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El sueño de comprar la vida eterna: una vieja aspiración entre la realidad y el delirio

Antonio Martínez Ron

16 de agosto de 2026 21:30 h

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El sueño de la vida eterna

En septiembre de 2025, una conversación entre Xi Jinping y Vladímir Putin captada al vuelo por los micrófonos de los medios llamó la atención del mundo. De camino a un desfile militar, el presidente ruso comentaba al líder chino que, gracias al desarrollo de la biotecnología, los órganos humanos podrían trasplantarse constantemente, permitiendo a las personas “volverse más jóvenes, tal vez incluso inmortales”. A través de su traductor, Xi Jinping respondió aludiendo a las predicciones de que, para finales de este siglo, los seres humanos pueden llegar a vivir hasta 150 años.

Más allá de la anécdota, esta conversación casual entre dos de las personas más poderosas del mundo refleja el espíritu de una época. Aunque la humanidad ya fantaseó en el pasado sobre los elixires de la eterna juventud, solo el avance de la ciencia en las últimas décadas ha hecho posible esta obsesión de las élites por extender la vida y soñar incluso con la inmortalidad. Pero, ¿en qué situación estamos realmente y qué parte de verdad subyace en esta conversación de Putin y Xi Jinping? ¿Hasta qué punto hay una revolución en curso y cómo distinguimos los avances reales del solucionismo tecnológico o las fantasías de los líderes autoritarios?

Hace ahora alrededor de 15 años, un prestigioso científico español que trabajaba en California me dio un aviso: algunos empresarios del mundo de Silicon Valley estaban invitando a fiestas y reuniones privadas a expertos en longevidad como él para sacarles información. Parecían obsesionados con la idea de alargar sus vidas y el envejecimiento les parecía un problema de ingeniería, igual de resoluble que las dificultades a las que se enfrentan a diario en el mundo de la programación. En aquel momento, los científicos estaban consiguiendo avances asombrosos en los laboratorios, como alargar la vida de los ratones con reprogramación celular y probando prometedoras sustancias como la rapamicina, la metmorfina o los senolíticos. Estirar la vida más allá de los límites biológicos parecía al alcance de la mano.

El entusiasmo se contagió al movimiento ‘biohacker’, un grupo de chalados con conocimientos elementales de genética que aspiraban a aumentar sus capacidades por el procedimiento de “hágaselo usted mismo” en el garaje de su casa. La fiebre llegó al mundo de la ficción y, en 2014, la cadena HBO retrató aquella obsesión de los líderes tecnológicos por la eterna juventud en una serie llamada Silicon Valley. En ella, el CEO de una gran empresa tecnológica de California se hace acompañar de un ayudante joven, un ‘socio de transfusión’, cuya sangre se inyecta regularmente para retrasar el proceso de envejecimiento, un procedimiento conocido como ‘parabiosis’.

Esta idea estrafalaria se materializó en el mundo real cuando la empresa Ambrosia, con sede en Monterrey, empezó a ofrecer a sus clientes inyectarles un litro y medio de sangre joven para analizar después los biomarcadores en busca de mejoras medibles. En 2019, la agencia de medicamentos de Estados Unidos (FDA) declaró que estas transfusiones no tenían beneficio clínico probado y podían ser peligrosas. La empresa tuvo que cerrar, pero esto no detuvo los delirios vampíricos de algunos millonarios. En el reciente documental No te mueras: El hombre que quiere vivir para siempre (Netflix, 2025) vimos al empresario tecnológico Bryan Johnson intercambiar plasma sanguíneo con su propio hijo, como parte de una de las numerosas terapias y procedimientos a los que se somete para intentar vivir eternamente.

Moviendo las fronteras éticas

Visto con perspectiva, la ‘parabiosis’ no es el único planteamiento descabellado que amenaza con convertirse en realidad, en un terreno en el que la ciencia rigurosa y el puro disparate se entrecruzan a menudo. El ascenso imparable de los tecnoligarcas está empujando los límites éticos en numerosos campos. En el terreno de la biotecnología hay iniciativas que abogan de manera explícita por editar genéticamente embriones humanos para seleccionar sus características, en contra de los tratados de bioética y jugando con ideas que recuerdan mucho al movimiento eugenésico. Hay empresas que no solo ofrecen la selección del futuro bebé por su inteligencia, sino por los años que van a vivir, revelando la ambición de los millonarios de alcanzar la vida eterna y dejarla como un legado para sus descendientes.

