¿Por qué Sánchez no vio venir Ceuta?
El presidente de Gobierno ha conseguido que se deje de hablar de corrupción, pero a costa de que se haya desintonizado su imagen de político sagaz que veía de lejos las crisis y actuaba con contundencia, capaz de darle la vuelta al cementerio cuando se le daba por muerto. Ahora todo es Ceuta y su anormalidad, aunque en el Congreso se quiera eludir ese asunto desde las filas socialistas. Ceuta concita temas medulares como la soberanía, la intranquilizadora relación con Marruecos, la compleja posición con la migración, el poder del tecnofascismo que no tiene contrapoder o la decepcionante respuesta en la 'desunión' europea. Ceuta pone a prueba la capacidad de un gobierno de verlas venir y es el laboratorio perfecto para que los que quieran hacer, hagan a sus anchas.
Todo esto le ha pasado, incomprensiblemente, a Pedro Sánchez, que era aquel líder que ponía como némesis a los presidentes autonómicos a quienes las emergencias les pillaron de viaje, de bodorrio o en una eterna y extemporánea sobremesa. Es cierto que el presidente fue a Ceuta, por donde pasaron casi todos los ministros en verano, pero cometió el error de no desembarcar allí los recursos del Estado de manera visible y contundente. Vio el problema, pero no su profundidad. Seguir las vacaciones fue tan legítimo como un gran error político: la baza del presidente intuitivo y astuto ha quedado desintegrada en la fase final de la carrera a renovar la presidencia. Los obstáculos que pone el presidente Vivas, animado por la fuerte presión de vecinos y Vox , hace el resto.
Pero el error de cálculo no se puede justificar y lo dejó por escrito el ministro Óscar Puente con su tuit del 1 de agosto: “Otra crisis más que resuelve Pedro Sánchez”. En el gobierno quizás pensaban que con el mérito de retornar a 70.000 de las 80.000 personas que habían entrado –en una ciudad de esa misma cantidad de población– el problema principal se había acabado. Erraron: no es lo mismo 10.000 personas repartidas en Madrid que en Ceuta (más pequeña que el complejo del aeropuerto de Barajas). No es lo mismo llevar recursos y desplegarse en la península, que fuera de la península. No es lo mismo que pase en Toledo, que en una ciudad que arrastra la sensación de abandono. No es lo mismo que pase en un territorio gobernado por el mismo partido que por uno distinto, con la distorsión que supone siempre el morbo electoral. Para salir de la crisis, no es lo mismo que existan las ganas de ultraderecha que parece tener España a que no existan.
¿Por qué Sánchez no tomó las riendas antes? ¿Por qué pareció minusvalorar los riesgos de una de sus peores crisis desde que llegó a la Moncloa en 2018? ¿Por qué le hemos regalado todos los argumentos a los iliberales y antisistema de la ultraderecha por el caos en el que viven los ceutíes y los migrantes? La sensación de falta de visión –una capacidad humana que a veces se ve nublada por preocupaciones personales, fatiga mental, falsa sensación de confianza, malos consejeros o asunción de que todo es “Estado profundo”– se ha agravado con la publicación de los informes a petición propia que, lejos de justificar la acción de Gobierno evidencia que hubo alertas poco atendidas o poco y mal elaboradas antes de la entrada masiva.
Los avisos de una emergencia, sea esta la brutal entrada a Ceuta o la dana, no vienen con manual de instrucciones. A veces son destellos débiles, o llegan desde diferentes lugares, o se estrellan en un correo que nadie revisa. Es la cadena de responsables y mando los que les dan sentido y credibilidad a las lucecitas rojas, con mayor probabilidad de éxito si hay formación, buena comunicación y simulacros. Como explicaban muchos expertos durante la riada de València, en las emergencias no hay solo ciencia. Hay un componente humano subjetivo que hace que, con los mismos datos, un líder despliegue al ejército, corte calles y cierre los colegios y otro no. Se llama saber “pilotar” la emergencia, tomar la decisión correcta, y en Ceuta no se hizo, porque no se imaginó (era difícil) una avalancha de esa magnitud. Pero tampoco se tomaron medidas por si era una avalancha como la de 2021, ya conocida por este mismo gobierno.
La respuesta posterior es muy difícil, porque una vez ha sido insuficiente la previsión y anticipación, es muy caro de gestionar la consecuencia. Solo quedaba multiplicar la reacción de manera inmediata. No se hizo en los primeros días, que son esenciales para torcer el destino de la bola de nieve que aún está arrasando la convivencia ceutí y generando en redes nuevos jóvenes racistas, al calor también de la falta de cooperación de la ciudad autónoma con el gobierno por motivos sociales.
Con las elecciones a la vuelta de la esquina, es probable que Ceuta haya sido decisiva para el futuro de toda España en las urnas. Es la catapulta para todos aquellos que llevan años hablando de gobierno ilegítimo, caótico, antidemocrático o tramposo. Por la enorme grieta de Ceuta pueden ahora meter a su caballo de Troya xenófobo. El tropiezo del Gobierno se lo ha servido en bandeja, con un Pedro Sánchez armado con escudo y lanza en la defensa de la corrupción que ha habido en su entorno, y que da la sensación de haber estado desprevenido y desprovisto de armas en una de las crisis humanitarias y políticas más decisivas de Europa y España.
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