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EN PRIMERA PERSONA

Un ejército adolescente en deportivas blancas y chándal negro

El fenómeno estético es global, no entiende de fronteras.
24 de octubre de 2026 22:25 h

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“El grupo, mayoritariamente masculino, presenta escaso interés por la materia. Es especialmente preocupante su oposición frontal hacia el saber científico. Los alumnos defienden ideas como el terraplanismo, la implantación de chips 5G en la población por parte del gobierno o la fumigación a través de los chemtrails. Desconfían de las vacunas y cuestionan su efectividad”.

Quien lee su informe de valoración del trimestre es la profesora de Ciencias, una de esas docentes que nunca dice una palabra más alta que la otra y conserva en el gesto las horas universitarias de laboratorio y biblioteca. En su exposición no hay retórica ni alarmismo, sino un testimonio aséptico: los chavales andan discutiéndole en clase que la Tierra sea redonda y ella, que es empirista y buena persona, lo deja por escrito. Yo acabo de incorporarme al centro tras un par de cursos apartada de las aulas ordinarias y se me cae la mandíbula al suelo al escucharla. En las semanas siguientes –era octubre de 2024– iré conociendo a los chiquillos cuartomileniaristas en cuestión.

Hoy, dos años después, no me sorprendo con casi nada de lo que oigo en clase y el reporte de la compañera de Ciencias me parece material vintage: su “especialmente preocupante” ha alcanzado unos niveles de inquietud estratosféricos (si es que la atmósfera existe, vaya una a saber). El perfil de chaval que en 2024 me pilló con el paso cambiado lo encuentro ahora por doquier. Me los encontré durante el último puente en una plaza de un pueblito de Grecia. Me los encontré hace un año en el centro de Trento en una noche de agosto que no invitaba a llevar sudadera ni capucha, pero ellos la llevaban. Me los he encontrado en las calles de Valencia, donde vivo, y los he tenido enfrente en cada colegio donde he trabajado recientemente en Madrid.

Adolescentes tempranos o arrancando ya la veintena, se los identifica por presentarse ante el mundo voluntariamente uniformados: pantalón de chándal negro de algodón, sudadera o chaqueta bomber igualmente oscura, deportivas blancas de marca, tal vez un toque de azul o gris. Peones felices de un tablero de ajedrez. Si entre el grupo se encuentra uno valiente de más, habrá una gorra o una riñonera rojas. Y hasta aquí las transgresiones permitidas.

Cada vez que me los encuentro —no entiende de fronteras este proceso de homogeneización— veo lo mismo: a mis alumnos más vulnerables, es decir, a los niños y adolescentes más influenciables que buscan, por encima de todo, pertenecer al grupo.

No solamente llama la atención la elección de ese vestuario amalgamado, sino también su modo de ocupar los espacios, un banco de peces desacompasado, a menudo ensimismados en sus teléfonos, donde no es fácil distinguir a unos chicos de otros. Y cada vez que me los encuentro —no entiende de fronteras este proceso de homogeneización— veo lo mismo: a mis alumnos más vulnerables, es decir, a los niños y adolescentes más influenciables que buscan, por encima de todo, pertenecer al grupo.

¿En qué momento aceptaron hacerse devotos de la monocromía y renunciar a distinguirse? ¿De quiénes copian esta apariencia entre futbolista saliendo de un bus con prisas y un GEO en prácticas? ¿Me estaré haciendo mayor? ¿Pensaron lo mismo mis profesores acerca de las decisiones estéticas de mi generación, pero justo al contrario? (Años de MTV, “íbamos vestidas de árboles de Navidad”, diría mi amiga Marta).

Las elecciones en el campo de la moda no serían más que una anécdota si no fuera por lo que tan burdamente revelan. Ante nuestros ojos se está materializando en nuestros jóvenes un interesado proceso de borrado de la identidad individual que tiene como objetivo la implantación de un pensamiento unitario y acrítico. Este, vendido como resistencia y desafío del status quo, es en realidad una fábrica de perfectos soldados sometidos a un sistema capitalista cuya existencia y poder de control los propios chavales ignoran. Ciudadanos, lo justo. Desde medios generalistas y canales de youtubers verborreicos con escasa cultura —también ellos en chándal, sentados frente a un micro que nunca duerme, como nuestros niños—, se cuestiona la autoridad del conocimiento y se deslegitima la jerarquía que antes nos permitía venerar el aprendizaje y deplorar la ignorancia.

