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Entrevista

Édouard Louis: “El rol de la izquierda se ha convertido en comentar lo que dice la extrema derecha, siempre llegando tarde”

El escritor Édouard Louis

Pablo Caruana Húder

22 de septiembre de 2026 22:08 h

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Es media tarde y la Plaza de España de Madrid bulle de gente, pues cientos de personas esperan para escuchar el debate entre Zadie Smith y Édouard Louis. Ambos escritores comparten una literatura que intenta indagar en la violencia social de la pobreza, en las consecuencias políticas y psicológicas de la exclusión, en las brechas de clase y las heridas que conllevan. Se llevan casi 20 años, pero se entienden a la perfección y se cuidan en el escenario apoyando lo que el otro dice, construyendo sobre las palabras del otro. 

Tras la charla, elDiario.es pudo conversar con el joven escritor francés sobre sus posicionamientos políticos y sobre su proceso de transformación, desde el “white trush” francés a las altas cotas de la intelectualidad europea. Este francés, que saltó a la fama con su primer libro escrito con 21 años, Para acabar con Eddy Bellegueule, no ha dejado desde entonces de publicar y sumar lectores en todo el mundo. Ya está trabajando en su nuevo libro, que tratará sobre la historia de su hermano, que murió alcohólico y encerrado en el ambiente asfixiante del que él sí pudo escapar. 

Su trato es exquisito. Su postura y su mirada invitan al diálogo, respiran respeto y escucha. Édouard Louis tiene bastante de seductor, sus reflexiones demuestran inteligencia, brillantez, preparación. Aunque sus libros describen con aspereza a una clase desposeída, llena de prejuicios, racista y que siempre lo humilló por su homosexualidad, Édouard Louis tiene algo de “héroe de clase”, los defiende a cada paso y ha asumido la literatura como un arma política en la que él siempre se pone al frente. 

Zadie Smith y Édouard Louis conversan en el Festival de las Ideas

Antes de comenzar el Festival de las ideas una veintena de intelectuales españoles invitados publicaron un comunicado en que suspendían su participación hasta que el festival no se desvinculase de uno de sus patrocinadores, Allianz, por su vinculación con Israel, ¿qué posición tiene ante lo que ha pasado?

Mi amiga Alana S. Portero me avisó, lo supe un poco más tarde de que saliera el comunicado, estaba en Francia. Les di mi apoyo, la participación de Allianz en el genocidio de Gaza es extremadamente grave. Era una posición que había que tomar. Pero también he de decir que este tipo de gestos se están multiplicando en los eventos literarios. Y creo que participar o retirarse es una elección compleja. Hay que analizar cada caso. A veces las demandas no tienen tanto peso. El caso de Allianz sí lo tenía, es un caso especialmente brutal, pero si hablamos de Gaza también hay que ser consciente de que vivimos en un mundo hiperconectado, todo el mundo, de manera directa o indirecta, participa.

¿A qué se refiere?

Hay muchos bancos que tienen conexiones con el ejército israelí, Barclays, por ejemplo. Y otras muchas marcas como McDonald's, Starbucks o Carrefour que sostienen a ese mismo ejército. Vivimos en un mucho en el que no podemos escapar de la violencia, participamos de ella, sabemos que detrás de nuestros teléfonos hay una explotación de los niños que están extrayendo el cobalto, por ejemplo. Quiero decir: la exigencia de pureza en política es imposible. Y en mi opinión hoy esa exigencia se ha vuelto sofocante. En ocasiones me he negado a boicotear eventos. No se puede convertir en algo sistemático.

En cierto modo, usted ha abanderado este tipo de posiciones. Hace ya más de 10 años, en 2015, junto con el pensador Geoffroy de Lagasnerie, se atrevieron a reusar participar en unos actos porque participaba Marcel Gauchet, uno de los filósofos con mayor peso de su país.

Bueno, luego se ha visto el calado de este pensador, que incluso pidió el voto para la extrema derecha en Francia, para la Agrupación Nacional de Marie Le Pen. Lo que entonces intentábamos decir es que la palabra fascismo y fascinación son palabras que se parecen y que están más cerca de lo que parece. Hoy vemos como cuando alguien propaga una idea fascista rápidamente está en todas partes. En Le Monde, The New York Times o The Guardian leemos las últimas palabras racistas de Trump, de Jean Evans o de Javier Milei… En los periódicos franceses no puedo leer nada de las políticas del gobierno de Pedro Sánchez, en cambio, no sé cuántos artículos he leído de las ocurrencias de Vox. 