Muchas de estas ideas se encuadran dentro de un movimiento llamado ‘pronatalismo’, que defiende la mejora genética de los individuos mediante herramientas biotecnológicas y parte de premisas profundamente racistas. Sus defensores más visibles son la pareja de Simone y Malcolm Collins, quienes abogan públicamente “promover tasas de natalidad más altas entre las poblaciones económica e intelectualmente productivas” gracias al cribado poligénico y la selección de embriones, en línea con la conocida ‘teoría del reemplazo’. “Solo las culturas con una fuerte motivación externa para tener hijos están muy por encima de la tasa de repoblación en este momento; todos los demás entrarán en el basurero de la historia”, defienden.

Privado y secreto

En este contexto, la ‘carrera privada contra el envejecimiento’ se ha convertido en una realidad palpable. Grandes figuras del mundo tecnológico y financiero han hecho de la longevidad un nuevo campo de inversión y han destinado miles de millones a biotecnologías que pretenden extender la vida y retrasar el envejecimiento. Los fundadores de Google, por ejemplo, crearon la empresa Calico, con alrededor de 1.500 millones de dólares para investigar en la materia y otros conglomerados como la Fundación Matusalén o el Fondo para la Longevidad inyectan dinero en empresas de biotecnología que abren nuevos campos de investigación. Más recientemente, Retro Biosciences, impulsada por Sam Altman (el CEO de la empresa responsable de Chat GPT), está reuniendo fondos para usar inteligencia artificial en revertir el envejecimiento celular y llevar candidatos terapéuticos a ensayos clínicos humanos.

En los últimos años, la advertencia que me había hecho mi fuente sobre la situación en Silicon Valley se ha ido convirtiendo en una realidad y estas empresas han empezado a fichar a los científicos más prominentes de su campo.

Un buen día llamé a dos de los referentes españoles en longevidad y ambos me contestaron por separado que a partir de aquel momento ya no podían contarme nada. Acababan de fichar por la empresa Altos Lab, fundada por el millonario ruso Yuri Milner con el apoyo de Jeff Bezos. El proyecto, para el que también han fichado a otros tres investigadores españoles, está envuelto en el más absoluto secretismo. Parece que las fiestas privadas en Silicon Valley acabaron dando su fruto.

Los sueldos y recursos ofrecidos por Altos Labs, muy superiores a los de la academia y los centros punteros de investigación, han atraído a investigadores de alto perfil que normalmente se han formado en universidades o centros públicos que hemos pagado entre todos. Aunque sus protagonistas defienden que este conocimiento llegará, de un modo u otro, al resto de la sociedad, lo cierto es que esta fuga de cerebros o migración de talento altamente cualificado podría interpretarse como una extracción del conocimiento colectivo con fines particulares. Como ha señalado la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes, la integridad de la investigación se pone en cuestión cuando determinadas personas pueden influir en qué líneas avanzan más rápido simplemente porque ellos pueden pagarlas.

El club de los inmortales

Sobre la idea sugerida por Putin a su homólogo chino acerca de reemplazar órganos humanos de forma continua, como si fueran las piezas intercambiables de un automóvil, por suerte estamos todavía muy lejos. Los avances en xenotrasplantes (el uso de órganos procedentes de animales como los cerdos) han sido espectaculares y se trabaja en la aplicación de un tipo concreto de medicamentos, los llamados senolíticos, para eliminar las células senescentes de los órganos donados por personas mayores e implantarlos a receptores jóvenes.

Mientras la ciencia seria estudia vías para hacer frente a la escasez de donantes y el rechazo inmunológico, una rama fantasiosa del negocio sirve para embaucar a los millonarios tecnológicos y aprovechar su falta de escrúpulos. Unos meses después del comentario de Putin, supimos por el periodista Antonio Regalado, de la revista MIT Technology Review, que el neurocirujano italiano Sergio Canavero, conocido por su proyecto imposible de ‘trasplantar una cabeza’, se ha aproximado a estos entornos para seguir con su trabajo. Cuenta Regalado que este médico “ha asesorado a empresarios que buscan crear clones humanos sin cerebro como fuente de órganos compatibles genéticamente, que no serían rechazados por el sistema inmunitario del receptor”. “Puedo decirles que hay gente de universidades de primer nivel involucrada”, asegura. “Lo que les digo a los multimillonarios es ‘únanse’. Todos tendrán su parte, además de hacerse inmortales”.

