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Opinión - 'Una cumbre a punta de pistola', por Esther Palomera

Una cumbre a punta de pistola

Foto de los líderes de los países de la OTAN en la cumbre de la Alianza Atlántica celebrada en Ankara, Turquía.
9 de julio de 2026 22:53 h

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Hay cumbres que se cierran con una foto de familia, cumbres que acaban con una declaración conjunta y cumbres que se clausuran a punta de pistola. La de la OTAN en Ankara empezó con el desatado Donald Trump llamando “inútiles” a los europeos y “causa perdida” a España. Y con ese arranque y ese presidente que se han dado los estadounidenses era lógico preguntarse si algo más podía salir mal. Todo era susceptible de empeorar. Y empeoró cuando al anfitrión turco solo se le ocurrió repartir revólveres personalizados cargados con munición real a todos los jefes de gobierno presentes. Entre el arranque y el estrambótico final, el encuentro sirvió para mostrar un retrato feo y poco halagüeño sobre el punto en que se encuentra la relación transatlántica: humillación verbal y armas de fuego.

Recep Tayyip Erdogan podría haber entregado a los asistentes un surtido de baklava, un pañuelo de seda o una pipa artesanal esculpida a mano en espuma de mar, pero prefirió un objeto diseñado para matar, personalizado a modo de pluma estilográfica. Así que no hacían falta las palabras para explicitar que allí se hablaba el lenguaje de las armas y que uno de los asuntos clave del cónclave era la apuesta decidida por aumentar la inversión en artefactos militares.

Sin embargo, antes de que nadie hablara de revólveres, la cumbre ya había arrancado con otro gesto nada habitual en protocolo y diplomacia como fueron los reproches de Trump a los socios europeos en general por el gasto en defensa y en particular a España y sus gobernantes, a quienes llegó a calificar de “mala gente”. Y, aunque el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, optó por rebajar la tensión y ceñirse a las normas de la diplomacia para no escalar un conflicto con el principal garante de la alianza, su silencio produce el mismo efecto que las respuestas al regalo de Erdogan: que hay que aguantar el golpe y pasar página sin dejar constancia de que lo ocurrido merece, sin duda, una respuesta más firme.

Porque los insultos de Trump y el revólver de Erdogan no fueron una anécdota, sino un episodio más de una dinámica disparatada con distintos protagonistas. Primero, el todopoderoso comandante en jefe de los EE.UU. trata con desdén a sus aliados; después, el anfitrión de la cumbre les despide con un arma cargada de munición real y, por último, los allí presentes, cual subordinados, callan y acatan el desplante y el mensaje que llevaba implícita la pistola de marras.

Ni una palabra pública de reproche y tampoco una pregunta obvia sobre qué tipo de aliado convierte la ceremonia de despedida de una cumbre de seguridad en una demostración armamentística. Que un cónclave marcado por la presión de Washington para que los socios aumenten el gasto en defensa se despida con el reparto de armas de fuego no es ni mucho menos baladí, sino una forma muy explícita de poner negro sobre blanco cuál es el lenguaje que domina la conversación del mundo.

Habrá seguro quien advierta que no conviene convertir la anécdota en categoría de la cumbre porque hubo también anuncios de cooperación industrial e intercambio de posiciones sobre el apoyo a Ucrania que tendrán más recorrido que un revólver o un desplante, pero en diplomacia los gestos hablan siempre mucho más claro que las palabras. Los de Trump, para dejar constancia una vez más de su arrogancia y vanagloriarse de su poder sobre el mundo, y los de Erdoğan, para señalar el camino por el que hay que transitar. Y los demás, a callar y acatar.

Lo ocurrido dice mucho más de la OTAN de 2026 que cualquier declaración final firmada por sus 32 miembros, pese a que el elocuente obsequio causara incomodidad entre algunos jefes de gobierno el británico Starmer, el canadiense Mark Carney, el belga Bart De Wever o el español Pedro Sánchez. Además de dejar el arma en Ankara, entregarla en sus embajadas o ponerlas a disposición del Ministerio del Interior para inutilizarla y, después, inventariarla y almacenarla como otros regalos de Estado, podrían haber hecho o dicho algo más porque el lenguaje de la diplomacia no siempre es bien entendido por los ciudadanos.

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