¿Qué quiere decir?

Parece que el rol de la izquierda se ha convertido en comentar lo que dice la extrema derecha, siempre llegando tarde. Y esa fascinación es una “fachización” al mismo tiempo, porque se deja de hablar de muchas cosas importantes que ocurren en el mundo progresista, nuevas maneras de pensar, de acometer problemas… Lo que queríamos hace diez años era romper con esa fascinación, pero de una manera contraria a la censura: decidimos callarnos, dejarles hablar. Y nos acusaron de ejercer la censura. Creo que aquello demostró que la extrema derecha necesita de un interlocutor para existir, necesita alguien en frente para reaccionar en contra, esa es su naturaleza.

También en 2015 publicaron en el periódico Liberation el “manifiesto por una contraofensiva intelectual y política”. En él se instaba a la izquierda a posicionarse y denunciaba un ambiente de tristeza e impotencia alarmante, ¿cuánto han cambiado las cosas hoy, después de más de diez años?

El fascismo ha seguido creciendo en América Latina, en Estados Unidos, en Europa. Pero miremos, por ejemplo, con perspectiva lo que ha pasado en Francia. En los setenta la extrema derecha se comenzó a presentar a las elecciones, no sacaban representantes, eran grupúsculos racistas y violentos que pegaban a árabes en las calles. Pero ya en los ochenta comenzaron a tener resultados, un 3 o 4 por ciento de los votos. La gente lloraba ante las cámaras espantados de que uno de cada veinte votantes les hubiera votado. En las últimas elecciones, en que Le Pen consiguió 41,5 % de los votos, la gente, en cambio, dijo: “Bueno, solo es el 40 por ciento, no van a conseguir el poder”. Y yo me pregunto dónde están las lágrimas. Esas lágrimas que han desaparecido son el reflejo del proceso político en que la extrema derecha nos ha ido ganando la partida. Además, la izquierda, los socialistas sobre todo, han abandonado a la clase obrera, han dejado de combatir el sufrimiento en el mundo laboral, de hablar de clases. 

No parece optimista…

Hay que ser consciente de que si queremos crear una contraofensiva de la izquierda no se va a dar en un año o dos. Es un proceso más lento y hace falta que sea durable, ya hemos visto proyectos como Podemos que no han funcionado como queríamos. Pero estamos viendo, creo, que hay una contraofensiva real en marcha: Zohran Mamdani en Nueva York, Elif Eralp en Berlín, Jean-Luc Mélenchon en Francia… 

En su último libro, Monique se evade, se intuye un cambio en su escritura. Parece que el acto de escribir como venganza ante las injusticias que sufrió como niño y adolescente desaparece en favor de una alegría que incluso afecta a su prosa y al ritmo de escritura…

Es un libro sobre la felicidad, sobre una mujer, mi madre, que se libera de una historia de violencia. El libro comienza con una llamada suya diciéndome que tiene que abandonar a su pareja, que está todo el día bebido y la humilla e insulta. En cuanto le abandonó mi madre se convirtió en una persona más libre y feliz. Nunca había escrito sobre la felicidad. Me decía que la felicidad no necesita a los escritores y, en cambio, a la violencia sí que había que combatirla, que cuanto más la combatiésemos más felicidad crearíamos. Sentía una vergüenza horrible cuando escribía un pasaje feliz. Pero la historia de mi madre me hizo cambiar y eso ha motivado otra escritura, otro lenguaje, otra actitud. La felicidad también puede ser política. Cuando vemos a una lesbiana bailando en una marcha del Orgullo, esa felicidad es política. Lo que ha vivido como lesbiana, toda esa infancia llena de vergüenza, de secretos que la hacían esconderse… Ese baile es bien político. Y eso yo lo sabía; sin embargo, he tardado demasiado en poder integrarlo en mi escritura. 

El público disfruta de la charla entre Zadie Smith y Édouard Louis

En su libro anterior, Cambiar: Método, cuenta su huida de la pobreza, de ese pueblo del norte de Francia donde lo humillaban por ser homosexual y estaba condenado a un futuro sin horizontes. En él narra un proceso de transformación en el que reaprende a hablar, a comportarse e incluso se opera para mejorar su físico. En la última parte del libro cuenta cómo acaba codeándose con industriales y la alta burguesía. Se entreve que aquello dejó de interesarle, ¿cuándo, por qué?