El secreto de los supercentenarios

Al lado de esta locura, la afirmación de Xi Jinping sobre la posibilidad de vivir hasta los 150 años suena hasta cabal. Pero el objetivo de llegar a esa edad es más un reclamo motivacional que una realidad tangible. Somos muy buenos alargando la vida de los ratones, pero de momento no hemos conseguido ninguna terapia o tratamiento que haya extendido la vida humana, aunque haya resultados prometedores.

Algunos de los mayores ensayos clínicos, como los dos que están en marcha en Estados Unidos con la molécula llamada rapamicina, se están llevando a cabo en perros. Si se repite lo observado en ratones, dicen los expertos, nuestras mascotas podrían aumentar sus vidas hasta en un 30% o el equivalente a 24 años más de vida en humanos. Pero la rapamicina es un inmunosupresor y quizá sea demasiado arriesgado usarlo de manera crónica. O puede que aunque funcione en perros no tenga los mismos efectos en humanos.

Algunos especialistas, como Manuel Esteller, del Instituto de Investigación Sant Pau en Barcelona, estudian qué hace especiales a los supercentenarios —las personas que viven por encima de los 110 años— para ver si podemos copiar las estrategias en aplicaciones terapéuticas. El análisis de las muestras de sangre, orina y saliva cedidas por Maria Branyas antes de morir en 2024 a los 117, ofreció algunos datos prometedores. Su ADN tenía unas variantes que le daban protección cardiovascular, contra la demencia y contra enfermedades metabólicas como la diabetes. Esteller sospecha que la fisiología heredada y la forma en que lucha tu cuerpo contra el daño pueden ser las claves de esta superlongevidad. En otras palabras, Maria paró los golpes que a la mayoría nos matan por el camino.

La gran cuestión encima de la mesa es si los supercentenarios enferman menos porque envejecen menos o envejecen menos porque enferman menos. Los científicos no saben cuál es la respuesta, pero analizan ahora los genes y biomarcadores de las hijas de Maria Branyas y otras personas hiperlongevas en busca de más pistas. En el caso de esta mujer catalana hay otros factores como la alimentación y los hábitos saludables (no fumar o no beber) que han sido igual de importantes que sus genes. Cuando salió el estudio, todo el mundo se fijó en que comía un yogur al día, pero apenas prestamos atención a detalles como que hacía ejercicio físico moderado diario, que tuvo una dieta bastante frugal y que siempre vivió con un círculo de amistades y familiar que le daba mucho apoyo.

La investigación en este campo está en ebullición y, en fecha tan reciente como enero de 2026, una investigación publicada en la revista Science revelaba que llevamos mucho tiempo sobreestimando el papel del ambiente y que la genética explica aproximadamente el 55% de la longevidad, más del doble de lo que apuntaban estimaciones anteriores. Los megamillonarios que se pasan el día en el gimnasio, tomando complejos vitamínicos y untándose en cremas, deberían revisar el expediente médico de sus padres y abuelos antes de dejarse la fortuna y la vida en un esfuerzo inútil.

Lo paradójico del asunto es que las estrategias más influyentes para mejorar la esperanza de vida siguen siendo sota, caballo y rey: buena genética, ejercicio, dieta sana y descanso. O, como decía una profesora mía en EGB, “tranquilidad y buenos alimentos”. Por no hablar de algo que a menudo perdemos de vista: la existencia de un buen sistema de sanidad pública y preventiva que en España explica parcialmente por qué tenemos alrededor de 83 años de esperanza de vida. La verdadera transformación está sucediendo en silencio y no ocupa tantos titulares, pero está poniendo patas arriba la demografía a nivel global y puede que nuestras sociedades.

La bomba demográfica

Frente a la épica futurista de Silicon Valley, el verdadero salto en longevidad está ocurriendo de forma mucho más discreta en los laboratorios científicos de alto nivel. En muchos de estos centros trabajan algunos de los investigadores españoles que describen qué avances reales podrían representar un cambio de paradigma a la hora de plantear la medicina de este siglo, una transformación que nos puede llevar a vivir más años en mejores condiciones de salud.

Son los mismos científicos cuyos hallazgos han contribuido al aumento de la esperanza de vida en más de dos décadas desde 1960. Un cambio que ha sido posible gracias a las mejores condiciones de vida y el acceso a vacunas, antibióticos, agua potable, mejores partos, menos tabaco, control de la hipertensión y avances rutinarios en cardiología y oncología. Hoy no solo vivimos más, sino que llegamos a edades avanzadas en mejores condiciones funcionales que generaciones anteriores: menos infartos mortales, menos ictus y más años con autonomía.

