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Medio siglo de la concepción de la plaza de los Fueros, una escultura dentro de otra en pleno Ensanche de Vitoria

La plaza de los Fueros, vista desde el aire en 1989, con el foso cubierto con maderas

Rubén Pereda

Vitoria —

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Vista Vitoria desde el aire, no hay silueta más reconocible que la de la almendra medieval, origen de la ciudad y centro neurálgico durante siglos. Luego la urbe empezó a crecer y dio lugar a su Ensanche. Y hace ahora medio siglo comenzó a perfilarse en él la plaza de los Fueros, uno de los espacios más singulares de la capital, que combina las nociones de plaza y monumento en uno solo. Nacida de la colaboración entre el escultor Eduardo Chillida y el arquitecto Luis Peña Ganchegui, ambos guipuzcoanos, la idea generó posturas contrapuestas y propició una serie de desencuentros entre los artistas y el Ayuntamiento, que a punto estuvieron de llegar a los tribunales. Hoy día, tras una reforma acometida hace ya tres lustros, sigue siendo punto de paso y encuentro para muchos vitorianos cada día.

Patricia Álvarez de Arkaia y Montx Alkorta —comisarios de una exposición que conmemora el medio siglo de historia de la plaza, que se puede visitar en la Casa de Cultura Ignacio Aldecoa hasta el 7 de noviembre— sostienen que el objetivo del diseño era “transformarlo en un escenario vivo para la ciudadanía”. “A través de sus rincones, el espacio se convierte en un lugar de encuentro dinámico donde la cultura, el deporte y la convivencia laten al unísono”, añaden. La plaza en sí es una escultura que alberga en su interior otra escultura, oculta a la vista en un laberinto que se puede atisbar desde el aire y recorrer al bajar las escaleras.

El foso tiene un papel destacado en la historia de la plaza y fue fruto de algunas de las desavenencias entre los artistas y el Ayuntamiento. En la década de 1980, un niño cayó por accidente a él. Luego se tapó con madera como medida de seguridad. Los artistas estaban, se explica en los paneles de la exposición, “cansados y decepcionados”. El conflicto no terminó ahí, sino que fue a más en los años siguientes. El Consistorio instaló una verja y Chillida llegó a amenazar con demandas “por alterar la integridad de su obra”. La paz se selló definitivamente en 2009, con la firma de un acuerdo entre el Consistorio y la familia del escultor, nacido en 1924 y fallecido en 2002.

El frontón, parte de la plaza, durante un partido de pelota en 1998

La plaza-monumento no ha dejado indiferente a nadie en ningún momento, ya desde su concepción. El espacio que ocupa, un triángulo encerrado por las calles de los Fueros, de la Independencia y de Postas, fue en el pasado barrio de Barreras, plazuela del Príncipe (por Alfonso XII) y plaza de la Independencia. Luego se inauguró allí la plaza de Abastos. La exposición, sin embargo, recuerda que, por mucho que se haya repetido, la construcción de la plaza de los Fueros siete décadas después no fue la razón del derribo: se incide en que la de Abastos se demolió en 1974, en 1975 se instaló de forma temporal un jardín y ya en 1976 se decidió crear la plaza-monumento y se eligió el solar que había quedado libre.

La decisión de construir la plaza se adoptó el 21 de julio de 1976, día en que se cumplía exactamente un siglo de la ley que había abolido los fueros, obligando a las provincias vascas a aportar reclutas y a olvidarse de las exenciones fiscales. En el acuerdo, que está expuesto en la sala, se sostenía que la fecha era una “importante efemérides” y se apuntaba que el proyecto integraba “en perfecta simbiosis elementos arquitectónicos y esculturales de pura creatividad”. Se definía como “plaza urbana que trascendida por el arte debe constituirse en símbolo foral”. El presupuesto inicial superaba los 44 millones de pesetas.

La escultura, un día de nieve

El diseño y la construcción corrieron a cargo de Chillida y el arquitecto Peña Ganchegui, autor también, entre otras obras, de la iglesia de San Francisco de Asís, en la que precisamente ese año de 1976 la Policía Armada acribilló a tiros una asamblea obrera y dejó un reguero de sangre, con cinco fallecidos y decenas de heridos. En los primeros esbozos, la estructura de granito iba a la altura de la acera, lo que generó el rechazo de algunos comerciantes. En prensa, se publicaron cartas al director de todos los colores, desde los que se oponían fervientemente hasta los que consideraban que el proyecto ideado era bueno. Hubo incluso una campaña con pegatinas para decir 'sí' a la plaza.

Gracias a la cesión del Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco, se expone en la sala el conocido como alabastro Gasteiz, en el que ya se intuyen los requiebros que luego se materializaron en la plaza. Las obras, que se prolongaron durante 58 largos meses, movilizaron a cuatro decenas de canteros portugueses, dedicados a tallar “barras y adoquines para adaptarlos al diseño del empedrado y los desniveles del suelo”. La plaza se abrió al público en 1982.

“Muy poca gente se ha enterado de que la plaza es una unidad. Toda ella es una escultura monumental. La escultura es todo el conjunto de la plaza”, dijo el propio Chillida, como se recoge en uno de los paneles. Las críticas que se recogen en las paredes son todas positivas. “Materializa una arquitectura que renuncia al uso literal de la monumentalidad y confía en la capacidad del espacio para construir significado a través del uso, la materia y la forma”, dice una.

'Herri kirolak' en la plaza de los Fueros, durante las fiestas de La Blanca de 2024

La plaza es la desembocadura de importantes arterias de la ciudad y está siempre concurrida. Bares y comercios se aprovechan del tránsito que hay por sus laterales. Alberga también muchas actividades, desde 'herri kirolak' y conciertos durante las fiestas de La Blanca en verano hasta mítines políticos. Incluso hay una bolera subterránea. Fotografías de archivo muestran que se llegaron a instalar allí, en el lado del frontón, las barracas durante las celebraciones por San Prudencio y Nuestra Señora de Estíbaliz. Una sección de la exposición está dedicada a estas actividades lúdicas. “Con esta iniciativa se contribuye a un mayor reconocimiento social de este espacio urbano, reforzando su valor como elemento central del paisaje cultural de Vitoria-Gasteiz y como referente de una manera de construir ciudad desde el arte y la ciudadanía”, se ensalza desde la Diputación.

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