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Cuando las mujeres tuvieron miedo de sus maridos: Joanna Russ y los tópicos del gótico moderno

Joan Fontaine y Laurence Olivier, en una escena de ' Rebecca' (Alfred Hitchcock)

Cristina Ros

19 de mayo de 2026 23:05 h

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El título de este libro lo podría pronunciar una mujer de hoy, porque, por desgracia, los crímenes machistas no dejan de poblar los titulares. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que estos asesinatos, estas dinámicas de violencia contra las mujeres, se camuflaban, se escondían (algo que aún sucede en algunas partes del mundo). En el siglo XX, estaban tan normalizadas en las conductas sociales que ni siquiera se percibían como los abusos que son. En ese contexto, muchas obras culturales, de forma consciente o inconsciente, actuaron como una herramienta para perpetuar el statu quo, incluso cuando esta cultura era producida por y para ellas. Es más: sobre todo actuaba así cuando se dirigía a ellas; para ser exactos, al subgrupo de mujeres blancas de clase media.

El ama de casa de clase media encarnaba el tipo de público con cierta formación (pero no demasiada) e inquietudes culturales (o más bien mucho tiempo libre, mucho tiempo para aburrirse) que, además, contaba con el dinero (del salario del marido) para adquirir, en este caso, las novelitas con las que entretenerse. “Novelitas”, porque de lo que se ocupa Joanna Russ (Nueva York, 1937-Tucson, 2011) en el ensayo Alguien me quiere asesinar… y creo que es mi marido (1973) es de ese corpus de ficción de consumo, tan abundante en clichés, que, más que por su calidad, interesa como fuente de estudio de los valores y costumbres inherentes a una época, una clase social, un país: mujer blanca occidental de clase media, a mediados del siglo XX, en Estados Unidos.

La virtud de la mujer casada

El llamado “gótico moderno” vivió una eclosión en la novela popular de aquel tiempo, de forma similar a la que han experimentado el romance o los relatos de testimonios en otros periodos. Eran publicaciones baratas, en edición de bolsillo, con cubiertas kitsch que identificaban el género de manera fácil e inmediata. Su contenido era tan previsible como su diseño: un tipo de ficción que, siguiendo la estela de clásicos como Jane Eyre o Rebecca, presenta a una heroína que, desde que contrae matrimonio y convive con su marido, comienza a descubrir que este no es quien pensaba que era.

La rutina de la mujer, lejos de emular la imagen idílica de una joven recién casada, se vuelve inquietante. La protagonista se halla recelosa, sospecha de todo. En su centro se debate una contradicción: está entre el amor hacia su esposo y el miedo que empieza a sentir. Además, los clichés del género llevan la situación al extremo: el hombre, por definición, es siempre una figura poderosa, alguien más maduro, resolutivo, un agente activo en la sociedad; mientras que ella, condenada a ser la eterna chica, es, además de inexperta y sin opciones de escapar del hogar, una joven sin familia que la apoye, sin amigos, sin referentes; en suma, está desamparada. Incluso la casa se le revela hostil: una vivienda grande, imponente y misteriosa, donde ya se habían establecido unas normas antes de su llegada, y donde ella no deja de sentirse una intrusa.

Situaciones extremas para apelar al dramatismo más barato y sentimental: ahí estaba la receta para despertar emociones en las vidas monótonas de las lectoras. En las novelas que analiza la autora, el enigma en torno al hombre tiene que ver, como en los clásicos, con una cuestión moral: un tabú que se intenta encubrir, lo que da pie al miedo, a esas elucubraciones de la mujer ingenua a quien no se revela nada, que solo puede escuchar a hurtadillas y completar lo que no sabe con la imaginación, que suele inducir más de la cuenta. La actividad ilícita del marido, por consiguiente, añade una dimensión de lo “prohibido” al relato, esto es, una perversión del orden apacible que buscaba la heroína.