Es un libro que surge de un juramento que me hice: escapar de mi destino, que era el de mi hermano, que murió alcohólico, o el de mi padre, que acabó lisiado y siendo barrendero. Nadie en mi familia había ido al instituto, nadie fue a la universidad. Pero incluso ya en París siempre quería ir más lejos, temía recaer en ese universo de pobreza y violencia. Por eso me acerqué a ese mundo de dinero y facilidad. Lógicamente, me daba cuenta de que ese mundo puede llegar a ser muy estúpido, de gran pobreza espiritual, pero durante un tiempo me forzaba a que me gustase. Hasta que un día un hombre al que frecuentaba, un ministro de Francia, me invitó a ir con él a un cóctel. Ahí mi cuerpo explotó y le dije que no de una manera brutal. 

¿Le sigue gustando el lujo, lo busca?

Diría que no. Vivo en un pequeño apartamento en París, visto normal... No tengo un deseo enorme de lujo, me da placer cuando es un exotismo, como decía Roland Barthes. A veces me escapo y me voy a un hotel de cinco estrellas y lo disfruto… Mi madre, sin embargo, lo adora, si la llevo a la terraza del Ritz a beber champagne y comer caviar lo disfruta como una niña, lo vive como una venganza al mundo, como si ella, que siempre fue excluida, pudiera robar algo a la sociedad. Yo a veces sigo sintiendo eso mismo. En Madrid, en el Festival de la ideas, me han alojado en un hotel bien chic. Cuando entré a la habitación, me dije: “Voilá!, le robé algo a la burguesía” (ríe).

Sobre el proceso de transformación que cuenta en Cambio: Método. Las horas frente al espejo aprendiendo a pronunciar bien, ensayando otra risa que no lo delatara como “paleto”, prostituyéndose para poder pagar el dentista… Hay momentos que sobrecogen.

El transfuguismo de clase es como escapar de una prisión y lógicamente es necesaria la violencia para romper esa cárcel. Intenté contar esa violencia, pero el libro es también una reacción a la manera en que siempre se contó ese proceso. En el cine y la literatura, este tipo de personaje siempre es un psicópata, un malvado, un asesino, un manipulador. En el gran libro de Stendhal, El rojo y el negro, Julien Sorel mata a alguien, Ripley más de lo mismo, igual ahora en la serie Saltburn… El nombre de Rastignac, el personaje de La comedia humana de Honoré de Balzac, se ha convertido en un insulto en Francia para tildar a alguien de arribista. La sociedad de clases detesta que alguien cambie de clase social. Mi libro está escrito contra todo eso, quería vengar a Ripley y Rastignac. Quería vengar a mi pueblo, que siempre ha sido insultado en la historia del arte. 

En Madrid pudimos verle también como actor en la adaptación teatral de Quien mató a mi padre, dirigido por Thomas Ostermeier. En esto del teatro no le ha ido nada mal, ha trabajado también con Ivo Van Hove o Milo Rau. ¿Cuál ha sido su relación con el teatro desde el instituto?

Es verdad que el teatro me salvó, fue la puerta que me permitió ir a Amiens a estudiar y salir de mi pueblo. Pero desde que llegué a la universidad, a París, lo tenía abandonado. Hasta que un día me llamó Ostermeier y me propuso actuar. Me pareció una locura y se lo dije, pero me contestó que me iba a transformar en un actor. Acepté, era fan, lo estudiaba en el instituto... Luego más gente me ha propuesto actuar, pero no he querido, no me gusta la escena, es demasiado duro, todos ahí mirándote, escuchando… A mí me gusta escribir, estar todo el día en casa, solo, en pijama, con mi té. 

Sus libros ya han tenido más de 100 adaptaciones por todo el mundo, y el teatro, por otra parte, le ha dado el hermoso final de su novela Monique se evade. Quizá lo de alejarse del teatro no va a ser tan fácil… 

Es verdad que mis libros han tenido mucha vida en los escenarios. No puedo estar más contento. Además, soy autor fácil, cuando me llaman para una adaptación les digo que hagan lo que quieran, que me traicionen. Así que adaptaciones sí, me encantan, pero actuar no, por favor, no quiero actuar. 

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