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Cuando Virginia Woolf era un diamante en bruto: sale a la luz ‘La vida de Violet’, un texto inédito de su juventud

Retrato de la escritora Virginia Woolf realizado en Inglaterra en 1939

Cristina Ros

31 de mayo de 2026 22:05 h

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Todos tenemos muchas identidades a lo largo de la vida. Por eso hubo un tiempo en el que los genios (aún) no eran genios, sino seres humanos corrientes que trabajaban codo con codo para ofrecer lo mejor de sí mismos al mundo. Por eso, aunque no lo parezca, hubo un tiempo en el que Virginia Woolf (Londres, 1882 - Sussex, 1941) no era (todavía) Virginia Woolf, y no (solo) porque no se hubiera casado con Leonard Woolf, de quien tomaría el apellido, sino por hallarse en la fase embrionaria de una escritora en potencia, esto es, la fase de ensayo y error; de escribir sin la expectativa de publicar, tan solo de continuar aprendiendo.

Urmila Seshagiri, estudiosa de la escritora inglesa, dio por casualidad con el manuscrito de un texto titulado La vida de Violet, conservado en una casa de campo de Wiltshire y fechado en 1908. La Biblioteca Pública de Nueva York (NYPL) guardaba un relato con el mismo título, pero correspondiente a una versión de 1907. Este primer borrador ya se conocía entre los académicos, y no pasaba de considerarse una composición primeriza. Sin embargo, la edición revisada de 1908 incluía nuevas correcciones que, a juicio de la investigadora, otorgan valor al original y hacen de él una obra más acabada.

El año pasado se publicó por primera vez en inglés, y ahora llega a nuestras librerías de la mano de Lumen, en esa misma edición de Urmila Seshagiri y con traducción de Ana Mata Buil. La vida de Violet puede leerse como el embrión de una novela, dividida en tres partes que son casi cuentos independientes, vinculados solo por girar en torno a un mismo personaje. Este personaje, precisamente, es lo más revelador de este manuscrito: Violet, una “giganta” que rompe algo más que las convenciones estéticas de su tiempo. Está inspirada en Mary Violet Dickinson (1865 - 1948), amiga de la autora (que en efecto medía más de un metro ochenta). Se conocieron en 1902, cuando Virginia Woolf tenía veinte años y todavía no había comenzado a publicar.

En el primer capítulo, o relato, se narra la llegada al mundo de esta heroína tan curiosa y su posterior presentación en sociedad, que no deja de ser un segundo nacimiento. Pero, lejos de repetir el patrón de la comedia de costumbres al uso, la autora “revienta” todas las convenciones con una voz narrativa burlesca, que a través de un humor afilado saca punta a los usos de la alta sociedad, y siempre con el foco puesto en la situación de las mujeres, aunque sin dramatizar. Por ejemplo, escribe: “La dama sacudió el abanico como un abanico sacudiría la trompa, y, en efecto, su posición en el salón de baile era tan señalada que se le permitían las libertades que los monos, las ovejas y los burros conceden al Rey de las Bestias”.

Más sugerentes y refinados son los pasajes en los que describe las flores, importantes en la vida de la protagonista (y de la autora, como se refleja en su obra). La segunda parte se titula, precisamente, El jardín mágico, y lleva a la giganta a otro escenario: “Si hay dos cosas que sé acerca de las damas aristocráticas inglesas, y una es que tienen salud, y la otra que tienen casas en el campo”. En esa casa, Violet lee libros y se pierde entre las plantas (no es de extrañar que se entendiera tan bien con Woolf). En un momento dado, deja caer una sentencia que parece un anticipo del ensayo más influyente de la escritora: “–¿No le parece, Violet…, que sería muy bonito…? / –¿Tener una casa propia? ¡Sí, mi querida señora!”.

El aire de cuento de estas tres piezas breves (o, para ser exactos, del personaje principal, de quien se enfatizan los atributos a través del lenguaje alegórico), se refuerza en la tercera, Cuento para dormir, que reviste una atmósfera más mágica, aunque sin perder ese tono mordaz. Además del retrato de una protagonista que rompe moldes, la novela destaca porque ya se entrevé la mirada incisiva de la autora hacia el universo femenino, y en concreto el de la amistad entre mujeres –la editora ve en Violet una predecesora de Vita Sackville-West, la amiga más especial de Woolf–, unas mujeres que no se limitan a hacer sus labores y practicar los pasos de baile con primor, sino que se ríen con fuerza, tienen una mente inquieta y cultivan una vida (exterior) más rica de lo que se espera de ellas y una vida (interior) menos dócil de lo que sus mayores querrían.