“El gótico moderno es una expresión directa de la situación tradicional de la mujer […] y ofrece la clase exacta de lectura de evasión que necesitan las mujeres de clase media creyentes en la mística de la feminidad, sin conllevar elementos que vayan más allá”, afirma Joanna Russ, escritora, académica y crítica literaria conocida sobre todo por su novela de ciencia ficción feminista El hombre hembra (1975) y el ensayo Cómo acabar con la escritura de las mujeres (1983). De algún modo, con su desarrollo previsible y la condición de víctima sin remedio de la protagonista, que no pasa de ser un sujeto pasivo, esas ficciones confirman el corpus de creencias socialmente aceptadas sobre el matrimonio, la vida conyugal y la moral puritana.

Son textos que no esquivan la sexualidad, pero esta se plantea siempre desde un enfoque conservador, con la protagonista como la joven virgen e inmaculada que se escandaliza ante cualquier sospecha de desviación moral. En contraste con esos picos emocionales, las novelas se prodigan en descripciones del vestuario y la decoración (siempre de lujo), además de las comidas: esos elementos en los que la mujer de casa media se sostiene en su día a día, aquello en lo que deviene una experta, que puede mantener bajo control y le confiere una seguridad de la que carece en el aspecto íntimo. El mensaje implícito es claro: reforzar la imagen de la mujer como ama de casa, de señora feliz con sus labores.

“El gótico moderno es una suerte de paranoia justificada”, concluye la autora, “la gente tiene la intención de hacerte cosas horribles; no puedes confiar en tu marido […]; las motivaciones de todo el mundo son ladinas y retorcidas, y solo estando en guardia de forma sumamente rigurosa podrás arrancar alguna migaja de felicidad en las fauces de la destrucción”. En otras palabras: se promueve el rol de una mujer pasiva, miedosa y desconfiada, lo que la lleva a encerrarse más en sí misma y a renunciar a la rebeldía. Es lo contrario de lo que fomentan los relatos de sororidad: tejer vínculos para saber que no están solas, que no son las únicas que sufren, que existen otras formas de estar en el mundo y que está en sus manos la posibilidad de cambiar su realidad.

A diferencia de la gran literatura, donde las protagonistas, pese a enfrentarse a situaciones amenazantes, se distinguían por su determinación —la propia Jane Eyre es un ejemplo de ello—, las novelitas de consumo rápido no corren riesgos, perpetúen el cliché, por lo que no suponen ningún desafío para la lectora. No pretenden provocar en ella una reacción ni despertar su espíritu crítico; al contrario: velan por su supuesta integridad, le confirman lo que ya conoce o intuye por otros medios. Su única “aventura” posible es la historia de amor, y en ella concentran sus pensamientos, mientras procuran vestir bien y mantener la casa arreglada para actuar conforme a lo que se espera de ellas. En suma, se persiste en el concepto tradicional de “virtud”: “Mi valor sexual es mi valor personal y es respetado por todo el mundo, salvo por los malvados y las malvadas”.

Del gótico moderno a la novela negra contemporánea

Hoy la ficción popular se ha sofisticado: ya no se mueve en formato económico por los circuitos de serie B, sino que se viste con las sobrecubiertas brillantes de grandes sellos comerciales. Del mismo modo que la novela romántica cambió de traje y pasó a primera línea tras el fenómeno de Cincuenta sombras de Grey (2011), de E. L. James, los relatos de tintes oscuros, que remueven los bajos fondos de la sociedad, ya no corresponden al gótico de los años cincuenta, sino que han adoptado las pautas de la novela negra.

