La última huelga general no fue en 2012: el 8M reivindica la raíz feminista que inspira el paro por la vivienda
La última huelga general no fue el 14 de noviembre de 2012, aunque, en función de algunas declaraciones, pudiera parecerlo. Retroceder hasta 2012 obvia el precedente más claro del próximo paro por la vivienda: las huelgas generales feministas de 2018 y 2019 que movilizaron al país. La convocatoria era heterodoxa: lejos de la imagen de los paros tradicionales que paraban la industria, el movimiento feminista llamaba a darle una vuelta completa al concepto de huelga. ¿Para qué sirve una huelga? ¿Qué hacemos con los trabajos de cuidados que no se pagan pero que sostienen la economía y que hacen mayoritariamente las mujeres? ¿Y con el consumo? ¿Pueden ser los paros herramientas que superen las reivindicaciones laborales para plantear propuestas que transformen la sociedad? La huelga del 11 de noviembre nace de preguntas similares y bebe de una movilización que resultó un punto de inflexión.
El 8 de marzo de 2018 arrancaba la primera huelga general feminista de la historia de nuestro país. El primer paso lo había dado el movimiento feminista argentino un año antes al convocar el Primer Paro Internacional de Mujeres, que supuso fuertes movilizaciones en el país y que fue replicándose en otros lugares. La convocatoria desbordaba la idea tradicional de huelga, por el fondo y por las formas.
Por el fondo, porque no se trataba de responder a un conflicto laboral, sino de generar un movimiento que pusiera sobre la mesa las violencias machistas, la desigualdad legal y simbólica o las discriminaciones de todo tipo que sufren las mujeres. Por la forma, porque no solo apelaba al empleo asalariado, sino a los trabajos de cuidados no remunerados y al consumo. Porque si una fábrica para, alguien sigue haciendo la comida, atendiendo a los niños o cuidando de las personas dependientes.
“Las huelgas de 2018 y 2019 abrieron la posibilidad a hacerlas desde un lugar diferente. Había una necesidad de ampliar el sujeto de la huelga, el concepto de trabajo, pensarlas desde otro lugar distinto al del centro de trabajo, construirlas de manera más abierta y horizontal”, explica Ana Useros, que ya entonces participaba en la Comisión 8M, y que resume lo sucedido entonces como un proceso que “resignificó” el concepto de huelga.
Por eso, prosigue, cuando se planteó la posibilidad de un paro general por la vivienda, el vínculo con el 8M fue “instintivo”: “Pensamos 'esta es de las nuestras' porque no es una huelga laboral o de producción y ya, es una huelga por la vida que se piensa desde los movimientos sociales y se organiza desde las bases hacia fuera y a la que después se suman los sindicatos”.
La portavoz en Catalunya del Sindicato de Inquilinas, Carme Arcaranzo, subraya que el 8M ha sido “un referente” para llegar a la huelga del 11N porque mostró “que las huelgas en el siglo XXI son en muchos más sitios que en las fábricas, que pueden salir desde fuera de las estructuras sindicales clásicas”.
“También nos enseñó que nuestra fuerza de trabajo no solo está dentro de nuestro horario laboral, sino que el trabajo reproductivo importa y también explota. Y ahora decimos que fuera de nuestros trabajos, cuando llegamos a casa, también nos siguen explotando los rentistas o los bancos, los que nos roban el sueldo para acceder a un techo”, asegura,
Influir en la política
Tanto en 2018 como en 2009, CCOO y UGT no convocaron huelga general, sino paros parciales, a pesar del debate interno: muchas sindicalistas feministas presionaron para que sus organizaciones 'vieran' el paro completo. Finalmente, fueron las centrales minoritarias las que dieron amparo legal al paro de 24 horas. Ocho años después, los sindicatos mayoritarios no han dudado en sumarse a la huelga por la vivienda. “La gente lo ha entendido muy bien. Es el momento, el sindicato tiene que responder al clamor de la calle, el 8M fue clave”, dice la secretaria confederal de Mujeres de CCOO, Carolina Vidal, quien cree que en 2018 las centrales tomaron sus decisiones “con los mimbres que había entonces” y que el momento, hoy, es distinto, en parte precisamente por el “punto de inflexión” que macaron los paros feministas.
“Esta es una huelga política, como todas. Y es distinta porque los sindicatos mayoritarios convocan a la ofensiva, y no a la defensiva, porque no ha habido un ataque específico, es que queremos influir en la política porque tenemos vidas que no podemos vivir con dignidad. A pesar de que los salarios han subido con claridad, es imposible hacer frente al precio de la vivienda y a la subida de los precios. La macroeconomía va a toda pastilla y a la ciudadanía mientras le cuesta vivir, es una situación invivible”, diagnostica Vidal. La sindicalista subraya que una parte importante será la huelga laboral pero que se trata de que haya una “movilización social que arrope una reivindicación social”.
Los precentes son aún anteriores a 2018. En los dos paros generales que se convocaron en España en 2012, grupos feministas ya llamaron a una huelga de cuidados y colectivos de empleadas de hogar organizaron piquetes. Y en 1975, las mujeres de Islandia secundaron de manera masiva una huelga para pedir igualdad laboral pero también la distribución de los cuidados como premisa para que hubiera, también, una redistribución del empleo asalariado y de la riqueza.
El feminismo quería disputar qué es una huelga general y para qué la hacemos, un propósito idéntico al del paro por la vivienda. Porque la desigualdad está lejos de generarse solo en el centro de trabajo y en el salario.
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