Educado se viene de casa. ¿Dónde están las familias?
La primera vez que vi a una persona adulta desmoronarse ante mí, llevaba tan solo dos cursos como profesora y acababa de llegar a Entrevías (Madrid). Había convocado a la madre de Irene para hablarle de la imaginación magnífica de su hija —que a veces se me subía a las nubes en clase— y de la redacción estupenda que había escrito para mi asignatura sobre Consuegra, su pueblo. Alabé el esfuerzo enorme que la nena estaba haciendo por aprobar Lengua y Literatura, a pesar de que primero de ESO se le estaba poniendo cuesta arriba, y le dije que la niña era un cielo. “Ay, pues gracias, pensaba que me llamabas para algo malo”.
Las lágrimas de la madre de Irene llegaron después. Su respuesta a mi particular ‘La nena vale, la nena estudia’, que cantaba Serrat, no fue la alegría, como yo esperaba —tenía 25 años, no se culpe a nadie—, sino una angustia desbordada. Sentada en el sillón de aquella salita, me vi sumergida de golpe en la realidad de una mujer que bien valdría para heroína de Benito Zambrano. Me habló de un piso de dos habitaciones donde vivían ella misma, Irene y su hermano, y sus propios padres; de un exmarido convaleciente; de cuidar a un señor en Madrid (Entrevías está en tren a una parada y tres mundos de Atocha) de sol a sol, y de facturas de la luz sin pagar. De no tener tiempo ni conocimientos para apoyar en sus estudios a una hija que iba a necesitar de su madre más de lo que ella le podría dar. “Yo le digo que lo importante es que no repita, pero ya no la puedo ayudar. Y su padre tampoco, su padre pone toldos. ¿Qué hacemos? ¿Y si se me pierde?”. Irene aprobó primero de ESO, pero repitió segundo y se fue del colegio. También yo dejé el centro al final de ese curso.
En las últimas semanas hemos visto a niños y adolescentes merodeando solos por las calles de noche, participando en disturbios y actos vandálicos. Algunos han sido detenidos; otros afrontan cargos. En Barcelona, el sábado pasado los Mossos realizaron 1400 identificaciones. La mayoría, a menores de edad. Muchas personas que habitualmente no tratan con jóvenes más allá de sus núcleos familiares empiezan ahora a entender que la experiencia vital de una parte importante de nuestra juventud se desarrolla, principalmente, a través del teléfono móvil, y hasta qué punto las informaciones que reciben desde sus pantallas configuran la manera en que perciben el mundo e impactan en sus actos. Es entonces cuando surge la pregunta: “Y las familias de estos chavales, ¿dónde están?”.
Quince años de aulas me han llevado a una respuesta tan simple como rotunda: las familias están donde pueden y, sobre todo, como saben. Esta conclusión puede parecer una obviedad y, a la vez, solo tras haber conocido de cerca las circunstancias de más de mil familias desde que me inicié en la docencia (y, en un centenar de casos, también sus viviendas, su pasado, su intimidad) se pueden llegar a comprender —y a observar con compasión— los complejísimos escenarios en los que crecen muchos niños y niñas.
Las familias que pueden estar y saben cómo hacerlo son aquellas que poseen los conocimientos, el tiempo y los medios para apoyar a sus hijos e hijas. Si identifican problemas de comportamiento, aprendizaje o salud mental, estos padres y madres buscarán rápidamente diagnósticos y soluciones. Suelen conocer el sistema educativo y se manejan con la burocracia, de manera que si el camino se complica, tienen las herramientas para allanarlo. Son hogares donde hay seguridad y confianza, estructura y arraigo. En el aula estos estudiantes destacan porque están a gusto en su piel, vienen bien dormidos y bien comidos y no tienen miedo a usar su voz. Les preguntas qué quieren ser de mayores y te responden “cirujana cardiovascular” o “diseñador de moda”, y lo dicen convencidos de que lo serán porque tienen a su lado a personas adultas que los aúpan y los protegen.
“Cariño, el papá esto no lo dio”
El segundo grupo de familias lo conforman las que pueden estar, pero no saben cómo. Hay presencia, medios, voluntad, pero se les escapa lo que le está ocurriendo a su hija, que no duerme; o no tienen la capacidad emocional para asumir esa condición que parecen revelar las conductas de su hijo. Son padres y madres que querrían hacerlo bien. La realidad, sin embargo, los supera. Se encuentran también aquí quienes no acabaron la EGB y ahora el nene está en tercero de ESO y miran el cuaderno de Química y dicen: “Cariño, el papá esto no lo dio”.