Así, hoy día una parte de nuestros estudiantes nos confronta sin pudor en las aulas y despliega ante el docente un pensamiento crítico paradójico: cuestionan a quienes detentan la formación académica y otorgan carta blanca a influencers y tronaos variopintos que siguen por TikTok. Y entre teorías conspiranoicas y un planeta con forma de tortilla, les cuelan también, por qué no, su poquito de racismo, su pizca de xenofobia y su toque de machismo —una ideología posfascista diluida, al fin y al cabo, melón que no abriremos en este momento—, y con estos bueyes hay que arar luego en clase cuando se habla del funcionamiento del universo y del devenir histórico, de los grandes temas de la literatura, de Alonso Quijano, el Bueno, de Lorca y Machado, de Fuertes y su taquillera del metro.

Son a menudo chicos con buen fondo, las más veces desamparados, sin más referentes que el 'psicotralla' que se les aparezca en la pantalla a las dos de la mañana. Racistas en general, pero con un mejor amigo negro en particular; enemigos de la inmigración, pero votan como delegado a Mohamed

Quiero pensar que, con el tiempo, he aprendido a mirarlos y a acompañarlos con una mezcla de rigor implacable y compasión incondicional, si bien a diario me obligan a equilibrismos dignos del Circo del Sol. Porque son a menudo chicos con buen fondo, las más veces desamparados, sin más referentes que el psicotralla que se les aparezca en la pantalla a las dos de la mañana. Racistas en general, pero con un mejor amigo negro en particular; enemigos de la inmigración, pero votan como delegado a Mohamed; chavales que aseguran que se mudarían mañana a Andorra, pero que en la vida podrían pagarse un seguro privado; tipos implacables que el último día te dicen: “Lo has hecho súperbien, profe, y no te lo hemos puesto fácil” y se van.

No odian exactamente (el verdadero peligro social y político son los ejércitos en pantalón caqui y polo blanco, eso lo tenemos claro): se sitúan en un lugar nebuloso (útil) entre la desidia y la fuerza bruta. Y, a la vez, aunque prefiera no creerlo, sé que mañana podría verlos en Sol gritando bestialidades a los acampados. O algo peor.

Desde hace años, cierro el curso con un artículo de Juan José Millás. El texto se llama Un ataque político a las formas de vida (2013) y me sirve para pedir a los estudiantes que nunca renuncien a aprender, que cultiven la inteligencia y se rebelen contra la desinformación, que sigan imaginando —perdón por el cliché— un mundo más entusiasta y más bondadoso a través de las artes y la cultura. Escribe Millás: “El tipo verdaderamente peligroso es el que un sábado por la tarde se queda en casa leyendo Madame Bovary. (...) Ese chico es una bomba, ya que la realidad está hecha de palabras. Quien las domina tiene más capacidad de destrucción que un experto en explosivos”.

Este año la lectura resultó más compleja que nunca. “¿Qué pensáis que quiere decir aquí el autor?”. “Es que, a ver, no tiene razón [sic], porque si a todos nos gusta más pues ir, por ejemplo, al centro comercial el fin de semana, en plan, al cine a ver Spiderman, y no nos gusta leer, pues son nuestros gustos y hay que respetarlos”. “¿Y por qué creéis que ir al centro comercial y consumir nos gusta hoy más que coger un libro o ver una película que nos haga reflexionar?”. “Pues porque sí, profe, porque si estoy todo agobiado de estudiar, cuando tengo tiempo libre me apetece olvidarme de todo, dejar la cabeza en blanco y descansar”.

Y así siguió el debate hasta que se nos echó el timbre encima y los dejé ir, no sin pena. Un joven ejército por completo convencido, al servicio de nadie —es decir, de todo un sistema perfectamente armado— y entrenado para no pensar: hoy pantalón de algodón negro y sudadera negra, mañana también, y al otro lo mismo, igualito a todos los demás, yo de las vacunas esas no me fío, Trini, que tú te crees que lo sabes todo porque hayas ido a la universidad, y a quién vas a votar, profe, bua, ojalá pudiera votar yo ya.

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