'Verborrea': cómo acabaron los punkis de postal y el punk de escaparate
Una banda de punk de finales de los años ochenta formada por Seguis Tóxico, Johnny Cassettes, Lola Metralla y Kike. Un grupo surgido de las faldas del Valle de los Caídos, amamantados a la sombra del régimen. De eso habla Verborrea (hasta el 1 de noviembre en la Nave 10 Matadero de Madrid), que al mismo tiempo es también la historia de una generación —la del autor, Pablo Remón, y de los actores, Javier Cámara entre ellos— que nacieron de las fauces de una dictadura sin saberlo, que fueron descubriendo quiénes eran a golpetazo de dexedrina, speed y socialismo soft.
Para contar esa historia, Remón ha levantado una carpintería teatral de las más sólidas de toda su carrera. El término “carpintería” nada tiene que ver con la escenografía, sino con los mecanismos, reglas, trucos y sabiduría para componer la estructura de la obra, su ritmo y sus transiciones, y el arco emocional de los personajes. Porque esta es una obra de actores: de Israel Elejalde que es Seguis; de Emilio Tomé que es el bateria Johnny Cassettes; de Marta Nieto que es Lola; y de Kike, el hermano de Seguis y manager de la banda, que interpreta Javier Cámara.
Es impresionante cómo Remón conoce a cada actor, escribe para él, y le da espacio para que vaya construyendo con volumen y verdad su personaje. Con un dominio del salto temporal y la escenificación del recuerdo impresionantes, Remón apuesta siempre por un juego escénico que facilite la teatralidad. Cámara será a quien Remón encomiende “tirar del carro”. Suyo es el comienzo de la obra.
Un gesto de Javier Cámara
Un inciso. La obra está llena de humor al que ya podemos llamar 'remoniano'. El relato de Cámara sobre su padre, borracho en el bar del asentamiento donde viven —unas viviendas de Patrimonio Nacional de los trabajadores de mantenimiento del Valle de Cuelgamuros que hoy siguen en pie— es un gran ejemplo. En esa tirada de texto, llena de referentes bien patrios, Remón demuestra su capacidad para hacer emerger toda la cutrez amarga de este país a través de una hilaridad brillante. Cámara cabalga ese humor al galope, dando brío, matizando y metiéndose a toda la platea en el bolsillo.
Pero el gran ejemplo de esa carpintería a favor del actor son los dos papeles, en teoría secundarios, de la obra. Emilio Tomé y Marta Nieto son los que tradicionalmente llamaríamos personajes de reparto. Sin miedo a la caracterización, ambos se arrojan con valor a moldear desde el vértice, con la verdad en una mano y el riesgo de caer en el cliché en la otra. Tomé es el punkarra descerebrado, pero Remón va dejándole espacio para que el personaje vaya cogiendo aristas, encarnando la pureza de la entrega, de la amistad, siendo al final el más clarividente de todos ellos.
A su vez Remón despliega una alfombra a Marta Nieto. Y esta actriz experimentada, más asidua a la interpretación contenida, es capaz de tirarse a la piscina y echarse uno de los órdagos más grandes de su carrera. Nieto construye una Lola roquera de acento marcadísimo que es puro murcianismo lleno de vida. Ambos personajes se van ganando al público y lo que debía ser episódico se carga de verdad y dignidad.
Remón es consciente de los mecanismos y el espacio que cada actor necesita para brillar con luz propia. Es un placer verles con la cercanía que da la Nave 10 y así poder observar cómo van construyendo los personajes. Es un privilegio contemplar, por ejemplo, la solvencia de Cámara que es capaz de hacer reír o emocionar con un gesto, con un pequeño truco que funciona a la perfección. Pero, la obra, en verdad, es de Israel Elejalde.
Elejalde es Segismundo, el que tendrá que despertar del sueño que es la vida, el héroe trágico de esta obra. Y el madrileño lo borda. Seguis es el díscolo, el punki, el que decidió confrontar y atacar su herencia, la de un padre dogmático, brutal, fascista y castrante al que rechaza. Elejalde está gracioso, tiene charme arrabalero y canalla. Y hasta la peluca, un tanto heavy, eso sí, le queda perfecta. Pero al mismo tiempo, a sotto voce, el actor va construyendo un personaje luchador, frágil y equivocado. Es una lección actoral verle sostener la obra sobre sus hombros sin exhibición alguna, sabiendo que en los segundos planos está el misterio.
