Una conversación con Basim Khandaqji, el preso palestino condenado a tres cadenas perpetuas que acabó siendo liberado por Israel
Cuando por fin vio a su hermana tras 21 años encerrado en las cárceles israelíes, el escritor Basim Khandaqji se enfadó. Se enfadó mucho porque no podía abrazarla por el dolor de costillas que le había dejado la última paliza que le dieron sus carceleros antes de ponerlo en libertad, me cuenta. Él era parte del lote de intercambio de presos con Israel para poner en marcha el llamado plan de paz de Trump para Gaza —que se quedó en un alto el fuego que Israel viola semana tras semana y en una nueva e indefinida división y ocupación de la franja, pese a que el texto contemplaba la retirada israelí—.
Khandaqji era de ese reducido grupo de los considerados más peligrosos y fue inmediatamente deportado a Egipto. Nunca podrá volver a su casa, en Nablus, Cisjordania. ¿Cómo han sido los seis primeros meses en libertad en el exilio? “Es la pregunta más difícil”, dice. “Intento entrar en contacto con el concepto de libertad, pero hasta ahora no puedo encontrarlo. Después de 21 años en prisiones israelíes, me deportaron de mi país, me condenaron al exilio e intentan aislarme del mundo. La diferencia entre la cárcel y el exilio es enorme, pero la paradoja es que quizá sea más complicado el exilio. Da miedo”.
La intifada era una guerra, ellos atacaban a nuestra población civil y nosotros nos defendimos. Si me preguntas si eso es lo correcto, te digo que no lo es. Pero es una guerra. ¿Qué podíamos hacer? Ahora, sin embargo, creo que deberíamos reconsiderar nuestro concepto sobre la resistencia y sobre la violencia revolucionaria
Cosas como mandar un correo electrónico o usar un smartphone han sido algunos de los retos en estos primeros meses, pero eso ha sido lo más sencillo de su adaptación a la nueva vida. “Hay muchos niveles de dificultad en el exilio. En primer lugar, estoy muy lejos de mi patria y no he podido ver a mi familia hasta ahora porque los israelíes les niegan el permiso para visitarme”, dice. “Por otro lado, ahora vivo en un país enorme, Egipto, y hasta ahora no conozco el significado de la distancia y los espacios. La cárcel tiene su propia concepción del tiempo y el espacio, pero aquí, en el mundo de la libertad, es muy diferente”.
Cómo acabó en prisión
Khandaqji fue detenido en 2004 durante la segunda intifada y condenado en 2005 a tres cadenas perpetuas por participar en la planificación de un ataque suicida que mató a tres personas civiles en Tel Aviv. Según un comunicado oficial de entonces, el escritor ayudó al atacante a entrar en Israel. El objetivo, dice, era militar.
El joven estudiante de periodismo comenzó su militancia en una célula marxista durante la Segunda Intifada. “Aquello era una guerra real. Nos combatían con todos sus F-16, tanques, fuerza bruta, cohetes… todo. No había más opción que luchar y resistir. Cuando vi la muerte a mi alrededor, cuando vi que todos mis amigos y amigas estaban siendo asesinados, que nuestros niños y mujeres estaban siendo tiroteados en masacres perpetradas por las fuerzas israelíes en nombre de la seguridad… Ahí comprendí el significado de la deshumanización”, cuenta, justificando su pasado.
“Pero si hoy me preguntas si volvería a usar las mismas herramientas en caso de regresar a la misma época, te diría que no. Usaría otras herramientas, pero, aun así, no me arrepiento de nada”, dice. “Intentábamos lograr un equilibrio para que nuestro pueblo se sintiera protegido de estas masacres. Hay una acción y hay una reacción. En la intifada ellos atacaban a nuestra población civil y nosotros nos defendimos. Si me preguntas si eso es lo correcto, te digo que no lo es. Pero es una guerra. ¿Qué podíamos hacer? Ahora, sin embargo, creo que deberíamos reconsiderar nuestro concepto sobre la resistencia y sobre la violencia revolucionaria”, aduce.
El escritor señala que cuando el mundo le juzga, olvida e ignora la violencia organizada de Israel, y recuerda, por ejemplo, los grupos paramilitares judíos liderados por los futuros dirigentes de Israel. “Antes de 1948 había grupos sionistas que cometían masacres contra el pueblo palestino, como la Haganá o la banda Stern. Tras el 48, Menagen Begin y David Ben Gurion se convirtieron en diplomáticos y el mundo olvidó su historia y sus masacres, pero convirtieron su violencia en violencia organizada y terrorismo de Estado”, dice.
“Si me preguntas por qué elegí esta violencia revolucionaria, es porque no tenía otra opción. Pido a todo el mundo que se ponga en nuestro lugar y piense en lo que podría haber hecho… No puedo ofrecer flores a estos soldados”, afirma.
Durante su encierro en prisión, Khandaqji completó su formación como periodista con un máster en estudios israelíes. “Intento descubrir el significado real de los elementos secretos del sionismo: el fascismo y el racismo”, explica. El palestino también estudió hebreo: “Conocer el idioma del enemigo es un botín de guerra. Es conseguir tu educación de la boca del lobo. Es parte del frente cultural y de la resistencia cultural contra el sionismo, que no va de cohetes y metralletas, sino de ideología”.
