Por qué las 'tradwives' están abandonando el movimiento: “No puedo borrar mi pasado, pero sí advertir a otras mujeres”
Cuando Bernadine Bluntly publicó a principios de este año un vídeo en el que renegaba del movimiento de las tradwives que ella misma había defendido, causó una gran conmoción en el mundo de las redes sociales de la alt-right (derecha alternativa). Anteriormente, las publicaciones sobre ella y sus seis hijos habían inundado los feeds a medida que el movimiento MAGA ganaba terreno. Era una de las influencers abiertamente antifeministas que promovían el retorno a los roles de género patriarcales, los ideales pronatalistas y los valores cristianos fundamentalistas —especialmente en torno a la santidad del matrimonio—. Bluntly, cuyo apellido real es Barber, había vendido en el pasado camisetas con el lema “RIP Feminism” (Descansa en paz, feminismo), apoyado el nombramiento de Brett Kavanaugh para el Tribunal Supremo y desarrollado un curso, “Simply Smitten”, para ayudar a las jóvenes a atraer a maridos que fueran “hombres tradicionalmente masculinos”.
Pero el año pasado dejó a su marido. Su divorcio se hizo definitivo este año. Durante el proceso, consiguió una orden de alejamiento contra su ex, de quien afirmó que era maltratador (él lo niega). En abril, esta mujer de 36 años publicó un vídeo titulado: En qué me equivoqué sobre el movimiento tradicionalista, en el que afirmaba que, aunque sigue siendo cristiana y cree en las diferencias entre hombres y mujeres: “Ya no creo en los roles de género extremos, especialmente cuando se envuelven en lenguaje espiritual y se utilizan para justificar el control, el silencio o el daño”. Según ella, el movimiento tradwife —que en un principio pensó que se trataba de un “retorno a los sólidos valores familiares”— “se ha vuelto indistinguible de la actual ola de la manosfera de la píldora roja”. Concluyó diciendo: “Si mi contenido anterior contribuyó a ello, lo siento de verdad”.
Bluntly forma parte de un movimiento cada vez mayor de influencers que han dejado de ser tradwife. Incluso aquellas que no han denunciado abiertamente el término parecen estar distanciándose de él. Nara Smith, la modelo e influencer que se casó a los 18 años, tuvo cuatro hijos antes de cumplir los 24 y publica contenido en el que aparece con vestidos monísimos mientras cocina para su marido, dirigido a sus 12,5 millones de seguidores en TikTok y 4,8 millones en Instagram, declaró el mes pasado a The Guardian que no hay ninguna “agenda” secreta de “tradwife” detrás de su contenido. Incluso Hannah Neeleman, de 36 años, quizás el arquetipo de tradwife moderna, pareció dar marcha atrás respecto al movimiento en una entrevista reciente con la revista New York. El contenido de Neeleman, que publica bajo el nombre de Ballerina Farm, idealiza el estilo de vida rural de su familia mormona en su rancho de Utah y se ha convertido en un modelo a seguir para otras aspirantes a tradwife. Ella y su marido tienen nueve hijos, crían ganado vacuno y porcino, y han conseguido 10 millones de seguidores en Instagram. “Si hay cosas que comparto y que la gente cree que realmente están perjudicando a nuestro género, entonces de acuerdo, aceptaré las críticas”, afirmó.
Jennie Gage, de 52 años, fue una de las primeras influencers extradwife. Creció en lo que ella describe como una familia mormona “muy tradicional y anticuada” en Arizona. Gage asistía a las veladas de estudio de las Escrituras, estudiaba textos bíblicos y, a los 12 años, se unió al programa para mujeres de su iglesia, donde le enseñaron a cuidar de los niños, planchar camisas de hombre y limpiar aseos. Según ella, se trataba de un “programa de inmersión para prepararte para la vida de tradwife”.