Hoy la ficción popular se ha sofisticado: ya no se mueve en formato económico por los circuitos de serie B, sino que se viste con las sobrecubiertas brillantes de grandes sellos comerciales

Sí, hace años que la novela negra y el thriller son los géneros de moda, leídos tanto por ellos como por ellas, pero los estudios confirman que la mayoría de lectores de ficción son mujeres de mediana edad. El análisis de Joanna Russ, hoy, podría trasladarse ahí, porque estas obras suelen tener un elemento en común muy significativo: las víctimas del crimen, con frecuencia, son mujeres, casi siempre jóvenes de las que, además, han abusado, cuyos cuerpos aparecen con señales de una violencia que roza el sadismo. Hay autores (y autoras) que se recrean en la descripción escabrosa del cuerpo y la pulsión sexual hasta extremos que van más allá de lo que justifica el hecho literario.

¿Existe un sesgo patriarcal en el tópico de la chica asesinada? Podemos aventurarnos a decir que sí: no deja de ser una versión actual del martirio de la virgen beatificada, una muchacha “inocente”, “bella” y “en la flor de la vida”, cuyo asesinato escandaliza más, causa más conmoción social que si se tratara de alguien más maduro, de vuelta de todo; alguien que, quizá, se defendió. Tampoco se puede obviar la naturaleza morbosa de la descripción del cadáver: a pesar de narrar una atrocidad (o quizá precisamente por ello), se busca, con el detalle, perturbar aún más al lector, recalcando la dimensión obscena del crimen, del criminal, sobre el que no existe redención posible.

Este cliché persiste incluso cuando la investigadora al mando es una mujer. El caso de Los hombres que no amaban a las mujeres (2005), el libro de Stieg Larsson con el que se inició esta tendencia (o que, al menos, la pone en el centro del mercado), resulta paradigmático en este sentido: el periodista Mikael Blomkvist recurre, para investigar el caso, a Lisbeth Salander, una joven hacker. Además de situar a la mujer por debajo del protagonista (es su colaboradora, no la investigadora principal; y es más joven, y con menos contactos, y se la toman menos en serio que a él), ella reúne la doble condición de víctima, por su pasado, y vengadora, por el modo en el que canaliza ese trauma.

Lisbeth Salander, a diferencia de la mujer casada del gótico moderno, es una chica con estudios, de mente brillante y con una profesión pionera, unos valores más acordes con los de la lectora media de hoy, que, como ella, es una mujer formada, con inquietudes y una vida más allá del hogar. Lisbeth, además, no viste según los cánones asociados a la feminidad, sino que usa la ropa como expresión de una identidad subversiva, rebelde a conciencia, que no busca complacer la mirada masculina heterosexual. Sus aficiones, la informática, no se corresponden tampoco a las actividades de esparcimiento que se han asociado por tradición a las mujeres.

Por estos motivos, se ha aplaudido a Lisbeth Salander como referente del feminismo, un modelo más inspirador e independiente que las mujeres tradicionales. Sin embargo, ese mito es cuestionable, porque la joven también representa una serie de fragilidades, marcadas por los abusos sufridos, como el carácter antisocial, el miedo a los hombres (disfrazado de odio) o el temor a comprometerse. Su identidad se articula por reacción a lo que le ha hecho daño, no tanto por una búsqueda interior de sí misma. En síntesis: no es pasiva, como las heroínas de antaño, y su mundo es más expansivo; ahora bien, su perfil psicológico y su modus operandi distan mucho de ser modélicos, salvo que una aspire a (re)construirse sobre la rabia y la venganza.

De un modo u otro, el miedo, el crimen y el escándalo siguen abundando en la ficción comercial. Por mucho que a menudo se venda como entretenimientos intrascendentes, cuando un tópico se repite tanto y tiene una amplia acogida cabe preguntarse qué nos está diciendo de nosotros como sociedad, qué nos quiere transmitir. Joanna Russ respondió a esta pregunta con respecto al género predominante a mediados del siglo XX; en la actualidad los desafíos para las mujeres han cambiado, y la literatura también, pero ensayos como el suyo ponen de relieve la necesidad de no perder de vista la ideología implícita, de raíz patriarcal, que mantienen buena parte de esas novelas, por mucho que sus autoras o sus protagonistas se presenten como “feministas”.

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