València: juguetes y chabolas
En la España predemocrática y de la Transición había chabolas. Casas con paneles de madera, cartón, techos de uralita... Yo recuerdo de pequeño las de enfrente de mi casa ya finalizando los 80. Unas Navidades mi madre dio algunos juguetes nuestros a una familia que ocupaba una de ellas. Lo recuerdo como algo muy pasado, muy anterior. Casi lo había olvidado.
Cuando estuve en Buenos Aires volví a ver estos poblados de chabolas. Allí las llaman «villas». Son barrios enteros construidos desde la informalidad urbana, nacidos de la necesidad de tantas personas de tener un techo, lo básico para quien quiere llevar una vida adelante. Las chabolas son también producto de una economía capitalista incapaz de resolver esas necesidades. Hace un siglo se hicieron famosas las «Hoovervilles» de la Gran Depresión que leímos en la novela de Steinbeck, Las uvas de la ira. Campesinos del Medio Oeste que perdieron sus tierras, cargaron con lo poco que les quedaba y atravesaron el país en busca de trabajo. Llegaron a California arruinados y allí levantaron sus casas con lo que encontraron. Madera, cartón, chapa. Lo suficiente para intentar tener un techo y empezar de nuevo.
Igual que pasa hoy en València mientras vemos el acaparamiento de vivienda para inversión y para turismo. Proliferan chabolas en el Grao, Torrefiel, Benimaclet... resultado de errores y de la ausencia de soluciones efectivas que, en Argentina, acabaron consolidando una sociedad de extremos: villas miseria y countries para ricos.
Una villa miseria sobre un pelotazo tan estúpido como infantil: construir un circuito de Fórmula 1 en el Grao.
Hoy sentimos la necesidad de denunciar y pedir responsabilidades. Desde el activismo político básico: el del barrio, el de la ciudad. En un mundo de organizaciones políticas que gastan demasiada energía en sus propias batallas mientras problemas como este vuelven a crecer delante de nosotros. Porque nos preocupa lo que ocurre en nuestros barrios y tratamos de comprender sus causas y consecuencias para reclamar soluciones reales a lo que vivimos cada día. Ante una sociedad que culpabiliza cada vez más al débil, hay quienes lo señalan para que lo odien. Nosotros señalamos también a quienes no son tan visibles, estén aquí o a miles de kilómetros, copa en mano, con pantalón y camisa y dinero de sobra para invertir en un fondo, en un bajo turístico, en una empresa de alquileres o en un edificio nuevo entre vecinos. Para sacar rendimiento.
Vivimos en un mundo de partidos políticos convertidos en maquinarias electorales, humores y miedos sociológicos. En una guerra cultural y mediática donde la verdad es la primera que muere. Y a los cargos públicos de esas organizaciones les preguntamos: ¿no bucean y se empapan de lo que pasa, de sus causas y consecuencias? ¿No ven, en sus viajes de trabajo pagados con dinero público, el drama del centro de Los Ángeles con sus calles llenas de miseria y gente sin techo? ¿No ven cómo Singapur o China —modelos políticos e ideológicos bien distintos— han optado, en cambio, por poner límites a la inversión inmobiliaria para proteger el acceso a la vivienda? ¿No se preguntan cosas más profundas? ¿O trabajan y viajan a hacer lo mismo que en Fitur? Postureo, fotos y seguir siendo políticos mediocres con ínfulas de estadistas de pueblo.
Generación boomer y políticos jugando ante un drama que cambiará nuestra ciudad
Aquel día de infancia, un año entre los 80 y los 90, recuerdo que mi hermana y yo nos quejamos amargamente cuando descubrimos que habían desaparecido algunos juguetes porque mi madre los había regalado a aquellos niños de la chabola de enfrente de casa, que ya no existe. Hoy soy consciente de aquella realidad social y de los remedios que se pusieron. Y también de que vivimos en una democracia de propietarios que durante décadas ha protegido mucho mejor la propiedad adquirida que el acceso a ella de quienes venían detrás. Una democracia en la que parece que no hay que incomodar a quienes tienen dos o tres viviendas y votan disciplinadamente cada cuatro años, mientras ven otro programa en la televisión que señala a los okupas o a la inmigración como culpables de sus miedos. Mientras dejábamos sin resolver el futuro.
