Trump viaja a China con la cara roja del bofetón iraní
Como Trump se diría a sí mismo (y como le dijo al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en su infame encuentro en la Casa Blanca): “No estás en una buena posición. No tienes las cartas”. El líder estadounidense viaja este miércoles a China a una cumbre con Xi Jinping que será una de las citas políticas del año en el calendario de EEUU (y lleva en la maleta el lastre de una probable derrota en Irán y un alto el fuego “en estado crítico”. Y Xi lo sabe).
El régimen iraní no solo no ha caído, sino que ha salido reforzado políticamente; Teherán mantiene buena parte de su arsenal de drones y misiles, y no ha cedido a ninguna de las exigencias de EEUU. Mientras tanto, los objetivos de la guerra han pasado a ser la reapertura de un estrecho que ya estaba abierto antes de la ofensiva y la gestión de un uranio enriquecido que los iraníes no tendrían si Trump no se hubiese salido en 2018 del acuerdo nuclear que firmó Irán con EEUU (Obama), China, Francia, Rusia, Reino Unido y Alemania.
Trump tendrá que pedir ayuda a Xi, lo cual: es una señal de debilidad; tendrá un coste —¿qué tendrá que ofrecer EEUU a cambio de esa ayuda?—; y ¿qué pasará si China dice que no? Entonces, la cumbre de Trump será otra víctima de la guerra
“Trump solicitará el apoyo de China para sus esfuerzos por lograr un acuerdo aceptable con Irán que ponga fin al conflicto y permita reabrir el estrecho de Ormuz”, dice Edgard D. Kagan, analista del Center for Strategic and International Studies especializado en China. Lo curioso es que es el ejército de EEUU el que está bloqueando e interceptando cargueros petroleros con destino a China, que a su vez es el principal comprador de crudo de Irán. Eso hace pensar que China necesita la reapertura del estrecho más que EEUU, pero no es exactamente así.
“Cada día que el estrecho permanece cerrado, la posición de China a largo plazo se consolida”, afirma David M. Hart, investigador de clima y energía en el Council on Foreign Relations. La explicación, según Hart, es sencilla. Ambas potencias compiten por el “dominio energético”. “Trump pretende utilizar el auge de la producción de petróleo y gas natural de Estados Unidos como ventaja geopolítica. El presidente chino, Xi Jinping, tiene un objetivo similar. Pretende utilizar el auge de las tecnologías de generación y consumo de electricidad en China para reforzar su posición. Aunque ambos han cosechado éxitos, la apuesta militar de Trump en Irán ha debilitado considerablemente su posición”, explica el analista.
La máxima expresión de la política energética estadounidense está en los acuerdos comerciales negociados por Trump. La UE, Japón, Corea y otros socios han aceptado comprar centenares de miles de millones de gas natural licuado a cambio de un alivio de los aranceles. Pekín, mientras tanto, quiere que sus socios construyan una infraestructura muy diferente y la cual China puede alimentar. Mientras tanto, “China domina la producción mundial de paneles solares, aerogeneradores, baterías de litio, vehículos eléctricos y los materiales y componentes que se utilizan en su fabricación. Dada la saturación de sus mercados nacionales, los fabricantes chinos están ofreciendo productos ‘electrotécnicos’ al resto del mundo a precios muy bajos”, explica Hart.
“Aunque China es el país más afectado por el bloqueo del estrecho de Ormuz en términos de volumen comercial, también ha creado los mecanismos de protección más sólidos frente a la crisis energética mediante la acumulación de reservas y la diversificación de sus importaciones. Al mismo tiempo, la electrificación de China modera su consumo de petróleo y GNL”, indica el experto.
“La guerra contra Irán ha reforzado enormemente las perspectivas mundiales del sector eléctrico. Las exportaciones chinas de productos energéticos se están disparando. Para muchos importadores de energía, resulta más atractivo depender de China para los bienes de capital necesarios para desarrollar la infraestructura eléctrica, que depender de Estados Unidos, Oriente Medio o Rusia para los combustibles que consumen de forma continua”, añade Hart.
“Tendrá que pedir ayuda a Xi”
Mientras tanto, el Departamento de Estado impuso sanciones el viernes a tres empresas chinas de satélites por proporcionar imágenes y otros servicios a Irán que le ayudaron a llevar a cabo ataques militares contra las fuerzas estadounidenses en Oriente Medio. El Departamento del Tesoro también sancionó a Yushita Shanghai International Trade por ayudar a Irán a importar sistemas portátiles de defensa antiaérea [Manpads] desde China. Fuentes del Gobierno señalan que Trump pedirá a Xi que reduzca el apoyo de China a Irán, informa el Financial Times.
