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Cómo se organiza la huelga del 11N para parar un país por la vivienda
Opinión - 'En el punto de mira', por Rosa María Artal

Cómo se organiza la huelga del 11N: del desahucio de Maricarmen a parar un país por la vivienda

Voluntarios del Sindicat de Llogateres y de Comisiones Obreras reparten octavillas en Valencia

Laura Olías / Germán Aranda Millán

6 de noviembre de 2026 22:22 h

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Una huelga no se convoca, “una huelga se organiza”. Es casi el grito de guerra de muchos sindicalistas estos días en España, a solo unas jornadas del paro general inédito del 11N por la crisis de la vivienda, que impulsó el Sindicato de Inquilinas y se vio respaldo por los sindicatos mayoritarios del país, así como multitud de minoritarios. Recogieron la “chispa” de indignación de la sociedad ante el doloroso desahucio de Maricarmen y desde entonces impulsan para convertirlo en un gran paro laboral el próximo miércoles. Es una huelga atípica, lo que supone un reto, pero también “histórica”, dicen los más optimistas, sobre todo para los más jóvenes. Es la primera gran huelga general en 14 años.

En las últimas semanas, se suceden por todo el país asambleas de trabajadores y trabajadoras de sindicatos de muy distinto signo, desde CCOO y UGT, hasta CGT, LAB o CIG, que explican los motivos de la huelga general, motivan a las plantillas, resuelven dudas sobre el derecho constitucional y, en general, sobre cómo participar. A la vez, se multiplican las asambleas de barrio en muchas ciudades, gracias sobre todo al Sindicato de Inquilinas, impulsor del movimiento vecinal y de asociaciones surgido al calor de la acampada del 26S, desalojada ahora hace unos días.

Una bicefalia que da cuenta de lo inédito de este paro. Es laboral, pero surge de un enorme malestar social. De llenar las calles de indignación a vaciar los centros de trabajo como movilización política, y no al revés.

Cuando estaban levantando los andamios de la ilusión y la rabia para secundar el paro, la tragedia ferroviaria de Urda supuso un mazazo para el conjunto del país. Tras unos días de conmoción, y atravesados aún por el accidente, los organizadores han retomado la agenda para la movilización, pero conscientes de que el estado de ánimo del país ha cambiado. El suyo también.

Por eso ha dolido e indignado tanto el intento del PP de enfrentar la huelga con las víctimas del accidente. “Es patético”, denunciaba hace unos días en una entrevista en elDiario.es Alicia del Río, portavoz del Sindicato de Inquilinas. Los líderes de CCOO y UGT, Unai Sordo y Pepe Álvarez, lo tacharon de “insultante”.

“No me llega”: se llama vivienda y se apellida salarios

Una vez recogen el guante a las inquilinas, los sindicatos ha empezado a mover una maquinaria que conocen bien, la de la huelga, pero que en el caso de un paro general de país hace tiempo que no engrasaban. Ni más ni menos que 14 años. En los últimos años, ha habido paros relevantes, como el feminista del 8M de 2018, pero no sumó a los sindicatos mayoritarios a una movilización de 24 horas.

Ahora, se trata de nuevo de parar la fuerza laboral del país en la medida de lo posible, aunque las organizaciones de trabajadores son conscientes de que no están ante la España de los 80, donde las huelgas generales detenían por completo la actividad productiva. Ahora aspiran a un paro “relevante”, a vaciar muchos centros de trabajo y, sobre todo, a llenar las calles por la tarde en manifestaciones masivas a lo largo y ancho del país.

Una frase que repiten varios delegados y delegadas en una asamblea de trabajadores de Getafe (Madrid) de los sindicatos mayoritarios aúna los motivos del paro del 11N. “No me llega”. Personas con trabajo, a veces que logran subidas salariales incluso, pero que ven como el salario se les esfuma entre los dedos tras pagar bienes básicos. Sobre todo la vivienda, pero también los alimentos y energía en el contexto de inflación que vivimos desde hace años.

La vivienda incluso expulsa a los trabajadores de sus hogares. “Nos obligan a irnos, al extrarradio del extrarradio, nos quitan tiempo en transporte público. Tiempo con nuestra familia y dinero en transporte”, critica Miguel Ángel Kamisato, trabajador y delegado de CCOO en el sector de la limpieza. “Nuestros compañeros sienten que por mucho que trabajen, su vida no mejora”, comparte Sandra Luna Fernández, delegada de UGT en Carrefour.

Los sindicatos están tratando de reunir todo ese malestar y ponerle nombre, apellido y contexto. Generar conciencia y movilización. Es el resultado de la crisis desbocada de los precios de la vivienda, pero también de unos salarios que no suben “tanto como deberían”, denuncian, en un contexto de beneficios empresariales récord. Es también fruto de la falta de servicios públicos y el papel del Estado en las políticas de vivienda, pero no solo, con una privatización creciente de la sanidad y la educación, que llevan a las familias a pagar servicios que antes les ofrecía lo público.

“En el descanso, en el café, entre llamada y llamada si podemos respirar, en la salida, en cualquier momento”, instruye la responsable sectorial del Contact Center de CCOO en una asamblea a delegadas y delegados de preparación para la huelga. “A transmitir el mensaje con ilusión. Va a ser un día superbonito. A transmitir toda la fuerza que tiene el sindicato”, anima al resto.

Asamblea de delegados y delegadas de CCOO y UGT en Getafe (Madrid) de preparación de la huelga del 11N.

