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La doble jornada, el cansancio, el 'mansplaining': réquiem por todas las escritoras que no fueron

La escritora suiza Alice Rivaz

Cristina Ros

12 de mayo de 2026 22:19 h

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Ya lo dijo Tillie Olsen: muchas mujeres tardan en iniciar su carrera literaria porque la mayor parte de su vida transcurre entregada al matrimonio, la crianza y las tareas domésticas, y también al trabajo, a otro trabajo, el que les reporta unos ingresos más o menos estables, aunque, para las mujeres de clase trabajadora del siglo XX, sean siempre magros. Y eso, con suerte: muchas se quedan por el camino, no llegan a ser, reprimen o dejan morir (dejan matar) a la escritora que llevan dentro. No por falta de vocación, ni de ambición, ni de ganas; sino de tiempo, energía, confianza.

Olsen, en una suerte de continuación de lo expuesto por Virginia Woolf en Un cuarto propio (1929), reflexionó en Silencios (1978; Las Afueras, 2022) sobre esas voces que no tienen la oportunidad de desarrollarse por condicionamientos como el género, la etnia o la clase social, algo que, a lo largo de la historia, ha afectado, sobre todo, a las mujeres. Porque, y sobre esto también escribió Joanna Russ en el ensayo Cómo acabar con la escritura de las mujeres (1983; Dos Bigotes, 2018), a veces no solo se impide por prohibición o rechazo obvio, sino por hacer del camino una pista de obstáculos interminable, que consume todo el vigor, limita los horizontes, enferma el cuerpo y la mente, y provoca no pocas rendiciones.

Por consiguiente, muchas escritoras, como la propia Tillie Olsen, no pueden comenzar de veras su carrera literaria hasta bien entrada la madurez, cuando las responsabilidades familiares han disminuido, tienen más seguridad en sí mismas y, por fortuna, algo más de tranquilidad financiera. Hasta entonces, quizá escriben relatos, cuentos infantiles y otras piezas breves que puedan culminar en un periodo razonable (Alice Munro lo visibilizó mejor que nadie al explicar que cultivaba el relato porque comenzó a escribir mientras sus hijas dormían la siesta). Y, aunque sin duda se puede brillar en el formato corto, la obra magna con la que sueñan muchas se hace esperar, si es que llega.

Para la escritora suiza Alice Rivaz (Rovray, 1901 - Genthod, 1998), el momento llegó en 1979, cuando vio la luz Lanza tu pan, que ahora Errata Naturae publica por primera vez en castellano con una impecable traducción de Regina López Muñoz. No es casual que su fecha de publicación coincida con los ensayos antes mencionados: son el resultado, se puede aventurar, del feminismo de la segunda ola, que hizo hincapié en la igualdad de derechos, la conciliación familiar y las políticas reproductivas. Esto, trasladado al ámbito creativo, supone hacer explícitos los problemas adicionales que enfrentan las mujeres que aspiran a desarrollar una profesión literaria o artística sin un respaldo económico detrás.

No basta con que se les permita el acceso a las instituciones; antes de eso, necesitan un espacio, un tiempo, una dedicación para poder crear esa obra. Los hombres, al alejarse del hogar, se pueden volcar en ello; sin embargo, de ellas se espera que se encarguen de los cuidados de la familia y de las tareas de la casa al tiempo que desempeñan un cargo remunerado. Y, si después se les ocurre escribir o pintar o cantar sobre esas vivencias de puertas adentro –la maternidad, el matrimonio, el trabajo, el universo cotidiano de la vida doméstica–, a menudo se las ningunea por no ocuparse de los “grandes asuntos”, a saber, la política, la guerra, el mundo de afuera, es decir, el mundo de los hombres. (Al menos, ya hemos entendido que lo personal es político; en algo hemos progresado).

Alice Rivaz, con estudios musicales e hija de un profesor militante del Partido Socialista suizo, desempeñó trabajos como maestra de piano, periodista cultural y funcionaria de la Organización Internacional del Trabajo. En 1940, a los 39 años, debutó en la narrativa con Nuages dans la main, a la que siguieron tres novelas más, en general bien recibidas por la crítica. Después de esa primera etapa, tuvo que paralizar su carrera por la conciliación familiar, y no la retomó hasta que se jubiló. Su segunda y definitiva fase se reanudó en 1966, y desde entonces ya no se detuvo hasta los años ochenta. Tanto en su juventud como en su madurez sus temas giraron alrededor de las mujeres en esas tensiones entre la vida personal y las obligaciones que la sociedad les impone.

