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Las supervivientes del Patronato franquista ven 'Ruega por nosotras', la película que retrata su horror: “Tendría que ser obligatoria en los colegios”

Zoe Bonafonte como Ana, protagonista de la película 'Ruega por nosotras'

Laura García Higueras

6 de noviembre de 2026 22:22 h

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Consuelo García del Cid tenía 16 años cuando sus padres la enviaron al Patronato de Protección a la Mujer, la institución que Franco puso en marcha en 1941 para redimir a todas las “descarriadas”, las chicas que no encajaban en el molde impuesto por su moral. Su rutina consistió en fregar, trabajar en talleres, rezar, no poder hablar con sus compañeras, leer y recibir cartas siempre bajo la supervisión de las monjas, fregar, rezar, callar. También se autolesionó la cara, golpeándose hasta desfigurarse para intentar que, cuando su madre la visitara al día siguiente, comprendiera que tenía que sacarla de allí. Pero no pasó.

Cuando finalmente consiguió marchar, en 1976, prometió a sus compañeras que “el país entero se enteraría” de lo que les habían hecho. Lo plasmó en varios libros, como Ruega por nosotras, pilar fundamental de la película a la que el director Daniel Monzón ha dado el mismo nombre, y que acaba de llegar a las salas.

Consuelo García del Cid pidió ver el largometraje antes de su estreno, sola –se han hecho otros pases conjuntos con supervivientes del Patronato en diferentes ciudades de España–, y reconoce que salió “absolutamente noqueada”. El personaje de Ana, la protagonista que encarna Zoe Bonafonte, está inspirado en ella, y fue precisamente una escena en la que se magulla el rostro la que más le hizo revolverse en la butaca: “Me devolvió a ese momento y me permitió ser consciente, a mis 68 años, de cómo pude hacerme esa barbaridad. Pude haber muerto”.

El filme refleja los trabajos forzados a los que sometieron a las adolescentes entre 1941, desde que Franco pusiera en marcha el entramado de centros, hasta 1985, cuando finalmente se cerraron. Diez años después de la muerte del dictador. María Forns, que acababa de cumplir 16 años cuando la encerraron, también enviada por sus padres, recuerda tejer peluches gigantes de Panteras Rosas. A Itziar, sin embargo, se le quedó grabado la cantidad de colchones de lana que tuvo que descoser, varear y volver a bordar.

Mujeres “completas” e “incompletas”

Algunas adolescentes fueron internadas a petición de sus padres, pero otras muchas por motivos desde participar en manifestaciones contra Franco, que les gustaran los Beatles, fumaran o desobedecieran en casa. Ninguna había cometido ningún delito. Nada más ingresar en estos centros, se les sometía a una exploración ginecológica, como la que experimenta Ana en la película, para comprobar si estaban “completas” o “incompletas”, en función de si llegaban o no vírgenes. Muchas de ellas estaban embarazadas, como Itziar, a quien su madre echó de casa precisamente por este motivo.

Las seis supervivientes del Patronato consultadas para este reportaje

“Al ser monjas, entendías que era un lugar en el que te iban a cuidar, pero la realidad es que entrabas en una cárcel. Que estaba allí por ser una puta es lo más bonito que me dijeron”, reconoce. Desde que ingresó en el centro Maternidad de Peña Grande, intentaron convencerla de que debía dar a su bebé en adopción. No le vio ningún médico durante el embarazo, y tuvo que dar a luz allí, sobre una camilla de acero inoxidable, sin epidural. “Vinieron de nuevo con los papeles en el parto, mientras empujaba, para que firmara”, recuerda. No lo hizo.

Itziar consiguió escapar porque tenía trabajo en un comercio antes de entrar en el Patronato. En una de las salidas para cumplir con su jornada laboral, envolvió con una toquilla a su hija, la tapó con su chaqueta y fue a pedir ayuda a su madre. Allí le esperaba también su padrastro, que desde pequeña abusó de ella. “Preferí recibir palizas, pero que mi hija estuviese cuidada”, comenta ahora. Más de cincuenta años después, sigue viviendo con su hija y juntas fueron a ver Ruega por nosotras.

Itziar junto a su hija, ya con un año, tras nacer en el Patronato

“Me gustó. Salí llorando como una magdalena porque me veo reflejada”, comenta sobre cómo se sintió durante el visionado. Afirma estar “agradecida” porque Daniel Monzón haya rodado este filme, aunque considera que “no lo han puesto tan duro como era”.

En la misma línea se sitúa Loli Benito, otra superviviente que muestra más reticencias. “Era impensable que le levantaras la voz a una monja –como sí hace el personaje de Zoe Bonafonte en la película–, porque si lo hacías te comías un aislamiento como una catedral”.

