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CRÓNICA

En la rave del eclipse con Björk en Islandia: las nubes se comen el cielo, pero no la música

Björk pinchando durante la fiesta del eclipse a las afueras de Reikiavik
13 de agosto de 2026 10:38 h

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Björk reunió este miércoles a 7.000 personas en un parque a las afueras de Reikiavik, para celebrar el eclipse total de sol con Echolalia, un evento de varios días que culminaba en una rave de casi ocho horas en la que compartió cartel con Arca y varios nombres de la escena electrónica islandesa.

El festival era también una versión a gran escala de los Mánakvöld, las fiestas de baile que Björk y Smekkleysa llevan años celebrando alrededor de la luna llena y en las que la islandesa invita a otros artistas a compartir mesa de mezclas. Esta vez cambiaron la luna llena por una bastante más excepcional: la que durante poco más de un minuto ocultaría por completo el sol sobre su país y parte del nuestro.

Habíamos reservado plaza en uno de los dos aparcamientos habilitados para el evento. Desde allí quedaban 26 minutos andando o la posibilidad de coger una lanzadera gratuita que, viendo cómo avanzaban los coches por la carretera principal, no parecía necesariamente la opción más rápida.

En la fiesta Echolalia de Víðistaðatún (Islandia)
Asistente a la fiesta Echolalia con una camiseta del disco 'Army Of Me' de Björk

El camino atravesaba parte de la ciudad de Hafnarfjörður, que a ojos de un español acostumbrado al concepto de barrio, podía confundirse con un polígono industrial salpicado de algunas casas sin negocios en los bajos. Después de cruzar un enorme colegio, el paisaje se abría finalmente al gran campo de césped de Víðistaðatún. Tampoco hacía falta mirar demasiado el mapa para saber que íbamos en la dirección correcta, bastaba con seguir a los pequeños grupos que caminaban a no más de medio kilómetro de nosotros, donde de uno o de otro destacaba alguna vestimenta, cada cual más creativa que la anterior.

En la entrada del recinto nos hicieron dejar los paraguas. A pesar de la ininterrumpida lluvia, el ambiente no parecía decaer en absoluto: entre los islandeses y europeos del norte que se mueven bajo la lluvia con total naturalidad y los muchos asistentes internacionales conscientes de estar allí por algo difícil de repetir, el ánimo festivalero permanecía intacto.

Público en la fiesta Echolalia de Víðistaðatún (Islandia)

La música había comenzado a las dos y media de la tarde. Kaitlyn Aurelia Smith, compositora estadounidense conocida por su trabajo con sintetizadores modulares, dejó claro pronto por dónde iba a moverse el día. Después llegaron los jóvenes islandeses Gummi Arnalds y RONJA, vinculados a la órbita de Smekkleysa, prolongando una electrónica cada vez más sintética.

En el césped, cada vez más lleno, dominaba una estética marcadamente queer. Varias personas explicaban encantadas el concepto detrás de lo que llevaban puesto. Una de ellas me habló de What I’m Looking At, el proyecto del artista británico Freddie Yauner construido alrededor de una peculiar máscara espejo que, en lugar de mostrar el rostro de quien la lleva, refleja lo que tiene enfrente. Era ya la segunda que veía.

Una asistente a la fiesta Echolalia de Víðistaðatún (Islandia)

Sobre el escenario, unas pequeñas pantallas horizontales introducían la cuenta atrás para el eclipse total. Otras, mucho más grandes y distribuidas alrededor del recinto, repetían los números para que pudieran verse desde prácticamente cualquier punto del campo. El lugar olía a barro y a lluvia. Más tarde, al calor de bailar cubiertos por el plástico de los chubasqueros.

Aunque era imposible advertirlo mirando al cielo, el eclipse parcial empezó a las 16:47. Nos enteramos por el relevo en la mesa del DJ: era el momento de Arca. Durante los primeros minutos, la electrónica experimental que había dominado hasta entonces dejó paso a tambores afrovenezolanos. Sonó Juana Polinaria / Como Loco Funche, de Tambor Urbano, seguida de otros ritmos latinoamericanos que parecían colarse deliberadamente en mitad de aquella celebración islandesa. El paréntesis no duró mucho, pues poco a poco fue deformando de nuevo el sonido hacia el territorio que lleva años haciendo propio: ritmos de club deconstruidos, texturas industriales, distorsión y estructuras que parecen romperse mientras avanzan. Mientras tanto, los números de la cuenta atrás seguían bajando.

En la fiesta Echolalia de Víðistaðatún (Islandia)

Cuando quedaban poco más de diez minutos para la totalidad, Arca se subió sobre la propia mesa de mezclas para despedir su set. Saltaba y agitaba los brazos frente a un público que ya miraba alternativamente hacia ella y hacia un cielo del que, todavía, no se veía absolutamente nada por las nubes.

A estas alturas, se percibía poca expectación por ver el eclipse. Era difícil encontrar a alguien utilizando las gafas que había repartido el propio festival y tampoco se levantaban demasiadas miradas al cielo: sencillamente, no había ningún sol que buscar entre las nubes. De vez en cuando llegaba hasta el escenario un olor a sopa. Poco antes de la totalidad, el escenario y el resto de puestos del recinto apagaron por completo sus luces.

