o policiales que se mueven por otros caminos que no tienen que ver con la idea de hacer una fotografía realista de la sociedad.
Su escritura, sin embargo, sí se inscribe en esa tradición, la del noir realista y crítico.
De alguna forma sí. De hecho, el género parte de la descripción de la sociedad norteamericana, de sus contradicciones, de las víctimas del capitalismo y de la presentación de las grandes tensiones sociales. Yo me inscribo humildemente en esa corriente, pero no siempre de una forma consciente, sino más bien escribiendo lo que me va pidiendo el cuerpo.
La teoría llega a posteriori.
La teoría muchas veces no sé ni hacerla porque para eso escribo libros. La teoría que la hagan otros, si no mal andaríamos [ríe]. Pero sospecho que dentro de unos años, para comprender el espíritu de los tiempos en que vivimos, tendremos que leer a algunos escritores de género negro. No creo, sin embargo, que sea el único género que está hablando de la sociedad en que vivimos.
Mencionaba la espectacularización del crimen en ciertas novelas. Ese fenómeno ¿ha restado potencia crítica al género negro o policial?
En la novela negra, siempre ha existido esa tensión entre ser una literatura popular, que pretende llegar al mayor número de lectores, y su voluntad crítica. Los primeros novelistas del género supieron reunir las dos cosas. La novela negra se ha convertido ahora en un género con muchos lectores, mucha presencia en las librerías y en las editoriales. Hace 25 años no era así. Ganó en prestigio, en lectores, en visibilidad, alcanzó espacios dentro de ciertas esferas culturales que antes no tenía porque había sido menospreciado, y hoy lo acepta todo el mundo. Pero para conseguirlo por el camino sí que perdió algunos componentes críticos.
¿A qué cree que se debe?
Cuando el género se empezó a popularizar en el Estado español, sobre todo con Vázquez Montalbán, los escritores sí eran conscientes de que la novela negra tenía esa deuda con la crítica social. Quizás porque miraban a Dashiell Hammet y a los clásicos estadounidenses. Pero pasaron los años y otras generaciones empiezan en el género sin tener en cuenta esa tradición. Creo, sin embargo, que en América Latina sí lo tienen más presente. Quizás porque en esas sociedades la violencia o el delito están más a la vista y sus novelas tiene un realismo más salvaje. Aquí hay un tipo de novelas que buscan más ser best sellers o un thriller más convencional.
¿Qué opina de la tan celebrada etiqueta Galicia Noir?
Existe porque hay una serie de autores y autoras que escribimos novela negra en Galicia y podemos agruparnos bajo esa etiqueta.
Quizás es más una operación mercantil.
Una de las cosas que hacen el periodismo o la crítica es etiquetar, agrupar, orientar, crear caminos para identificar autores, corrientes y demás. En ese sentido sí que hay un Galicia Noir, porque hay muchos autores en los últimos años que alcanzaron éxito, con novelas que son vendidas y con presencia a través de las traducciones en festivales y premios. Otra cosa es que esos autores y autoras tengan afinidades estéticas. Ahí ya no estoy tan seguro.
Tampoco existe un encuentro para escritores del género que contribuiría a crear comunidad.
Tampoco, es una lástima. Es uno los pocos lugares del Estado donde no hay un festival de novela negra. Me lo han preguntado muchas veces, a qué se debe, y no encuentro una explicación. Hace unos años en la Semana do Libro de Compostela (Selic) había un fin de semana que funcionaba como una especie de semilla de lo que podría haber sido un festival, pero hubo un cambio de dirección y se orientó de otra manera. Una lástima. Pero creo que en Galicia cada autor en Galicia sigue un camino, unos en la vertiente más comercial, otros policíacos, otros más negro u otros más detectivescos. Ahora Miguel Anxo Fernández acaba de publicar la nueva del detective Soutelo [Buscando a Dalia (Galaxia, 2026)], creo que son ya nueve de la serie. Hay un panorama más diverso de lo que había a principio de los 80 cuando empezó Reigosa [autor de Crime en Compostela, 1984, considerada primera novela negra en gallego]. Entonces escribir noir en gallego era una cosa exótica.
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