Ella entró en 1982, embarazada tras ser violada por su propio padre. También dio a luz dentro del centro, poco antes de que su madre muriera. Su padre consiguió que al año siguiente le concedieran permiso para sacarla cuatro días, una Semana Santa. Volvió a violarla. Volvió a dejarla embarazada. Volvió a dar a luz dentro del centro. “Me quitaron los dos niños”, explica sobre los hijos a los que tardó 27 años en encontrar. Pese a su descontento con el guion, Loli Benito celebra que la película vaya a servir para dar visibilidad: “Si decimos que se ha quedado corta, la gente va a querer saber más”.

La subasta de adolescentes

“Es un peliculón, está muy bien hecha, con mucho respeto y consideración, sin buscar la carnaza”, opina Paca Blanco, presidenta de la Asociación para la Memoria y la Reparación de las Supervivientes del Patronato de la Mujer 'Las Olvidadas', que fundaron el pasado mes de septiembre para preservar su memoria, testimonios, facilitar el acceso a la verdad y promover medidas de justicia, reparación y garantías de no repetición. Ella vio la película en Madrid junto a otras treinta compañeras, entre las que estaba también Carmen Álvarez. “Salimos todas llorando, se nos removió todo”, coinciden.

Paca Blanco es consciente de las fugas de adolescentes que aparecen también en la película, ya que ella se escapó hasta cuatro veces en los sesenta. “Fregábamos las instalaciones, estábamos todo el día rezando. No podíamos hablar. No querían reformarnos ni nuestro bien, era un experimento nazi, para hacer de nosotras mujeres dóciles, sumisas, devotas, esposas y madres del régimen”, comenta.

Varias de las adolescentes, fregando en uno de los centros del Patronato

“La mayoría de las que estábamos allí no teníamos salida. O te metías a monja, como pasa en la película, o te casabas, que también se ve. Unas tragaron y se metieron a novicias, otras nos buscamos un marido sobre todo porque algunas estábamos embarazadas y corríamos el riesgo de que trapichearan con nuestros hijos. Y en esa época, al buscarte un marido deprisa y corriendo, te casas con un maltratador”, lamenta al recordar su propia historia.

Silencio, llantos y aislamiento

En el expediente de Carmen Morán figura que el motivo de su ingreso en el Patronato fue ser “rebelde”. Tenía 13 años cuando entró en 1974 y 16 cuando salió en 1976. Durante aquel periodo asegura que vio “de todo, niñas que se tiraban por la ventana, una chica anoréxica a la que enviaron a un psiquiátrico, embarazadas que desaparecían”. En su centro dormía “encerradas” junto a veinte compañeras y una monja.

“No podías recibir cartas que no hubieran pasado por ellas. Si interpretaban algo que para ellas no era normal, te sometían a interrogatorios que te volvían loca. Llegué a decirle a todos mis amigos que no me escribieran. Solo tenía conexión con mi madre, que me llamaba un cuarto de hora los viernes, intervenida. Allí eras una mierda”, asegura.

Consuelo García del Cid, en su último día antes de ingresar en el Patronato

En Ruega por nosotras, el motor que lleva a las jóvenes protagonistas a sobrevivir al calvario que padecían en reformatorios es la amistad que se forja entre ellas, pero las supervivientes consultadas para este reportaje señalan que aquello era muy complicado porque estaban todo el rato controladas.

“No podíamos tener relación emocional con ninguna compañera porque decían que eras sospechosa de tortillera, y eso significaba que te podían enviar a otros centros por enfermas mentales. Ahí te sometían a electroshocks y todo tipo de barbaridades”, expone. María Forns señala que hasta que no entró en el Patronato “no había oído nunca lo que era el lesbianismo” y que fue ahí donde descubrió que “las chicas a veces se gustan y que esto era muy perseguido”. Todo ello sembró el ambiente de terror que se respira en la película de Daniel Monzón. “Nos machacaron vivas”, lamenta Carmen Álvarez, “cuando te ibas a dormir lo único que escuchabas eran llantos sordos”.

Contra el imperio del silencio

Unos llantos que se escuchan en el filme y resuenan en el recuerdo de las supervivientes. Itziar reconoce que aún hoy, a sus 75 años, cada vez que se mete en la cama le da miedo cerrar los ojos: “Me viene constantemente aquello que viví. Lo revivo una y otra vez”. Ver Ruega por nosotras también lo ha hecho, y precisamente por ello reivindica que la película “tendría que ser obligatoria en los colegios, institutos y universidades, para que la gente sepa qué pasaba”.

Carmen Álvarez subraya que esta fue una realidad a la que estuvieron sometidas miles de mujeres, entre las que muchas no se lo han contado aún ni a parejas, hijos ni familiares por vergüenza, de ahí a que estén recomendando que la gente vaya a verla: “La película refleja que no tuvimos la culpa, que éramos víctimas de un sistema y una represión que nunca debió existir. No queremos seguir silenciadas”.

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