Hubo unos años en que atronaban los bólidos a toda velocidad por el circuito urbano al lado de casa, en una Marina que era terreno público. Los oía desde casa. ¡Qué espectáculo!, decían en la tele: «¡Wow, Fernando Alonso!». Yo ya era adulto y no me creía mucho eso de montar semejante barbaridad en medio de una ciudad donde habíamos podido erradicar el chabolismo con políticas públicas y a la que hoy vuelve con fuerza sobre aquellos despojos de brilli-brilli. Un país que tenía problemas y población en los márgenes, sí. Pero con techo. Principal estructura para poder salir de ese margen.
Habíamos conquistado una democracia y, con todas sus carencias, habíamos democratizado también el acceso a la vivienda. Pero también nuestra democracia empezó a depauperarse. Mientras jugábamos a ser una ciudad rica, capaz de cerrar calles y aislar barrios para que los Fórmula 1 atravesaran Valencia, la vivienda volvía poco a poco a ser un privilegio. Después llegó la crisis financiera. Y tras ella desembarcaron los fondos de inversión, la compra masiva de inmuebles, el alquiler convertido en negocio y, más tarde, la transformación de bajos, solares y viviendas en negocio turístico. Cuatro décadas después, en aquella democracia que debía ensanchar derechos, tener una primera vivienda vuelve a ser una frontera social para una generación entera. Especialmente para quienes no tienen una casa que heredar.
Y lo siguiente, lo de ahora. Yo vivo en la casa que mi padre heredó de mis abuelos. Escribo estas líneas entre los juguetes de mis sobrinos. Siento la rabia y la impotencia de aquel niño que cedió sus juguetes contra su voluntad, pero ahora por una razón muy distinta. No por elegir un culpable fácil, sino por la necesidad de denunciar el absurdo de ver a políticos sin soluciones haciéndose vídeos tontos para caer simpáticos ante un público que es algo más que un telespectador de carreras de coches.
Antes de que sea demasiado tarde. Antes de acostumbrarnos a los pisos vacíos de los edificios cebra del bulevar sur, con precios y alquileres astronómicos, mientras vuelven las chabolas; a los robos en el Grao y la avenida de Francia, los zulos turísticos en el Cabanyal y el Canyamelar o las eternas casitas rosas de la Malvarrosa. Unos señalarán al que va en patinete y ha reventado un coche. Nosotros señalamos también la estructura que ha consentido este sindiós de verano tórrido a 40 ºC como nueva realidad. De asfalto con toldos, de ceniza de incendios y basura en las calles. De gaviotas escarbando en las papeleras repletas y de más turismo indecoroso y de borrachera por nuestro pueblo marítimo. De inversiones depredadoras, basurazo impositivo y vallas en la Marina que nos dijeron que era para la ciudad.
No ponerle límites al capital inversor también es política: significa ponerse del lado de quien, con su dinero, oprime a quienes necesitan vivir aquí.
Porque el dinero se mueve y busca dónde le dejan maximizar su negocio. Capital israelí acaba de comprar el antiguo Cine Imperial del Cabanyal para convertirlo en otro aparthotel entre callejones de vecinos de siempre. Y aspira a conseguir otra de tantas licencias municipales del mismo tipo. Mientras, en Países Bajos, una nueva fiscalidad más dura lleva a propietarios a desprenderse de sus segundas viviendas. El capital que allí empieza a encontrar límites busca aquí la puerta abierta: viviendas, bajos, edificios. Lo que unos gravan para proteger el acceso a la vivienda, aquí permitimos que especule con la nuestra.
Se ha acabado el tiempo de los parches, de seguir con el trampantojo de señalar al otro, al diferente que es pobre, al que no tiene. Igual que la época de Hoover dio paso a la de Roosevelt, necesitamos un salto, un New Deal. Política con mayúsculas entre tanto populismo. Reclamamos el poder de la política para quienes no tienen otro poder con el que salir adelante. Si Francisco Camps y Rita Barberá anunciaron el circo de la Fórmula 1, desde el barrio, desde nuestra Asociación Vecinal, denunciamos ahora la carpa de uralita, cartón y maderas y reclamamos una ciudad, un país, donde se atajen los problemas de raíz.
Para no perder otros cuatro años de brazos cruzados y laissez faire, laissez passer. Otros cuatro años en los que, al final de un mandato, de una legislatura, la solución sea asfaltar la calle Colón o la Gran Vía. O anunciar una nueva televisión, la Séptima. Sin mirar a nuestro circuito de chabolas del siglo XXI.
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