Su primer libro traducido al castellano, La paz de las colmenas (1947; Errata Naturae, 2023), es una nouvelle que, bajo la forma de un diario confesional, condensa las inquietudes de una mujer en esa edad entre la juventud y la madurez en la que pasa revista a todas las facetas de su existencia, comenzando por su esposo (“Creo que ya no quiero a mi marido”, anuncia en la primera frase), pero continuando con asuntos poco tratados hasta entonces en la literatura: la relación con las amigas, la imagen personal, la presión en las mujeres de conservarse jóvenes, el trabajo. Una obra intimista y elegante que puso una lupa sobre cuestiones que toda mujer se plantea alguna vez, con la que se ganó la complicidad de las lectoras (entre ellas, Annie Ernaux, otra gran escritora de lo íntimo).

Esas cualidades alcanzan su máximo esplendor en Lanza tu pan, una obra más extensa, penetrante y delicada que se adentra en los meandros de la psique de la protagonista con una voz digna de Virginia Woolf, que se recrea con sutileza en los vaivenes de la mujer con una sagacidad psicológica y una precisión en el estilo solo al alcance de unos pocos. El núcleo del conflicto es bien conocido por la autora: Christine, una mujer de mediana edad, soltera y sin hijos, ha postergado su vocación literaria para dedicarse a su trabajo, que al menos le ha proporcionado una precaria independencia. Ahora, no obstante, tiene la oportunidad de ponerse a escribir al fin, pero su madre se interpone en sus planes: la anciana, con achaques de salud, pretende que su hija se vuelque en los cuidados.

Christine siempre ha sido, a ojos de los demás (esto es, de la sociedad), una mujer casi ejemplar: estudiante solvente, empleada diligente, hija atenta, mujer discreta en general. El “casi” se debe a sus fracasos amorosos: aunque cuenta con una reputación respetable, sus decepciones románticas, la espera de hombres que no le correspondieron como ella esperaba, es una fractura abierta que la corroe en las noches de insomnio. La otra gran preocupación es su madre, una madre que pone en jaque los tópicos de la progenitora como una figura bondadosa, tierna y entregada: pretende que su hija renuncie por ella a la libertad que conseguirá con la jubilación; exige compañía, es egoísta, le hace chantaje emocional, la acapara durante todo el día y, a sus años, sigue juzgando sus decisiones.

La protagonista no es ingenua, pero carece de picardía, le faltan agallas para plantarse. O, al menos, así ha sido hasta ahora. Siente que ha llegado a un punto de inflexión: ya no puede retrasar más sus propios deseos, o no se sentirá nunca realizada. Escribir, no un diario para desahogarse ni textos sueltos, sino una novela, la novela, el proyecto que lleva dentro, que durante tantos años (¡toda la vida!) ha contenido en pos de su sentido del deber: los estudios, la estabilidad laboral, la independencia económica, los cuidados. Seguir las pautas sociales no le ha dado la plenitud por cuanto la obliga a sacrificar algo esencial: su voluntad, su ambición. En otras palabras: se anula a sí misma, su yo genuino.

La novela se divide en dos partes, dos noches en las que Christine medita acerca de su pasado, primero, y el futuro, después, encabalgando recuerdos como una remembranza proustiana. Sin que el vigor narrativo decaiga, se desgrana desde la pegajosa intimidad con la madre hasta sus amores, cómo las expectativas moldearon su vida para dejarla al final sola, mustia, con esa sensación de haber perdido el tiempo. Con todo, aun con esa radiografía minuciosa de la resignación de una mujer, Lanza tu pan no reviste un tono lastimero ni se conforma con la crítica: ese latido que persiste en Christine por escribir demuestra que su historia todavía no ha terminado, y que en sus manos está elegir a qué dedicará los años venideros.

Esa reivindicación de sus deseos, lejos de percibirse como un individualismo egoísta, es la fuerza que puede liberarla. Solo le falta superar un último escollo, que no es tanto su madre como el miedo: el miedo al cambio, a asumir las consecuencias de sus decisiones y tomar riesgos. Porque, si repite lo que ha hecho siempre, nunca escribirá; y no escribir será como darles la razón a todos los que no han creído en ella, todos los que no la han apoyado, todos los que se han beneficiado de su fuerza de trabajo en sus años de mayor actividad, todos los que recibieron su entrega sin devolverle ni unas migajas.

¿Qué hará Christine? La respuesta, en las páginas de Lanza tu pan, una novela brillante que concentra los temas que la autora ya exploró en su obra previa. Si con La paz de las colmenas quedó patente la potencia de su voz introspectiva y su perspicacia para captar con sutileza los desajustes cotidianos de las vidas de las mujeres, Lanza tu pan revela a una escritora en su cúspide, con una prosa esplendorosa y una sensibilidad que conecta con la conciencia del lector de hoy, y el de mañana, porque tiene esa cualidad imperecedera de los grandes libros. Alice Rivaz no tiene nada que envidiar a autores más reconocidos; es, sin ninguna duda, una escritora excepcional.

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