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Así frenó esta macrofinca de Ávila el avance del peor incendio de la historia: “Tiene que servir de lección”

Finca El Quexigal, de 1.200 hectáreas, ubicada en el municipio de Cebreros.

Andrés Actis

8 de agosto de 2026 22:22 h

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Ferran Dalmau, ingeniero forestal y técnico de emergencias y protección civil, desplegado en el incendio de Ávila, el peor de la historia de España tras arrasar 50.000 hectáreas, lo tiene claro. Una enorme finca, que perteneció a Felipe II y que en el siglo XIX fue considerada una de las casas de campo más lujosas de Europa, ayudó a reducir la intensidad de las llamas y evitó que el fuego siguiese avanzando sin control.

“La gestión agroforestal de este terreno fue clave para contener el avance del incendio. Nos tiene que servir de lección. Ya no podemos seguir confiando únicamente en la extinción. Y no se trata de ”limpiar el monte“, sino de gestionar estratégicamente el combustible en áreas específicas para que los incendios encuentren discontinuidades y pierdan intensidad”, explica este experto.

La finca El Quexigal, de 1.200 hectáreas, ubicada en el municipio de Cebreros, conserva un palacio que fue construido en 1563 por Juan de Herrera, el mismo arquitecto que diseñó la obra maestra de El Escorial. Adquirida por el rey Felipe II para destinarla a actividades recreativas de la Casa Real, la finca estaba a cargo de monjes jerónimos. En ella producían aceite, vino, miel y alimentos, además de madera procedente de la abundancia de árboles, entre ellos el quejigo, que dio nombre a la parcela.

En la actualidad, cuenta Carlos Escorial, representante de la finca, el predio es utilizado como tierra de varios cultivos. El año que viene, el palacio reabrirá sus puertas convertido en un hotel de lujo, proyecto que está en ejecución. La principal diferencia respecto a muchos montes del entorno es que El Quexigal lleva más de dos décadas sometida a una gestión agroforestal continua. Esto incluye un aprovechamiento forestal planificado, la limpieza periódica del sotobosque, eliminación de combustible fino, retirada de árboles muertos, control de la densidad del arbolado y mantenimiento de todos los caminos.

La finca tiene varios cortafuegos —franja de terreno donde se elimina o reduce la vegetación y cualquier material combustible— que dividen al terreno por sectores. “Es estratégico para que si entra el fuego no nos queme toda la finca, sino un sector puntual. Este trabajo ha sido vital en este incendio”, explica Escorial. En esta oportunidad, las llamas ingresaron por cuatro focos. Los cortafuegos contuvieron tres. Más de 200 hectáreas se quemaron por las llamas que se propagaron desde la zona ribereña. El terreno está ubicado junto al cauce del río Sotillo —también conocido como río de las Palizas— y próximo a la confluencia con el río Cofio.

Finca El Quexigal, en Cebreros.

“No fueron un cortafuegos en el sentido clásico, sino paisajes gestionados que ofrecieron capacidad de defensa. Los bomberos aprovecharon esas condiciones para anclar maniobras y contener parte del avance del incendio”, revela Dalmau, testigo de esa contención. Y agrega: “Esta finca ha demostrado algo que los técnicos forestales llevamos años defendiendo: el paisaje también es una herramienta de extinción. No se trata de una masa forestal abandonada, sino territorios con menor continuidad de combustible gracias al pastoreo, cultivos, aprovechamientos forestales, pistas, prados y una estructura del paisaje mucho más heterogénea”.

Al descender la intensidad del fuego, insiste este ingeniero forestal, aparecieron las “oportunidades” para que los equipos pudieran trabajar con mayor seguridad y eficacia, incluso en “ataque directo”, imposible y peligroso en otras zonas.

Recuperar el mosaico agroforestal

Antonio Jordán López, profesor de Ciencia del Suelo en la Universidad de Sevilla, explica que los veranos secos y calurosos, característicos del clima mediterráneo, crean condiciones de alta inflamabilidad. Las olas de calor, la baja humedad y los vientos intensos son factores que favorecen la propagación rápida de los incendios. El cambio climático —agrega en un artículo de su autoría publicado en The Conversation— agrava esta situación, prolongando la temporada de riesgo, intensificando las sequías y aumentando la mortalidad vegetal.

Ante este diagnóstico, hay estrategias de gestión forestal que pueden reducir la agresividad del fuego. Una central, a juicio de este profesor, es la generación de paisajes heterogéneos. “Mosaicos de cultivos, pastos y masas forestales que interrumpan la continuidad del combustible contribuye a evitar los grandes incendios forestales”, describe.

Uno de los aspectos más destacados de El Quexigal, sostiene Dalmau en este punto, es que la finca “no constituye un bosque continuo”. Combina masas arboladas, cultivos, praderas, dehesas, zonas abiertas, caminos y cortaderos naturales, lo que “reduce enormemente la continuidad horizontal del combustible”.

Para Dalmau, el “incendio 3x1” que tuvo en vilo a España —en Burgohondo en Ávila, San Martín de Valdeiglesias en Madrid y Almorox en Toledo—, tenía la estructura para quemar más de 100.000 hectáreas. ¿Qué lo frenó? El eje de contención entre Cebreros y Robledo de Chavela. Del lado madrileño, la finca el Endrinal, con una gestión agroforestal parecida a la de El Quexigal, también contribuyó a bajar la intensidad de las llamas.

Finca El Quexigal, en Cebreros.

Estas estrategias, en la nueva era de incendios de mayor escala, terminan siendo determinantes. Marcan, por ejemplo, que el fuego llegue a una zona poblada —evacuaciones, destrucción de viviendas, pérdida de vidas— o que se controle en los montes. “Cuando coincide una ignición intencional, natural o fortuita con combustible acumulado, meteorología extrema y grandes superficies forestales continuas, llega un momento en que ningún dispositivo puede compensarlo únicamente con más aviones o más brigadas de bomberos forestales”, aclara Dalmau.

Javier Berenguer Sala, investigador del Departamento de Geografía de la Universitat de València, está especializado en análisis territorial y riesgo. Su disciplina —la geografía del fuego— explica por qué una misma ola de calor puede tener consecuencias muy distintas según el territorio que encuentre a su paso.

“Las condiciones ambientales del momento juegan un papel crucial, pero no son suficientes por sí solas para explicar el riesgo de incendio al completo”. La amenaza depende también de cómo está organizado el territorio: la continuidad de la vegetación, el abandono agrícola, la acumulación de biomasa, las viviendas dispersas, la accesibilidad para los equipos de extinción. El calor enciende la mecha; la geografía y la gestión forestal deciden si recorre dos metros o dos mil hectáreas.

Quienes trabajan en la finca El Quexigal aventuran que, casi con seguridad, el terreno se habría quemado sin este plan forestal. Los incendios tocaron la puerta en varias oportunidades durante las últimas dos décadas. Nunca lograron extenderse por todas las hectáreas del inmenso predio: “Hemos salvado nuestra finca y ayudado a evitar que se quemen otras. Es gratificante”.

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