Tenemos que luchar por un proyecto de solución de un solo Estado que sea democrático. Eso significa que tenemos que tender la mano a nuestros colegas judíos que creen en la solución de un solo Estado y que rechazan el racismo, el sionismo y el fascismo. Este tipo de personas son mis compañeros. Son mis colegas. Son mis amigos. Luchamos juntos, hombro con hombro
“Hoy reconsidero el significado de la violencia porque, tras el genocidio, los palestinos debemos encontrar un nuevo concepto de nuestra resistencia”, dice. “¿Cómo podemos neutralizar a la Fuerza Aérea Israelí o a los F-35 y F-16 israelíes? No tenemos misiles. No tenemos cohetes. Podemos hacer frente a esta fuerza aérea que cometió el genocidio en Gaza mediante nuestra resistencia pública. No pueden lanzar misiles contra nosotros si salimos a manifestarnos con nuestras mujeres y nuestros niños o si organizamos guardias públicas en nuestras aldeas contra los asentamientos en Cisjordania... Ese es el verdadero significado de la resistencia pública: el modelo de la Primera Intifada. Deberíamos recuperarlo y volver a utilizarlo”.
Una novela de contrabando
Khandaqji tenía prohibido escribir en prisión, pero se levantaba a las cinco de la mañana para hacerlo sin que nadie se diera cuenta. Después llegaba lo más difícil: tratar de sacar sus escritos de esas cuatro paredes de manera clandestina. No puede revelar todas las tácticas que utilizó, pero sí algunas de ellas: “Algunos presos que salían de la cárcel se tragaban unas cápsulas de plástico con los escritos dentro”. Otra fórmula consistía en esconder las hojas en los papeles de los dulces que se intercambiaba con su familia cuando iba de visita a la prisión. “Eso antes del 7 de octubre de 2023, porque a partir de entonces lo cerraron todo”, recuerda.
Así escribió varios libros, pero con su última novela, Una máscara del color del cielo (Hoja de Lata, 2023), ganó en 2024 el Premio Internacional de Ficción Árabe. Él no sabía nada, pero de pronto un día entraron los agentes y los sacaron de su celda para un interrogatorio con los servicios de inteligencia. “Me preguntan por mis escritos y por mis libros, pero no me dijeron que había ganado el premio. Eso es lo último que se les ocurriría decirle a un preso palestino. Para ellos es una pesadilla que una persona palestina gane un premio internacional. Por sus preguntas, descubrí que lo había ganado”, recuerda. Le preguntaban una y otra vez cómo había escrito el libro y cómo lo había sacado de prisión.
—Si hubiera sabido antes que mis escritos os iban a enfadar tanto, habría seguido escribiendo siempre —le dijo a uno de ellos—. Te prometo que te daré un ejemplar gratis firmado.
“Era una provocación, pero realmente lo decía en serio. Sería una declaración de victoria”, me cuenta. Cuando terminó el interrogatorio, volvieron a entrar otros agentes y le golpearon. “Me quitaron las gafas y me las rompieron”. Khandaqji dijo que no veía y el agente le contestó: “No necesito que veas nada, solo oscuridad”, recuerda. “En ese momento me sentía impotente e inútil, pero por dentro estaba bien. Muy orgulloso”. Después, uno de sus colegas que había conseguido un transistor de contrabando le confirmó que había ganado el premio. En ese momento entendió todo lo anterior.
En su novela, un joven palestino roba una identidad israelí para completar su investigación sobre María Magdalena. “La literatura comprometida pretende arrojar luz sobre los aspectos ocultos del sionismo e interactuar con la literatura israelí, donde el palestino es silenciado. La resistencia cultural es muy importante. Las palabras y las ideas son más importantes que las ametralladoras y las balas”, alega.
En contra del acuerdo que le puso en libertad
Pese a que el plan de paz de Trump para Gaza supuso su liberación tras 21 años encerrado, Khandaqji no cree en él. “No existe tal cosa como un plan de paz de Trump para Gaza. Lo último que le importa al imperialismo estadounidense es dar un Estado a los palestinos. Mira Gaza hoy, toda la franja es un campamento de tiendas de campaña”, dice enfadado. “Solo querían separar Gaza de Cisjordania y separar al pueblo palestino. Los palestinos en Gaza solo pueden preocuparse de conseguir comida, un techo y calor. La guerra y el genocidio han tenido sus resultados”.
¿Cuál es su propuesta? Khandaqji sostiene que los palestinos están “atascados en un túnel”. “Hay luz al final, pero no nos podemos mover hacia adelante”. Actualmente, palestinos e israelíes viven en un único estado de apartheid, dice. “Tenemos que luchar y tenemos que resistir por un proyecto de solución de un solo Estado que sea democrático. Eso significa que tenemos que tender la mano a nuestros colegas judíos que creen en la solución de un solo Estado y que rechazan el racismo, el sionismo y el fascismo. Este tipo de personas son mis compañeros. Son mis colegas. Son mis amigos. Luchamos juntos, hombro con hombro”.
Es curioso ver cómo muchos activistas israelíes a favor de la paz y en contra de la ocupación también han ido virando con los años a la solución de un solo Estado democrático para ambos pueblos. Sin embargo, nuestras élites diplomáticas siguen encerradas en el marco de los dos Estados a pesar de que saben perfectamente que es una solución inalcanzable, entre otras cosas, por la política de asentamientos y hechos consumados promulgada por Israel durante décadas.
—¿Vas a hablar con las familias de las personas que fueron asesinadas en el ataque en el que estuviste involucrado? —le preguntó un agente israelí antes de ponerlo en libertad.
“Sí, quizá les llame en el futuro, cuando recuperemos nuestra libertad y nuestra patria y recuperemos juntos nuestra humanidad”, concluye Khandaqji.
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Una máscara del color del cielo. Se puede ver algo de Khandaqji en los dos protagonistas de esta novela, desde sus pilares ideológicos a sus apodos. A uno de ellos le llaman el askenazí, por su parecido con este grupo. Ese fue precisamente el apodo que le pusieron sus carceleros israelíes en prisión por su físico.
Gracias por llegar hasta aquí.
¡Hasta la semana que viene!
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