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La sequía lleva al límite a pueblos enteros del norte
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La sequía lleva al límite a pueblos enteros del norte que ya necesitan camiones de agua para abastecerse

Un camión cisterna de la Diputación de Soria.

Raúl Rejón

16 de agosto de 2026 21:30 h

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Lo normal es que en España llueva poco en verano, pero no tan poco y menos en el norte peninsular. Los ganaderos de la cornisa cantábrica dicen que es “lo nunca visto” y en decenas de localidades españolas en Castilla y León, Euskadi o Aragón, las personas pueden beber agua porque les llega en camiones cisterna: sus recursos propios están secos.

Es lo que ocurre desde hace una semana en el pueblo vizcaíno de Karrantza, en la tradicionalmente verde y húmeda Euskadi. Allí, ante la falta de recursos, reciben cada día 250 metros cúbicos de agua en camiones cisterna para luego distribuirlos. Será así durante todo el mes de agosto ¿Qué ha pasado? Simplemente no llueve y no se llena la balsa de la que dependen ya que este pueblo no está integrado en la línea del Consorcio de Aguas Bilbao-Bizkaia.

La falta de agua de Karrantza no es una casualidad o un caso aislado en Euskadi: en otros 21 municipios de la zona de Urdaibai y en varias localidades alavesas han tenido que establecer restricciones este mes.

Aunque los científicos admiten “incertidumbres” a la hora de proyectar detalladamente cómo afecta el cambio climático a las lluvias en España, la interpretación común es que reduce el volumen general de agua y recorta el número de días con lluvia “suave” mientras las precipitaciones se concentran en menos tiempo e incrementan su fuerza, es decir, son más torrenciales.

“La dinámica general de la atmósfera, que es como una maquinaria, está alterada por el calentamiento global”, subraya el responsable del programa de aguas de WWF, Alberto Fernández Llop. “Cambia el régimen de precipitaciones y de los cursos fluviales al igual que el relleno de los acuíferos”, ejemplifica.

La cuestión es que, en España, a medida que subía el calor por encima de los topes (este julio ha sido el más cálido de la serie histórica), se han ido acumulando también días, semanas y meses de lluvias escasas. Se ha pasado de una situación de precipitaciones “normal” a otra muy seca para establecerse finalmente una “extremadamente seca”, siempre según las calificaciones de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).

Al llegar el verano en la península ibérica, descienden las precipitaciones, pero cuando la Aemet califica un mes estival de muy seco significa que las lluvias han sido todavía menores a lo propio para estas alturas del año.

Lo duro es que estemos tomando esta situación como normal. Vemos lo que debería ser como algo excepcional como algo habitual y no podemos convertirlo en la rutina

Alberto Fernández Llop Responsable del programa de aguas de WWF

Si el año comenzó con mucha lluvia (enero y febrero fueron muy húmedos), marzo fue normal (llovió un 80%), y desde entonces se ha marcado una tendencia descendente: abril ya fue “muy seco” (solo un 58%). Mayo fue seco (85%). La primavera, pues, momento pico de lluvias, tuvo un carácter “seco”. Junio fue calificado como “muy seco” al llover solo un 39%. Julio resultó “extremadamente seco” porque se quedó en el 26%, según los datos recogidos por las estaciones de la Aemet.

Los boletines hidrológicos del Ministerio de Transición Ecológica indican que las reservas en los embalses están altas: un 69%. Más altas que hace doce meses y 17 puntos por encima de la media de la década. Sin embargo, los municipios que no están enganchados a esa red hacen las veces de chivatos sobre las lluvias, al menos a corto plazo. Además, como los pastos de montaña veraniegos para el ganado no son un cultivo que se riegue con el agua almacenada, sin lluvia, desaparecen. Es la combinación que está mostrando este verano de 2026.

La investigadora del ciclo del agua del Centro Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), Annelies Broekman, recuerda que “acumular agua con una pared de hormigón y tener un grifo otorga una falsa sensación de seguridad que no aborda la causa de que se sequen las fuentes”. Esta ingeniera agrónoma se refiere a que “la gestión del agua orientada a la superficie ha hecho que se olviden los acuíferos que se han ido degradando muchísimo y los manantiales y pozos dependen de esos acuíferos”. A eso se le añade, remata, “la gran impermeabilización de suelo a base infraestructuras que no deja que se empape el terreno”.