La segunda parte de la obra acomete la carrera de la banda. Tres discos de culto (Bakaziones nazis, Eskizofrenia pa ti y Parque de atracciones Valle de los Kaídos) y la sacrosanta caída en desgracia. Purismos de actitud punk y un talento justito hacen que todo descabalgue. La elección de que el desencadenante sea una conversación en el Viña Rock entre Seguis y Robe Iniesta es otro de esos aciertos que demuestran que Remón sigue en un gran momento. Lo de Iniesta citando a Foucault, “el sistema somos tú y yo”, es de otro planeta.
La comedia del fracaso y una sombra
Se emparenta esta obra, por temática, estructura y registro a aquel 40 años de paz, en el que Remón nos adentraba en una familia que habitaba la casa de un padre ausente, un militar fascista con dos hijos desnortados, envueltos en su sombra. En las últimas obras (Doña Rosita, Farsantes, Vania x Vania y El entusiasmo), Remón indagó sobre cómo desentrañar la realidad a través de capas de ficción en que lo imaginado y lo real se mezclaban, se confundían y convivían buscando el destello. Aquí Remón abandona esa línea y vira.
Alguien podría argüir que Verborrea es un teatro con acción escasa, donde los personajes nos cuentan su vida y que su final se sostiene en un golpe de guion final que acaba en moraleja. Y es cierto. Incluso la obra pierde el halo pinteriano de 40 años de paz, donde el espacio era otro personaje, el lenguaje era elusivo y los silencios abrían mundos no resueltos e inquietantes. Verborrea es una comedia tradicional, pero perfectamente hilada en la que Remón lo desplaza todo al poder metafórico.
La infancia a las faldas del fascismo, el nombre de Segismundo, esa juventud pretendidamente antisistema propia de los ochenta, el final con el sonido de los helicópteros que llegaron para desalojar a Franco un 24 de octubre de 2019; incluso la riada del 86 o el paso por Soto del Real de Kike por haber desfalcado a una tonadillera… Todo es un aguafuerte de estos últimos 50 años.
La obra se mueve entre dos planos semánticos, de significación: la sombra del padre que nos tocó por genes y aquel que heredamos políticamente. La fina tela que separa las vidas íntimas de los ciudadanos y la vida política y social del país. Ahí es donde Remón trabaja. La obra invita al espectador a ir haciendo paralelismos a lo largo de toda la obra, a llevar esa invitación a la metáfora hasta el extremo. Están bien esas comparaciones, a veces un tanto locas o exageradas, pero no tan descabelladas.
Seguis quiere ser punk, enfrentarse a ese padre desmedido y autoritario. Sobre aquella época Rosendo Mercado cantó en uno de sus temas más imprescindibles, Flojos de pantalón, aquello de: “Son la musa que inspira la ambición / Sueño de libertad / Noches al pie del cañón”. Antes, en el 84, La Polla Records lo dejaría incluso más claro en su tema Muy punk con aquel fraseo que decía: “Punki de postal, lalalala, punk de escaparate”. Si esa fue la contestación musical a 40 años de franquismo, si así fue el punk nacional, una visión algo reduccionista y quizá injusta aunque no exenta de trazas de verdad, ¿cuál fue, entonces, la contestación política? ¿Fue el PSOE el hijo punk del franquismo?
Ese tipo de preguntas sobrevuelan la obra, preguntas que indagan a una sociedad que se creyó contestataria y a la que Remón espeta que quizá no lo fue tanto, que quizá llevábamos al animal mucho más dentro de lo que creíamos. La obra acaba cansada, solitaria, con unos personajes gastados por el tiempo, descreídos, fracasados, mayores al fin y al cabo. Hoy, en el que más de media España está, física o mentalmente, en esa Puerta del Sol —las obras se resignifican por lo que pasa al otro lado de la puerta de la sala de teatro— este final, que es el de toda una generación, debería alertar a las nuevas.
--
Veroborrea tiene previstas estas fechas por España: 6, 7 y 8 de noviembre en el Teatro Soho de Málaga. 14 de noviembre en el Teatro Mira de Pozuelo (Madrid). 20 de noviembre en el Teatro Félix Petite de Vitoria. 28 de noviembre en el Teatro Falla de Cádiz. 2 de diciembre en el Teatro Gayarre de Pamplona. 4 de diciembre en el Festival Temporada Alta (Girona). 11 de noviembre en el Teatro Romea de Murcia. 18 de noviembre en el Teatro Bretón de Logroño. En Barcelona, estará en el Teatro Coliseum, del 29 de diciembre de 2026 al 17 de enero de 2027. En Valladolid, estará los días 13 y 14 de marzo de 2027 en el Teatro Calderón.
0