Los expertos lo tienen claro: el cambio climático agrava y multiplica los grandes incendios
Los grandes incendios que han arrasado Madrid y Ávila, así como los fuegos que se han declarado durante las últimas semanas en distintos puntos de España han reabierto el falso debate sobre si el cambio climático explica la virulencia de los incendios o si el problema responde únicamente a la falta de gestión forestal. En los últimos días, la ultraderecha ha alimentado ese discurso y la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, ha señalado la falta de limpieza del monte como la principal causa de los siniestros.
Ayuso rechazó además la propuesta del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de alcanzar un acuerdo nacional frente a la emergencia climática. Sánchez, por el contrario, vinculó los incendios con el contexto de calentamiento global tras una campaña que ya deja alrededor de 150.000 hectáreas calcinadas solo entre Madrid y Ávila y mantiene activos otros grandes fuegos, como el de Castellón.
Antes, los fuegos de Los Gallardos (Almería) —en los que murieron 14 personas—, Zaragoza o La Mierla (Guadalajara) ya apuntaban a lo que ahora parece una evidencia: la temporada de incendios de este año se sitúa entre las peores de la última década. El año pasado ya quedó registrado como uno de los más devastadores del siglo, según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS).
Sin embargo, aunque la comunidad científica rechaza que exista una única explicación, los expertos señalan que la emergencia climática es uno de los ingredientes de un cóctel incendiario. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) concluye que el calentamiento global de origen humano favorece unas condiciones meteorológicas cada vez más propicias para los incendios forestales.
Al mismo tiempo, recuerda que la gestión del territorio, los usos del suelo o las igniciones siguen siendo factores determinantes. El aumento de las olas de calor, las sequías y el descenso de la humedad de la vegetación incrementan el riesgo de fuegos más rápidos, intensos y difíciles de controlar, pero no sustituyen al resto de causas.
Los datos reflejan la magnitud del problema. Un análisis de la red científica World Weather Attribution, elaborado a partir de datos de EFFIS, concluye que el cambio climático provocado por el ser humano ha multiplicado, como mínimo, por 20 la probabilidad de que se den las condiciones propicias para los incendios en el centro de España.
El “triángulo del fuego”
Pero, ¿qué dice la ciencia sobre los argumentos que resurgen tras cada gran incendio? “¿El cambio climático es el único factor de estos fuegos? Está claro que no: los incendios son un fenómeno complejo que necesita la confluencia de varias causas para desatarse”, afirma Cristina Santín, científica e investigadora del IMIB (CSIC-Universidad de Oviedo-Principado de Asturias).
Las condiciones meteorológicas que antes se daban una vez cada 500 años, ahora pueden repetirse aproximadamente cada quince, explica la investigadora. “Quien diga que la crisis climática no tiene nada que ver está negando lo que tiene enfrente de sus ojos”, añade. Basta, dice, con observar cómo han cambiado los veranos respecto a los que recuerdan quienes hoy tienen entre 40 y 50 años.
La atmósfera también es más inestable en la actualidad, una situación que favorece la formación de pirocúmulos, nubes generadas por los grandes incendios forestales que añaden un factor más de riesgo. Además, aunque la cantidad de lluvia que cae cada año en España apenas ha variado durante el último siglo, las precipitaciones tienden a concentrarse en periodos más cortos, alternados con sequías más prolongadas. El patrón favorece el secado de la vegetación y la acumulación de combustible forestal.
Este año ilustra bien esa tendencia: tras el inicio de año más lluvioso desde 1979, España encadena uno de los cuatrimestres de primavera y verano más secos desde que existen registros.
“Se cumple así el triángulo del fuego: el combustible, las condiciones meteorológicas para prenderlo y las fuentes de ignición”, resume Santín. Este último factor incluye desde accidentes agrícolas —como el de la cosechadora que originó el incendio de Orés, en Zaragoza— hasta los rayos provocados por tormentas secas.
Más combustible vegetal
La crisis climática de origen humano ha incrementado desde los años ochenta las condiciones meteorológicas que favorecen los incendios en el suroeste de Europa. Las olas de calor son ahora más “frecuentes, intensas, duraderas y extensas”, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), y España figura entre los países más afectados. Francia atraviesa también una situación crítica tras el megaincendio del suroeste del país, que ya ha arrasado más de 42.000 hectáreas.
La combinación de calor extremo, ausencia de precipitaciones y baja humedad acelera el secado de la vegetación. Esta actúa como un auténtico “combustible vegetal”, facilitando la ignición y favoreciendo incendios más rápidos y difíciles de controlar.
El cambio climático y la gestión forestal —o el abandono del monte, uno de los argumentos más repetidos por quienes minimizan el papel del calentamiento global— no son, por tanto, factores excluyentes, sino que se potencian mutuamente.
El calor extremo es, de hecho, un elemento “determinante”, subrayan desde la Aemet, porque reseca la vegetación y dificulta las labores de extinción al favorecer una propagación mucho más rápida de las llamas. A ello se suman las tormentas secas, asociadas con frecuencia a las olas de calor, que combinan escasas precipitaciones, rayos y fuertes rachas de viento.
Como consecuencia de todo ello, los incendios se están “desestacionalizando”, apunta el investigador y profesor de Ingeniería Forestal y Cambio Global de la Universidad de Lleida, Víctor Resco de Dios, que acaba de publicar el libro Ecomitos.