EEUU, la mayor potencia militar del mundo ya no sabe ganar guerras. Trump presume públicamente de haber asesinado a la cúpula iraní y de haber destruido buena parte de sus fuerzas armadas. De poco le sirve. En Vietnam también lanzaron millones de toneladas de bombas (más que en la Segunda Guerra Mundial), lo destruyeron todo y, aun así, perdieron la guerra. Por no hablar de los reveses estratégicos en Irak y Afganistán, donde los talibanes tomaron el país inmediatamente después de la retirada de EEUU tras 20 años de guerra. Preocupado por los efectos políticos de su campaña militar en año electoral, Trump publica en redes la duración de las últimas guerras en comparación con su “excursión en Irán”, a la cual no encuentra una salida.
Un sector del neoconservadurismo más clásico defensor de las intervenciones extranjeras para defender la supremacía mundial estadounidense está criticando el aventurismo trumpista y sus consecuencias. En un artículo publicado el domingo en The Atlantic, Robert Kagan, analista de Brookings Institute, viejo conocido en los círculos de la política exterior de EEUU y quien defendió la invasión de Irak, señala que “si esto no es un jaque mate, está muy cerca”.
“Una derrota en el actual enfrentamiento con Irán tendría un carácter totalmente diferente [a reveses en guerras anteriores]. No se podrá ni reparar ni ignorar. No habrá vuelta al statu quo anterior, ni ningún triunfo definitivo de EEUU que pueda deshacer o superar el daño causado”, escribe Kagan. “La adaptación mundial a un mundo pos-EEUU se está acelerando. La posición que Estados Unidos ocupaba en su día en el Golfo no es más que la primera de muchas víctimas”, concluye. Como escribían hace unos días los analistas Reuel Marc Gerecht y Ray Takeyh en el Wall Street Journal, “las economías árabes del Golfo se construyeron bajo el paraguas de la hegemonía estadounidense. Si se elimina eso —y la libertad de navegación que conlleva—, los Estados del Golfo acabarán inevitablemente pidiendo ayuda a Teherán”.
Varias fuentes informaron a la agencia Reuters que altos cargos del Gobierno de Trump pidieron a la comunidad de inteligencia analizar cómo respondería Irán si Trump declarase una victoria unilateral en la guerra como salida a la misma.
Cada día que el estrecho permanece cerrado, la posición de China a largo plazo se consolida
Lo cierto es que desde que comenzó el conflicto, Trump está sufriendo para tratar de adaptar la realidad sobre el terreno a una narrativa favorable. Asegura que la campaña contra Irán cumplió sus objetivos a las pocas horas de iniciarse, que ha logrado un cambio de régimen, que la guerra ha terminado y que el acuerdo para reabrir Ormuz está muy cerca. Sin embargo, el régimen no solo ha sobrevivido a 37 días de bombardeos, sino que ha salido reforzado políticamente. Ha sufrido importantes golpes militares, pero mantiene su capacidad de cerrar Ormuz y de incendiar la región con su arsenal de misiles y drones y no ha cedido a ninguna de las exigencias de Trump pese a las amenazas de eliminar toda una civilización a base de bombazos. El presidente de EEUU incluso anunció una épica misión para reabrir el estrecho y tuvo que suspenderla menos de 48 horas después.
“Trump tendrá que pedir ayuda a Xi, lo cual: es una señal de debilidad; tendrá un coste —¿qué tendrá que ofrecer EEUU a cambio de esa ayuda?—; y ¿qué pasará si China dice que no? Entonces, la cumbre de Trump será otra víctima de la guerra”, señala el analista de Irán Vali Nasr. Algunos temen que Pekín fuerce a Washington a cambiar su lenguaje respecto a Taiwán, concediendo a China una victoria estratégica.
Una portada memorable de The Economist de principios de abril resume bastante bien la situación: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”.
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Esta semana, mi compañera María Ramírez estuvo en la ciudad de Bath, Reino Unido, con el escritor Patrick Radden Keefe, que acaba de presentar su nuevo libro, London Falling, sobre la vida y muerte de Zac Brettler, un joven británico que se hizo pasar por hijo de un oligarca ruso en Londres. El libro retrata el cambio de una ciudad marcada por las finanzas sin regulación, el lavado de dinero, las apariencias, el fraude y el miedo de políticos y policías. El libro se publicará en español en el último trimestre del año.
Todo lo que haga Patrick Radden Keefe es recomendable, pero aprovecho para recomendarte la lectura de uno de los libros que más me ha gustado en los últimos años: No digas nada, una investigación sobre la desaparición de Jean McConville y un relato brillante del conflicto en Irlanda del Norte.
Gracias por llegar hasta aquí.
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