Sí, como se suele decir de las primeras obras, La vida de Violet contiene las semillas de lo que luego germinará. El estilo aún está por pulir, pero incluso en este tono que roza la caricatura se atisban sutilezas, alumbramientos y digresiones muy propios de Woolf, de la Woolf que en su plenitud renovó las formas y firmó obras como La señora Dalloway (1925) o Las olas (1931). Le falta empaque en la construcción narrativa, pero el nervio ya estaba ahí. Resulta curioso, además, descubrir el lado cómico de la joven Woolf, una escritora de quien ha trascendido una imagen seria, incluso imponente, en parte por la exigencia de su obra, en parte porque, al igual que ocurre con Sylvia Plath, su suicidio parece haberle dejado para la posteridad una fama de mujer atormentada y triste, aunque (y sus diarios y cartas lo prueban, lo mismo que Plath) tuvo etapas muy luminosas.

Una escritora en construcción

La publicación de La vida de Violet coincide con una nueva selección de sus primeros relatos, La marca de la pared (Nórdica, 2026, trad. Ainize Salaberri, Magdalena Palmer y Colectivo Woolf BdL), acompañada de un artículo de Antonio Muñoz Molina, que se recupera a modo de prólogo. Este pequeño volumen comprende siete textos, fechados entre 1892 y 1924 –es decir, terminan justo antes de la publicación de su primera gran novela, La señora Dalloway, en 1925– y permite ver la evolución de una escritora en ciernes, que va experimentando hasta lograr, en las últimas piezas, un nivel excelso.

El primer relato, y su continuación, escritos cuando era apenas una niña, se lee un poco en consonancia con La vida de Violet: tiene una gran dosis de comicidad, pero incluso en este intento tan juvenil se vislumbran fogonazos, detalles que denotan una capacidad inusual para la observación de la naturaleza humana, para ir más allá de las turbulencias de una misma. Es una Virginia Woolf irreverente y juguetona; probablemente esa es la clave, que juega, aprende jugando, se divierte al escribir, y en esa disposición es cuando se puede explorar la creatividad y, a la larga, llegar a aportar algo de veras novedoso.

Su universo narrativo es el mismo de siempre: aristocracia, casas señoriales, vicisitudes de las dinámicas domésticas, flores; pero —y esto también es lo mismo de siempre— en ella no importa tanto el qué como el cómo, puesto que es la cadencia de su voz, las sinuosidades del punto de vista, la fluidez de esa cadena que rompe los preceptos clásicos sobre los tiempos narrativos, lo que arrastra al lector por sus páginas. Como en La marca en la pared (1917), donde basta una mujer observando lo que parece una mancha en la pared para hilvanar una meditación hipnótica y de culminación magistral. También merecen una mención La señora Dalloway en Bond Street (1923) y El vestido nuevo (1924), dos textos espléndidos que complementan su novela.

“¿Qué somos con respecto a los escritores que nos han inspirado?”, se pregunta Ali Smith en la conferencia que pronunció en el Festival Literario de Cambridge en 2023, a propósito de Una habitación propia (1929), editada como Una Woolf propia (Nórdica, 2026, trad. Magdalena Palmer). Ella quizá sea, junto con Jeanette Winterson y Rachel Cusk, la heredera más clara de Virginia Woolf: lleva un paso más allá —porque para ser heredera de Woolf no basta, desde luego, con imitarla— su búsqueda de nuevas formas de expresión, sus rupturas, su evocación de un imaginario magnético y genuino, hasta en un género como el ensayo. Y, como ella, tiene también su lado humorístico, que se divierte explorando, probando, jugando.

Cuando uno tiene con un escritor esa suerte de “entendimiento” que la autora escocesa experimentó con Woolf, de inmediato surge la necesidad de leer todo lo publicado por él, y todo es todo, desde sus inicios torpes hasta sus finales indignos (si los hubiera). Hoy, gracias al rescate de La vida de Violet, la cohorte de seguidores de Woolf puede penetrar aún más en su proceso de formación, añadir un nombre más al mapa de las amigas que conformaron su mundo y nutrieron su narrativa. Sin exagerar en cuanto a sus méritos —no se convertirá en una obra imprescindible—, no deja de ser un aperitivo de lo que estaba por venir; un diamante en bruto, en definitiva.

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