El futuro será tan brillante que tendremos que usar gafas de sol
Tengo la sensación de que estamos discutiendo sobre el color de las cortinas mientras alguien está cambiando el edificio entero. Nos preocupamos por si un alumno usa Chat GPT para hacer los deberes, por si una IA ha copiado demasiado a un ilustrador, o dónde hay que colocar la etiqueta que diga “contenido generado artificialmente”. Todo asuntos respetables, importantísimos, urgentísimos y probablemente, dentro de diez años, bastante irrelevantes. Es entrañable. Es como si en 1908 hubiésemos organizado un congreso internacional para decidir si los coches podían aparcar delante de las cuadras. No digo que todas esas discusiones sean inútiles. Algunas son necesarias.
No estamos ante una nueva aplicación, ni ante otro teléfono más listo, ni ante Internet 3.0. Estamos entrando en algo bastante más bestia: la posibilidad de fabricar inteligencia y, además, meterla dentro de máquinas capaces de actuar en el mundo físico. La Revolución Industrial multiplicó nuestros músculos. Internet multiplicó nuestra capacidad de comunicarnos. La inteligencia artificial puede multiplicar nuestra capacidad de pensar, crear, decidir, investigar y producir. No sé ustedes, pero a mí eso me parece ligeramente más importante que el metaverso.
HAL 9000 ya está aquí. Skynet está a dos telediarios. Y antes de que alguien llame al departamento de fact-checking: no, no estoy diciendo que el martes aparezca Terminator desnudo en la plaza del pueblo preguntando por Sarah Connor. Estoy diciendo algo más prosaico y seguramente mucho más trascendente: las máquinas empiezan a hacer cosas que hasta hace cinco minutos jurábamos que eran exclusivamente humanas. Nos dijeron que una máquina nunca escribiría. Escribe. Que nunca crearía imágenes. Las crea. Que nunca programaría. Programa. Que no razonaría. Razona, o hace algo suficientemente parecido como para que media humanidad se pase el día discutiendo si podemos llamarlo razonamiento. Y mientras mantenemos esa interesantísima tertulia metafísica, los modelos siguen mejorando.
Lo inquietante es que ni siquiera entendemos del todo cómo aparecen algunas de sus capacidades. De los procesos de entrenamiento emergen comportamientos, estrategias y formas de resolver problemas que nadie ha escrito instrucción por instrucción. Esa capacidad emergente es justamente parte de su potencia y también parte del riesgo. Pero hay algo todavía más divertido: llegan los robots.
Durante años los vimos bailar, saltar y hacer piruetas y pensamos: qué monos. Un Tamagotchi de 80 kilos y tres millones de dólares. Ahora empieza otra fase. El problema de algunos robots humanoides ya no es simplemente conseguir que levanten una caja. El problema empieza a ser si caben por el pasillo, dónde se recargan, qué certificación necesitan, cómo trabajan junto a humanos y si salen rentables. Es decir: el cuello de botella empieza a dejar de ser exclusivamente tecnológico para convertirse en industrial.
Y ahí es donde la cosa se pone seria. Porque las revoluciones no empiezan cuando una máquina hace una pirueta impresionante en YouTube. Empiezan cuando un director financiero abre un Excel y descubre que esa máquina le ahorra dinero. El día que un robot humanoide se amortice en dieciocho meses no hará falta ninguna película de ciencia ficción. Bastará un PowerPoint. Y créanme: un PowerPoint con un buen retorno de inversión ha destruido más empleos que Terminator.
Lo curioso es que seguimos hablando del futuro como si fuese una propuesta legislativa que pudiéramos aprobar o rechazar. Como si hubiera una ventanilla donde pudiéramos decir: “La inteligencia artificial, vuelva usted mañana”. No va a ocurrir. China no va a dejar de desarrollar robots porque en Europa estemos elaborando el reglamento definitivo sobre cómo debe comportarse un algoritmo. Estados Unidos no va a apagar sus centros de datos hasta que terminemos de decidir qué asignatura universitaria debería estudiar un prompt engineer. Y ninguna empresa va a renunciar a una tecnología que duplica su productividad porque nosotros consideremos que las cosas iban estupendamente en 2007.
Podemos regular el futuro. En determinados aspectos debemos hacerlo. Lo que no podemos es abolirlo. Hay una diferencia entre poner cinturones de seguridad en los coches y prohibir los coches para proteger a los fabricantes de carruajes. Y algunas veces tengo la sensación de que buena parte del debate occidental consiste en reunir a los mejores expertos disponibles para estudiar cómo salvar la industria del carruaje. Mientras tanto, los caballos ya han visto venir el problema.
El verdadero terremoto no será que desaparezcan determinados empleos. Eso ha ocurrido en todas las revoluciones tecnológicas. Lo realmente nuevo es que estamos automatizando la capacidad de automatizar. Piénsenlo. Un trabajador humano aprende una profesión durante años. Una inteligencia artificial puede adquirir una nueva capacidad y replicarse un millón de veces. Un abogado humano puede revisar cierto número de documentos al día. Un sistema puede revisar miles. Un profesor puede atender a treinta alumnos. Un tutor de IA puede atender a treinta millones y explicar las fracciones utilizando fútbol, Pokémon o Rosalía si con eso consigue que el niño las entienda de una maldita vez. Un programador puede escribir una cantidad determinada de código. Una empresa puede desplegar cientos de agentes trabajando simultáneamente. Un científico dispone de veinticuatro horas al día y, salvo casos académicos especialmente preocupantes, necesita dormir. Una máquina no.