Según Naciones Unidas y la OMS, la esperanza de vida mundial pasó de unos 52 años en 1960 a más de 73 en 2019, una ganancia de más de 21 años en apenas seis décadas; incluso tras el retroceso puntual de la covid-19, la tendencia de fondo sigue siendo ascendente. Este progreso lento y acumulativo —hecho de políticas públicas, medicina preventiva y pequeños avances clínicos— es, por ahora, el único ‘tratamiento antienvejecimiento’ que ha demostrado funcionar.

Desde ese punto de partida, el cambio adquiere ya una dimensión histórica. Nunca antes tantos seres humanos habían vivido tanto tiempo. El resultado es una transformación silenciosa de la pirámide poblacional: en 1950 había unos 200 millones de personas mayores de 60 años en el mundo; hoy son más de 1.100 millones, y para 2050 se espera que superen los 2.000 millones. Este envejecimiento masivo está alterando de raíz la demografía, el mercado laboral, el consumo, la política y, sobre todo, los sistemas de salud y de protección social.

El primer gran impacto se nota en la sanidad y los cuidados de larga duración. Vivimos más, pero no necesariamente libres de enfermedad. En algunos países con población envejecida el cáncer está superando a las enfermedades cardiovasculares como causa principal de muerte y las demencias están al alza. Los sistemas sanitarios, diseñados para tratar episodios agudos y poblaciones más jóvenes, se ven ahora desbordados por pacientes que requieren seguimiento continuo, medicación permanente y cuidados sociales más que hospitalarios. A esto se suma la presión financiera sobre las pensiones y la seguridad social: menos trabajadores por jubilado y jubilaciones más largas tensionan un equilibrio que funcionaba cuando la mayoría no llegaba a los 80.

Japón es el laboratorio de ese futuro. Con casi un 30% de su población por encima de los 65 años y una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, el país sufre una escasez crónica de cuidadores. En ese contexto han empezado a multiplicarse los casos de ancianos con Alzheimer u otras demencias que desaparecen de sus casas: algunos encontrados meses después a cientos de kilómetros, otros nunca localizados. Ni los robots sociales, ni los sensores domésticos, ni las pulseras con GPS han resuelto el problema de fondo: faltan personas que acompañen, vigilen y cuiden. Y la restrictiva política de inmigración no ha sido una ayuda.

Este aumento de la soledad, con millones de mayores que vivirán solos, también amenaza a España. Con una de las esperanzas de vida más altas del mundo y una natalidad a la baja, alrededor de tres de cada diez personas en nuestro país tendrán 65 años o más hacia 2050, según las proyecciones oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE). Los expertos advierten de un déficit de profesionales de cuidados y de un aumento fuerte de la dependencia severa. Todo ello en un escenario global de crisis climática en el que, según algunos especialistas, la despoblación global agravará los problemas: quedaremos menos para arreglar el desastre que ha provocado la humanidad en la Tierra. El gran desafío de la longevidad ya no será cómo vivir 120 años con salud, sino organizar una sociedad justa y sostenible en la que casi todos lleguemos a los 90 sin que el sistema colapse.

Frente a esta realidad demográfica, los aspavientos de algunos gurús de la vida eterna resultan todavía más ridículos. En octubre de 2025 se celebró en Madrid una Marcha por la Longevidad organizada por José Luis Cordeiro, ingeniero y promotor de ideas transhumanistas, que recorrió lugares como la Puerta del Sol al extemporáneo grito de “¡Muera la muerte!”. La idea que promueven estos vendehumos es que estamos en condiciones de hacer opcional la muerte o que “el primer humano que vivirá 1.000 años ya ha nacido”, afirmaciones que avergüenzan a los verdaderos expertos.

Ante un fenómeno real y complejo estas proclamas suenan como un reclamo circense. Mientras nos jugamos cómo sostener sistemas de salud, pensiones y cuidados en sociedades cada vez más longevas, es grotesco distraer el debate público con promesas de inmortalidad sin base empírica. Resulta aún más inquietante que algunos de los millonarios más influyentes del mundo tecnológico estén cayendo en estos cantos de sirena, financiando falsas promesas de inmortalidad y que estas fantasías hayan permeado las mentes de líderes mundiales como Putin y Xi Jinping. Mientras discutimos sobre repositorios de órganos o seres hipercentenarios, olvidamos que la verdadera revolución pasa por vivir más años con dignidad, salud y justicia social, que es el objetivo en el que trabajan quienes se dedican a la investigación. El grito que toca ahora es ¡viva la ciencia! y, desde luego, ¡muera la tontería!

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