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Cien años sin entrar en ‘El castillo’ de Kafka: el sueño frustrado del inmigrante

Fotograma de la adaptación televisiva de 'El castillo', que realizó Michael Haneke en 1997.

Cristina Ros

12 de julio de 2026 22:07 h

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Solo se le conoce por K., como si fuera un individuo tan insignificante que no merece siguiera una identidad, un nombre propio. Es uno más, uno de tantos que chocan contra un muro: el hombre, agrimensor de oficio, intenta acceder al castillo de una localidad, adonde ha llegado con el propósito de encontrar trabajo. Pero no logra siquiera que le abran las puertas de la muralla, de modo que no puede ni pedir ese empleo. De entrada, no se resigna: intenta entrar una y otra vez, mantiene su buena predisposición, confía en la humanidad de quien está al otro lado. Solo que la fortaleza, inexpugnable, permanece indiferente a su llamada. La suya, y la de los demás: porque no es el único que no puede entrar. En realidad, lo raro, lo excepcional, sería poder hacerlo.

El protagonista de El castillo (1926), una de las obras póstumas de Franz Kafka (Praga, 1883-Klosterneuburg, Austria, 1924) y que ahora cumple cien años desde su publicación, no ha nacido para ser esa excepción: la naturaleza impersonal de esa letra que lo identifica ya advierte su condición de otro individuo más entre la masa. Para qué personificarlo, si total, no va a quedarse, si no se le permitirá ni pasar. Para qué ponerle un nombre, unos atributos, un círculo de allegados, un carácter, unas emociones; todo aquello que cualquiera tiene, pero que a la vez lo distinguiría del resto, le hace dejar de ser un bulto borroso entre la multitud. Es más seguro no saberlo: así no le tomaremos cariño. Es peligroso, el afecto: puede abrir puertas. Y aquí, desde el principio, queda claro que quien dirige el castillo no tiene intención de recibir a nadie.

El castillo, como el libro que lo antecede en el orden de publicación, El proceso (1925) –como gran parte de la obra de Kafka, de hecho–, se lee como una metáfora atemporal del individuo ante la Administración: los arduos pero vanos empeños por acceder a ella se leen como una representación del tedio, la frustración y a la postre la resignación de quien batalla con la burocracia. El sujeto que, frente a una ventanilla (o, más común en estos días, frente a una pantalla) trata de hacerse entender, trata de encontrar ayuda para resolver algún asunto. Solo que quien está al otro lado no lo comprende. Le responde en piloto automático (tal vez sea, en efecto, una máquina, como las que atienden a menudo por teléfono) que su reclamación no encaja en los trámites, que es como decirle que se expresa en un idioma distinto al oficial, el de los papeles; un idioma incomprensible.

El individuo sabe que no conoce la lengua, pero confía en la bondad humana, en aquel atributo llamado empatía que le enseñaron de pequeño; que nos enseñaron a todos de pequeños, vaya, porque los cuentos están más cargados de moralejas que la vida real. Ese hombre confía en que quien le escucha, quien está al otro lado, tendrá la paciencia, de enseñarle, ya que quien le atiende sí domina esa jerga. Pero se equivoca al creer que lo escuchan: como mucho, lo oyen. Es un ruido de fondo, apenas un cacareo. Nada que genere la suficiente incomodidad como para prestarle atención. Hay muchos como él, que cacarean ante el muro administrativo; pero están tan solos que no logran enarbolar un grito estridente que rompa el cristal.

Retrato de Franz Kafka en 1923.

Si en El proceso el protagonista (también con una K., aunque algo más completo: Josef K.) era perseguido por la ley, lo que lo abocaba a un espiral de angustia sin solución a la vista, en El castillo sucede lo opuesto: es el individuo quien intenta penetrar el Estado, y su malestar procede de no conseguirlo. Son las dos caras de la misma moneda: la última palabra siempre la tiene el lado del poder, de las instituciones, del trámite indescifrable, del silencio como respuesta. Kafka supo leer con astucia la vulnerabilidad del individuo frente a estructuras creadas por él mismo, que en teoría representan un progreso, que (se supone) surgieron para ponerlo todo más fácil, para hacer la vida, las vidas de todos los K., más cómoda y apacible. No fue así: la araña cae atrapada en su red.

Más allá del viaje del protagonista como alegoría de la burocracia, de la imposibilidad de franquear las paredes de quien posee la llave, puede leerse también como el periplo de un inmigrante en su esfuerzo por establecerse en un lugar, algo que, en fin, lleva ya implícita esa confrontación con el idioma de la legalidad, aunque se le añaden matices. Por ejemplo, unas circunstancias: el recién llegado dejó a una familia atrás, según se va contando. Y un propósito: mejorar sus condiciones, las de sí mismo y las de los suyos, mediante ese trabajo que aspira a desempeñar. Llega dispuesto a ponerse manos a la obra, no pretende que le regalen nada. Quiere ser uno más, pero del pueblo: hablar su lengua, conocer sus costumbres. Y que ellos lo conozcan a él, que le pongan nombre.

Esa población es otro elemento clave de El castillo, por cuanto la comunidad queda representada al margen de la fortaleza. Entre ellos se entretiene el forastero, que poco a poco descubre sus historias, es decir: les va poniendo nombre. El nombre lleva pasado, lleva familia, lleva sueños. Vida. Todo lo que no cabe en la fortificación; que no quieren que quepa, vaya, porque espacio hay, y cosas que mejorar –tareas que requieren manos– le sobran. Cuando están entre el grupo, tienen un nombre, una voz, se entienden; no son una inicial sola frente a un muro. Sin embargo, cuando uno de ellos se marcha, solo, al castillo, pierde esa condición, se vuelve ese cacareo que nadie atiende. Despreciable.

“Así que como resultado —dijo K— solo queda que todo es muy confuso e insoluble, salvo mi expulsión”. Porque, cuando quiere, la Administración se hace entender. Sus mensajes con como las llamadas a plena noche: no traen buenas noticias. K. no solo se siente rechazado, sino que su frustración aumenta por no haber tenido la oportunidad. Como el inmigrante de quien se tramita la “devolución”. Como el que recibe azotes de la policía en la frontera. Como el que naufraga en su lucha por alcanzar la costa. De él dirán algunos que es un delincuente, que viene a imponer sus tradiciones, que pretende robar trabajos y novias y subvenciones, que incluso huele mal. Y él les responderá que no pueden saber nada de eso, porque no le han dado la oportunidad de conocerlo.

Pero nadie lo escuchará. Y esa es la paradoja del sistema (in)humano llamado sociedad, vigente hoy como en los años en los que el autor dio forma a estas páginas, que llegaron inconclusas a su amigo Max Brod, que, incumpliendo la petición del escritor de quemar todos sus manuscritos tras su muerte, hizo un servicio para la humanidad al ponernos al alcance libros tan inteligentes e imperecederos como El castillo. Tiene algo de impúdico leer un texto que su creador no dio por terminado ni quiso que viera la luz, aunque lo que de verdad debería avergonzarnos es que, un siglo después, no hayamos hecho nada. Bueno, hacer, hacemos mucho: viajar a la Luna, inventar artilugios, optimizar nuestro cuerpo; hacemos, hacemos cosas todo el rato, pero seguimos igual. O peor.

Kafka, al menos, sigue ahí.

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