Cuando la inteligencia se abarata, todo aquello cuyo precio depende de la inteligencia empieza a cambiar. Y ahí está la parte que olvidamos cuando nos ponemos apocalípticos. Esto puede salir extraordinariamente bien. Podemos imaginar asistentes médicos capaces de ayudar a detectar enfermedades mucho antes, tutores personales para cualquier niño, investigación científica acelerada, nuevos medicamentos, mejores materiales, energía más barata, empresas de diez personas produciendo lo que antes exigía quinientas, traducción universal, burocracia automatizada… Bueno, esto último quizá sea fantasía científica. Si una IA consigue algún día presentar correctamente a la primera una ayuda pública española sin que falte el Anexo VII-B bis, entonces sí: habremos alcanzado la superinteligencia.
Naturalmente habrá destrucción. Habrá empresas que desaparecerán, trabajadores que sufrirán, profesiones que se reducirán y sectores enteros que pedirán protección. Habrá fraudes, estafas, basura digital, monopolios y cantidades industriales de idiotas utilizando una tecnología brillantísima para hacer estupideces a una velocidad nunca conocida. Somos humanos. Tampoco pidamos milagros. Y existen riesgos serios. Cuanto más capaces sean estas máquinas, más importante será asegurarnos de que podemos controlarlas. No se trata de ponerse una camiseta de Silicon Valley y gritar “¡disrupción!” mientras entregamos alegremente las llaves del planeta.
Pero tampoco podemos convertir el miedo en una política económica. Porque el mayor riesgo quizá no sea que lleguen las máquinas. El mayor riesgo puede ser que lleguen, transformen el mundo y nosotros nos encontremos todavía celebrando una mesa redonda sobre cómo proteger el mundo anterior. Habrá países que utilicen la IA y la robótica para producir más, investigar más y crear nuevas industrias. Y habrá países especializados en impedir que cambie nada. Luego los segundos organizarán una comisión para investigar por qué se han hecho más pobres. Unos países pueden aprovechar estas tecnologías para crear producción, salarios e industrias nuevas; otros pueden intentar conservar durante demasiado tiempo una economía que ya está cambiando.
Por eso me aburren un poco las predicciones exactas. ¿Cinco años? ¿Diez? ¿Quince? Ni idea. Cualquiera que dé una fecha exacta para estas cosas debería acompañarla de los números de la lotería del sábado. Puede que los robots humanoides decepcionen. Puede que determinadas mejoras de la IA se ralenticen. Puede que aparezcan límites energéticos, técnicos o económicos. La historia de la tecnología está llena de futurólogos que prometieron coches voladores y acabaron dándonos patinetes eléctricos tirados en la acera.
Pero discutir la fecha no cambia la dirección. Esto ya está ocurriendo. Y cuando una tecnología mejora simultáneamente en capacidad, coste, autonomía y facilidad de uso, la pregunta interesante deja de ser si llegará. La pregunta es qué estaremos haciendo nosotros cuando llegue.
Seguimos preparando niños para exámenes que una máquina puede resolver en segundos. Seguimos diseñando universidades como si el conocimiento escaso estuviera encerrado en una biblioteca. Seguimos legislando el trabajo como si el modelo laboral de 2035 fuese a parecerse necesariamente al de 1995. Seguimos hablando de productividad como si poner a una persona ocho horas delante de una pantalla fuese una ley de la naturaleza establecida por Moisés en una tabla de piedra. Quizá haya que empezar a cuestionar algunas cosas. Porque el mundo que viene no necesita que trabajemos más. Necesitará que sepamos qué hacer con máquinas que trabajan muchísimo.
Y ahí soy optimista. Muy optimista. Todas las grandes tecnologías humanas empezaron provocando miedo porque todas destruyeron una parte del mundo conocido. El fuego también era peligrosísimo. La electricidad mataba. Los coches atropellaban. Internet iba a acabar con media economía y, efectivamente, acabó con una parte para crear otra mucho mayor. La inteligencia artificial hará daños. Pero también puede multiplicar brutalmente nuestras capacidades.
Por primera vez estamos construyendo herramientas que ayudan a construir herramientas, máquinas que ayudan a descubrir y sistemas capaces de extender nuestra inteligencia. Eso puede ser aterrador. También puede ser maravilloso. Quizá dentro de veinte años miremos 2026 como hoy miramos los primeros años de Internet y nos preguntemos cómo pudimos no verlo venir. Aunque no será verdad. Lo vimos venir perfectamente. El problema es que estábamos demasiado ocupados discutiendo si los alumnos podían usar Chat GPT para hacer los deberes.
El futuro no va a pedir permiso. No va a esperar a que terminemos el informe, publiquemos el reglamento y nombremos una comisión de seguimiento. Ya ha entrado. Está sentado en el salón. Se ha conectado al WiFi. Y probablemente ya sabe la contraseña.
Así que podemos dedicarnos a añorar el mundo que se va o podemos prepararnos para el que llega. Podemos intentar frenar cada cambio o procurar ser quienes mejor sepan aprovecharlo. Podemos mirar esta revolución exclusivamente con miedo o entender que probablemente estamos ante la mayor ampliación de capacidades humanas de nuestra historia.
Yo tengo pocas dudas. Vienen años salvajes. Incómodos. Jodidos. Confusos. A veces peligrosos. Seguramente injustos en muchos momentos. Pero también extraordinarios. El futuro va a cambiar casi todo. Y sospecho que será tan brillante que, cuando por fin levantemos la cabeza para mirarlo de frente, vamos a necesitar unas buenas gafas de sol.
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