“La huelga va cogiendo pulso. Hay mejor ambiente del esperado al inicio”, explica Javier Pacheco, responsable de Acción Sindical de CCOO, que reconoce que en algunos ámbitos el paro por la vivienda pilló un poco por sorpresa, aunque las centrales de trabajadores llevaban meses hablando con las inquilinas. “El sector industrial parará bien y el comercio mejor que en otros paros, porque también les está afectando mucho los precios de los alquileres”, explica.

Entre los retos, cuentan por primera vez con posibilidades de “esquirolaje tecnológico”, tanto por ser la primera huelga con teletrabajo significativo en España, como por la posibilidad de automatización de tareas. Prácticas a las que están vigilantes, pero que son “muy difíciles de controlar”, advierten en CCOO.

En UGT, Fernando Luján, vicesecretario general de política sindical, coincide en que “las bases están respondiendo muy bien” a la movilización de la huelga y, especialmente, están conectando con muchos trabajadores y trabajadoras jóvenes, menos cercanas a los sindicatos.

“La juventud lleva semanas dándonos lecciones bastante potentes”, coincide Miguel Fadrique, secretario general de CGT, que destaca su papel central en la movilización por la vivienda y las acampadas y que ahora desde el sindicato tratan de vehicular y conectar con la movilización laboral, que en muchos casos les es ajena. “Hay una parte de la clase trabajadora que le falta un poco de conciencia obrera y de huelga”, explica Fadrique, para lo que este 11N no es solo un desafío, sino también una oportunidad.

La huelga también se calienta en los barrios

Por parte del Sindicato de Inquilinas, la acción sobre la huelga se canaliza a través de una aplicación donde se visualizan perfectamente las actividades y los barrios donde tiene lugar, Toka. A cinco días para la huelga, se han registrado más de 8.800 personas en la aplicación en 290 comités diferentes alrededor de España, con 1.899 actividades convocadas. Pegadas de carteles, reparto de octavillas, puntos informativos, chocolatadas... el despliegue en las calles busca resolver dudas, convencer a los que dudan y dar a conocer la huelga a quienes no conocen sus derechos o su mera existencia.

Imagen de archivo de la movilización promovida por el Sindicato de Inquilinas de Zaragoza.

En los barrios, las asambleas abiertas organizan toda esta acción. Asistimos a una en Arganzuela, en la que se cuentan 23 personas. Prefieren que sus nombres no aparezcan y que no se den detalles de las acciones concretas convocadas para el día de la huelga. Hay varios profesores que además están implicados en la huelga de educación, un informático, un técnico electricista, una diseñadora, personas que militan en el Sindicato de Inquilinas y personas que no, dos militantes de la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS), un jubilado, vecinos del barrio.

Debaten sobre la chocolatada de barrio que se celebra el domingo para defender y dar a conocer la huelga a tres días que se celebre, sobre pegadas de carteles, reparto de octavillas, poner pegatinas en las bicicletas de Bicimad. Un militante explica que los antidisturbios les han retenido e identificado e impedido desplegar una pancarta en la M-30, los profesores explican su experiencia divulgando la huelga en los colegios y algunos que han repartido información a la salida de centros de trabajo reconocen que “a muchos cuando salen de trabajar no les apetece hablar”.

Se preguntan si se han sentido cómodos en las diferentes acciones y se plantean cómo hacerlo mejor o cómo dinamizar zonas menos conectadas con la huelga. Resuelven cuestiones logísticas como quien tiene un termo para la chocolatada o de dónde van a sacar las sillas y mesas. Son temas que se ponen encima de la mesa en la asamblea, pero que les acompañan también en grupos de WhatsApp.

A las asambleas de barrio no solo se llega a través del Sindicato de Inquilinas. Aunque es el colectivo con más fuerza y capacidad de movilización en clave de vivienda y quien convocó la huelga, al calor de la acampada de Sol se han reactivado y conectado movimientos vecinales. La acampada sigue organizando la acción de protesta mediante cuatro nodos, el Sur, el Norte, el Centro-Oeste y el Este, que aglutinan cada uno a diferentes barrios y municipios del área metropolitana y la sierra de Madrid. Desde ellos, se organizan acciones en barrios que no tienen asambleas y comités propios o bien se coordinan y se deriva a las personas a las organizaciones de sus barrios. Son las reuniones que, desde la acampada, nacieron para recuperar y reactivar el activismo en los barrios como sucedió en el 15M.

Aunque los nodos no son organizadas por el Sindicato de Inquilinas, sino por la Acampada, es común que asistan personas del sindicato o que las asambleas de barrio a las que se deriva desde ellos sean las mismas que aparecen en la aplicación de Toka, del Sindicato de Inquilinas. Los diferentes movimientos vecinales por la vivienda u otras causas y ciudadanos comprometidos sin militancia se van encontrando y fusionando en las actividades concretas. No hay división, hay organizaciones diversas que interactúan.

Sindicatos y Llogateres llaman a 2,2 millones de trabajadores a la huelga y a no consumir.

En un reparto de octavillas desde un punto informativo del barrio de Arganzuela, comprobamos cómo es la interacción con los vecinos. Héctor, fotógrafo de 28 años independiente, no afiliado al sindicato, y Paula, de la misma edad, funcionaria interina y militante en la asamblea de juventud del barrio, se dirigen a quien pasa cerca de la mesa puesta en el aparcamiento de la Casa del Reloj, frente al Matadero.

“¿La manifestación dónde y cuándo es? Que tengo que organizarme la semana”, pregunta una vecina. “Nosotros ya no podremos hacer huelga. Pero no te preocupes que a la manifestación iremos”, comenta un jubilado. “Ah, pues no sabía que había huelga, intentaré hacerla”, dice una vecina despistada. Otros pasan de largo sin interés, pero la sensación que predomina es de conocimiento e implicación con el paro.

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