Esa falta de agua es lo que está ocurriendo en hasta 64 pueblos de la provincia de Salamanca que han tenido que recibir agua en cisterna por la escasez de líquido que se ha unido a altos niveles de contaminación en el suministro habitual por concentración de productos tóxicos como los nitratos o los pesticidas. También en Castilla y León, la Diputación de Soria ha tenido que distribuir más de 400.000 litros de agua potable solo en el mes de julio para los vecinos de nueve pueblos, entre ellos, Medinaceli.

Una situación parecida está ocurriendo en algunos valles de Huesca donde la falta de lluvias ha hecho que los cursos, manantiales y acuíferos de los que se abastecen diversas poblaciones adscritas a municipios de Jaca, Graus o Bonansa no aporten agua y se hayan enviado cisternas para el suministro humano. Allí, además, se les une que el aumento de la población turística ha añadido presión a la demanda de agua para unos pozos que no se han rellenado como solían.

Sin llegar a los camiones cisterna, también esta semana, la Xunta de Galicia ha declarado la alerta por sequía en 32 municipios. La propia ciudad de Pontevedra tiene restricciones, aunque el Ejecutivo no la ha incluido en la alerta. Detrás de esta escasez está un “importante y continuado” descenso en los caudales. La falta de lluvias se prolonga desde la primavera, explican.

“Este verano es un aviso más de la emergencia en la que estamos metidos”, insiste Llop. “Pero lo duro es que estemos tomando esta situación como normal. Vemos lo que debería ser como algo excepcional como algo habitual y no podemos convertirlo en la rutina”, añade. Sin embargo, “como adaptarse a esta situación implica cambiar muchas cosas, se expande el negacionismo porque es más cómodo. Es más fácil decirnos: ya vendrá el frío otra vez”, remata.

La ganadería pide ayudas públicas

Al mismo tiempo que los camiones llevan agua a decenas de pueblos, la misma falta de lluvia ha provocado que un ecosistema totalmente dependiente de esas precipitaciones, sufra. Los pastos de montaña no crecen si no llega líquido.

Y con ellos desaparece el alimento estival de la ganadería en Cantabria, Galicia, La Rioja, Euskadi o Asturias. Los rebaños que la trashumancia llevaba a las cumbres en verano no encuentran esa comida porque, simplemente, no crece. El sector ganadero reclama dinero público para paliar este efecto del cambio climático.

Los pastos son muy muy sensibles a los regímenes de lluvias y, además, hemos empobrecido la calidad de los suelos para poder ayudar a que con menos lluvias resistan más tiempo

Annelies Broekman Investigadora del CREAF

“Los pastos son muy muy sensibles a los regímenes de lluvias y, además, hemos empobrecido la calidad de los suelos para poder ayudar a que con menos lluvias resistan más tiempo”, ilustra Annelies Broekman. Ella propone que, en el contexto de cambio climático, “se trata de recrear el efecto esponja de esos suelos para retener más agua: prados con especies adecuadas, que los ríos los inunden... Los pastos de montaña, por ejemplo, son muy dependientes de la nieve y ya hemos visto como decae la innivación”.

Ganado en pastos de montaña

Los ganaderos cántabros han sido los más gráficos: “Las vacas se comen hasta las hojas de los árboles”, han descrito en la zona pasiega para ilustrar la falta de pastos verdes que ahora son hierba seca amarilla. El patrón se repite, por ejemplo, en La Rioja donde la Unión de Agricultores y Ganaderos ya ha pedido ayudas al Gobierno riojano para solventar lo que llaman situación “extraordinaria” porque no hay pastos naturales: subvención para los piensos y alivio en los regímenes de pastoreo.

En la misma línea que Cantabria y La Rioja, el Ejecutivo vasco se ha sentado con los ganaderos de la comunidad autónoma para acordar la compra conjunta de forraje con el que alimentar a las cabañas porque no hallan pastos naturales. Allí también están atravesando dificultades para disponer de agua con la que dar de beber al ganado en el monte.

En Galicia, además, sin lluvias se ha desplomado la propia cosecha de forraje y maíz destinado a dar de comer a las vacas, lo que ha obligado a utilizar ya en agosto las reservas de invierno. Como escasea el pasto, las explotaciones recurren a comprar pienso.

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