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Qué pasó con la Fórmula 1 de València
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Qué pasó con la Fórmula 1 de València: el circuito son chabolas y el proyecto, una tumba de dinero público

Chabolas en el antiguo circuito de Fórmula 1, este mes de julio

Raquel Ejerique / Sergi Pitarch

8 de agosto de 2026 22:22 h

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“Este es un legado de esta generación de valencianos a los valencianos del futuro”. Las palabras fueron épicas y elegidas por el expresident valenciano Francisco Camps. Era 2008 y salía en la televisión rodeado de glamour, pases VIP, pilotos, ingenieros, el magnate Bernie Ecclestone, un macroconcierto de Gloria Stefan y camiones que transportaban coches de carreras en el circuito urbano de Fórmula 1 en Valéncia, un empeño personal y del PP que iba a ser a “coste cero”.

El legado para los valencianos del futuro ha sido distinto al que dibujó Camps: al menos 300 millones de euros públicos invertidos en un fiasco y una parcela abandonada donde, entre 2008 y 2012, rugían los motores y hoy malviven cerca de un millar de personas sin agua, electricidad o gestión de residuos. Tan grave es la situación y la incomparecencia de los servicios públicos municipales que el Síndic de Greuges (Defensor del Pueblo valenciano) ha abierto una investigación.

Un hombre pasea por el antiguo circuito de Fórmula 1.

“Los que viven aquí nos piden palas o cubos para limpiar estas parcelas porque aquí no viene nadie”, cuenta Ramón Pérez, vecino del barrio de Patraix y activista en València És Refugi, la ONG que lleva agua al asentamiento chabolista más grande y desconocido en la ciudad de moda para el turismo.

En 2022 empezaron a proliferar casetas. Con los desalojos de personas sin hogar en el antiguo cauce del río –una de las exigencias de Vox, que cogobierna con el PP en la ciudad–, se han multiplicado las construcciones porque aquí, de momento, no los echan.

Las curvas que tomaban las escuderías son hoy esquinas de chabolas, sillas abandonadas, puertas viejas atadas a rejas. “Solo he visto una vez a la policía por aquí. Nos pararon porque pensaban que íbamos a tirar escombros, que es otra de las cosas para las que se usa el circuito. Les mostramos el maletero del coche y les invitamos a ayudar a esta gente, pero no he vuelto a ver a nadie por aquí”, cuenta Ramón después de traer botellas de agua en el día previo a una alerta roja de calor de la que se han desentendido las autoridades locales. El poblado vive oculto y se autoabastece fuera del sistema, a una calle del mundo funcional.

Una chabola del circuito en el barrio del Grao, donde se une el puerto y el río, cerca de la Malvarrosa

Una parcela privilegiada

El trazado que ideó el PP valenciano está en una de las zonas más cotizadas hoy de la ciudad: entre el puerto deportivo, la playa de la Malvarrosa y colindante con la Ciudad de las Artes y las Ciencias. En ese barrio, el Grao –que era una zona degradada hace varias décadas y donde los alquileres están hoy a 1.400 euros–, se multiplican cada año los apartamentos turísticos, al mismo ritmo que lo hacen las chabolas improvisadas con maderas, rejas y plásticos en las que viven personas saharauis, españolas, marroquíes, argelinas o polacas. Algunas de ellas tienen problemas de salud importantes, como amputaciones o necesidad de diálisis.

El Ayuntamiento de València acaba de aprobar que se construya encima del circuito un nuevo barrio: 3.200 viviendas –708 con protección pública–, zonas verdes y una torre de 42 pisos. Lo hará el fondo de inversión Atitlán, propiedad de Roberto Centeno, yerno del dueño de Mercadona, y de Aritza Rodero. Los informes inmobiliarios sitúan este desarrollo del Grao como uno de los más cotizados de la ciudad. Será cuestión de tiempo que se desaloje a los actuales habitantes, que han resignificado con su supervivencia en los márgenes la idea más costosa y ruinosa de la época de la corrupción valenciana del PP.

Simulación del PAI del Grao de València, donde hoy viven en chabolas

Pero el agujero de la Fórmula 1 sigue sangrando y esa nueva y privilegiada urbanización va vinculada a una deuda arrastrada. Quedan por pagar 42 millones de euros a la Generalitat por las obras de asfaltado y canalizaciones que hizo en su día para el trazado, un dinero pendiente que el Ayuntamiento de València no va a repercutir íntegramente a los constructores. Los valencianos, a través de cesiones de suelo, tendrán que abonar la mitad de esa deuda antigua, según un reciente acuerdo entre Ayuntamiento y Generalitat (ambos del PP), como guinda final a una quiebra y desperdicio de recursos públicos.

Aunque se ha admitido en informes e instrucciones judiciales que la operación fue lesiva para las arcas públicas–el trazado donde ahora hay chabolas costó 98,6 millones de euros, más 111 millones en concepto de canon a Ecclestone, otros 26 por los derechos televisivos o los 44 millones de deuda de la empresa Valmor que asumió la Generalitat– los procesos judiciales abiertos por los elevados sobrecostes han acabado sin responsabilidad de nadie. También Camps ha resultado absuelto de este y otros casos judiciales.



