Guillem de Castro, la calle que ejemplifica la mutación de València
Empieza nuestro recorrido en el número 1, frente a San Agustín, lugar desde donde parten tantas manifestaciones del Cap i Casal. Allí, un relieve a la altura del primer piso recuerda a este dramaturgo de quien seguramente la mayoría de los valencianos no haya leído ni visto ninguna obra. Su rúa recorre las antiguas murallas medievales, por lo que serpentea historia y enlaza el antiguo cauce del río Turia con la calle más larga de la ciudad, Sant Vicent. Guillem de Castro es ancha y, a partir de las reivindicaciones vecinales por renaturalizar la zona, el anterior gobierno municipal proponía convertirla en un boulevard cultural, se presta a ello. Un proyecto, como tantos otros de los que implican reducir espacio al tráfico rodado y ganar zonas verdes y peatonales, que enterró el consistorio actual presidido por María José Català.
Una calzada copada por cinco carriles parte desde esa plaza de San Agustín, donde destaca el antiguo edificio de Hacienda. Sin uso, sin proyecto, sin futuro inmediato, y con la idea pasajera en el horizonte de convertirse algún día en una gran biblioteca, ojalá. A sus espaldas, el Muvim, irrelevantemente contemporáneo, como la mayoría de museos que siguen con el modelo decimonónico de acercamiento al público con exposiciones objetuales. Frente a él, un museo más comercial, “El museo de las ilusiones”, un producto turístico que gestiona una multinacional ocupa el lugar del añorado CentroMúsica. Tienda de instrumentos que resistió durante más de nueve décadas en la zona, como parada obligatoria para músicos de toda la provincia mucho antes de que FNAC desembarcara a su lado. Un FNAC donde pernoctan algunos sin techo ante la falta de camas existente en los albergues municipales.
No es la única tienda de instrumentos que ha bajado la persiana en la calle, un poco más adelante la UME, Unión Musical de España, tampoco ha sobrevivido, y un Coaliment vende en las mismas estanterías productos ultraprocesados hasta las 3 de la mañana. Pero no nos adelantemos, hasta llegar al cruce con la calle Hospital tenemos un par de paradas interesantes. En el 31 izquierda encontramos 13 Ángeles barbershop Tattoo, en el local donde en 2023 cerró la Peletería Sánchez Cano. Está claro que la piel ahora se tapa con tinta en vez de con cueros y pelajes. Pocos pasos más para llegar a una nueva coffee shop de especialidad que nos acerca a la Casa Rusa, edificio singular y referente racionalista de la ciudad, que sigue esperando recobrar su esplendor. Por cierto, ya hubo que pagar una indemnización millonaria a sus propietarios en época de Rita Barberá.
La calle continúa viva, a pesar de estos enormes edificios abonados a la decadencia, con un tramo casi gremial. Siguiendo la estela de las calles vinculadas a un oficio, tan habituales intramuros, tres tiendas de temática manga se unen en este rincón. Futurama, Cartoon Corp y El Señor Miyagi, ordenadas por orden de llegada y calidad de sus propuestas. Solo las separa un nuevo centro de yoga, De Moon, el tercero que abre en los últimos meses en el barrio. Antiguamente la calle era mucho más gremial, en el sentido histórico de la palabra, especializada en negocios de madera, puertas y ventanas, de los que aún sobreviven: Puertas Antonio García, Molduven, Morata, Inmeblock, Puertas Aguilera, Valescal, Cabañero, Puertas Zaragozá y Manistil, una concentración que resiste implacable, cual aldea gala, la turistificación de la zona.
En cambio, el Palacio de las Mantas ahora es un taller de cerámica regentado por una joven francesa. La última cordelería de Valencia, Pitarch, cerró en Navidad y unos peluqueros afganos tienen previsto trasladar allí su peluquería masculina. La tienda de Chimeneas y Forjas se ha convertido en una enorme escape room, y de la antigua Armería Solaz emergen los efluvios del plato estrella del nuevo bar turco: el kebab de pollo rosa. No sabemos cuál será el futuro de l’Aventura, una histórica tienda de productos de montaña que colgó hace unos meses el cartel de “se alquila”. Por cierto, solo resisten dos sucursales bancarias, una de Caixa Popular y otra de Caixabank: el BBVA es ahora un centro de manicura, el Santander una peluquería, y la antigua sucursal de Bancaja una inmobiliaria de las que llena los buzones de los vecinos semanalmente con publicidad y propuestas de tasación gratuita.
De nuevo me he adelantado, antes del gremio de puertas y ventanas el hotel Vincci se eleva sin descanso en uno de esos solares largamente ocupados por gorrillas. Al otro lado de la calle está a punto de abrir sus puertas el Begonia, otro hotel ansioso por acoger turistas a escasos metros del Easy Hotel, este recién inaugurado en el carrer Botànic. Entremedias, un nuevo edificio de apartamentos turísticos se prepara para empezar las obras y así ocupar el último de los solares disponibles de esta calle. Antiguamente bautizada por los vecinos de Ciutat Vella como “la carretera”, hecho que relata Rafa Lahuerta en su novela Noruega. Y que ahora, sin dejar de ser una carretera, se ha convertido prácticamente en centro histórico. Por cierto, allí está la gasolinera más céntrica de las que sobreviven en la ciudad viendo pasar el tiempo, junto a las Torres de Quart. Un caso insólito, que merece ser estudiado, en una zona donde la calidad del aire es muchos días preocupante.
En una calle tan larga se concentra toda una ciudad: tiene su gimnasio multinacional reglamentario, una panadería cafetería de bollería congelada, productos para cannabis, locker room, bazar asiático, y tienda de alquiler y reparación de bicicletas y patinetes. Todo convive junto con la histórica Societat Musical el Micalet, l’Etno -también conocido como la Bene-, una guardería, supermercado, centro de salud, farmacia abierta todos los días del año, casal fallero, tienda de indumentaria fallera, parquecito infantil, una escuela pública histórica, dos campus universitarios, dos estancos y finalmente el IVAM. No falta de nada, ni siquiera un restaurante macrobiótico, Lo de Ponxe, o una tienda de trajes de flamenca, Las Marismas. Ahora bien, el Dialprix cada día parece más una cafetería que un supermercado, la escuela pública lleva décadas sin inversiones que mitiguen el cambio climático -y el calor asfixiante de las aulas-, el parque parece más un cenicero que un espacio apto para niños, el centro de salud está saturado y las universidades privadas fagocitan espacios del barrio.
Este recorrido mutante de convivencia entre historia, decadencia, negocios a la moda e historias de resiliencia es un espejo de la ciudad de València. Que por un lado sigue abrazando la nostalgia del humo, la gasolina y la dejadez intencionada de los espacios de titularidad pública. Y por otro lado, aplaude el cierre y sustitución de negocios históricos para que el turismo de masas se coma poco a poco la identidad de cada una de las calles de la ciudad. Alguien le cambiará el nombre a esta, al tiempo, porque el idioma ya se lo han cambiado en unos portales donde se habla más inglés o ruso que valenciano. Como diría cualquier trumpista de bien, es una obviedad que “William The Fort” tiene más fuerza y pegada que Guillem de Castro, y contra las evidencias absolutas poco podemos hacer los aborígenes, más que seguir yendo a la cafetería de toda la vida, o saludando con un “bon dia” a los vecinos que no han sido expulsados por la especulación y la gentrificación.
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