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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

La esclavitud de hoy

Diez mil personas, según datos de la Delegación del Gobierno, se han concentrado frente al polémico ático comprado por la Comunidad de Madrid en el barrio de Chamberí para reclamar el "ático de Ayuso para Maricarmen", la anciana de 87 años que ha hecho frente este miércoles a la ejecución del desahucio de su vivienda. EFE/ Daniel González

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Los derechos laborales han adquirido tal progreso que los esclavistas están tristes, desamparados, desnortados. No saben por dónde tirar. Hace décadas era normal tener a personas empleadas al borde de la esclavitud, en condiciones paupérrimas. Pero como hoy en día se ha avanzado tanto en justicia social, el esclavista tiene que reinventarse. Y hace ya algunos años que vieron la luz: los pisos. ¿Por qué? Pues porque todo el mundo tiene que dormir bajo un techo, cocinar en una cocina y disponer de un retrete. Son necesidades básicas, quizá las más básicas, después de alimentarse. Comer y beber todos los días es fácil y nadie se muere de hambre hoy en día en España. Vestirse es barato, muy barato. Y tener un vehículo para moverte también: sólo hay que ver la clase social predominante que conduce los miles de patinetes que circulan por nuestras ciudades. Ante este boyante panorama, el esclavista se pregunta ¿y ahora qué hago yo para ser todavía más rico?. La respuesta la encontraron levantando la vista, oteando los skylines de los núcleos poblacionales.

El mercado inmobiliario está colapsado, esto significa que hay mucha más demanda que oferta. Todo el mundo quiere vivir en la gran ciudad y en el centro, y no hay espacio para todos. Esto ha llevado a un verdadero cuello de botella en el que es harto difícil encontrar un inmueble —en buenas condiciones— en alquiler hoy en día en una urbe. Y empieza a pasar también cuando quieres comprarlo. Esto tensiona el mercado y los precios suben hasta el infinito al no haber regulación al respecto ni techo alguno que marque un límite. Un propietario puede poner su “producto” al precio que quiera, mientras alguien esté dispuesto a pagarlo. Ese es el alma del ultracapitalismo y el neoliberalismo. El problema es que ese producto es un bien de primera necesidad. Pero da igual: tonto el último. Sálvese quien pueda. La vivienda, pues, es extremadamente limitada e inasequible. El esclavista tiene barra libre: arrienda mal producto a precio caro. Pisos en malas condiciones, sin reformar, sin cuidar, sin ascensor... a cantidades que ya superan, en muchos casos, la mitad de los salarios. Y los requisitos para entrar a vivir son más duros que los exigidos para aprobar una oposición a Fiscal General del Estado. Y si los cumples y consigues acceder, estás a merced de tu nuevo amo: el propietario. Él te hace un favor a ti y no al revés. Por tanto a callar, a tragar y, encima, a estar agradecido. Es la nueva esclavitud.

Aunque, en mi opinión, hay un agente en todo este proceso que sale todavía mejor parado: la inmobiliaria. Es decir, el intermediario. Quien más, quien menos, todos tenemos nuestra pequeña (mala) experiencia con estos negocios. Les cuento la mía: justo después de la pandemia alquilé un apartamento en Zaragoza para mí solo. Era una estancia pequeña, de no más de 40 m2, con carencias estructurales, de temperatura, de acceso, de almacenaje, etc. Era una especie de buhardilla en un edificio decimonónico del Paseo Sagasta, en el que el ascensor se quedaba una planta por debajo de la mía y había que subir a pie ese tramo; debían de ser, antiguamente, los trasteros del edificio reconvertidos en pisos. Al año y medio decidí dejarlo, lo puse con la antelación adecuada en conocimiento de la inmobiliaria —a la cual había pagado, por supuesto, religiosamente, su comisión al inicio del arrendamiento— y de la propiedad, y el día acordado saqué mis pertenencias y me marché. Al cabo de unas semanas, escribí a ambos reclamando la fianza: me contestó la inmobiliaria diciendo que me ingresaban la cantidad pero restándole «el importe correspondiente a la factura de la empresa de limpieza». Yo, anonadado, les pregunté que qué empresa y qué limpieza; había dejado el domicilio totalmente limpio, creo que incluso mejor de lo que lo había encontrado al instalarme. Me dijeron que la propietaria, a través de ellos, había contratado una empresa para limpiarlo y dejarlo «perfecto» para el siguiente inquilino y que esa factura corría de mi cargo. Yo me eché a reír, a carcajadas, y acto seguido puse una demanda ante el Juzgado de Primera Instancia de Zaragoza. Gané el juicio, obviamente, y pude ver cómo se les caía la cara de vergüenza durante la vista a la propietaria y al dueño de la inmobiliaria GIZ, situada en el nº 100 de la Avenida San José.

Hay que luchar, hay que rebelarse, hay que pelear y hay que denunciar, siempre y sin reblar ante esta nueva esclavitud del siglo XXI. Y hagan siempre un vídeo y muchas fotos, como prueba, antes de dejar un piso de alquiler.

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