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Video Killed the Radio Star… ¿Y la inteligencia artificial matará al cine?

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¿Se acuerdan de aquella canción de los Buggles, Video Killed the Radio Star? Pues vayan desempolvando el tocadiscos, porque ahora toca cantar La inteligencia artificial mató a la estrella de Hollywood. Y ya tenemos a medio planeta cinematográfico llorando por las esquinas, a los productores buscando un desfibrilador y a los directores más puristas anunciando el Apocalipsis con la misma cara que pondrían si les sirvieran unas papas arrugadas con kétchup. ¡Chacho, qué disgusto! ¿Va a morir el cine? ¡No! ¡Rotundamente no! Pero va a cambiar. ¡Qué coño, si ya cambió! Y el que no se haya enterado debe llevar los últimos dos años metido en una cueva de Anaga sin cobertura. Apunten una fecha: 4 de diciembre de 2026. Ese día está previsto que llegue a los cines estadounidenses Gods Don’t Give Gifts, una película impulsada por el estudio Fable y creada visualmente mediante inteligencia artificial. Sin cámaras rodando escenas tradicionales, sin construir decorados, sin desplazar un ejército de técnicos a una localización y sin actores de carne y hueso delante del objetivo, aunque, ojo, sí hay personas detrás del proyecto, incluidos guionistas, intérpretes de voz y profesionales del sonido. Que tampoco vamos a decir que la película la hizo una tostadora mientras preparaba el desayuno. La película ya tiene clasificación R de la MPA estadounidense y sus responsables quieren presentarla a los Oscar de 2027 en la categoría de mejor largometraje de animación. ¡Tócate las narices! Hollywood lleva un siglo repartiendo estatuillas entre estrellas millonarias y ahora aparece una producción hecha con inteligencia artificial llamando a la puerta: «Buenas tardes, ¿es aquí donde regalan los muñequitos dorados?». Y lo más cachondo es el argumento. Resulta que la película nos lleva a un futuro donde los humanos pueden transferir sus conciencias a cuerpos artificiales, cambiar de organismo como quien cambia de cholas y comprar la inmortalidad como si fuera una oferta de Mercadona. ¡Una película sobre máquinas que sustituyen a los humanos, realizada con máquinas que sustituyen buena parte del trabajo humano! Esto no es ciencia ficción, esto es un chiste cósmico con presupuesto de Hollywood. Y claro, ya tenemos a los guardianes del templo cinematográfico poniendo el grito en el cielo. ¡Sacrilegio! ¡Herejía! ¡Han profanado el séptimo arte! ¡Que llamen a Spielberg, a Scorsese y, si hace falta, al obispo de Hollywood! Pues miren, señores, a mí todo este espectáculo me recuerda a cuando apareció la fotografía y algunos anunciaron la muerte de la pintura. Después llegó el cine y enterraron al teatro. Apareció la televisión y enterraron al cine. Llegó el vídeo doméstico y volvieron a enterrarlo. Después Netflix, las plataformas, los móviles y hasta el TikTok de un muchacho bailando en calzoncillos. Y el cine, el muy condenado, sigue vivo. Cambiando, sí. Transformándose, también. Pero vivo. Porque el cine no es una cámara de 100.000 euros, ni un decorado de cartón piedra, ni un productor fumándose un puro mientras decide quién trabaja y quién se queda en su casa. El cine es contar historias. Historias que emocionen, que incomoden, que hagan reír, llorar o salir de una sala preguntándote qué demonios acabas de ver. Y aquí viene la verdadera revolución, la que algunos no quieren ni escuchar: se ha democratizado la posibilidad de hacer cine. Durante décadas, si tenías una historia extraordinaria pero no conocías a ningún productor, no tenías financiación, no podías contratar actores ni alquilar equipos, lo más probable era que tu maravillosa película acabara en una gaveta, acompañada de facturas sin pagar y sueños hechos polvo. Ahora, una persona con talento, imaginación, conocimientos y un ordenador puede empezar a levantar mundos que antes exigían millones de euros. Un muchacho de La Gomera, una chica de Lanzarote o un jubilado de La Isleta pueden llegar a contar historias visuales que hace pocos años estaban reservadas a los grandes estudios. ¡Y eso, señores, es una puñetera revolución! 