A los 18 años, Gage se comprometió, pero un obispo de la iglesia le dijo que Dios quería que estuviera con otro hombre, con el que acabó casándose seis semanas después. Visto desde fuera, sus 24 años de matrimonio parecían idílicos: criaba a cinco hijos, cocinaba y alimentaba a las gallinas. Era una devota de MAGA; su foto de perfil en las redes sociales era de Donald Trump y se sintió eufórica cuando este fue elegido. Pero, a puerta cerrada, cuenta, vivía un matrimonio abusivo, en el que tenía prohibido trabajar o tener una cuenta bancaria. Cuando pilló a su marido con una trabajadora sexual en 2018, lo dejó a él, a su iglesia y a sus ideas políticas.
Parte de su contenido como extradwife es burlón: en un TikTok, publica un vídeo grabado durante sus años como tradwife, en el que presume de las galletas que había preparado para su ex, que se marchaba a un largo viaje por motivos de trabajo. “Veo mi papel como, ya sabes, ¿cuando vas en avión y las azafatas te traen todas tus cosas y demás?”, decía a la cámara. Ese vídeo ahora le da “ganas de vomitar”, escribe en la descripción. Pero también existe el problema más grave de la ruina económica en la que pueden quedarse las tradwives cuando abandonan a un marido que es el único sustento de la familia y que tiene el control total del presupuesto doméstico. “No puedo volver atrás y deshacer mi pasado ni borrar todas las cosas horribles por las que tuve que pasar”, me cuenta Gage durante una videollamada desde su casa en Arizona. Pero sí que puede, dice, “advertir a otras personas” sobre el estilo de vida tradicional, algo que le hubiera gustado que alguien hiciera por ella.
“No pretendo luchar contra Ballerina Farm”, afirma Gage. “Porque [Hannah Neeleman] tiene seguridad económica. Mi objetivo es luchar contra el hecho de que las mujeres no tengan seguridad económica”. Durante la mayor parte de su matrimonio, a Gage le daban dinero en efectivo en un sobre para ir a hacer la compra. “Si no era suficiente dinero, simplemente devolvía los productos a la estantería”, cuenta. Tras el divorcio de la pareja, Gage afirma que se quedó sin nada. Creó una campaña en GoFundMe para pagarse el abogado para el divorcio y pidió dinero prestado a amigos y familiares para sobrevivir. Ahora les dice a las mujeres jóvenes: “Tened hijos, casáos, enamoraos. Pero firmad un acuerdo prenupcial, cread un fideicomiso conyugal y aseguraos de que la pensión de jubilación esté a vuestro nombre”.
Mi objetivo es luchar contra el hecho de que las mujeres no tengan seguridad económica
Tia Levings, de 52 años, también ha hecho de su pasado como “esposa tradicional” una carrera, como influencer en redes sociales y autora de dos libros sobre su experiencia. Al igual que Gage, Levings se casó joven, a los 19 años, tras lo cual ella y su marido se mudaron varias veces y formaron parte de varios grupos cristianos fundamentalistas extremos y aconfesionales. Uno de ellos era el Instituto de Principios Básicos de la Vida, que enseña que los maridos tienen una autoridad otorgada por Dios sobre sus esposas, quienes, a su vez, no deben trabajar fuera de casa y deben mantenerse “bien arregladas” para “complacer a sus maridos”. Se trata de una organización que se ha enfrentado a acusaciones de conducta indebida: su fundador, Bill Gothard, dimitió en 2014 en medio de acusaciones de abuso sexual. Jinger Duggar, miembro de la familia protagonista del reality de la década de los 2000 19 Kids and Counting [19 hijos y contando], que formaba parte de la organización, también ha afirmado que esta tenía características “similares a las de una secta”.