Recientemente, se han sumado a esta categoría los progenitores que intentan conectar con sus criaturas y sienten que no llegan a ellos, que se ha abierto un abismo comunicativo infranqueable. Ese abismo natural se llama, por supuesto, pubertad; pero, desde que a nuestras vidas llegaron los móviles y las redes, la distancia y el desconcierto van en aumento. La gestión del uso del teléfono es particularmente peliaguda porque está muy ligada a las decisiones que tomen el resto de familias. “Le ha dado por ver unos vídeos de un padre con su hija que hacen no sé de unos challenge y yo no entiendo nada”. Son, en todo caso, alumnado que saldrá hacia delante porque tienen quien los quiere y los cobija.
Las familias que saben cuál es la receta para una buena crianza y, no obstante, no pueden (o quieren) estar son muy complicadas de entender. Es el caso de estudiantes que, a priori, cuentan con una situación material favorable para que todo les vaya bien, pero la ausencia emocional y afectiva de una figura adulta de referencia los deja desamparados. En el aula andan a veces desconectados, o enrabietadas, o te echan pulsos que te desorientan porque ayer te querían, pero hoy están cabreados. A veces aprueban y a veces suspenden. Y si suspenden mucho, los mandan a un privado o se les paga un título online. Pocas cosas que no arregle el dinero. Estos chicos pueden darse una vueltecita por los grupos de Blocus, tal vez salgan a ver arder un contenedor desde lejos (de hecho, así ha sido), pero es difícil que sean quienes le prenden fuego porque saben que, a pesar de su tristeza o rabia, hay un futuro para ellos.
Y llegamos al último grupo de familias, a esos hogares que yo no sabía que existían hasta que entré en las aulas: aquellos donde no hay nadie. Por lo que sea. A Ali, nacido en Peshawar, su familia lo mandó solo a Badalona con 15 años, a convivir con un tío con la esperanza de que, conseguido el permiso de residencia en España, se pudiera reunir con su hermano mayor en Dinamarca. Los cinco miembros de la familia de Yasmin, de Bolivia, compartían una habitación en un piso convertido en pensión. Progenitores distantes que trabajan más horas que un reloj hay muchos, y con adicciones y problemas de salud mental, incapaces de hacerse cargo de otra persona, también.
Este último curso descubrí que el ChatGPT es la nueva figura de cuidado de los nenes y nenas que no encuentran a nadie cuando llegan a casa. Aunque lo ignoremos, no hay misterio: hay muchas más niñas y niños en nuestro país creciendo en la más absoluta desprotección de lo que pensamos. Y, por cierto, esa comunidad de vecinos que nos crió en los años 90 tampoco existe ya y los recreativos del barrio han sido sustituidos por casas de apuestas. Me ahorro el exponer los casos más trágicos y escabrosos.
Dos años atrás, aprovechando un festivo raro, fui a visitar Consuegra. Le hice una foto a los molinos, busqué a Irene por Instagram y se la envié. Hacía más de diez años que le había perdido la pista. Me respondió al instante: “¡Mi pueblo!”. Hablamos durante dos horas al teléfono. Me contó que, después de repetir, entró en una formación profesional básica, que había ido sacándose una cosa después de la otra y ahora trabajaba en una guardería. Ayer la contacté de nuevo para decirle que iba a escribir sobre ella.
–O sea, eres tú, pero no eres tú. ¿Te cambio el nombre o lo dejo? Piensa que igual lo leen 35.000 personas.
–Déjalo, déjalo. Conmigo 35.001 jajaja.
–¿Y cómo se llama el título que te sacaste?
–Educadora infantil.
Educadora infantil. La hija de una cuidadora de ancianos y un instalador de toldos que no podían pagar el recibo de la luz. “Pero mis padres han estado siempre a mi lado, siempre. He tenido mucha suerte en eso”.
Hablando ayer con Irene me di cuenta de que llevaba una semana haciéndome la pregunta equivocada. Lo que nos debemos cuestionar cuando vemos a esos menores que son expulsados de la escuela, que van sin rumbo por la ciudad o que salen furiosos a romper marquesinas no es: “Y las familias de estos chavales, ¿dónde están?”. Porque las familias, a veces, no están. A veces simplemente no hay nadie. Y es una cuestión de suerte. Pura suerte. La pregunta justa, la que sí nos debemos formular ante una realidad que nos inquieta es: “¿Dónde podrían estar mañana estos chicos y chicas de haber sido más afortunados?”. Y, de paso, si hay tiempo y ganas, qué podemos hacer cada una de nosotras para ayudarlos. Las oportunidades, las nuestras y las suyas, son infinitas.
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