Para salir del circuito hacia una de las zonas que más rápido se están gentrificando basta con caminar un minuto. Lo que se tarda en cruzar un par de pistas donde Ferrari derrapaba y que hoy están decoradas con escombros y flores silvestres que crecen en los arcenes, allí donde nadie entra y nadie mira, mientras los turistas se bañan y toman paella a unos metros de distancia. Este año se instaló al lado el extraordinario Circo del Sol, que aparcó oportunamente sus enormes camiones frente a la vista del poblado.

Vista de la parcela que fue el circuito de Fórmula 1 y donde hoy viven unas mil personas.

Mientras en el barrio de los 'sin nombre' se preparan para el calor con telas y agua, pasan autobuses cargados de extranjeros que van de la playa al centro y una familia de italianos sale con dípticos en la mano de unas naves industriales rehabilitadas en centro cultural. Al otro lado de la calle, sin inodoros, ni enchufes, ni grifos, hacen su vida más de mil personas, según los cálculos de la ONG València És Refugi.

Toman té recostados en alfombras y a 40 grados. “Se dice que hay que tomar tres vasos”, cuentan algunos hombres saharauis que ofrecen este ritual de acogimiento a los recién llegados. Azman entra a la chabola, que está amueblada y tiene varias habitaciones, y se descalza. Cuenta con timidez que él estuvo antes en España. Fue uno de los niños saharauis acogidos por familias españolas: “Estuve en Toledo con siete años”. Va pulcramente vestido y aseado: “No tengo adonde ir, por eso vivo aquí. Vamos al cementerio a coger agua y nos duchamos aquí”, cuenta este joven de 32 años, sin familia, considerado apátrida, como todos los saharauis, y, por tanto, con dificultades para entrar en la regularización del Gobierno, que no ha dado ninguna prioridad a su antigua colonia española, pero ha desempolvado una ley de nacionalidad a la que puedan acogerse y que fue aprobada en julio.

Azman, un chico que pasó vacaciones en España y que ahora vive en el circuito.

Moha tiene 45 años, tiene residencia legal y vive de manera intermitente en el circuito. Se formó como enfermero en el Sáhara y fue jefe de Enfermería en el hospital de Rabuni. En València, ha trabajado varios meses en almacenes de El Corte Inglés, momento que ha aprovechado para alquilar una habitación “y poder vivir un tiempo un poco más cómodo”. En un perfecto y culto español, cuenta que debe mandar unos 50 euros semanales a su mujer, madre y dos hijas para que puedan comer en los campamentos de Tinduf, sobre todo desde el recorte de las ayudas públicas a esas poblaciones.

Mohamed, enfermero en Tinduf, trabaja de lo que puede y vive de manera intermitente en circuito

“Cuando puedo trabajar, alquilo, pero no es fácil porque es para un par de meses y las habitaciones están a 400 euros”. Cuando no hay suerte, vuelve a vivir “al circuito”. Sus compañeros de trabajo no saben que su casa es una chabola –“para qué responder si nadie pregunta”–. Antes de ir a trabajar recoge garrafas de agua, se ducha, carga el móvil con unas baterías solares y sale a su puesto de trabajo.

Mahmud, que vino en patera hasta Almería, en la casa que se han construido en el sector saharaui del trazado de Fórmula 1.

Más allá de estas viviendas del “sector saharaui” están “los marroquíes”, “los españoles”, “los argelinos”. El circuito y sus curvas están repartidas por nacionalidades, “nadie se mete con nadie”. Para Ana Isabel Martínez, el corazón de Valencia És Refugi, son sectores “A, B o C” a los que van repartiendo agua. Cuenta, mientras entran y salen bicicletas y patinetes cargados de trastos, que acaba de presentar un escrito judicial para que, cuando haya desalojo, se lleve a cabo respetando los derechos humanos y se asegure la atención a las personas enfermas o familias que lo necesiten. El Ayuntamiento de València no ha contestado a las preguntas de elDiario.es sobre el censo, la atención a estas personas ni los planes de desalojo en el antiguo circuito.

Ana, alma máter de la ONG València és Refugi.

“Para luchar por tu tierra tienes que estar orgullosa de ella, y que esté pasando esto en nuestras calles y que la gente tenga esa facilidad para mirar a otro lado... a mí me cuesta de convivir. Esto es una salvajada”, dice Ana Isabel, que acaba de organizar una actuación de 'Pallasos en Rebeldia' para visibilizar el problema.

Cae la tarde en el que fue el sueño más ruinoso de una sociedad que ya ha olvidado incluso donde están las pistas aunque sigue pagando por ellas. Moha piensa si volver a Tinduf y salir de un círculo vicioso que no le permite mejorar: “Se me va la vida sobreviviendo”. Se pregunta “si no es mejor tener menos dinero, pero gastarlo con la gente a la que quieres, en lugar de estar aquí solo”. Mohamed, el enfermero de Tinduf que habla tres idiomas, tiene papeles y no bebe ni fuma, es aquí “un apátrida, un inmigrante que se llama Mohamed y que solo por eso seguro que es peligroso o se droga”, reflexiona. Un grupo de cuarentones pasan por delante del circuito y miran un instante con curiosidad hacia las tiendas y chabolasmientras siguen su camino haciendo jogging hacia la Malvarrosa.

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