Antes de las redes sociales, en la década de los 2000, Levings fue una de las primeras tradwives influyentes en la blogosfera. Por aquel entonces, su marido había llevado a su familia a lo que ella ahora describe como “una secta patriarcal familiar de alto control”. En su blog, escribía sobre “hermosos días hogareños y subía fotos de mis pañales de tela, mis alubias y mi pan”. Afirma que, si hubiera tenido redes sociales entonces: “Sin duda las habría utilizado para hacer lo mismo, para ensalzar las virtudes de esta hermosa elección que puedes hacer por tu familia”.
En realidad, la vida de Levings no era ni virtuosa ni bonita. Afirma que su marido la maltrató durante todo su matrimonio y, como se había pasado toda la vida oyendo que “el divorcio estaba mal”, tenía “demasiado miedo” para contárselo a sus padres o a las autoridades. La única persona a la que sintió que podía acudir fue uno de los líderes de su iglesia: “Lo que me dijo fue que solo tenía que obedecer más a mi marido”, afirma.
Levings cuenta que el comportamiento de su marido se volvió “mucho más violento” con el paso de los años y que cada vez le preocupaba más que “estuviera enseñando a mis hijos que estaba bien que los hombres trataran así a las mujeres”. También le preocupaba que su familia no sobreviviera a la violencia. Supo que tenía que marcharse cuando su marido salió de casa de repente en mitad de la noche —cree que para ir a buscar su pistola a su despacho— y aprovechó la oportunidad para huir. Ahora tiene la custodia de los cuatro hijos de la pareja.
Cuando echa la vista atrás a su época como bloguera, ahora se da cuenta de lo ingenua que era. “Nos sumamos a ello, pensando: ”Oh, vamos a tener una bonita familia. Vamos a ser mujeres tradicionales y felices“”, dice Levings. Lo que no le dijeron fue “lo que también era cierto en un movimiento tradicional: esto es lo que pasa cuando no vacunamos a los niños. Esto es lo que ocurre cuando los sacamos del sistema educativo. Esto es lo que ocurre si tu marido te maltrata y no puedes escapar”.
Levings nunca pensó que haría pública su historia. Pero entonces se dio cuenta de que el movimiento tradwife estaba ganando fuerza en las redes sociales allá por 2015, cuando Trump se presentó por primera vez a las elecciones. Cuando figuras de la derecha cristiana estadounidense comenzaron a respaldar a Trump, Levings recordó los sermones que había escuchado “en los que hablaban de quitar a las mujeres el derecho al voto, de prohibir el aborto, de privarlas de la educación y de convertir a Estados Unidos en una nación cristiana”. Afirma: “Supe de inmediato que ese era el peligro al que todos se enfrentaban. Y fue en ese momento cuando también comprendí que mi experiencia vital iba a ser relevante aquí fuera”.
Gage y Levings afirman que sus iglesias promovían la ideología de la supremacía blanca. Levings recuerda haber escuchado de niña un sermón sobre la teoría del “gran reemplazo”, que promueve la falsa idea de que un grupo de judíos y demócratas está intentando “reemplazar” a los estadounidenses blancos por personas de color. Levings cuenta que le dijeron: “La forma en que íbamos a luchar contra eso era teniendo tantos bebés blancos como fuera posible”. Ambas renuncian ahora rotundamente a esas opiniones en sus contenidos.
Nos sumamos pensando: 'Oh, vamos a tener una familia. Vamos a ser mujeres tradicionales y felices'. Lo que no nos dijeron fue 'esto es lo que pasa cuando no vacunamos a los niños. Esto es lo que ocurre cuando los sacamos del sistema educativo o si tu marido te maltrata y no puedes escapar'
Seyward Darby es la autora del libro de 2020 Sisters in Hate, sobre las mujeres en primera línea de los movimientos nacionalistas blancos en Estados Unidos. Afirma que cuando comenzó a investigar para su libro en 2016, las primeras manifestaciones en línea de la “trad life” [vida tradicional] “estaban siendo impulsadas en gran medida por antifeministas y también por nacionalistas blancos”. Es posible que esos orígenes se hayan difuminado con el paso de los años, pero “ese sigue siendo el ADN… así que, aunque hoy en día una tradwife en TikTok quizá no diga: ”Soy nacionalista blanca“, e incluso lo rechace rotundamente, sigue inspirándose en una tendencia que, en última instancia, surgió de ese ámbito”. La estética de las tradwife se considera la forma perfecta de presentar creencias extremas, afirma Darby, debido a “la suposición sexista de que las mujeres son más amables, más suaves”, por lo que se convierten en “los rostros aceptables de estos movimientos de extrema derecha”.