La ignición, en el punto de mira
Uno de los errores más habituales en el debate público sobre los incendios forestales es poner el foco casi exclusivamente en la causa de la ignición. “Los fuegos provocados suponen un porcentaje muy bajo y, en los incendios de más de 30.000 hectáreas, la principal causa de ignición está en el rayo”, explica Resco de Dios. De hecho, este fenómeno está detrás del 37% de los incendios de más de 10.000 hectáreas.
Otro de los bulos más frecuentes, apunta Cristina Santín, es que los incendios se provocan para instalar parques eólicos, plantas fotovoltaicas o explotar tierras raras. “Es todo lo contrario, porque un terreno que se ha quemado no puede cambiar de uso en 30 años”, recuerda.
Ha habido incendios desde antes del ser humano, lo que estamos viendo ahora es que, a través de nuestras acciones y del cambio climático, el fenómeno se está agravando
También se suele responsabilizar a determinadas especies arbóreas, como el eucalipto o el pino, cuando la realidad es mucho más compleja: “El fuego se alimenta de cualquier tipo de hojarasca y matorral”, explica el autor de Ecomitos. De hecho, alrededor del 70% de la superficie quemada el año pasado correspondió principalmente a encinas y robles. “En ese sentido, se buscan chivos expiatorios en lugar de señalar los verdaderos factores que favorecen la propagación del fuego”, resume.
Los incendios forestales forman parte de la historia de la Tierra desde hace cientos de millones de años, como muestran los registros fósiles. “Esto ha ocurrido desde antes del ser humano. Lo que estamos viendo ahora es que, a través de nuestras acciones y del cambio climático, el fenómeno se está agravando”, añade.
El surgimiento de los megaincendios
Los megaincendios, capaces de generar tormentas de fuego y alterar su propio comportamiento, irrumpieron con fuerza en Europa en 2017 con el incendio de Pedrógão Grande (Portugal), que se cobró 64 vidas. Desde entonces, este tipo de fuegos extremos no ha dejado de repetirse.
“Son un fenómeno relativamente nuevo, pero llevamos casi diez años conviviendo con ellos y seguimos sin tomar medidas a la altura”, advierte Resco de Dios. La explicación, añade, está en la combinación de montes con cada vez más combustible y un cambio climático que favorece incendios de una intensidad capaz de perforar las capas altas de la atmósfera, donde se forman las nubes.
“El calor del incendio puede generar una nube propia y, en el peor de los casos, cuando esa nube colapsa, desencadena una tormenta que dispersa el fuego a mucha más velocidad”, concluye.
Va contra la física afirmar que cualquier tratamiento agrícola impediría que el monte ardiera
La diferencia con los incendios de hace apenas unas décadas es que entonces eran fuegos “previsibles”. “Se podían ir pastoreando”, describe la decana-presidenta del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes, Ana Belén Noriega, para ilustrar la estrategia de dejar que el incendio avance hacia zonas con menos combustible hasta perder intensidad.
Ahora, en cambio, los fuegos alcanzan intensidades de hasta 10.000 kilovatios por metro de frente de llama, lo que hace prácticamente imposible su extinción. “Sería ir contra la física afirmar que cualquier tratamiento agrícola impediría que el monte ardiera”, sostiene Noriega.
El cambio climático y la gestión forestal son, por tanto, dos caras de un mismo problema. Para conseguir evitar una intensidad desmedida y la rápida propagación de las llamas, la experta defiende una gestión forestal activa y continuada. En un país donde el 56% del territorio es superficie forestal, apuesta por ordenar el paisaje, aplicar una selvicultura preventiva y favorecer bosques más resilientes, capaces de adaptarse al cambio climático. Así como por repartir mejor el agua y los nutrientes entre la vegetación.
“Cada vez acumulamos más biomasa —que no biodiversidad— en unas condiciones climáticas cada vez más agresivas”, advierte. A esa estrategia suma la necesidad de reforzar la economía forestal. “Es necesario que se premie a quien permanece en el medio rural, también desde el punto de vista fiscal”, reclama.
Noriega considera igualmente prioritario proteger la interfaz urbano-forestal, donde el monte convive con viviendas e infraestructuras —sobre todo, segundas residencias—, además de facilitar el acceso a nuevas tecnologías y garantizar ayudas plurianuales para la gestión del territorio.
Adaptarse al nuevo escenario
Reducir la exposición al riesgo pasa también, según el biólogo y divulgador ambiental Andreu Escrivà, por replantear la ocupación del territorio. Igual que hoy se cuestiona construir en zonas inundables, considera que habrá que empezar a retirar progresivamente usos residenciales de aquellas áreas forestales donde el riesgo de incendios extremos es cada vez mayor.
El divulgador defiende, además, que la gestión del territorio no puede recaer únicamente en los equipos técnicos y apuesta por “reconectar con los procesos naturales”. “El monte no arde por una única causa, sino que estas son multifactoriales”, añade. A ello se suman las particularidades de cada paisaje: “No es lo mismo un bosque de Cádiz que uno de Ávila o de Huesca”.
Ese es, a su juicio, uno de los mensajes que debería quedar tras un verano desesperanzador marcado por grandes incendios: no existen soluciones únicas para un problema cada vez más complejo y tampoco cabe esperar que remita por sí solo. “El calentamiento global va a seguir avanzando y tendremos que aprender a convivir con escenarios distintos”, concluye.
Eso implicará adaptar la agricultura y la ganadería, explorar nuevas formas de gestión forestal y, sobre todo, replantear la manera en la que la sociedad se relaciona con el territorio.
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