La paz tiene rostro joven: liderar desde el territorio
Construir paz en El Salvador no es un concepto abstracto; es una resistencia cotidiana frente a la violencia estructural. En mi municipio, Apopa, históricamente estigmatizado por el azote de las pandillas, la urgencia actual trasciende el fin del control criminal: el verdadero reto es sanar el tejido social y generar arraigo en las juventudes, devolviéndoles alternativas de vida en sus propias comunidades.
Esa convicción me llevó a sumarme a redes juveniles y a la Escuela de Animación Sociocultural de Fad Juventud. Allí, como participante y pasante, descubrí que el arte y el diálogo son herramientas de transformación, un compromiso que extendí al Comité Local de Derechos para la Defensa de la Niñez y la Adolescencia (CLD). Desde este espacio, donde radiografiamos la realidad del municipio para diseñar planes locales de protección, la paz se redefine: no es la ausencia de conflicto, sino el acceso pleno a la dignidad y los derechos.
Fue en ese caminar formativo donde coincidí con Ernesto, compartiendo la necesidad de pensar el turismo desde la memoria histórica. Mientras yo apartaba la mirada de una Apopa que busca resignificar sus espacios tras la violencia urbana, él traía la experiencia de Suchitoto, un territorio marcado por la guerra civil que tejió su memoria como resistencia cultural. Este cruce demuestra que las respuestas habitan en el territorio, donde la juventud organizada lidera y demuestra que la paz tiene un rostro vivo, colectivo y transformador.
Aunque nuestras trayectorias comenzaron en contextos distintos, terminaron convergiendo en un mismo propósito. Desde la voz de Ernesto, aquel encuentro se vivió de esta manera:
En Diciembre de 2025 conocí a Magaly en Suchitoto a través de la Escuela de Animación Sociocultural. Ver su labor en el territorio no hizo más que reafirmar la importancia de nuestro rol como jóvenes en la construcción de la paz. Ese encuentro coincidió con un paso definitivo en mi propia vida: en 2024 empecé a trabajar en el Centro Arte para la Paz, desde entonces, mi labor se centra en llevar talleres de cultura de paz a las comunidades, convencido de que los conflictos no son una sentencia de violencia, sino desacuerdos que abren oportunidades para construir algo mejor.
A nivel estructural, la violencia se ha normalizado tanto que no siempre entra gritando; a veces llega en forma de silencio, de indiferencia o de desigualdades que nos imponen competir y sobrevivir individualmente. Romper este círculo de violencia histórica no requiere de discursos macro, sino de acciones cotidianas que, aunque parezcan modestas, edifican transformaciones más grandes en el tiempo.
Para mí, este esfuerzo empieza desde el interior y en mi propio hogar. La paz inicia al aceptarme como un ser perfectamente imperfecto, libre de estándares de aceptación impuestos. Desde esa paz interna fomento la empatía: reconocer que si yo tengo comodidades y facilidades, tal vez mi vecino no, lo que me obliga a actuar desde lo que esté a mi alcance. Algo tan simple como dejar el celular a un lado en una conversación demuestra presencia real, rompiendo ese individualismo tecnológico que nos acerca a lo lejano, pero nos aleja de la persona que tenemos físicamente al lado.
Desde mi labor en Centro Arte para la paz, he visto cómo el arte y el diálogo comunitario permiten a las juventudes expresar emociones contenidas, sanar heridas de la memoria histórica para superar tensiones.
Fue así como nuestras historias se encontraron. Ambos reconocemos que, aunque provenientes de territorios distintos, tenemos la misma necesidad: sanar las heridas que deja la violencia. Compartimos la misma vocación de transformar nuestras comunidades desde la participación juvenil y la construcción de paz.
La participación de las juventudes en la construcción de la paz no es un ideal abstracto, es una necesidad urgente. La paz no es un producto que pueda comprarse, ni la simple ausencia de guerra; es la posibilidad de convivir con dignidad, ser escuchados para recuperar la certeza de que podemos edificar un futuro distinto en comunidad. La paz tiene rostro joven.
*Ernesto Moya y Magaly Bonilla, participantes en la Escuela de Animación Sociocultural
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