Lauren Southern tenía 19 años cuando se hizo viral en 2015 con un vídeo titulado Por qué no soy feminista. Ha calificado al islam de “peligroso para Occidente” y en 2018 se le denegó la entrada al Reino Unido debido a sus opiniones extremistas. Sin embargo, recientemente se ha alejado del estilo de vida de tradwife que en su día defendía. En 2023, se divorció de su marido. Ahora, con 31 años, autoeditó el año pasado unas memorias, This Is Not Real Life [Esto no es la vida real], en las que detalla cómo se vio obligada a replantearse sus opiniones sobre la agresión sexual (en una ocasión protestó contra una manifestación feminista en Vancouver con un cartel en el que se leía: “No existe una cultura de la violación en Occidente”) después de que, según afirma, el misógino de Internet Andrew Tate la agrediera sexualmente. (Tate ha negado esta acusación.)
“Eres como un símbolo o una herramienta para el movimiento, lo cual supongo que le pasa a todo el mundo, tanto a hombres como a mujeres, pero a las mujeres se les exigen sin duda estándares morales mucho más elevados dentro de la esfera de la derecha”, afirma Southern. Ahora compara el movimiento tradwife con un juego de rol en vivo: un producto de Internet que se ha convertido en “una vía de evasión frente a las dificultades de la vida real”. Incluso en ocasiones en las que llevaba días sin ver a su marido después de que este se hubiera marchado enfadado: “Cocinaba pollo al parmesano y lo grababa en Instagram y decía: 'Estoy siendo una buena esposa, aquí están mis pasteles, me encanta estar casada, ser madre es tan gratificante', porque eso era lo que deseaba que fuera mi realidad”, y lo que sentía que “debía promover”.
Eres como un símbolo del movimiento, algo que les ocurre tanto a hombres como a mujeres, pero a las mujeres se les exigen estándares morales más elevados
A diferencia de Gage y Levings, Southern sigue creyendo en el “conservadurismo tradicional de la vieja escuela” y se muestra reacia a definirse como feminista. Tampoco ve sentido en disculparse por ninguna de sus palabras y acciones pasadas: “No puedo cambiar el pasado, no puedo dotarme de información que no tenía cuando era más joven”, afirma. “Solo puedo decir la verdad”.
Levings se muestra esperanzada respecto a lo que podría significar la aparente desaparición de la tendencia de las tradwives. “Al igual que se extendió con gran repercusión en Internet, también se está desvaneciendo con gran repercusión en Internet”, afirma. “Hay algo que aprender de ese ritmo acelerado: el ciclo de vida ni siquiera tuvo la resistencia necesaria para superar esta primera etapa de la infancia de los niños”. Aunque afirma sentir mucha culpa por “la complicidad que tuve en mi propia historia”, es capaz de reconocer que las decisiones que tomó “fueron opciones sin alternativa”, debido a su acceso limitado a la información. “El dolor también forma parte importante de ello”, añade. “Esos años de juventud no se recuperan. No puedes volver atrás y corregir los errores que cometiste con tus hijos”. Pero se siente orgullosa de formar parte del movimiento de las exesposas de gánsteres. “Si hubiera tenido acceso a un testimonio real, habría tomado otras decisiones a los 19 años”, afirma. “Realmente tenemos que escuchar a las mujeres mayores que han pasado por eso”.
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