Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Venezuela se vuelca en una búsqueda de desaparecidos a contrarreloj
Pedro Sánchez busca el cierre de filas del PSOE ante el nuevo ciclo electoral
Opinión - 'Traidores', por Rosa María Artal

Ingeborg Bachmann, la búsqueda de un nuevo lenguaje para escribir después de Auschwitz

Isabelle Huppert en la adaptación al cine de 'Malina' dirigida por Werner Schroeder

Cristina Ros

26 de junio de 2026 22:01 h

0

Tan breve fue su vida como fulgurante su proyecto de renovar el lenguaje literario de la literatura en alemán de posguerra. Nacida el 25 de junio de 1926, en la ciudad austríaca de Klagenfurt, Ingeborg Bachmann se consagró desde bien joven a la creación literaria, hasta convertirse en una de las escritoras centroeuropeas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Con formación en filosofía, conocía bien a Ludwig Wittgenstein y otros pensadores del lenguaje, una influencia decisiva para entender su obra literaria.

Bachmann ha tenido una presencia un tanto errática en el circuito español: sus obras, de por sí escasas, han pasado por diferentes editoriales a lo largo del tiempo, sin alcanzar un gran interés por parte del público. En parte, esta dificultad para llegar a los lectores puede entenderse por la naturaleza de su obra, nada sencilla; tampoco el idioma alemán ha contado con una tradición tan asentada en nuestra cultura como el francés o el inglés, salvo excepciones como Franz Kafka, con el que, por cierto, Bachmann guarda afinidad.

Cuando se cumple un siglo de su nacimiento, Nórdica recupera, dentro de su colección Otras latitudes, el que se considera su título más significativo, el último que publicó en vida: Malina (1971), con una nueva traducción a cargo de Isabel Hernández González. Es la primera parte de un ciclo de novelas inconcluso, que la autora emprendió tras una primera etapa dedicada a la poesía. También escribió obras radiofónicas, que se emitían en la emisora donde trabajaba, y cuentos como los de A los treinta años (1961). Tanto sus poemas completos como este volumen de relatos se pueden encontrar en castellano en Tresmolins, con edición y traducción de Cecilia Dreymüller.

Malina supuso una ruptura en diferentes aspectos. Para entender lo que implicaba esa transgresión, hay que conocer el contexto: en un principio, Bachmann formaba parte del Grupo 47, un círculo de autores que promovió la experimentación formal en busca de una lengua que no estuviera contaminada por el nazismo. Para ellos, el medio con el que lograr ese objetivo era la poesía, más proclive a los juegos de la forma. Este colectivo, en el que había escritores como Heinrich Böll, Günter Grass o Ilse Aichinger, impulsó a muchos jóvenes, como la propia Bachmann, que buscaban diferenciarse de los literatos precedentes con una propuesta radical, a la manera de los vanguardistas franceses.

Pasar del poema o el texto breve a la novela suponía un cambio, se distanciaba de los principios iniciales, aunque Bachmann no fue la única en vivir esa transición. Lo que marcó su diferencia con algunos de sus colegas fue la incorporación progresiva de otras preocupaciones; en particular, de una perspectiva de género. Bachmann ya no solo buscaba un lenguaje que rompiera con el Holocausto, sino un lenguaje que a su vez fuera propio de las mujeres, y no una réplica de las palabras que habían usado los hombres para escribir sobre ellas.

Bachmann ya no solo buscaba un lenguaje que rompiera con el Holocausto, sino un lenguaje que a su vez fuera propio de las mujeres, y no una réplica de las palabras que habían usado los hombres para escribir sobre ellas

Como Virginia Woolf, Bachmann era consciente de que muchas grandes escritoras habían cultivado una literatura “masculina”, en el sentido de tomar como referencia a los escritores canónicos, que eran todos hombres. Cuando la segunda ola feminista irrumpió en los años sesenta, ella y otras autoras tomaron conciencia de que no debían resignarse a repetir viejas fórmulas, que podían buscar un lenguaje propio para hablar, con sus singularidades, de aquello que las atañe, de su mundo íntimo.

Esto, que la emparenta con coetáneas como Clarice Lispector o Marguerite Duras y hoy nos parece un gran paso adelante para dignificar la literatura escrita por mujeres, en su momento no fue bien entendido por todos sus colegas, aunque hubo más mujeres que, de manera consciente o inconsciente, tomaron ese mismo rumbo, como Unica Zürn o Marlen Haushofer. En sus páginas, como en las de Bachmann, la experiencia de las mujeres se convierte en el centro y examina cuestiones como las relaciones afectivas, los trastornos mentales o la misma expresión del yo a través de la literatura.

Y de todo eso va, nada más y nada menos, Malina. Está planteada como un triángulo amoroso entre una mujer y dos hombres. La narradora, sin nombre, puede entenderse como un alter ego de la autora: a lo largo de tres partes revisa, con un registro entre la meditación existencial y el diálogo teatral, con una voz muy introspectiva, su relación con cada hombre, con su pasado y, a la postre, con la escritura.

Todo está relacionado, de hecho: su relación insatisfactoria con ellos (Iván, un hombre poco emocional que trabaja en el sector financiero y no se compromete como lo hace ella; y Malina, funcionario e intelectual, más atento, que le hace de interlocutor, pero que tampoco termina de encajar con ella) se entreteje con las heridas del pasado, tanto íntimas (el núcleo familiar, el padre) como histórico-políticas (el trauma del nazismo); todo ello, a su vez, se canaliza en la escritura, porque la identidad de la protagonista es inseparable de su identidad como narradora, su literatura es un ejercicio constante de escribirse, de hallar una expresión única y poética y precisa para contar su herida.

Ingeborg Bachmann en 1962

Explorar los límites del lenguaje con esa motivación es más arduo en una novela que en las distancias cortas o el poema; o, cuando menos, resulta más arduo para el lector, que se encuentra con una obra densa, reflexiva, lírica y de resonancias existenciales que no es fácil de seguir ni de interpretar; “críptica”, podría decirse, aunque esto no debería ser un pretexto para no leerla, sino, al contrario, un estímulo: en ocasiones (¿siempre?), la dificultad puede resultar atractiva, un reto que tiene la recompensa de llevar al lector a terrenos literarios que se salen de lo habitual, que le revelan hasta qué punto se puede jugar con el lenguaje. (Sí: es un libro del que Virginia Woolf habría estado orgullosa).

Bachmann murió en Roma en 1973, en un accidente doméstico que nunca se ha llegado a aclarar del todo: al parecer, hubo un incendio en su habitación y no superó las graves quemaduras, pero un intento de suicidio previo, tras la ruptura con quien fue su pareja, Max Frisch, junto con la inestabilidad emocional que ella misma manifestaba a través de su obra, dejan margen para cualquier hipótesis.

Solo tenía 47 años, y dejó el ciclo novelístico que debía completar Malina sin terminar. Fue una gran pérdida para la literatura, pero los libros que tuvo tiempo de escribir, desde los poemas a Malina, basaron para situarla entre lo más destacado de la literatura de su tiempo. Merece la pena volver a ella y, de paso, recordar la adaptación que hizo Werner Schroeder en 1991, con Isabelle Huppert en el papel protagonista y la Nobel Elfriede Jelinek, admiradora confesa de Bachmann, como guionista. Literatura y cine que hacen temblar, que inquietan, que desafían; que son la expresión de un mundo propio y único, en definitiva, y que hacen de este un arte.

Etiquetas
stats