Pero tampoco nos volvamos gilipollas con el entusiasmo tecnológico. Porque aquí viene la otra cara de la moneda, y tiene más peligro que una guagua sin frenos bajando por la carretera de la cumbre. Si cualquiera puede hacer una película, cualquiera puede hacer también una mierda de película. Y prepárense, porque viene una avalancha de mierda cinematográfica de proporciones bíblicas. Películas sin alma, sin argumento, sin ritmo, sin imaginación, con personajes que parecen haber estudiado interpretación en una calculadora Casio. Millones de aspirantes a Spielberg que confundirán escribir cuatro instrucciones con tener talento. Vamos a tener tanta basura audiovisual que harán falta camiones de recogida selectiva para limpiar las plataformas. ¡Una montaña de porquería digital más grande que el Teide! Pero escuchen bien esto: entre toda esa mierda también van a aparecer obras maestras. Historias de personas que hoy son invisibles para la industria y que mañana pueden dejarnos sentados delante de una pantalla con la boca abierta. 

Hay superproducciones que han costado auténticas fortunas y son más aburridas que una reunión de comunidad de propietarios. Y películas pequeñas que con cuatro perras te arrancan el corazón. La inteligencia artificial puede fabricar imágenes espectaculares, ciudades imposibles, criaturas fantásticas y universos enteros, pero no convierte automáticamente a un mediocre en un genio. El talento no viene instalado con el programa. Y tampoco nos engañemos con el maravilloso discurso de la democratización. Detrás de esta revolución hay trabajadores que pueden perder su empleo, profesionales extraordinarios que han dedicado su vida a un oficio y empresas tecnológicas encantadas de quedarse con el negocio. Ahí está el verdadero conflicto. ¿Con qué obras se entrenan estas máquinas? ¿Quién cobra por ellas? ¿Quién conserva sus derechos? ¿Quién se enriquece y quién termina haciendo cola en el paro? Porque sería de una hipocresía monumental celebrar que ahora cualquiera puede hacer cine mientras cuatro multinacionales se quedan con todas las herramientas, los beneficios y hasta las palomitas. Y sobre los Oscar, que nadie se confunda: querer competir no significa estar nominado ni tener garantizada la entrada. 

La Academia ya contempla el uso de inteligencia artificial, pero insiste en valorar la autoría humana. Y me parece razonable. Porque una herramienta no tiene sueños, no ha sufrido un desengaño amoroso, no ha enterrado a su madre ni se ha enamorado perdidamente de alguien que no le hacía ni puñetero caso. Las experiencias siguen siendo nuestras. La máquina puede ayudar a convertirlas en imágenes. La cuestión es quién dirige a quién. 

Yo no sé si Gods Don’t Give Gifts será una obra maestra o un soberano tostón con robots. Habrá que verla. Lo que sí sé es que el 4 de diciembre no se entierra al cine. Se abre una puerta que ya nadie va a conseguir cerrar. Y detrás entrarán genios, artistas, oportunistas, vendedores de humo y una cantidad industrial de paquetes con ínfulas de Kubrick. Así que tranquilos, que el cine no se muere. Lo que se está muriendo es el monopolio de quienes podían permitirse hacerlo. Y puede que también se esté acabando aquella vieja excusa de «yo haría una película maravillosa si tuviera dinero». Pues ahora, mi niño, vas a tener menos excusas. A ver qué coño eres capaz de contar. Porque dentro de poco la gran pregunta no será ¿con qué has hecho tu película?, sino ¿tu película es buena o es una mierda? Y para responder eso no hace falta inteligencia artificial. Basta con tener dos ojos, un poquito de criterio y, si la película es demasiado mala, la salida de emergencia bien localizada. ¡Que siga el espectáculo, carajo!

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