Las cadenas que nos preparan
En 1774, diecinueve años antes de ser asesinado, Jean-Paul Marat escribió un libro que dice bastante sobre los motivos que llevarían a la Revolución Francesa, es decir, sobre la atroz situación de la inmensa mayoría de la población antes de que empezara a liberarse de sus amos. Me refiero a Les chaînes de l’esclavage (Las cadenas de la esclavitud), de la que pueden encontrar fragmentos en castellano en una obra sin duda recomendable para empezar con él: los Textos escogidos que seleccionó y prologó el especialista Michel Vovelle a principios de la década de 1970. Como en tantas ocasiones, las partes que cito aquí son traducción directa de la obra original, que también dice algo sobre periodos que quizá les resulten cercanos. Cosas de que a la Historia le encante lo cíclico, y de que los grandes autores vivan en más tiempos que el suyo, aun siendo los más atentos a su presente.
Hablando del comercio, Marat comentaba que “cuando la riqueza se acumula en manos de los especuladores”, se produce una reacción en cadena donde al final “se impone la usura, se desenfrena la codicia y las artimañas no conocen límites”, empeorada por el hecho de que los comerciantes normales toman ese mismo camino porque dejan de ganar lo suficiente para satisfacer las “necesidades nuevas” que “el lujo les ha creado”. Como se ve, el periodista y político de la localidad suiza de Boudry no se refería a los obreros y campesinos, que con la monarquía no tenían ni para comer, sino a uno de los escasos sectores ajenos a la élite que habían podido acceder a determinados bienes, a productos que un segmento importante de los ciudadanos y ciudadanas de hoy darían por sentado: a fin de cuentas, su status está más cerca de dicho sector que del concepto pueblo, en el que no se suelen reconocer. Y al no poder satisfacer las necesidades mencionadas, su cultura pequeñoburguesa los llevaba a sufrir una involución ética y política.
A partir de ese momento –continúa Marat– se sucedían “todos los vicios del detestable egoísmo, la frialdad, la dureza, la crueldad y la barbarie”, en un mundo dominado por una sed de dinero que resecaba “los corazones” hasta el extremo de cerrarse “a la piedad”, hacer caso omiso “a la voz de la amistad” y no anhelar otra cosa que “la fortuna”. Ni los lazos familiares sobrevivían. Acababan convertidos en “instrumentos de opresión o de servidumbre” por haber apartado “la mirada del bien común”, desde luego; pero especialmente, por haberse dejado engatusar por lo que el autor define así: las “guirnaldas de flores” con las que adornan “las cadenas que nos preparan”, las que “ahogan el sentimiento de libertad en nuestras almas y nos hacen amar la esclavitud”. Querían volver a ser lo que habían sido o lo que pensaban que iban a ser, y la ruptura de esas expectativas sembraba “nuevas semillas de discordia”, confirmando la máxima del autor de que “nada es más propicio” para crispar los ánimos y dividir a la gente que introducir el competitivo deseo de lo superfluo en la sociedad y elevarlo “a la categoría de lo necesario”.
Quien se atreva a leer a Les chaînes de l’esclavage (en francés, porque no me consta que se haya publicado entero en ninguno de nuestros idiomas), observará enseguida que va mucho más allá de las afirmaciones anteriores y el campo en el que están insertas. Si he enfatizado ese aspecto es por el paisaje sociocultural que enseña, muy parecido en mi opinión al del siglo XXI en general, que algunos consideramos un XVIII sin pelucas en el que aún no se atisba ningún tipo de liberación. Sin embargo, la obra de Jean-Paul Marat, escrita durante su exilio en Londres, está abarrotada de elementos fundamentales para entender el proceso que llevó a 1789 y el simple hecho de que él llegara a ser uno de los líderes populares más queridos de la Historia de la humanidad, aunque la reacción hiciera y haga lo posible por reducirlo a una especie de príncipe del terror. Y puede que la mejor denuncia de ese cinismo esté en un libro que se publicó un siglo más tarde en Inglaterra y Estados Unidos a la vez: Un yanqui en la corte del rey Arturo.
Mark Twain consideraba que, si tuviéramos memoria y la tuviéramos en cuenta, si no nos hubieran enseñado “a estremecernos y llorar” por un terror menor que “apenas duró unos meses” y a pasar por alto el terror mayor, que duró “mil años” y provocó precisamente el primero, comprenderíamos esto: que “la memorable y bendita Revolución” se limitó a liquidar “esa vieja deuda en proporción de media gota de sangre por cada tonel que se había arrancado al pueblo mediante lentas torturas, durante el agotador trecho de diez siglos de tanta injusticia, vergüenza y miseria que sólo se podrían haber igualado en el infierno”. Los hechos son los hechos, y lo son con independencia de que siempre haya quien elimina el contexto histórico para que no se entienda nada y quien juzga a personas de otros siglos con la moral de hoy. Habrá que ver cómo se nos juzga a nosotros en el futuro, qué papel interpretamos en el mundo que nos tocó.
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