Asistentes a la fiesta Echolalia mirando el eclipse con gafas repartidas por la organización

A medida que oscurecía, también lo hacía el público. Los gritos y las conversaciones fueron desapareciendo hasta dejar un silencio extraño para un campo ocupado por miles de personas. Algunos miraban confundidos hacia el escenario; otros empezaron a lanzar una especie de gritos guturales que rompían momentáneamente la calma. Desde algún punto alguien mandaba callar. Parecía haber dos maneras de enfrentarse al eclipse: quienes querían celebrarlo haciendo ruido y quienes buscaban vivirlo casi como una experiencia introspectiva.

Y se hizo de noche. Una de las primeras noches que había vivido el país en más de dos meses, aunque probablemente muchos de los que nos rodeaban sí habían visto una hacía menos de 24 horas. Las nacionalidades se delataban ahora más que nunca por las conversaciones que aparecían entre el silencio. Se escuchaba a algún español comentar que desde España seguramente se estaría viendo mejor o si la caída de la temperatura se debía a la noche o al parar de bailar; también acentos mexicanos y argentinos que ya se habían delatado durante ese homenaje de Arca a sus raíces venezolanas. Y otros muchos acentos que no lograba entender.

Oscuridad durante el eclipse en Víðistaðatún (Islandia)

La claridad regresaba con tanta rapidez que era difícil asociarla a un amanecer normal. Con el cielo completamente tapado por las nubes, era como si alguien estuviese subiendo poco a poco el regulador de intensidad de una lámpara de IKEA.

Entonces sonaron los primeros compases de Así habló Zaratustra de Richard Strauss, esa pieza musical que 2001: Una odisea del espacio fijó para siempre en el imaginario colectivo como música de planetas y despegues. Por el fondo del escenario empezó a aparecer una enorme estructura de formas redondeadas. Debajo estaba Björk. Según un chico que estaba a mi lado, uno de los seguramente muchos entendidos en moda que había por allí, iba ataviada con un diseño del hongkonés Robert Wun. La escena estaba hecha si no llega a ser porque iba y volvía, avanzaba y retrocedía, como si no pudiese colocarse bien en la mesa por los enormes globos que la rodeaban. Con ella, aquel escenario plagado de jardines verticales y artificiales cobraba mayor sentido.

Björk saluda en el escenario

Las miradas y los teléfonos ya no andaban dispersos, iban todos a una. Fue construyendo la sesión con canciones que orbitaban en una esfera creativa cercana a la suya —entre ellas Jaque, de la catalana Marina Herlop—, pero también abrió el diálogo hacia geografías y sonidos bastante más amplios: algo de afropop con Guiné Tem Ku Tem Futuro, trap egipcio como Zamaleky o música gnawa con Bala Yourki.

También hubo espacio para celebrar a sus propias compañeras de cartel. De Arca mezcló Finisher, una de las piezas de su nuevo álbum, con la ya icónica Rakata. La venezolana, que para entonces había pasado del escenario al público, volvió a convertirse momentáneamente en protagonista. A su alrededor se formó un pequeño corro de gente que bailaba junto a ella. Durante unos minutos, la atención quedó repartida entre el escenario y la explanada, en un ambiente marcado por la hospitalidad.

Un asistente a la fiesta Echolalia de Víðistaðatún (Islandia)
El público baila durante el eclipse

Como no podía ser de otra forma, Björk cerró su DJ set con el remix de Berghain, su colaboración con Rosalía, canción con la que volvió a los escenarios televisivos después de más de dos décadas de ausencia. Fue, sin duda, uno de los momentos más celebrados del festival.

Pero Rosalía no fue la única presencia española de la jornada. España apareció de una forma u otra a lo largo de todo el festival y terminó incluso protagonizando su cierre. LOSCABALLOS, dúo andaluz afincado en Islandia, fue el encargado de poner el punto final al evento con la sesión más versátil y difícil de encasillar de la noche. Fieles a su mezcla de flamenco, electrónica y experimentación, hicieron sonar Gazpachuelo, de Yerai Cortés, entrelazado con la banda sonora del anime Neon Genesis Evangelion, antes de pasar por VALENTINO, de Ralphie Choo. También hubo espacio para el género de banda mexicana —momento en el que una pareja mexicana situada justo delante de nosotros acabó robándose parte de la atención con un espontáneo y maravilloso número de baile— y para músicas regionales latinoamericanas llevadas al terreno del techno, como la afrodominicana Lo Motorita.

El escenario en un campo de césped de Víðistaðatún, llegando al final de la fiesta

Sobre las diez de la noche salimos de Víðistaðatún y seguía lloviendo. Si no había importado en ningún momento, después de tanto baile menos todavía. Ya no quedaba rastro de la noche que había caído en mitad de la tarde, aunque ya empezaba a oscurecerse el día de nuevo. Paradójicamente, el eclipse llegó a Islandia casi al mismo tiempo que regresan las primeras noches oscuras después de meses en los que nunca terminaba de irse la luz.

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